Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Nada como tener una gloriosa velada de placer que acaba cuando te despiertan en mitad de la noche para decirte que podrían venir mercenarios armados.

En lugar de discutir e intentar ofrecer una explicación plausible, Ruth se vistió tan rápido que casi se desnucó.

Después de lo que había pasado en su casa, no pensaba arriesgarse.

Prepararon rápidamente las mochilas y se las echaron a la espalda antes de salir a reunirse con un agitado Santos que no dejaba de dar vueltas.

Mientras se ponían en marcha, ella apenas habló; no podía, con la garganta cerrada y el estómago hecho un nudo.

Leo, tenso, había pasado de amante tierno a guerrero alerta.

Verlo tan serio, volviendo la cabeza constantemente para vigilar la retaguardia, le hizo comprender que consideraba la situación grave.

Santos los condujo hacia la selva, y ella no pudo evitar preguntarse por su cambio de opinión. A la hora de la cena, había parecido bastante firme en no guiarlos al área donde habían visto a su padre por última vez. Aunque, por otra parte, él y Leo no habían dicho adónde iban.

Los hombres adoptaron un ritmo rápido que enseguida dejó a Ruth agotada, con los músculos protestando.

Caminar por el bosque de noche en terreno irregular resultó difícil, pero hizo todo lo posible por seguir el ritmo, a pesar del sudor que la empapaba, los pulmones que le ardían y los muslos que le gritaban.

Le resultó más fácil encontrar fuerzas cuando oyó los gritos a lo lejos. Gritos en mitad de la noche en un pueblo tranquilo no auguraban nada bueno. Solo esperaba que la gente que vivía allí no se viera envuelta en ningún problema.

Finalmente hicieron una breve pausa cuando Leo insistió:

—Ruth necesita beber agua.

Ella bebió con alivio antes de jadear:

—¿Estamos seguros de que esa gente venía a por nosotros?

Leo se encogió de hombros.

—Según Santos, María estaba hablando con ellos y estaban armados. No veo ninguna otra razón para que estén aquí.

—Hombres malos —confirmó Santos mientras miraba a lo lejos.

—¿Adónde nos llevas? —preguntó ella.

—Carretera. Seguro.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo irme. Necesito ir al lugar donde mi padre desapareció.

Santos la miró con el ceño fruncido.

—Lugar malo. No ir allí.

—Pero tengo que hacerlo —insistió ella—. Necesito encontrar la puerta que dibujó. Es muy importante.

—Puerta mala. Espíritus malos.

Santos se mantuvo firme, y ella no sabía cómo explicar mejor la urgencia de su misión.

Leo se quitó la camisa.

—Los espíritus no me harán daño.

Se dio la vuelta y le mostró la espalda tatuada a Santos.

Los ojos del hombre se abrieron como platos.

—¡Dios mío!

Comenzó a parlotear en español, y ella no pudo seguirlo, pero su perorata terminó con:

—Yo llevar. No quedar.

—Trato hecho.

Leo extendió la mano para estrecharla, pero Santos retrocedió, de repente receloso de Leo.

Algo en el tatuaje de Leo había provocado una reacción en él. La barrera del idioma hacía casi imposible averiguar qué significaba para Santos, pero estaba claro que lo reconocía.

Mientras reanudaban la marcha, ella murmuró a Leo:

—¿Cómo sabías que el tatuaje lo convencería?

—Tiene un símbolo del Zodíaco grabado en el interior de la muñeca.

—Lo que significa que ha conocido a un guerrero antes.

—Lo más probable.

Caminaron una eternidad. A diferencia de las películas, ella no resplandecía. Sudaba como un cerdo. No se sentía exaltada. Se sentía cada vez más cansada. Los insectos eran implacables, y ella no paraba de manotear, ante lo cual Leo bromeó:

—No soy el único que te encuentra sabrosa.

Sorprendentemente, el rubor no iluminó su camino. No sabía cómo Santos se las arreglaba para guiarlos en la oscuridad. Apenas podía ver al guía, que iba delante de ella. Leo caminaba detrás de Ruth, todavía en alerta máxima, aunque hacía rato que no oían nada.

Cuando el amanecer comenzó a iluminar el cielo, la visibilidad mejoró, pero la situación siguió siendo la misma. Caminar, caminar, tropezar, caminar, matar un insecto de un manotazo, caminar, tambalearse, perder una década de vida cuando algo con muchas patas aterrizó sobre ella, caminar.

Entró en un ritmo monótono, un pie tras otro, moviéndose sin pensar, hasta que casi chocó con Santos.

Su guía se detuvo en seco y señaló.

—Por ahí. Puerta estrella.

—No la veo —comentó Leo, acercándose a mirar.

—Puerta. Allí —insistió Santos.

Ruth entrecerró los ojos.

—Creo que quiere decir que está abajo, en el valle.

La selva descendía bruscamente hacia una depresión poco profunda de la que sobresalían copas de árboles, con las ramas densas y entrelazadas formando un dosel continuo.

—Abajo. Sí —Santos asintió.

—De acuerdo, entonces vamos.

Santos negó con la cabeza.

—Vosotros ir. Yo no.

El miedo que emanaba de él era palpable. El pobre hombre estaba aterrorizado.

—La puerta no te hará daño mientras estés conmigo —intentó tranquilizarlo Leo.

Sin embargo, sus palabras no calmaron a Santos, que murmuró algo en español y huyó en dirección contraria a la que habían venido.

Leo hizo una mueca.

—Supongo que estamos solos.

Miró a Ruth.

—¿Estás bien, Buttercup?

—No —refunfuñó ella—. Me duele todo.

—En cuanto encontremos la reliquia, puedo teletransportarnos de vuelta a la Torre y podrás darte un buen baño largo en una bañera.

—¿Con burbujas? —preguntó ella casi gimoteando.

—Y un masaje —ofreció él con un guiño.

La promesa la reanimó considerablemente.

—Entonces acabemos con esto.

Comenzó a descender por la pendiente, tan empinada que casi salió rodando.

Llegó al fondo de la hondonada y se detuvo. —Aquí abajo hay mucho silencio —comentó.

—Demasiado —coincidió él.

No se oía el zumbido de los insectos. Ni el canto de los pájaros.

Incluso las ramas y el follaje permanecían completamente inmóviles.

La falta de cualquier sonido normal de la naturaleza hacía que sus movimientos parecieran demasiado ruidosos.

Si hubiera alguien allí, los oirían seguro.

Aunque, dado el miedo extremo de Santos, dudaba que mucha gente visitara aquel lugar.

Ruth caminaba con cautela, tensa de miedo y expectación. Su padre había pasado sus últimos meses en aquella selva. Su cuerpo podría seguir allí. El esqueleto, al menos. El tiempo y la naturaleza se habrían llevado la carne.

—¿Lo notas? —preguntó Leo de repente.

Hasta que él lo mencionó, Ruth no se había dado cuenta de que el aire había cambiado. Se había cargado, como de electricidad.

—Hace demasiado sol para que haya tormenta —comentó, intentando ver el cielo. Las copas de los árboles filtraban los rayos del sol, y los retazos de azul hacían improbable que cayera un rayo.

—No es una tormenta. Sea lo que sea, me está haciendo hormiguear el tatuaje —murmuró—. Quédate cerca.

No le tomó la mano. Aunque para eso habría necesitado tener una libre. Sostenía un revólver en una y un machete en la otra. Ruth se aferró a su coraje para no salir huyendo tras el guía. Nunca había hecho nada tan atrevido. Tan aterrador.

La pared rocosa apareció de repente; los troncos gruesos y rechonchos de los árboles daban paso a un terreno pedregoso del que surgía la pared cubierta de enredaderas, igual que en la fotografía.

Al alzar la vista, vio que los árboles, aunque evitaban el claro, habían crecido lo suficiente como para extenderse sobre la zona, con las ramas formando un escudo contra cualquier mirada desde el cielo.

No era de extrañar que permaneciera oculto.

El aire prácticamente crepitaba, y Leo frunció el ceño. —Escorpio no mencionó que el aire estuviera cargado de electricidad cuando encontró su puerta y su artefacto.

—¿Se supone que los sitios son iguales?

Hizo una pausa antes de responder: —No lo sé. Supongo que no. Al fin y al cabo, si descubrieras las trampas en uno, ¿qué sentido tendría tenerlas en los otros?

—¿Trampas? ¿Qué trampas? —exclamó.

Pareció avergonzado al admitir: —La cueva que encontraron Escorpio y Rebecca tenía algunas peculiaridades.

—¿Qué tipo de peculiaridades? —Frunció los labios y entrecerró los ojos.

—¿Has visto alguna vez Wipeout?

Ella gimió. —¿Me estás diciendo que tenemos que pasar algún tipo de prueba de obstáculos?

—Posiblemente.

Al ver una roca lo bastante alta como para servir de asiento, dejó caer el trasero sobre ella. —No me quedan fuerzas para salir corriendo del peligro.

—Pobre Buttercup. Me ofrecería a ir solo, pero si esta reliquia es como la última, recuperarla es trabajo de dos. Un humano y un Zodiaco.

—¿Por qué? —preguntó, ganando tiempo.

—Ni idea —dijo encogiéndose de hombros—. Aunque, cuando leí el informe, Escorpio decía que el orbe se liberó cuando besó a Rebecca.

—¿Y Rebecca es...?

—La científica destinada en la zona. Fue ella quien encontró la cueva. Menos mal que era lista, porque según Escorpio resolvió algunos de los acertijos.

—Sabes, habría estado bien saber esto antes de que me arrastraras a este viaje —refunfuñó.

—¿Habrías venido de todos modos?

Podría haber mentido y dicho que sí. —No —suspiró—. Pero estamos aquí, y una vez que consigamos este artefacto, podemos ir a casa.

Casa. La palabra se le escapó, pero no fue su brownstone lo que le vino a la mente. ¿Cómo podía un solo día en la torre hacerla sentir que pertenecía allí?

—Así me gusta —dijo con una sonrisa—. ¿Vamos?

—Tú primero —gruñó ella.

—Solo quieres mirarme el trasero —bromeó mientras se acercaba a la pared.

Ahora que lo mencionaba...

La puerta no apareció de inmediato; las enredaderas se habían extendido por toda la superficie. Sin embargo, Leo parecía saber por dónde quería empezar a tirar, porque agarró los gruesos zarcillos y comenzó a arrancarlos.

A pesar de sí misma, Ruth sintió asombro cuando él despejó lo suficiente para que viera la puerta, grabada en piedra, rodeada de símbolos, todavía perfecta, como recién tallada.

—No parece tan antigua —comentó.

—Con la magia que probablemente la protege, no es de extrañar.

—¿Crees que alguien la haya abierto?

—Supongo que pronto lo averiguaremos.