CAPÍTULO 6
Sage hizo lo que mejor sabía hacer: soltar una frase demoledora que por fin dejó sin palabras a la psicóloga de Leo.
En ese silencio, Leo se preparó para marcharse.
—Bueno, ahora que he hecho mi trabajo y he mantenido a salvo a la Dra. Warmstone, además de recuperar los objetos que buscaba Cetus…
Leo hizo ademán de entregarle el diario y la foto a Sage, pero ella negó con la cabeza.
—Oh, no, Leo. Ni de lejos has terminado. Te quedarás al lado de Ruth hasta que se encuentre la reliquia. Quizás incluso más tiempo.
—¿Qué? —soltó él.
Eso no había sido parte del plan. No es que tuviera un plan en realidad, aparte de luchar contra sus demonios internos.
—¿Quién dice que voy a ayudar? —añadió su psicóloga, empeñada en llevar la contraria.
No podía creer cuánto tiempo y con cuánta vehemencia había discutido en contra de lo que tenía delante de sus narices. O sea, vale, el viaje estelar y toda esa mierda no seguían las leyes de la ciencia, pero una vez que lo habías experimentado, ¿cómo podías negarlo?
—Ayudarás, porque solo entonces ambos encontraréis la paz que habéis estado buscando —afirmó Sage con absoluta confianza, lo que implicaba que había visto algo.
Pero ¿el qué? Leo sabía que era mejor no pedir detalles porque la respuesta solía ser algo como «Porque yo lo digo».
—¿Paz de qué? Estoy bien —resopló Ruth con las mejillas enrojecidas.
—Puedes mentir en voz alta, pero no a ti misma.
Con eso, la diminuta Sage, que sabía dar donde más dolía sin levantar jamás un puño, se marchó.
Ruth volcó su ira en Leo.
—¿Por qué tengo la impresión de que no tengo elección?
—No la tenemos —respondió hosco—. Yo tampoco estoy contento con esto.
—No me importa quién sea. No puede decirme qué hacer.
—Entonces espero que puedas vivir contigo misma cuando empiecen a pasar cosas chungas.
Ella lo fulminó con la mirada…
…al rey de las miradas fulminantes, que le devolvió una igual de hiriente.
—¡Esto es una mierda! —exclamó Ruth.
—De acuerdo.
—¿Por qué tienes que ser tú? —siguió refunfuñando—. Si esta tarea es tan importante, seguro que estaría mejor con alguien que no fuera un borracho.
Vaya, la doctora también sabía dar donde dolía. Él no se inmutó, pero dijo a la defensiva:
—No he probado ni una gota desde ayer por la mañana.
—Un día entero. Vamos a sacar las serpentinas. O quizás todavía no, porque apostaría a que te mueres por un trago.
La verdad dolía, y como cualquier animal herido, contraatacó.
—Joder, claro que sí. Me ayudaría a aguantarte —gruñó.
—Pues será mejor que no lo hagas, porque si tengo que trabajar contigo para encontrar esa estúpida puerta y esa estúpida antigüedad antes de poder recuperar mi vida, estarás sobrio, porque no pienso aguantar tus borracheras ni tus resacas.
—Para que lo sepas, soy perfectamente funcional el día después de una borrachera.
—Lo dudo, y además hueles.
Al oír eso, se quedó boquiabierto.
—¡Eso no es verdad! Me ducho todos los días, a veces más de una vez.
—¿De verdad crees que eso lo oculta? Es como un marinado que te sale por los poros. Es asqueroso, y no pienso aguantarlo.
—No puedes decirme qué hacer.
Se había acercado mientras discutían y se inclinó hasta quedar casi nariz con nariz. Lo bastante cerca como para darse cuenta de que ella tenía unas pocas pecas salpicadas en el puente de la nariz.
—Puedo y lo haré, porque, a diferencia de ti, reconozco el comportamiento destructivo. Dices que bebes porque no puedes soportar el dolor y la culpa de haber perdido a tu familia, pero la verdad es que has elegido revolcarte en la autocompasión.
—Yo no me revolco —respondió tenso.
Ella hizo un gruñido de cerdo.
Él parpadeó.
—¿Qué coño ha sido eso?
—El ruido que hace un hombre cabezón.
Volvió a gruñir como un cerdo y añadió:
—Niega todo lo que quieras, pero es obvio que te revuelcas en tu miseria porque eres demasiado cobarde para vivir.
—Te equivocas. He sido demasiado cobarde para morir.
Nunca había podido decidirse a acabar con todo.
—Supongo que debería añadir egoísta a tu lista de defectos.
—¿En qué soy egoísta?
—Porque todo gira en torno a ti. Recurres al mal humor para incomodar a los demás. Usas tu dolor como arma para que te compadezcan.
—No estoy obligando a nadie a soportar nada. No es culpa mía que no me dejen en paz. Intento pasar desapercibido.
—Porque eso es más amable —replicó sarcástica—. ¿De verdad crees que a tus amigos y compañeros de trabajo no les duele verte sufrir?
Él se echó atrás.
—Yo no pedí su compasión.
—A la gente que se preocupa no le queda más remedio, y aun así apostaría a que se la has tirado a la cara.
—Seguro que lo superarán —espetó.
—¿Como tú superaste el tuyo?
—Es diferente.
Incluso mientras lo decía, se dio cuenta de lo que parecía.
—Sí, pasaste por algo horrible, pero la forma en que lo has llevado no ha sido sana. Has elegido convertirlo en toda tu identidad.
—¡Mi niña fue asesinada! —por lo visto, la doctora necesitaba que se lo recordaran.
—Y eso es increíblemente trágico, pero ¿de verdad crees que la autoflagelación es la manera de afrontarlo?
—¿Qué sugerirías tú? —porque, aunque odiaba admitirlo, ella tenía razón.
Se había estado regodeando en su miseria, negándose a encontrar alegría en nada.
Evitaba a sus amigos. Evitaba cualquier cosa que pudiera ayudarlo a pasar página porque, si lo hacía, sería como restarle importancia a lo que les había pasado a su hija y a su esposa.
—Dices que eres un guerrero. Pues actúa como tal. Tu trabajo es detener el mal para que ningún otro padre o madre sufra como tú, para que a ningún otro niño se lo lleven antes de tiempo. Así es como afrontas tu dolor: evitando que vuelva a suceder.
Sus palabras le tocaron la fibra. ¿Y si la expiación no consistía en ser miserable, sino en ayudar a otros? No le devolvería a su pequeña, a Olivia, pero evitarles esa pérdida a otros sería algo noble, un tributo digno a su hija, que se había ido demasiado pronto.
En lugar de reconocer que su sugerencia tenía mérito, cambió completamente de tema.
—Deberíamos averiguar qué habitación te ha asignado Torre.
—Cambiando de tema, ¿eh? —resopló ella—. No sé por qué me sorprende.
¿Qué esperaba de él? Acababa de darle un buen baño de realidad. Le llevaría tiempo asimilarlo. ¿Cambiaría su forma de ver las cosas? Quizás. Pero aunque no fuera de inmediato, ella había plantado la semilla. Ahora dependía de él que creciera o no.
—¿Cómo de grande es este lugar? —preguntó Ruth mientras lo seguía fuera de la cámara del portal.
—Grande —tan grande que nunca había subido hasta arriba del todo. ¿Para qué, si todo lo que necesitaba estaba en las primeras docenas de pisos?
Aunque él ya lo había visto, Ruth no, y estiró el cuello para mirar a su alrededor en el gran vestíbulo.
Puertas dobles, que superaban a Leo en altura por bastante, hechas de bronce desgastado e inscritas en un idioma que nadie podía leer.
Un suelo de mármol reluciente. Una escalera que ascendía en espiral.
—¿Esta torre tiene habitaciones para invitados? —preguntó ella.
—Sí, pero no me preguntes dónde están. Torre decide quién se queda dónde.
—Hablas como si fuera consciente.
—Porque lo es. Torre nos da lo que necesitamos —otra cosa más que no entendía ni cuestionaba. Ya no, al menos.
—Lo más probable es que simplemente tenga un personal muy bueno que sabe cómo atender a sus ocupantes.
—Podría ser, pero nunca los he visto —se dirigió hacia las escaleras—. Espero que no te importe subir. Los primeros pisos no tienen habitaciones para quedarse.
—¿Los primeros? ¿Cuántos pisos hay?
—Digamos que es el edificio más alto del mundo, con diferencia. Tan alto que debería ser imposible.
La observó mirando los escalones, con expresión desalentada antes siquiera de empezar, y más aún cuando murmuró:
—Cualquiera diría que vivir en mi casa de varias plantas me habría curado la aversión a subir escaleras.
—Piénsalo como un gimnasio gratis para las piernas.
—No todos queremos tener troncos por piernas —lo dijo como si fuera algo malo.
Mientras subían, ella seguía observando todo con curiosidad.
—¿Qué antigüedad tiene este lugar?
—Ni idea. Unos cuantos miles de años, al menos.
—¿Y dónde está?
—Irak.
Ella tropezó.
—Estás bromeando.
—¿Por qué bromearía sobre su ubicación?
—Porque, si dices la verdad, hemos ido de Nueva York a la otra punta del mundo en un abrir y cerrar de ojos.
—Más bien dos o tres parpadeos. No estoy seguro de la velocidad exacta, pero es más rápida que la luz.
—Demencial —murmuró, y luego, más alto—: ¿Cómo es que todo el mundo cree que la Torre de Babel es un mito si sigue en pie?
—Porque nadie puede verla. Torre tiene protecciones que impiden que la gente e incluso los satélites la detecten.
—Como el Triángulo de las Bermudas —bromeó ella.
—En realidad, no. El Triángulo no es algo que pueda verse, solo experimentarse —una especie de punto débil entre su plano de existencia y otro, que se abría y cerraba de forma aleatoria.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
—Mucho.
—Ya veo que hemos vuelto a tus respuestas secas y evasivas —refunfuñó ella.
—¿Qué sentido tiene decir más? Solo te burlarás de la respuesta. Y eso que me llamaste terco a mí, Florecilla.
—No me llames Florecilla. Mi nombre es Dra. Warmstone.
—Ya, eso no me vale porque ya no somos doctora y paciente.
—Sí, lo somos.
—No, no lo somos. Somos compañeros. Así que tus opciones son Ruth o Florecilla.
—Ruth, entonces, porque Florecilla es tu forma de burlarte de mí.
Sus labios se curvaron.
—¿Haría yo eso?
—Sí.
Llegaron al rellano y Ruth se detuvo.
—¿Para qué es este piso? —buena pregunta, dado lo abierto y espacioso que era.
—Salón de recepción, o supongo que podrías llamarlo salón de baile, aunque nunca hemos organizado ninguna fiesta.
—Entonces, ¿por qué tener uno?
—Solo Torre lo sabe.
Mientras reanudaban el ascenso, ella chasqueó los dedos.
—Un momento, ¿es esta la torre a la que te referías cuando dijiste que le pediste a tu esposa que se fuera de casa?
—Sí. Si Kylie hubiera venido aquí con Olivia, el wendigo nunca las habría alcanzado.