CAPÍTULO 11
Al principio, Ruth no supo qué la había despertado. Seguramente la cama extraña y el lugar desconocido. Aunque entonces oyó un ruido. Casi como un gemido.
¿Leo?
Se dio la vuelta y, a la tenue luz de la luna que entraba por la ventana, lo vio en su cama, tumbado boca arriba, con la sábana enredada en la cintura y las piernas, el torso al descubierto. Menudos músculos.
Y cicatrices. Distinguió las líneas blancas que le cruzaban el cuerpo.
Él emitió otro ruido, y ella oyó las palabras roncas:
—No te vayas, pequeña.
Hablaba en sueños. No era de extrañar. Había mencionado que tenía pesadillas en su breve sesión.
Para su sorpresa, de repente se incorporó de golpe y gritó:
—No me hagas esperar. Ya no puedo más. Llévame contigo.
La angustia en su voz le desgarró el corazón a Ruth.
El hombre sufría por la pérdida de su hija, y ella temía que, dado el tiempo transcurrido desde la tragedia, quizás nunca llegara a recuperarse.
La mayoría de la gente retomaba cierta apariencia de normalidad en cuestión de meses, o un año, quizás dos.
Pero algunos se aferraban a su dolor, lo mantenían cerca y lo alimentaban.
A esas personas era muy difícil rescatarlas del abismo.
Leo era una de esas personas.
Se giró dándole la espalda a Ruth y se sentó en el borde de la cama, encorvado, los hombros temblándole en silencio.
Muchos habrían optado por darle privacidad mientras lidiaba con su dolor. Ruth prefería enfrentarlo de cara.
—Solo ha sido un sueño.
Habló en voz alta, con suavidad, y aun así él se sobresaltó visiblemente.
La miró por encima del hombro desnudo.
—Te he despertado. Lo siento.
—No puedes controlar lo que haces mientras duermes.
—Sobre todo cuando estoy sobrio —gruñó, y se apartó.
Ella salió de la cama y la rodeó para acercarse.
—¿De verdad ayuda estar borracho?
—Si bebo suficiente del fuerte, entonces sí, a veces consigo saltarme la pesadilla.
Se agachó frente a él y alzó la vista para que no se sintiera amenazado por su presencia.
—¿Es el mismo sueño siempre?
—Sí y no.
—Cuéntamelo.
No se lo pidió, se lo exigió. Si se les daba a elegir, los más reacios preferían guardárselo todo.
—¿Tengo que hacerlo? Estamos en mitad de la noche.
—Y los dos estamos despiertos, además de que lo tienes fresco en la mente. Cuéntamelo. ¿Qué ves cuando te duermes?
Durante un momento, no dijo nada. Cuando habló, agachó la cabeza, encogió los hombros y su expresión se ensombreció.
—Siempre empieza con ese día en la alcantarilla, desde el momento en que entro en esos túneles. Huelo la podredumbre de las aguas residuales. Revivo la batalla con el wendigo.
Su voz bajó tanto que ella casi no lo oyó decir:
—La primera parte de mi pesadilla siempre termina con el pijama de Olivia en mis manos.
—¿Primera parte? ¿Qué pasa en la segunda?
Negó con la cabeza y cerró los puños sobre los muslos.
—No quiero hacer esto.
—Porque duele. Lo entiendo. Pero si vamos a ayudarte a superar lo que te atormenta, necesito saber a qué me enfrento. ¿Qué te hace tu mente cuando duermes?
El subconsciente podía ser despiadado, sobre todo con quienes cargaban con un sentimiento de culpa.
—Veo a Olivia.
—Eso no es raro. Era importante para ti.
—Lo sé. Lo difícil ha sido verla crecer.
—¿Crecer?
A Ruth se le escapó una exclamación de sorpresa.
—¿Quieres decir que ya no es un bebé en tus sueños?
—Es como si, a medida que pasaba el tiempo, ella realmente fuera creciendo.
Hizo una pausa.
—Al principio, justo después de que todo ocurriera, la oscuridad llegaba tras la alcantarilla y vislumbraba brevemente a un bebé, con los ojos muy abiertos, que me tendía los brazos.
—¿Alguna vez la cogiste en brazos?
—Síííí —siseó—.
La estrechaba con fuerza con la esperanza de despertarme y encontrarla todavía en mis brazos.
—Pero te despertabas solo.
—Solo y como si me hubieran dado una paliza —gruñó—.
En mis sueños, la vi crecer de un bebé diminuto y frágil a una que gateaba hacia mí entre balbuceos.
En lo que habría sido su primer cumpleaños, vino hacia mí dando sus primeros pasos, con los brazos abiertos.
Cuando habría tenido unos dos años, me llamó papá.
Se le quebró la voz.
No era de extrañar que el hombre bebiera. Ruth también lo haría si su propia mente la torturase sin piedad cada noche.
—Sabes que no es real.
—Lo sé —espetó—. Pero eso no hace que pare ni que duela menos.
—¿Tu mujer también aparece en tus sueños?
—No. Apenas recuerdo la cara de Kylie. Siempre ha sido Olivia.
—La has visto esta noche —afirmó Ruth.
—Sí. Aparentaba unos cinco años, la edad que tendría si hubiera vivido. Pero...
Se interrumpió sin terminar.
—¿Pero qué? —lo instó.
—Estos últimos meses, nuestras conversaciones han sido extrañas.
Ella no se rio. Aunque esa Olivia de los sueños era fruto de su imaginación, era evidente que para Leo resultaba muy real.
—¿Qué te dijo tu hija?
—Dice que nos veremos muy pronto. Parece que este viaje a la selva será el último.
Sus palabras la hicieron estremecerse.
—¿Te está pidiendo que te suicides?
Negó con la cabeza.
—No exactamente. De hecho, me dijo que evitara a alguien durante el viaje. Ah, y según mi hija, no debo permitir que te bañes sola cuando lleguemos a la selva.
Esbozó una sonrisa apagada.
Se sonrojó de inmediato y resopló:
—No necesito que nadie me espíe.
—No te enfades conmigo. Solo repito el mensaje.
—Más bien tu subconsciente intenta darte una excusa para mirarme con lascivia.
—Como si necesitara una excusa —replicó él.
Ella ignoró el cosquilleo de placer que le provocó su comentario despreocupado.
—Como ya te dije, es normal que sientas atracción, dada la intimidad de nuestras conversaciones.
Él se acercó para murmurar:
—Es más que eso.
—¿Qué sientes? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Cosas que no debería.
Se echó hacia atrás y se frotó la cara con las manos.
—Tienes que entender que, a pesar de la tragedia, puedes seguir adelante. Eso no disminuirá el amor que sentías por tu esposa y tu hija. Es comprensible que sientas cierta sensación de traición, pero…
—No es eso —la interrumpió bruscamente—. No siento ninguna lealtad hacia Kylie. Nuestro matrimonio había terminado mucho antes de que el monstruo le quitara la vida. Lo que me atormenta es que les fallé. ¿Y si vuelve a pasar?
—Te preocupa volver a amar y volver a perder. Es comprensible.
Hizo una pausa.
—¿Ese tipo de cosas pasan a menudo entre los Zodíacos?
—No.
—Entonces, ¿qué te hace pensar que serías tan desafortunado?
—No lo sé.
—El miedo es normal, pero no puedes dejar que te controle.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
—Si le estuviera pasando esto a uno de tus amigos, ¿qué le dirías?
—No me vengas con esa mierda de la psicología inversa —gruñó.
—Sabes la respuesta. ¿Por qué no la dices?
—Porque es diferente.
—¿En qué es diferente?
—Simplemente lo es.
—Y ahí es donde te equivocas. No hay una sola persona en este planeta que no haya tenido que enfrentarse a la pérdida de un ser querido. Las viudas lloran su pérdida y siguen adelante. Los padres pierden a un hijo y, aunque el recuerdo siempre dolerá, siguen viviendo.
—No todos —respondió en voz baja.
—¿De verdad quieres morir? —replicó ella sin rodeos.
—No. Si quisiera, ya sería polvo en las estrellas.
—Y sin embargo has sido autodestructivo. Descuidado. Lo que me lleva a preguntarte: si tanto temes la pérdida, ¿por qué pondrías en peligro a tus amigos?
—Siempre estoy sobrio en el trabajo.
—Sobrio, pero no en plenas facultades mentales —contraatacó ella—. Porque no te permites perdonar y olvidar.
—¿Cómo se supone que olvide cuando veo a Olivia cada vez que cierro los malditos ojos? —gritó, poniéndose de pie de un salto.
Aquello parecía algo más que trastorno de estrés postraumático, y tardó un momento en darse cuenta de que había algo en su sueño que la inquietaba.
Dado todo lo que había vivido en los últimos días, y teniendo en cuenta toda la magia que había presenciado, se le ocurrió una teoría de la que se arrepintió al instante.
—¿Estás seguro de que están muertas?
—¡Cómo te atreves a preguntar eso! —ladró él.
—Dijiste que nunca encontraron los cuerpos.
—Las cosas de Olivia y Kylie estaban en la guarida de ese monstruo. Nadie las ha visto ni ha sabido nada de ellas desde entonces.
No lo digas. No lo digas.
Lo dijo.
—¿Alguna vez pensaste que tu esposa usó a este wendigo como excusa para huir con Olivia?
—¿Fingieron sus muertes? —Su voz sonaba incrédula.
—No sería la primera en hacerlo para empezar de cero. Una vida nueva sin un padre de por medio.
Él la miró fijamente durante tanto tiempo y con tanta intensidad que ella sintió miedo, pero no por sí misma. Leo podía estar desequilibrado, pero no le haría daño... o eso esperaba. Pero sí le preocupaba lo que haría si resultaba que le habían mentido.
En lugar de estallar en un ataque de furia, la tensión abandonó su cuerpo mientras admitía:
—Sí, lo pensé. Una parte de mí nunca aceptó sus muertes.
Revisé nuestro apartamento buscando pruebas.
Al fin y al cabo, debería haber faltado una maleta y algo de ropa.
Pero todo estaba allí. La cartera de Kylie.
Nuestro dinero de emergencia. La leche de fórmula y los pañales.
Puede que me odiara, pero dudo que hubiera huido solo con la ropa que llevaban puesta.
Puede que él estuviera convencido, pero Ruth no podía evitar preguntárselo. Había sido sincero sobre la actitud de su esposa hacia él, su aparente odio. Bajo los efectos de la depresión posparto, las mujeres podían actuar de formas inexplicables.
—Lo siento. No debería haberlo dicho.
—No, no deberías haberlo hecho.
Leo se marchó en lugar de volver a la cama.
Aunque, pensándolo bien, ella tampoco tenía sueño.
Él salió del apartamento dando un portazo, y una inquieta Ruth se dirigió a la cocina y se puso a preparar masa para panecillos y a freír beicon.
Cuando él regresó una hora después, los panecillos ya se estaban enfriando y ella estaba friendo un huevo.
Añadió tres más para él. Él no dijo nada mientras se sentaba a la mesa.
Le puso delante un plato con tres bocadillos de beicon y huevo, acompañados de patatas salteadas.
—Después de cómo te grité, no merezco esto —murmuró él.
—Fuiste sincero, y yo también tengo parte de culpa. Te presioné, quizás más de lo debido. —Frunció los labios y añadió—: Siento haber cuestionado sus muertes.
—Era una pregunta válida, y hay días en que todavía me lo pregunto, sobre todo cuando veo a Olivia en sueños. —Suspiró—. Si estuviera viva, supongo que tendría un motivo muy distinto para odiarme.
—¿Por qué ibas a odiarte si fue Kylie quien la secuestró?
—¿Por qué haría alguien algo tan extremo si no fuera por miedo?
—La gente vengativa no necesita una razón.
—Aunque solo conocía su versión de la historia, por algún motivo no podía imaginarse a Leo dándole jamás a su esposa un motivo para temerle.
Ruth le había estado tocando la fibra sensible, y lo peor que él había hecho era gritar; ni una sola vez había amenazado con hacerle daño.
Tras haber trabajado con pacientes violentos, la violencia no le era ajena.
Una vez tuvo que denunciar a uno por ponerle un ojo morado.
¿Podría estar equivocada Ruth respecto a Leo? Era muy posible. Al fin y al cabo, las relaciones complicaban las emociones, pero su instinto le decía que aquel hombre se habría hecho daño antes que hacérselo a su familia.
Cambió de tema.
—¿Cuándo nos ponemos con el diario de mi padre?
—Cuando estés lista. Aquarius me ha escrito que ya lo escaneó todo, así que podemos acceder a la transcripción en cualquier momento. —Se relajó visiblemente y empezó a comer.
—¿Tienes ordenador? —No había visto ninguno.
—No. Podemos ir a la oficina o a la biblioteca a usar uno.
—La biblioteca me gusta más. —Frunció el ceño—. ¿Cuántas escaleras hay que subir?
—Unas cuantas.
Suspiró.
—Supongo que me vendrá bien el entrenamiento de resistencia si vas a arrastrarme a una selva.
Él sonrió.
—Entonces no debería mencionar que tendremos que cargar con nuestras provisiones.
El comentario le arrancó un gemido.
—Imagino que Torre no tendrá una tienda mágica que nos lo ponga fácil, ¿no?
—No te preocupes, Buttercup. Estaré ahí para apoyarte.
Fue más reconfortante de lo que esperaba.