Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Un Leo disgustado fue dando pisotones hacia la única puerta abierta en el pasillo. Las demás permanecían cerradas. ¿Que la torre quería que se quedaran juntos? Sí, claro, ella no se lo tragaba ni por un segundo.

—Bájame —exigió.

—¿Cuál es la palabra mágica? —replicó él.

—¿En serio? —Resopló y añadió—: Por favor.

Leo dejó a Ruth en el suelo, y ella se dio la vuelta de inmediato y se dirigió hacia las escaleras.

—¿Adónde vas?

Siguió caminando mientras decía:

—A buscar a quien dirige este lugar y exigirle una habitación, porque desde luego no vamos a dormir juntos.

—Buena suerte con eso. La Torre ha hablado.

Se giró y lo señaló con el dedo.

—Basta ya de fingir que esta torre está viva. No lo está.

—Sí, lo está.

—No, no lo está —respondió con firmeza—. No sé a qué estás jugando, pero no me interesa.

—¿Juego? Solo te digo cómo son las cosas. La Torre quiere que compartamos habitación. Punto. Créeme, yo tampoco estoy contento con esto.

Ella puso los ojos en blanco.

—Deja el teatro. Veo lo que estás haciendo. No es raro que los pacientes desarrollen un apego o crean sentirse atraídos por su terapeuta. Sin embargo, no soy un sustituto de tu pérdida.

Se quedó boquiabierto.

—¿Crees que estoy mintiendo sobre esto para tirarte?

—Quizás no para tener sexo, pero para mantenerme cerca, sí.

Se rio. Con ganas.

—Oh, preciosa. Aunque estés buena, te aseguro que no tengo intención de ponerte un dedo encima. Ni a ti ni a ninguna mujer. No me interesa. Si me pongo cachondo, me hago una paja en la ducha. Es menos complicado así.

Dicho esto, entró en su apartamento y cerró de un portazo.

Que se enfurruñara por el fracaso de su plan. Ruth volvió a las escaleras a paso rápido. Cuando fue a poner un pie en el primer escalón, se sobresaltó porque desaparecieron de golpe. Literalmente se esfumaron. En su lugar apareció un suelo liso.

Cerró los ojos y los abrió.

Seguía sin haber escaleras. ¿Qué demonios?

Dio un golpecito en la losa con el pie. Sólida. Aunque le habría gustado acusar a Leo de activar algún mecanismo que ocultara las escaleras, debería haberlo oído y visto. Las escaleras enteras no se evaporan así como así, como si nunca hubieran existido.

Tenía que haber otra forma de salir de este piso. Ruth se giró para mirar por el pasillo y volvió a quedarse atónita. Solo quedaba una puerta. La que Leo había cerrado de un portazo, que ahora volvía a estar abierta de par en par. Las otras entradas habían desaparecido.

Espeluznante. ¿Había dicho Leo la verdad sobre la Torre? ¿Estaba viva de verdad? La sola idea le produjo un escalofrío.

Ruth murmuró:

—Quienquiera que esté haciendo esto, que sepa que no tiene gracia. No quiero quedarme con ese borracho insufrible.

No era algo que una terapeuta debiera decir en voz alta, pero estaba asustada, y con razón. El suelo bajo sus pies, sin parecer moverse, la llevó volando de vuelta a la puerta abierta de él.

Quizás era hora de empezar a creer en la magia, pero no en el amor.

Si esta torre estaba intentando hacer de celestina, lo llevaba claro.

Leo podía ser guapo y destilar una virilidad que la hacía desear cosas que normalmente no deseaba, pero jamás actuaría en consecuencia.

Era un paciente. Un alcohólico. Un viudo en duelo y padre afligido con mucho equipaje emocional.

Si a eso le sumaba su supuesto numerito de héroe del mundo, tenía razones de sobra para mantenerse alejada.

Muy alejada. Solo que no le quedaba más remedio que pasar tiempo con él.

Conteniendo un suspiro de fastidio, entró en la guarida del león.

Resultó más agradable y espaciosa de lo esperado.

Como un loft diáfano, el espacio carecía de paredes interiores, lo que significaba que el salón daba directamente al dormitorio; la cama del rincón del fondo era absolutamente enorme.

Frente a un televisor enorme había un par de sillones reclinables con portavasos incorporados en los reposabrazos.

Del techo colgaba un saco de boxeo sujeto con una cadena resistente.

Un armario macizo de madera estaba junto a una puerta que imaginó que daba al baño, el único lugar que no quedaba a la vista.

—Veo que has cambiado de opinión —declaró Leo, de pie frente a una barra llena de botellas.

—No, pero tu torre ha dejado claro que no tenía elección.

Él resopló.

—¿Ahora me crees? Te dije que la Torre tiene voluntad propia.

—Y un sentido del humor retorcido —refunfuñó—. Para que lo sepas, no estoy nada contenta con esto. Es tremendamente inapropiado.

—No eres la única que está molesta.

—Más te vale no estar pensando en tomarte una copa porque tu torre nos obliga a compartir habitación.

La miró por encima del hombro.

—Sorprendentemente, no me apetece.

—Ja, dice el que está plantado frente a la barra.

—Por costumbre. Los últimos años, esa ha sido mi rutina. Hacer mi trabajo. Volver a casa. Beber hasta perder el conocimiento. Aguantar la resaca y repetir.

—Es hora de que encuentres otra forma de relajarte. El ejercicio puede ayudar.

—Acabo de subir nueve tramos de escaleras.

—Y ni sudaste ni te quedaste sin aliento —señaló—. Para liberar dopamina de forma natural, necesitas esforzarte de verdad. Dale al saco. Consigue una bicicleta estática. Levanta pesas.

—Ya hago todo eso. Tenemos un gimnasio en el quinto.

—Entonces búscate un hobby.

—¿Me vas a decir que me ponga a hacer jardinería? —se burló.

—Debería ser algo que te interese.

—¿Y tú qué haces en tu tiempo libre?

—Cocinar. Me resulta relajante preparar buena comida, y las sobras son un consuelo cuando he tenido un día difícil. —No vio ninguna cocina en su apartamento, lo que significaba que no tendría ese recurso en el que refugiarse mientras estuviera con Leo.

—Me gusta comer.

—Tienes que comer —señaló ella—. Un pasatiempo debería ser algo divertido. Como pintar.

—Lo único que pinto son paredes, suelos y techos con la sangre de mis enemigos. —Se cruzó de brazos. ¿Estaba intentando intimidarla? ¿Era quizás su forma de lidiar con la intrusión de ella en su espacio?

—¿Petanca? —sugirió ella.

—Deporte de nenazas —se burló.

—Aunque no suelo recomendarlo, por su naturaleza adictiva, quizás te relajarías jugando a videojuegos.

—Eso es lo de Escorpio. Nunca me gustaron mucho.

—Leer.

—Demasiadas palabras.

Ella resopló.

—Seguro que hay algo que te guste.

—Me está encantando molestarte. —Sus labios se curvaron.

—A mí no —gruñó ella. No entendía su reacción. Había tratado con pacientes difíciles antes, pero algo en Leo la sacaba de quicio. La culpa era de todo lo que había pasado hasta entonces. Demasiado cambio, demasiado rápido.

—Lo siento, Buttercup. No debería descargar mi mal humor contigo.

—¡No me llames Buttercup! Me llamo Ruth.

—Ruth era la anciana que preparaba el desayuno en la cafetería de la esquina cuando vivía en la ciudad.

—Es mi nombre.

—Buttercup te queda mejor.

—¿Cómo es eso?

—Porque cada vez que lo uso, te brillan los ojos y se te ponen las mejillas rosadas. —Apretó los labios—. Tengo que irme.

Lo abrupto de su despedida le indicó que no había querido decir eso.

—¿Adónde?

Sacó el diario del bolsillo.

—Voy a escanearlo.

—¿Y qué se supone que haga yo mientras tanto?

Esbozó la sonrisa más diabólica al bromear:

—Tómate una copa por mí.

Cuando se fue, ella miró el bar y casi se sirvió un vaso. Le habría venido bien algo para calmar los nervios, y sí que había vino allí. Sin embargo, beber sería tirarle de la cola a un león alcohólico. No sería amable ni justo. Ojalá tuviera su cocina.

Se apartó del bar y parpadeó porque, contra la pared opuesta a la cama, donde habría jurado que estaba el escritorio, ahora había un horno doble empotrado, nevera, encimera con fregadero y una isla con una batidora encima.

—Tiene que ser broma —murmuró mientras se acercaba.

Vaciló antes de tocar, preguntándose si sería un espejismo.

Encimera de cuarzo macizo. Batidora de marca.

En los armarios encontró tazas y cucharas medidoras, además de todo tipo de ingredientes secos para crear una obra maestra culinaria.

En la nevera, huevos, leche, mantequilla, paquetes de carne, patatas, verduras y frutas de todo tipo.

Frunció los labios. ¿Era real todo aquello? ¿Importaba?

—Gracias —murmuró antes de remangarse. Se lavó las manos y se puso manos a la obra: preparó masa de pan y encontró relajación en el amasado. Mientras la masa subía, preparó un estofado de ternera; el aroma que salía de la olla la calmó aún más.

Cuando Leo regresó, había preparado un festín, e incluso logró sonreír cuando él entró y exclamó:

—¿Qué coño huele tan bien?