Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—¿Yo? —Ruth se quedó boquiabierta mirando a Leo—. ¿Esperas que vaya a buscar contigo?

—Sí. Imagina la aventura.

Ella negó con la cabeza.

—No lo creo. Mi padre era el explorador. A mí nunca me ha dado por andar rebuscando en selvas y ruinas.

—Oíste a Sage. Tenemos que trabajar juntos.

—Pensé que eso significaba descifrar la terrible caligrafía de mi padre, no calzarme unas botas de montaña y echarme repelente para ir de caminata por tierras salvajes.

—No será tan malo.

—Eso lo dices tú.

—Si te preocupan los depredadores, tranquila. Te mantendré a salvo.

Ella abrió los ojos de par en par.

—¿Qué tal si no esperas que me ponga en peligro para empezar?

—El peligro será mínimo. Te aseguro que cualquier bicho que quiera mordisquearte no es rival para mí. Una vez luché contra un oso y gané.

Incluso tenía una foto por ahí sujetándolo en una llave de cabeza.

—Déjame adivinar, estabas borracho.

—En realidad, lo hice por una apuesta. Y gané una buena pasta.

—Lo más peligroso contra lo que he luchado es mi tarro de pepinillos, y ganó él —admitió con pesar, lo que hizo reír a Leo.

—No te preocupes, preciosa. Te salvaré de los tarros malvados que no se abren.

—Seguro que también eres útil para alcanzar cosas de los estantes altos —añadió ella, esbozando una sonrisa divertida.

—El mejor. También puedo cambiar bombillas en lugares difíciles de alcanzar.

—¿Pero sacas la basura?

—Constantemente —respondió arrastrando las palabras, con un guiño.

—Espera, ¿estás hablando de monstruos?

—¿Yo? —preguntó, fingiendo inocencia y fracasando, a juzgar por la risa de ella.

Terminaron los platos principales charlando animadamente, devorando la deliciosa comida, a la que siguió un mousse esponjoso que le arrancó un gemido. Toda la cena fue increíble, pero más que eso, llenó un extraño vacío del que no se había percatado.

Compañía.

Desde la muerte de Kylie y Olivia, Leo había evitado el trato con los demás. Veía la comida como un trámite que había que cumplir varias veces al día. Solía cenar solo, y si lo convencían de unirse a sus hermanos, engullía lo que tuviera en el plato lo más rápido posible para escapar... y beber.

Con Ruth, se descubrió reclinándose en la silla, bebiendo a sorbos el té helado que seguía frío por mucho que sirviera de la jarra.

Devoró con entusiasmo comida que no había sido conjurada de la nada, sino preparada por las propias manos de ella.

Unas manos extraordinarias que quedarían de maravilla envueltas alrededor de⁠—

Frenazo.

Cortó en seco ese hilo de pensamientos y se levantó de la mesa.

—Se está haciendo tarde. Deberíamos descansar bien antes de ponernos con el diario mañana.

La mirada de Ruth se desvió hacia la cama enorme, en la que cabían dos sin problema, pero Leo, que de pronto había empezado a sudar, soltó:

—Tú quédate con la cama. Yo dormiré en el sillón.

—Eso no será cómodo —comentó ella.

—Se reclina.

Lo sabía bien, porque se había quedado frito en él más de una vez.

—Yo me quedo con el sillón. Al fin y al cabo, este es tu apartamento.

—Eres mi invitada.

—No por elección.

Se puso de pie para discutir.

Cierto. Pero tampoco era tan capullo.

—No pienso dejarte dormir en el sillón reclinable.

—Y yo no pienso quedarme con tu cama.

Se acercó más mientras discutían.

Él se inclinó para gruñir:

—Insisto.

Mala idea. Eso dejó los labios de Ruth demasiado cerca para su tranquilidad.

Y esa boca perfecta pronunció:

—No.

—¿Por qué tienes que ser tan testaruda?

—Mira quién habla, el macho cabrío —resopló ella.

El suelo retumbó bajo sus pies, sobresaltándolos a ambos. Eso hizo que la mirada de Leo se deslizara más allá de ella hacia la pared del fondo. Se le escapó una risa.

—Parece que Torre tiene una solución.

Ella miró hacia atrás y jadeó.

—Ha dividido tu cama en dos.

Más bien había encogido ligeramente una y añadido otra, con una mesita de noche en medio.

—Parece que Torre no quiere que nos peleemos.

Y obviamente tampoco estaba intentando emparejarlos, como había temido. Bien. Nada de relaciones, ¿te acuerdas?

—Es una solución perfecta —declaró ella—. Ahora, si me disculpas, necesito lavarme la cara antes de acostarme. ¿Tienes un cepillo de dientes de repuesto?

—Torre te proporcionará lo que necesites en el baño, pijamas y artículos de aseo incluidos.

No pudo evitar observarla mientras cruzaba la habitación y entraba en el baño. Se quedó mirando ese trasero redondo y apetecible.

Joder. La tenía dura como una piedra y no podía hacer nada a menos que pensara esconderse en el baño a hacerse una paja. Tampoco era mala idea, junto con una ducha fría.

Cuando Ruth salió con un camisón que le llegaba del cuello a los tobillos, él se escabulló al único lugar con puerta. Incluso con ella cerrada, seguía demasiado consciente de Ruth al otro lado.

No podía dejar de pensar en ella mientras estaba bajo el chorro frío de la ducha.

Se agarró la polla, más dura de lo que la había tenido en años.

Apenas había sentido ganas de masturbarse desde la muerte de su esposa.

Pero esa noche, con la sonrisa de Ruth grabada en la mente, se la meneó y se corrió rápido.

Después de haberse vaciado, debería haber estado a salvo, pero nada más salir del baño en pantalones cortos —en vez de desnudo, como prefería dormir—, vio el bulto que formaba ella bajo las sábanas de la cama izquierda y ¡schwing!

Erección instantánea. Menos mal que no estaba mirando hacia él, porque no habría podido disimular la tienda de campaña.

Se dejó caer en la cama vacía de la derecha, metiéndose bajo las sábanas para ocultar la erección, y, como era de esperar, no se durmió enseguida.

¿Cómo iba a hacerlo con Ruth tan cerca? Una mujer que no le convenía en absoluto.

Era terapeuta profesional, tenía la vida encauzada y obviamente jamás saldría con un hombre roto.

Aunque ella lo encontrara atractivo, daría igual, porque él había renunciado a las relaciones, aunque no por una lealtad mal entendida hacia Kylie.

No podía permitir que nadie se le acercara. No se atrevía. Su esposa y su hija habían muerto por su culpa. Murieron porque él falló. Murieron y lo dejaron destrozado. Murieron y, desde entonces, vivir había perdido todo atractivo.

Hasta ahora.

Le molestaba que Ruth pareciera haber despertado algo que le recordaba que tenía necesidades. No solo sexuales. Echaba de menos la compañía. Echaba de menos las bromas y el intercambio de pullas. Echaba de menos tener a alguien frente a él en la mesa —y en la cama.

Se giró y contempló la silueta difusa de su cuerpo bajo la manta. Aunque ella hubiera despertado aquel anhelo, merecía a alguien mejor que él.

Al final, el sueño se apoderó de él. Lo arrastró a aquella noche oscura.

La pesadilla se volvió tan vívida que aún podía oler la alcantarilla.

Mientras aquel momento horrible se repetía —como casi todas las noches durante los últimos años—, la sed de sangre y la emoción del combate seguían igual de intensas.

El horror de encontrar las pertenencias de Kylie y Olivia seguía siendo devastador.

Pero fue lo que vino después lo que lo empujó a beber —y lo que le impedía seguir adelante.

Mientras la alcantarilla se desvanecía en la oscuridad, Leo se preparó. De nada sirvió. Cada vez, su aparición lo golpeaba en el estómago.

Una niña pequeña apareció frente a él, vestida con un sencillo camisón blanco, el cabello cortado a la altura de los hombros, los pies descalzos.

Su hija, pero no el bebé que recordaba. En sus sueños —pesadillas—, Olivia envejecía como si nunca hubiera muerto.

Lo visitaba casi todas las noches y amplificaba su tormento.

—Hola, papi —dijo Olivia con su vocecita infantil.

—Hola, mi niña —aunque aquello no fuera real, Leo no podía ignorarla.

La Olivia onírica sonrió.

—Me alegra que estés aquí. Ya casi es hora —hablaba con más madurez de la que correspondía a una niña de su edad.

—¿Hora de qué, mi niña? —llevaba meses aludiendo a algún acontecimiento próximo, y por eso él había estado bebiendo más de la cuenta.

A veces, cuando perdía el conocimiento por el alcohol, conseguía saltarse las visitas nocturnas —y luego se sentía culpable al día siguiente.

Daba igual que su subconsciente lo torturara con la culpa.

Cuando ignoraba deliberadamente a su hija onírica, se sentía como una auténtica mierda.

—Ya casi es hora de que estemos juntos —gorjeó Olivia—. Pero tengo que tener cuidado.

—¿Cuidado con qué? —ya se lo había preguntado antes, pero ella siempre daba respuestas vagas.

—No pueden pillarme. Kylie no estaría contenta.

—¿No quiere que me visites? —su convicción de que Kylie lo odiaba desde el más allá era fruto de la culpa.

—Kylie no lo sabe. Lo he mantenido en secreto.

En el sueño, Olivia nunca la llamaba «madre». Siempre era Kylie.

—No deberías ocultarle cosas a tu mamá.

—Tuve que hacerlo. Me dijo que estabas muerto. Cuando la llamé mentirosa, se enfadó mucho —Olivia torció los labios hacia abajo.

—Oh, cariño. Lo siento mucho. Tu mamá te quiere.

—No, no me quiere. Me dijo que nunca quiso que yo naciera.

Oír aquello lo destrozaba. Fuera un sueño o no, ningún niño debería sentirse rechazado.

—Seguro que no lo decía en serio.

—Sí lo decía —Olivia ladeó la cabeza—. Tiene ojos malos. Tú no.

Eso lo decía el fantasma onírico de su hija, que en realidad nunca llegó a conocerlo.

—No soy un buen hombre —murmuró, no por primera vez.

—Eres mi papi —palabras que le traspasaron el corazón y casi lo hicieron caer de rodillas.

Le salió la voz ronca.

—¿Cuánto falta para que estemos juntos? —¿cuánto faltaba para morir y reunirse con su niña?

—Pronto. Vas a hacer un viaje.

—Así es —no tenía sentido preguntarle cómo lo sabía. Era su sueño, su mente.

—No sigas a la señora hasta el bosque. No es buena persona. Sigue al hombre con un solo ojo.

—¿La señora no nos dejaría encontrarnos antes? —no tenía sentido retrasar su propia muerte.

—No. Tienes que seguir al hombre. Al del ojo —enfatizó Olivia—. Y no dejes que la doctora se bañe sola.

¿Ruth? Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Olivia miró por encima del hombro.

—Tengo que irme.

—¿Adónde? —preguntó, una vez más.

Olivia torció los labios.

—Toca otra visita al lugar malo.

Oír aquello siempre le encogía el estómago porque no podía evitar pensar en el Infierno.

¿Habría arrastrado Kylie de algún modo a su pequeña al Infierno?

Y no, no era extraño que creyera en el cielo y el infierno.

Al fin y al cabo, la magia existía y en esta galaxia habitaban poderes que escapaban a toda comprensión.

—Ojalá pudiera estar ahí para protegerte, mi niña.

—Pronto, papi. Pronto estaremos juntos para siempre.

Y dicho esto, se desvaneció, dejando a Leo destrozado.