Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Ruth se despertó aturdida y desorientada. Se dio la vuelta y cayó de la cama, una cama baja, así que al menos no tuvo mucho que caer hasta el suelo. Parpadeó mirando la tierra compactada. Definitivamente ya no estaba en la torre ni en el arenero.

Se incorporó, y el estómago le dio un vuelco.

No vomites.

Odiaba vomitar. Unas cuantas respiraciones profundas le aliviaron las náuseas.

Lentamente, todavía tambaleándose, se puso de pie y miró a su alrededor.

Parecía estar sola en una pequeña cabaña con paredes de metal, la pintura descascarillada y oxidada en algunos puntos.

Las dos únicas ventanas estaban cubiertas con unas láminas acrílicas que dejaban pasar la luz pero eran demasiado opacas para ver el exterior.

El mobiliario consistía en una cama con el colchón hundido, una silla que amenazaba con venirse abajo si alguien se sentaba, y un cajón que hacía las veces de mesa.

Vio la mochila de Leo junto a la suya en el suelo, pero él no estaba por ninguna parte.

Probablemente estaba explorando. Eso era lo que hacían los guerreros, ¿no?

Aun así, odiaba estar sola en un lugar desconocido.

En lugar de dejarse llevar por la inquietud, se recordó que habían completado el viaje de una pieza.

Qué alivio. Sobre todo después de palparse el cuerpo y comprobar que todas sus partes seguían intactas. Pero su mente… Estaba hecha un lío.

Bzzzz.

El bicho avisó antes de posarse en el dorso de la mano. Un mosquito enorme al que aplastó de un manotazo. Hizo una mueca, no solo por la mancha de sangre sino por las tripas que le quedaron en la mano. Qué asco.

Miró a su alrededor y no vio nada que pareciera una cocina o un baño.

Tenía que haber agua en alguna parte. El lugar tenía dos puertas.

Una de tablillas de madera que debía de ser la principal y otra endeble en la parte trasera, con ganchos a un lado y los restos de una toalla raída.

Al asomarse por esa abertura vio un retrete exterior parcialmente cerrado.

Unas tablas formaban las paredes sin llegar del todo al suelo.

El techo era de chapa ondulada inclinada.

Arrugó la nariz ante el olor de la letrina —un váter ecológico portátil que probablemente no habían vaciado—, pero lo ignoró al fijarse en una bomba de agua con palanca y caño.

¡Agua! Agarró la manivela y empezó a bombear. La bomba crujió y gimió antes de escupir unas gotas. ¿Se habría secado? Resopló por el esfuerzo mientras le echaba más ganas, y al fin salió un chorro de agua turbia. ¿Sería potable?

Para lavarse las manos serviría. Simplemente no la bebería. Bombeó hasta llenar el cubo que había bajo el caño, se agachó, metió las manos y se las enjuagó para quitarse los restos del mosquito. Después se echó agua en la cara acalorada.

Algo le hizo cosquillas en la coronilla y le dio un manotazo, esperando espantar un insecto volador, pero lo que tocó era escamoso y siseó.

Del susto, cayó de culo y alzó la vista hacia la serpiente delgada, marrón y gris, que colgaba del techo del retrete.

Una serpiente que desencajó la mandíbula mientras sacaba la lengua.

Asomaron unos dientes puntiagudos, y cuando se dejó caer, Ruth gritó y retrocedió a rastras.

Se movió deprisa, pero la serpiente también.

La mitad delantera del cuerpo golpeó el suelo y empezó a reptar hacia ella.

Ruth buscó algo con lo que defenderse, pero no había nada.

Justo cuando la serpiente se irguió amenazante, llegó Leo. La agarró con el puño y tiró de ella.

—Ni lo pienses, cabrona.

La serpiente se retorció y siseó, pero no era rival para el guerrero.

Ruth no sintió ni pizca de remordimiento cuando quedó inerte; solo alivio.

En cuanto Leo la tiró por el agujero de la letrina, Ruth se lanzó hacia él.

—Gracias —lo abrazó con fuerza.

—Perdona que te asustara.

—Pensé que iba a morderme.

—Y lo habría hecho. La buena noticia es que las serpientes delgadas chile no tienen veneno mortal. Aunque la mordedura es desagradable. Casi tan asquerosas como las ratas.

Ruth alzó la vista hacia él.

—¿No te gustan las ratas?

—Las odio. Esos ojillos brillantes que tienen...

Se rio.

—Lo digo en serio.

—No puedo creer que te den miedo las ratas.

—No me dan miedo. Son espeluznantes —gruñó él.

—Eres gracioso —dijo ella con una sonrisa.

—A la mierda ser gracioso. Prefiero ser guapo y feroz.

—Eso también —le concedió con una sonrisa burlona.

—Aceptaré feroz, pero si fuera guapo, no me habrías apartado después de besarte.

Iba directo al grano.

—Tuve que hacerlo. Eres mi paciente. No es ético.

—Discrepo. Técnicamente, no soy tu paciente.

—Aunque Sage me despidiera, tuvimos sesiones.

—¿Sage te despidió? —resopló—. Claro que sí. Pero no hacía falta porque técnicamente nunca te contrataron. Tuvimos dos breves reuniones interrumpidas en las que ni siquiera llegué a pagar, así que la transacción nunca se completó. Ergo, no soy ni he sido nunca tu paciente.

Lógica retorcida para justificar lo que quería, y lo que quería era a ella. Resultaba halagador, pero el sentido de la responsabilidad le pudo más.

—Leo, ya hablamos de esto.

—Tú hablaste. Yo fingí escuchar.

—No es apropiado.

—Discutes demasiado.

Y la calló con un beso. Uno rápido que le llegó hasta la punta de los pies.

—Solo estoy...

La besó de nuevo.

—Leo —gimió contra su boca.

—¿Sí, florecilla? —murmuró mientras le mordisqueaba los labios.

—No sé si estás listo para...

—Oh, estoy más que listo para hacerte el amor, Buttercup. Aunque ha pasado tanto tiempo que seguramente seré muy, muy rápido las primeras veces. Pero no te preocupes, de todas formas haré que valga la pena.

Ella parpadeó. ¿Quién era este hombre tan seguro y bromista? —¿Estás bien? Pareces diferente.

—Lo que ves es el que era antes. Un hombre que estuvo perdido un tiempo, pero que ahora está volviendo a encontrarse.

—Este cambio de actitud parece muy repentino.

—Repentino, sí, pero ya tocaba. Me he revolcado en la miseria demasiado tiempo.

—Pensé que tú no te revolcabas en la miseria —bromeó ella.

—Sí que lo hacía, incluso yo puedo admitirlo ahora.

Pero es un ciclo difícil de romper porque, como probablemente sabes, la miseria engendra miseria.

Cuanto más me culpaba, peor me sentía. Cuanto peor me sentía, más quería sufrir.

Basta ya. Merezco la oportunidad de ser feliz, ¿y sabes qué me hace feliz?

—¿Qué? —preguntó ella con un hilo de voz, incapaz de pensar con claridad mientras su cuerpo se acurrucaba contra el de él.

—Ver cómo se te ponen las mejillas rosadas.

—Eso no es verdad —resopló ella, sonrojándose.

—Ahí está el color que tanto me gusta ver. —Le guiñó un ojo, pero ella frunció el ceño.

No sabía qué pensar de este nuevo Leo. El cambio en él era asombroso. Normalmente, llevaría meses de terapia ver resultados porque, como él había dicho con acierto, la angustia tendía a alimentarse de sí misma. Romper ese ciclo podía ser muy difícil.

—Espero que no estés fingiendo este buen humor solo por mí.

—¿Te parezco el tipo de persona que haría eso?

—No, pero me cuesta creer que hayas salido de esto así sin más. —Chasqueó los dedos.

—¿Por qué no? Al fin y al cabo, caí en la depresión de golpe. ¿Por qué no puede terminar igual de rápido? No olvides que soy un Guerrero del Zodiaco. Somos de otra pasta. Nuestra fuerza no está solo en el cuerpo, sino también en la mente. —Se tocó la sien.

Ella resopló. —Si tú lo dices.

—Ya verás. El Leo deprimido es cosa del pasado. Es hora de mirar hacia el futuro.

Por un segundo, pensó en preguntarle por lo que su hija había dicho en el sueño sobre que pronto se encontrarían. ¿Su repentino buen humor pretendía despistarla? ¿Estaba planeando reunirse con su hija en la muerte?

Más le valía no hacerlo, o ella encontraría la magia necesaria para reprenderlo desde el más allá.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella.

—Astriaco, un pueblecito muy pequeño. Uno de los habitantes nos ofreció esta casita tan acogedora. Su dueño falleció y ahora nadie la usa.

—¿Les preguntaste por la puerta?

—Sí, lo que me lleva a las buenas y las malas noticias. ¿Cuáles quieres primero?

—Empecemos por las buenas.

—La buena noticia es que encontré a Santos y se acuerda de tu padre.

—¿Y la mala?

—Se niega a llevarnos a la puerta. Dice que está maldita y que unos espíritus furiosos se llevaron a tu padre.

—Lo cual seguro que no te echa para atrás lo más mínimo —murmuró ella.

—Para nada.

—Si él no quiere llevarnos, ¿cómo la encontraremos entonces? —Prefería no perderse en la selva como su padre.

—Bueno, hay una mujer. La conocí junto al arroyo donde llegamos. Dijo que podía guiarnos a algunos de los lugares antiguos de la zona.

—Seguro que se ofreció ella solita. —¿De dónde había salido ese gruñido de celos?

Su sonrisa se ensanchó. —Se llama María. Por lo visto, su madre conocía a tu padre. Quién sabe, podría ser la bruja que se menciona en el diario de tu padre.

—Vaya, estuviste ocupado mientras yo estaba inconsciente —refunfuñó ella.

—Solo dejando todo listo para que podamos tener una velada tranquila antes del viaje de mañana.

—¿Tan pronto?

—No tiene sentido esperar.

—Pensé que habías dicho que Santos se negaba a ayudar.

—Así es, pero cambiará de opinión.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Puedo ser muy persuasivo.

—Más te vale no hacerle daño. —Ruth lo amenazó con el dedo.

—Por supuesto que no, aunque puede que use alguna que otra amenaza.

—Leo, no puedes hacerle eso a ese hombre. Por lo que cuentas, está muerto de miedo.

—En ese caso, más vale que la hija de la Dra. Warmstone sepa camelar. Por lo visto, tu padre debía de hablar mucho de ti, porque Santos se acordaba de tu nombre.

—¿Mi padre me mencionaba? ¿Qué decía? —No pudo evitar que se le notara la sorpresa.

—Supongo que tendrás que hablar con Santos para averiguarlo.

¿Una oportunidad de descubrir lo que su padre sentía de verdad? Tenía que intentarlo. —¿Dónde puedo encontrar a Santos?

—Parecía que iba hacia la cantina del pueblo. ¿Tienes hambre?

Con lo revuelto que había tenido el estómago últimamente, casi dijo que no, pero entonces se dio cuenta de que le vendría bien comer algo, y la idea de probar auténtica comida chilena... La chef que llevaba dentro asintió.

—Sí, por favor.

Para su sorpresa, él entrelazó los dedos con los de ella mientras la guiaba desde la pequeña cabaña hacia una aldea rústica. Aunque habían salido de la torre por la mañana, parecía el anochecer: el crepúsculo daba paso a una noche despejada con estrellas que brillaban en el cielo.

—¿Puedes ver mi constelación? —murmuró él, alzando la vista.

—¿Te enfadarías si te dijera que no tengo ni idea de cómo encontrarlas?

Él se rio.

—No tenía la menor idea cuando me reclutaron. Para mí, las estrellas eran estrellas.

—¿Cómo te eligieron? —preguntó ella mientras se acercaban a un edificio del que salía música.

—Por casi morir haciendo lo correcto.

Su expresión se volvió pensativa mientras murmuraba:

—Fui tan imbécil que entré corriendo en un edificio en llamas para salvar a unas personas atrapadas.

Saqué a todos, pero alguien dijo que faltaba uno de los niños.

Volví a entrar y casi no salgo con vida.

Acabé gravemente herido. Quemaduras en buena parte del cuerpo, los pulmones destrozados por el humo.

Tenía tanto dolor que ni siquiera podía enfadarme con los que me habían gritado que volviera, aunque estaban equivocados.

Resultó que el niño no estaba en la casa.

No es que importara a esas alturas. Me estaba muriendo y, como recompensa por mi esfuerzo, me abandonaron.

—¿Qué? —exclamó ella.

—Todos sabían que no sobreviviría la noche, pero nadie tuvo las agallas de acabar con mi sufrimiento. En vez de eso, me dejaron fuera de la casa en llamas, convencidos de que un animal salvaje me remataría o de que moriría por mis heridas.

—Eso es horrible —exclamó ella.

—Era una época diferente. Una sin tiempo para los débiles. No los culpo. Habría sido una carga si me hubiera recuperado.

—¿Carga cómo? Estás perfectamente bien.

—Solo porque las estrellas me eligieron.

Mientras yacía bañado en luz estelar, una voz me preguntó si quería ser el campeón del mundo a cambio de una segunda oportunidad de vida.

Dije que sí. De pronto me vi envuelto en luz y transportado a la Torre para mi transformación y para aprender lo que significaba ser un guerrero del Zodíaco.

Se habían detenido frente a la cantina mientras él terminaba su historia.

—Fuiste elegido por tu valentía.

—Valentía, supuesto honor, el hecho de que podía matar. Ser un héroe no consiste solo en salvar gatitos de los árboles y gente de ahogarse. Nuestra tarea es erradicar el mal.

—¿Tendrás que hacer eso para siempre?

—Hasta que muera o me retire y pase el testigo a otra persona.

—¿Puedes dejar de ser un guerrero?

—Sí, aunque no sé por qué lo haría. Esta es mi vida. Mi propósito. En toda nuestra historia, cientos de guerreros han servido, pero solo un puñado ha renunciado.

—¿Quién te eligió? Dijiste que había una voz.

Se encogió de hombros.

—No lo sé. Ninguno de nosotros lo sabe. Es otro misterio más, como el origen de la Torre de Babel.

La puerta de la cantina se abrió y salieron aromas celestiales.

—Eso huele bien.

A Ruth se le hizo agua la boca.

Era más que bueno. La auténtica cazuela —un guiso contundente con verduras y carne— servida con pan amasado —un pan chileno— les llenó el estómago de maravilla.

Mientras comían en la parte trasera del edificio, sentados en un par de sillas desparejadas, Leo señaló a Santos, que estaba solo engullendo comida.

Después de la comida, Ruth se acercó a él y solo logró decir:

—Hola, soy Ruth Warmstone —antes de que el hombre sacudiera la cabeza con vehemencia.

—No. Vete a casa. Vete.

La espantó con gestos, tan visiblemente agitado que ella no pudo insistir.

Se dio la vuelta para regresar a su mesa y vio su silla ocupada por una mujer.

Una mujer hermosa.

Y Ruth se puso verde de envidia, con un intenso toque de rojo.