Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 13
67%

CAPÍTULO 13

Ruth se quedó inmóvil cuando los labios de Leo se encontraron con los suyos. Una parte de ella sabía que debería apartarlo. Que se lo dijera al revoloteo en su estómago.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que alguien la besó? Lo suficiente como para no recordar un rostro ni un nombre.

Cuando la boca de él la instó a abrirse, dejó que sus labios se separaran e inhaló bruscamente mientras el deseo le corría ardiente por las venas.

Algo nuevo. Por lo general, besarse solo le despertaba un interés moderado, pero con Leo…

quería lo que mostraban las películas. Quería que la agarrara por la cintura, la sentara en esa mesa y le hiciera el amor.

Dios mío.

Giró la cabeza bruscamente.

—No deberíamos —murmuró.

—Lo siento. Me dejé llevar un poco.

—Es comprensible. Ha sido un gran avance —respondió sin aliento mientras el corazón le seguía latiendo acelerado.

—Debería ir a ver a Aquarius para conseguir las coordenadas de Astriaco.

—También tenemos que hacer las maletas.

—Yo no me preocuparía por eso. Torre nos proporcionará lo que necesitemos —sus labios se curvaron—. Más o menos.

Podría haberle preguntado por eso último, pero cuando él se apartó, le notó el bulto en la entrepierna. La imagen le provocó un calor líquido entre las piernas. Apretó los muslos con fuerza mientras lo veía marcharse.

Un largo suspiro se le escapó cuando él salió de la biblioteca, dejándola a solas para analizar su propia reacción.

Deseo intenso. Una respuesta corporal natural ante un hombre atractivo que mostraba interés. A su cuerpo no le importaba la ética de que él fuera su paciente. Su libido ignoraba el hecho de que él necesitaba sanar, no que ella se aprovechara de su vulnerabilidad.

Mientras miraba al vacío, perdida en sus pensamientos —con los labios aún hormigueándole—, Sage entró y anunció:

—Estás despedida.

—¿Qué? —se sobresaltó ante la repentina declaración.

—Te preocupa cruzar una línea, dado cómo os conocisteis, así que voy a eliminar la barrera. Estás despedida como su terapeuta —dijo Sage con una sonrisa.

—¿No puedes hacer eso? —le salió como una pregunta.

—Acabo de hacerlo. Al fin y al cabo, fui yo quien te envió a Leo.

—Pero todavía necesita ayuda.

—La necesita, pero no la que puede darle tu silla de consultorio.

—¿Eso significa que puedo irme a casa? —preguntó Ruth despacio, extrañada de su propia reticencia. ¿Acaso no quería volver a su vida? La aburrida rutina diaria. Las noches solitarias. La falta de emoción.

—Por Dios, no, no puedes. Todavía tienes un viaje importante que emprender.

El mundo entero cuenta con que tú y Leo encontréis el artefacto antes que Cetus —Sage se mordió el labio inferior—.

Ojalá pudiera ver lo que están tramando.

Por desgracia, no puedo, así que tendremos que confiar en que esta vez no sea como la última.

—¿Estás insinuando que vendrán a por nosotros?

—Lo más probable, pero no temas. Leo es un guerrero feroz y no permitirá que te hagan daño.

—¿Lo has visto? —Ahí estaba Ruth, buscando consuelo en una vidente.

—No, pero conozco a Leo. Daría la vida por quienes le importan.

El comentario hizo que Ruth frunciera los labios.

—Apenas me conoce.

—¿Crees que el tiempo es el factor determinante?

Entre vosotros dos se formó un vínculo en el momento en que os conocisteis, y no del tipo médico-paciente.

Sé que lo has sentido. Sin duda a él le ha afectado.

No recuerdo la última vez que sonrió —Sage miró hacia la nada mientras sus propios labios se curvaban.

—No tiene nada que ver conmigo. Simplemente está asimilando lo que pasó.

—No te hagas la modesta. Esto es obra tuya. Será agradable tener a otra mujer con quien charlar —con esa extraña declaración, Sage se alejó como flotando, dejando a Ruth confundida.

¿Acababa de insinuar que Ruth se quedaría?

¿Con Leo?

Antes de que pudiera analizar todo lo que Sage había dicho, Leo regresó con un fajo de papeles en alto.

—Esperemos que el nuevo programa de Aquarius haya calculado bien nuestra ruta de teletransporte estelar. Aunque, con lo mal que se me dan las matemáticas, dudo que su código pueda hacerlo peor.

—¿Cómo te ayudan las matemáticas a teletransportarte?

—Es algo raro que no puedo explicar porque, sinceramente, no entiendo la lógica, pero funciona, y eso es lo que importa. ¿Vamos? —señaló con el brazo hacia la salida de la biblioteca.

—¿Irnos? ¿Ahora?

—No hay mejor momento que el presente.

No tenía excusa. Ninguna razón para negarse. Sin embargo, una parte de ella dudaba en irse. Miedo a lo que vendría. Ansiedad ante la posibilidad de fracasar. Un poco de timidez, dado lo que había pasado entre ella y Leo. Aprensión por el teletransporte estelar.

Él le tendió la mano.

—¿Vienes, Florecilla?

Usó ese nombre ridículo, y en lugar de reprenderlo, asintió.

—Sí, supongo.

Los dedos de él envolvieron los suyos y apretaron.

—Todo irá bien —le aseguró.

Vaya promesa. Podría haber sido una imbécil y recordarle que había fallado antes. Podría haberle dado una lista de razones por las que las cosas no irían bien. Podría haberlo sermoneado hasta provocarle un brote psicótico y que acabara sollozando en un rincón.

En cambio, eligió confiar en él. Juntos salieron de la torre con las mochilas abultadas que los esperaban junto a la puerta principal. Ella observó con escepticismo el gigantesco arenero mientras él se sentaba y comenzaba a dibujar símbolos en la arena.

—¿Así es como te teletransportas, dibujando en la tierra?

—Sí. Algunos símbolos conectan con mi constelación, de donde obtengo mi poder. Otros indican la ubicación. —Continuó trazando líneas con los dedos en la arena.

—¿Por qué usar un arenero y no algo que el viento no pueda llevarse?

Él la miró.

—La Torre no permitiría que el viento se llevara ni un solo grano. Y esto no es arena. Es polvo galáctico. Partículas del espacio reunidas en un mismo punto que nos sirven de foco.

—¿Estás seguro de que puedo viajar contigo?

—Sí. —Leo se echó ligeramente hacia atrás y señaló su regazo—. Pero tendrás que estar muy cerca. Ten cuidado con los dibujos al sentarte.

El espacio frente a él seguía vacío mientras Ruth dudaba.

—¿No estorbará mi mochila?

—Tendrás que sujetarla contra el pecho. No seas tímida. —Se dio unas palmaditas en los muslos.

Abrazó la mochila y avanzó hacia él con pasos lentos; las botas de montaña no se hundían tanto como esperaba en las finas partículas.

Tuvo que respirar hondo antes de sentarse en su regazo, y al hacerlo fue intensamente consciente de él como hombre.

Él parecía igual de afectado, a juzgar por la repentina erección que notó contra el trasero.

—Déjame terminar esta última parte —murmuró junto a su oído, y el calor de su aliento le provocó un escalofrío.

Tragó saliva y apretó la mochila con más fuerza.

—Listo. Lo que viene ahora puede resultar frío y desorientador. No te asustes. Recuerda que te tengo.

Ruth asintió, con la garganta demasiado cerrada para hablar. Intentó olvidar lo que él había dicho sobre Escorpio, que había estropeado sus cálculos y llegado desnudo. ¿Y si Leo también se equivocaba y acababa perdiéndola en la transición?

El aire se cargó, se volvió pesado y luego intensamente frío. Un resplandor la envolvió. Abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido.

Después llegó la oscuridad, espesa y asfixiante, aterradora, sobre todo porque no estaba sola en ella.

Una voz dijo: Y así comienza la búsqueda de la segunda pieza.