CAPÍTULO 6 #2
—Me sorprende que no la secuestraras como hiciste conmigo.
Todavía sonaba resentida, no agradecida de que le hubiera salvado la vida.
—Casi lo hice, pero con los problemas que teníamos, no quería empeorar las cosas. Aunque debería haberlo hecho, porque al menos así ella seguiría viva para divorciarse de mí y podríamos haber compartido la custodia de Olivia.
—Estoy confundida. ¿Por qué vivir en Nueva York si ya tenías casa aquí?
—Por Kylie. Pasó una noche en mi casa y se quejó de que era demasiado espeluznante. Insistió en que si íbamos a ser pareja, tenía que vivir rodeada de gente.
—Comprensible, sobre todo si planeaban tener hijos.
El esfuerzo empezó a notarse en Ruth cuando comenzaron el tercer tramo de escaleras.
Resopló ligeramente mientras preguntaba:
—¿Ahora vives aquí de forma permanente?
—Sí.
—Supongo que usaste el portal para venir a nuestra sesión.
—No. No tenemos una salida adecuada en Nueva York. Tuve que hacer un salto estelar con un método más complicado.
—¿Me atrevo a preguntar qué significa eso?
—Muchas matemáticas —le dedicó una sonrisa—. Al menos se me da mejor que a Escorpio. En su última misión calculó mal y apareció en pelotas.
Ante el ceño fruncido de ella, su sonrisa se ensanchó.
—O sea, llegó completamente desnudo, y encima en la Antártida.
—¿Está bien? Tengo entendido que a esas temperaturas bastan segundos para sufrir congelación.
—El frío no nos afecta después de convertirnos en Zodiacos. El calor tampoco. Aunque eso no significa que podamos atravesar el fuego o jugar con nitrógeno líquido. Nuestros cuerpos tienen un límite.
—¿Pero os pueden herir?
—Vaya que sí. Pasa constantemente —señaló su brazo, todavía cubierto de pasta sobre la herida de bala—. Pero sanamos mejor y más rápido, sobre todo cuando usamos polvo estelar.
—¿Polvo estelar? —preguntó ella.
—No son estrellas de verdad. En realidad es meteorito pulverizado, pero el nombre lleva usándose desde siempre.
—Es mucho que digerir —admitió, deteniéndose a mitad de camino hacia el siguiente nivel.
—Lo es. Sobre todo porque los Zodiacos hemos hecho un trabajo excelente manteniendo nuestra existencia en secreto.
—¿Por qué ocultar lo que sois? Al mundo le encantan los héroes.
—No a todo el mundo. La gente puede ser muy cabrona. Los que nos temen querrían vernos cazados y muertos. Sabes que hay quienes querrían experimentar con nosotros, despedazarnos para ver cómo funcionan nuestras habilidades. Y luego están los codiciosos, que nos obligarían a cumplir sus órdenes.
—Son argumentos válidos. Aun así, debe ser muy solitario cargar con un secreto tan grande.
Ruth seguía sin moverse de donde estaba.
—Normalmente no. Soy un tipo reservado.
Aún más ahora, después de lo de Kylie. Ella había sido la primera persona en enterarse de su lado Zodiaco, y aunque al principio pareció aceptarlo, al final lo usó como excusa para decir que no podía amarlo.
—Pero se lo contaste a tu esposa —afirmó Ruth, como si le leyera el pensamiento.
—Sí. No me quedó más remedio, después de salvarla de una gorgona. Sage me ofreció una poción para borrarle los recuerdos, pero…
—Te enamoraste —completó ella con suavidad—. Envidio a quienes pueden encontrar eso. Para mí, las citas son un suplicio.
—Entonces es que no estás saliendo con los hombres adecuados.
—O el problema soy yo. Simplemente no me llenan. Mi terapeuta dice que es por mis traumas no resueltos con mi padre —puso los ojos en blanco.
—¿Y?
Se le curvaron los labios.
—Puede que tenga razón.
—Yo que tú, me tomaría mi tiempo y buscaría al indicado. Yo me precipité, aunque Sage me dijo que esperara. Kylie y yo nos fugamos y nos casamos un mes después de conocernos.
—Espera, ¿ignoraste a la vidente? ¿A la persona a la que siempre obedeces? —le lanzó sus propias palabras.
—La primera y la última —hizo una mueca—. ¿Lista para seguir?
Ella miró las escaleras y suspiró.
—Si no queda más remedio... Este sitio necesita un ascensor.
—Una se acostumbra.
—Ni hablar —gimió ella.
Antes de que Leo pudiera pensárselo dos veces, ya la había cogido en brazos.
—Bájame. Puedo caminar.
—Puedes, pero eres lenta.
Cuanto antes la dejara en la habitación que la Torre le tuviera preparada, antes podría escapar de su presencia.
Y lo necesitaba, urgentemente, porque no dejaba de fijarse en cosas que no debería.
Como la forma en que su trasero redondeado llenaba los pantalones.
Lo carnosos que eran sus labios. Cómo hablar con ella le despertaba todos los sentidos mientras su aroma lo embriagaba.
—¿Tan ansioso por librarte de mí? —bromeó ella.
—Sí —no tenía sentido mentir.
—Y yo que creía que estábamos manteniendo una conversación agradable.
Él resopló.
—¿Eso es lo que crees? A mí me suena más a charla de psicóloga. Ella no paraba de preguntar, y él, imbécil de él, no paraba de responder.
—Nunca terminamos nuestras sesiones.
—Supongo que tendremos tiempo de sobra, ya que estamos atrapados juntos.
Ella arrugó la nariz.
—¿Por cuánto tiempo?
—El que haga falta para encontrar esa puerta y la reliquia que hay dentro. Así que más te vale ponerte a leer ese diario.
—No quiero —respondió malhumorada.
—Odio tener que decírtelo, Buttercup, pero cuanto más tardes en ponerte con el diario de tu padre, más tiempo tendremos que pasar juntos.
—Ugh.
—Ya somos dos. Si quieres, puedo pedirle a Aquarius que escanee la letra y la convierta en texto. Luego puede hacer una búsqueda para localizar los pasajes importantes.
—Eso me vendría bien.
En el quinto piso, se detuvo y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Peso demasiado?
—Qué va. He subido a Escorpio por estas escaleras después de una borrachera, y es más del doble de grande que tú.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Torre todavía no me ha indicado dónde alojarte.
—Quizás se te escapó.
—No. Tiene formas de hacerse entender.
Reanudó la subida. Seguro que Torre pronto le indicaría dónde iba a quedarse ella.
—¿En qué piso vives? —preguntó ella al pasar el sexto.
—En el noveno.
—Con razón tienes las piernas tan fuertes.
—No es lo único —murmuró, y al instante quiso tragarse las palabras.
Él no hacía bromas verdes. Por suerte, ella no pareció pillarlo.
En el noveno piso, Torre por fin le indicó dónde llevar a Ruth, y él soltó un gruñido.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Torre se está portando como un capullo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque, por lo visto, te vas a quedar conmigo.
—¿Perdona?
Señaló la puerta abierta más adelante en el pasillo.
—Ahí es donde vivo.
—¿Y?
—Esa es la señal que estaba esperando.
—Una puerta abierta es solo una puerta abierta.
—Aquí no. En este caso, significa que te vas a quedar conmigo. Una puta mierda. ¡Un hombre necesita su intimidad! —le gritó al techo.
No hubo respuesta. Torre no hablaba, y no se le podía amenazar, sobornar ni convencer. Parecía que no solo iba a tener una compañera en su próxima misión. Ahora también tenía una puñetera compañera de piso.
Una puta mierda.
¿Cómo iba a poder beber un hombre con ella vigilando cada uno de sus movimientos? ¿Cómo iba a poder pensar con ella analizándole la cara? ¿Cómo iba a poder hacerse una paja cuando la mujer que le estaba provocando las ganas podría pillarlo?
Joder. Y joder otra vez. Tendría que haber dejado que esos mercenarios le pegaran un tiro.