CAPÍTULO 12
Extrañamente, a pesar del vívido sueño con su hija, Leo no miró ni una sola vez con anhelo hacia el mueble bar. Normalmente, al despertar, iba directo a por lo más fuerte que tuviera a mano.
Sin embargo, hablar de ello, por primera vez desde que comenzaron las pesadillas, de verdad ayudó. Ruth no lo llamó loco. Ruth no le dijo que olvidara a su hija. Le aconsejó aceptar su dolor y no dejar que lo abrumara.
Vaya concepto.
También cuestionó sus muertes, algo que él había hecho hasta que Aries le dijo que parara.
En defensa del jefe, Leo se volvió un poco loco buscando alguna señal de que Kylie y Olivia seguían vivas.
Incluso acosó a Aquarius casi a diario para que siguiera ejecutando programas de reconocimiento facial en todas las grabaciones de seguridad accesibles de la ciudad.
Leo mantuvo el apartamento durante un año con la esperanza de que Kylie regresara.
Vigiló todos los lugares que ella solía frecuentar: el salón de belleza, la tienda de dónuts, la tienda de segunda mano.
Habría vigilado a su familia y amigos si hubiera tenido alguno.
El día que finalmente aceptó que Kylie nunca cruzaría esa puerta, bebió tanto que despertó en un callejón, con un cuchillo clavado entre las costillas, sin saber qué había pasado.
El incidente lo llevó a mudarse por fin de vuelta a casa, solo que su dolor, sus remordimientos y sus sueños lo siguieron.
¿Y qué hizo el gran guerrero? Leo dejó que esas emociones destructivas lo controlaran.
Y aún lo hacían.
Cada movimiento que hacía pasaba por esa lente de autocompasión destructiva. Hizo falta que Ruth le señalara lo ilógico de su propia flagelación para que él lo reconociera.
Habían pasado más de cinco años. O se tiraba de una vez desde lo alto de Torre, o se espabilaba de una puta vez y se permitía vivir de nuevo.
La epifanía le quitó un peso de encima, mientras que dejar de beber eliminó gran parte de la hinchazón.
Se sentía mejor de lo que se había sentido en años; juguetón, incluso, de ahí que cuando Ruth murmuró algo sobre la falta de ascensores mientras se dirigían a la biblioteca, él la cogiera en brazos.
—Sabes que mis piernas funcionan —señaló ella, con los brazos rodeándole el cuello.
—Y tu boca también, pero como probablemente me morderías o me darías una bofetada si te la callara a mi manera, me conformaré con molestarte de otras formas.
Ella lo miró boquiabierta.
Él sonrió.
—¿Qué mosca te ha picado? —preguntó ella.
—Un buen chute de sentido común y realidad, y tengo que darte las gracias por ello.
—Apenas he hecho nada.
—Me hiciste de psicóloga, y funcionó.
—Me alegra que te sientas mejor, pero ten en cuenta que aún nos queda camino por recorrer —le advirtió.
Dijo «nos». Sonaba bien. Aunque su satisfacción vino acompañada de un recordatorio. Ella le había advertido que no se sintiera atraído por ella. Dijo que era una especie de síndrome paciente-terapeuta.
Tal vez lo fuera. Tal vez no. Solo sabía que por fin se sentía vivo de nuevo.
La biblioteca nunca le había atraído mucho a Leo. Prefería estar activo, pero Ruth miraba a su alrededor maravillada. —Joder, cuántos libros.
—Eso no es nada. Lo que hay en las estanterías cambia según lo que quieras.
—¿En serio? Supongo que no debería sorprenderme. —Se rio mientras él la dejaba en el suelo a regañadientes.
Había un ordenador en una mesa. Ella lo miró como si fuera a morderla.
—¿Quieres que empiece yo? —ofreció él.
Ella negó con la cabeza. —Es hora de que siga mi propio consejo y me enfrente a mi miedo.
—Ruth se sentó en una silla y respiró hondo varias veces antes de tocar el ratón para activar la pantalla.
Una imagen del diario de cuero ocupó el centro.
Clic. Se abrió, pero en lugar de imágenes de la escritura a mano, mostraba texto mecanografiado con pulcritud.
—En la barra lateral puedes ver marcadores con menciones de Chile. También parece que marcó sitios con las palabras zodiaco, arco y algunas otras.
Pero en lugar de saltar adelante, Ruth se quedó en la primera página. Ladeó la cabeza mientras leía durante unos minutos, pasando de página dos veces.
—¿Y bien? —preguntó Leo, apoyado contra la mesa. Había querido leer por encima de su hombro, pero se contuvo para darle privacidad.
—Lo escribió para mí —murmuró ella—. Empieza con: «Mi queridísima Ruth, ahora tienes seis meses, y aunque odio irme, una excavación en El Cairo necesitaba mi experiencia. No puedo esperar a que seas lo bastante mayor para acompañarme».
Él frunció el ceño. —¿Te llevaba en sus viajes?
Ella negó con la cabeza. —No. Nunca. Es extraño que escribiera como si fuera a hacerlo.
Ruth leyó unas cuantas páginas más antes de suspirar. —Dudo que esta sección inicial sirva de mucho. Su estilo es bastante abrupto. Unas pocas frases sobre lo que descubrió durante su viaje, seguidas de información sobre un lugar completamente diferente.
—¿Lista para saltar adelante?
Ella asintió. —Puedo volver a leer el resto en cualquier momento. Necesitas saber qué hizo en Chile.
Un clic en el primer marcador de Chile la hizo avanzar. Hizo una pausa, y él vio cómo su expresión se volvía pétrea.
—¿Qué pasa?
—Parece que la primera mención de Chile fue una errata.
—Se aclaró la garganta—. «Miriam sigue negándose a dejarme llevarte conmigo de viaje.
Da igual cuánto ruegue y suplique. Es inflexible y vengativa.
Si no me voy en las próximas veinticuatro horas, dice que llamará a la policía y les contará que le pegué a ella y a nuestra chile».
A Leo se le escapó un silbido bajo. —Vaya, joder. Parece que tu padre tenía motivos para ser tan distante.
—Sabía que mis padres tenían problemas, pero nunca me di cuenta de que ella lo amenazara, ni de que él me quisiera. —Lo dijo con un hilo de voz.
—Por supuesto que te quería. Eres hermosa y brillante.
—No necesito halagos falsos.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Por qué crees que miento?
—Tengo unos catorce kilos de más y de brillante no tengo nada.
—Tu cuerpo me parece perfecto. A un hombre le gusta que su mujer tenga carne en los huesos.
Se le escapó. Una vez más, había dicho más de lo que pretendía.
Sus mejillas volvieron a teñirse de ese dulce tono rosado y ella agachó la cabeza.
—Gracias. Deberíamos volver al diario.
Fue pasando los marcadores siguientes y se detuvo en uno a pocas páginas del final.
Esta vez se mordió el labio inferior mientras recorría el texto con la mirada.
—¿Y bien?
—Pues, cuando cumplí quince años, mamá sabía que mi padre iba a volver expresamente para verme y se las arregló para que ese fin de semana me fuera a casa de mis abuelos, a ocho horas de distancia.
Hizo una mueca.
—Estaba tan disgustada porque él me había prometido que estaría allí, y dos días antes mi madre me dijo que le había surgido algo en el trabajo y que no podría venir.
—¿Por qué mentiría así?
La mirada que le dirigió estaba llena de tristeza y resignación.
—Porque quería distanciarnos a propósito.
Mi madre era bipolar, aunque no me di cuenta hasta que fui a la universidad y empecé mis estudios.
En un momento estaba feliz, alegre y amable.
Al siguiente, me preguntaba si debía esconder los cuchillos.
Se ponía especialmente mal cada vez que papá aparecía.
—Si lo odiaba, ¿por qué no se divorció?
—No lo sé, pero empiezo a pensar que mi madre seguramente amenazó con no dejarle verme. Al leer esto
—señaló la pantalla—
muchas cosas cobran sentido. Supe desde pequeña que mi madre me odiaba, aunque nunca me lo dijo a la cara.
Sin embargo, sus acciones hablaban por sí solas.
Unos años antes de su muerte, cuando decidí hacerle una visita, lo admitió.
Dijo que cuando vio cómo mi padre me miraba al nacer, supo que él me quería más que a ella.
No podía soportarlo. Cuando me lo confesó, pensé que había perdido la razón.
O sea, un padre que me quisiera habría estado presente.
—Solo que no podía porque ella se lo ponía imposible y se lo hacía pasar muy mal.
—Y lo peor es que le creí cuando dijo que yo no le importaba. Tendría que haberme dado cuenta.
—Solo eras una niña.
—Una niña que sabía que las cosas iban mal entre ellos. Sabía que no me quería, pero aun así me creía todo lo que decía.
Frunció los labios.
—Las pocas veces que le dejaron verme, fue muy amable, a pesar de la tristeza constante en su semblante. Yo pensaba que era porque le molestaba tener que pasar tiempo conmigo.
—Lo siento.
—¿Por qué? No es culpa tuya.
—Ya, pero es una mierda para ti. Parece que tu padre de verdad quería formar parte de tu vida.
—Entonces debería haber tenido las agallas de mandar a mi madre a paseo y quedarse con mi custodia
—resopló ella.
Él la miró fijamente.
—No pongas esa cara. Seamos sinceros. Habría sido lo correcto, pero mi padre no tuvo el valor de hacerlo. Quizá fue un cariño mal entendido hacia mi madre, pero lo más probable es que eligió el camino fácil.
—Yo habría luchado.
—Sí, lo habrías hecho.
Y aunque quedó sin decir, él casi podía oír las palabras: «Y Kylie lo sabía, así que si quería a Olivia para ella sola, en realidad solo había una—mejor dicho, dos—formas de conseguirlo. O desaparecer sin dejar rastro, o matarme».
Dado que Leo no se habría quedado de brazos cruzados mientras Kylie intentaba lo segundo, no podía dejar de darle vueltas a lo primero.
¿Podría estar viva su pequeña? Odiaba hacerse ilusiones, sobre todo porque no tenía forma de encontrarla.
E incluso si la encontrara, ¿qué haría? No podía simplemente quitársela a su madre.
¿O sí? Olivia no parecía tenerle mucho cariño a la mujer a la que llamaba por su nombre de pila.
Uf.
—Creo que he encontrado la parte que buscábamos.
Señaló la página.
—Mira.
Y empezó a leer.