CAPÍTULO 4
A pesar del anuncio de Sage durante la cena, Leo no había tenido que salir disparado a ver a la Dra. Warmstone esa misma noche. Según la vidente, podía esperar hasta la mañana, pero ni un minuto más.
En un principio, había planeado emborracharse.
Se le hacía la boca agua solo de pensar en el whisky que le abrasaba las tripas, esperándolo en su habitación.
Un antojo que le inquietaba. ¿De verdad quería amanecer con resaca?
Sabía de sobra que eso le ralentizaba los reflejos.
Le embotaba los sentidos. Si la psiquiatra estaba en peligro, necesitaba estar al cien por cien; por eso evitó su habitación y entró en la guarida de Aquarius.
Para los curiosos, era una sala de ordenadores.
Pantallas por todas partes, algunas emitiendo informativos de todo el mundo.
Los Zodíacos prestaban mucha atención a posibles problemas emergentes.
¿Un montón de muertes misteriosas? ¿Gente desaparecida?
¿Luces en el cielo? Todo eran señales que requerían investigación.
La mayoría de las veces resultaba ser un problema humano, pero no siempre.
Y ahí era donde entraban ellos. Seres sobrenaturales, alienígenas, maldiciones antiguas... se encargaban de todo.
Aquarius debía de haberse marchado ya, porque su asiento estaba vacío frente a un trío de pantallas apagadas.
Leo no se molestó en contactarlo para pedirle ayuda, porque entonces tendría que explicar por qué quería información sobre cierta mujer.
Por primera vez en mucho tiempo, Leo sintió curiosidad.
¿Había enviado Cetus a ese ladrón? ¿Cómo sabía alguien lo de la imagen de esa extraña puerta y del diario?
¿Contenía el diario pistas sobre el propósito y la ubicación de la puerta?
¿Quién lo escribió? ¿Quién dibujó la imagen?
Su investigación no reveló ninguna conexión entre Ruth y Cetus, pero sí encontró algunas respuestas.
La Dra. Ruth Warmstone, de treinta y cinco años, vivía sola en la casa de piedra rojiza que tenía en propiedad.
Le servía de hogar y de consulta. Era huérfana: su padre, el Dr. Octavius Warmstone, había sido declarado muerto siete años después de desaparecer en una selva del sur.
Su madre había fallecido hacía unos años sin haberse vuelto a casar.
Hablando de matrimonio, su psiquiatra parecía soltera.
Sin hijos. Sin mascotas. Sin multas de aparcamiento ni ningún tipo de infracción en su historial.
Se había graduado en el cinco por ciento superior de su promoción.
Sin deudas, aparte de la hipoteca, que podría haber liquidado cuando quisiera con lo que tenía ahorrado en el banco.
Desde luego, no era el tipo de mujer acostumbrada a que le disparasen. Los gritos cuando alguien abrió fuego contra ellos en el garaje lo dejaron más que claro.
—¿Por qué están disparando? —gritó ella, acurrucada en el hueco del copiloto.
Él aprovechó para darle una lección.
—Para matarnos.
—¿Matarnos? ¿Por qué? —chilló ella.
—Ni idea, pero te dije que iban a por ti.
Como Aquarius había logrado arrancar el vehículo a distancia, Leo metió la marcha atrás en el todoterreno. Los neumáticos chirriaron mientras giraba el volante para dar media vuelta.
Pum.
La bala se incrustó en el parabrisas y empezó a formar una telaraña de grietas que crepitaban al extenderse.
—Esto no puede estar pasando —gimió Ruth, acurrucada y abrazándose las rodillas.
—Creía que los psiquiatras no aprobaban eso de negar la realidad —comentó él mientras pisaba el acelerador a fondo, lanzándose hacia el tipo que le bloqueaba el paso con un arma en la mano.
—¡Esto es culpa tuya! —gritó ella.
No pudo evitar soltar:
—Gracias a mí no vas a morir.
Pum. Pum. Pum.
Leo se agachó cuando más balas impactaron en el parabrisas, que se desplomó hacia dentro dejando entrar una ráfaga de aire.
En cuanto cesaron los disparos, se asomó y maldijo.
Giró el volante de golpe, esquivando por los pelos una columna de hormigón, y apuntó hacia el pistolero, que sacudía su arma encasquillada: un respiro providencial.
El cabrón se apartó de un salto para no ser arrollado por el Bronco a toda velocidad. Con el camino despejado, Leo se incorporó, pero gruñó cuando una bala le alcanzó en el bíceps.
El olor cobrizo de la sangre inundó el habitáculo, pero Leo aguantó el escozor de la herida mientras zigzagueaba para convertirlos en un blanco más difícil. Las balas seguían lloviendo, acribillando la carrocería del Bronco. Estaba claro que esa gente no tenía intención de capturarlos vivos.
Aceleró rampa arriba hacia el segundo nivel del garaje, dejando atrás a los atacantes.
Nadie les disparó mientras se dirigía hacia la rampa que bajaba al primer piso. Casi lo habían conseguido. Siguió las señales de Salida y estaba a punto de cantar victoria cuando vio la hilera de mercenarios apostados frente a la salida del garaje.
El frenazo los sacudió con violencia.
—¿Qué pasa? —jadeó ella.
—Más malos.
Mientras levantaban las armas y abrían fuego, metió la marcha atrás. Los neumáticos chirriaron y echaron humo cuando volvió a girar, sin saber adónde ir.
Luchar no era una opción. Eran demasiados, y si estaban decididos a matar a Ruth, bastaría con un disparo certero.
Dobló una esquina y se adentró entre los coches aparcados de esa planta, pero eso solo les daría un respiro temporal.
El motor echaba humo; alguna bala debía de haber dañado algo bajo el capó.
Mientras frenaba, evaluó sus opciones. No muchas. Mejor dicho, ninguna.
Su psiquiatra gimió:
—Creo que voy a vomitar.
—Aguántate, princesa. No tenemos tiempo para que te vengas abajo.
—Qué borde eres —se quejó ella.
—Porque no tengo tiempo para lloriqueos. Estamos metidos en un buen marrón.
Al oír eso, ella se asomó desde el hueco del copiloto y vio a los hombres armados corriendo hacia ellos entre las filas de coches aparcados.
—Son muchísimos. ¿Cómo vamos a escapar? —chilló ella.
—No vamos a escapar. Ni siquiera sé si aceptarían que nos rindiéramos —respondió sombrío. Lo más probable era que les pegaran un tiro.
—No lo entiendo. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren de nosotros?
—Es complicado de explicar, y no tenemos tiempo. ¿Dónde está el diario de tu padre? —No se había olvidado de él.
—Guantera. ¿Crees que si se lo entregamos nos dejarán en paz? —Ante la sugerencia, ella se giró para abrir el compartimento, pero antes de que pudiera meter la mano, él ya había agarrado el tomo encuadernado en cuero y se lo había guardado en un bolsillo.
—Ven aquí —dijo él, palmeándose el regazo, y ella parpadeó.
—Eh, no lo creo.
—Necesito que estés cerca —gruñó él.
—No pienso ser tu escudo humano —resopló ella.
—¿Mi qué? Da igual —murmuró Leo mientras se inclinaba y la agarraba por los brazos.
—¡Suéltame! —gritó su terapeuta mientras él la sacaba de su escondite a pura fuerza.
—¡Está con un Zodíaco! —gritó uno de los pistoleros—. ¡Disparad antes de que escape!
Bueno, eso confirmaba una cosa: sin duda, Cetus los había enviado.
Cuando las balas empezaron a volar, su psicóloga soltó un grito agudo, lleno de terror.
No tuvo tiempo de tranquilizarla. Invocó su poder y sintió cómo el tatuaje que le cubría la espalda se calentaba.
El calor se transformó en un frío intenso cuando su constelación lo arrancó del Bronco antes de que los misiles lo alcanzaran.
Su psicóloga dejó de gritar, seguramente porque, durante un milisegundo, no fueron más que átomos, motas descompuestas que salieron disparadas hacia el cielo, hacia su constelación, y luego de vuelta a la Tierra.
Los Zodíacos lo llamaban teletransporte estelar, un poder exclusivo de ellos, y no, no entendía cómo funcionaba.
Lo único que sabía era que su tatuaje lo conectaba con su hogar: Torre de Babel.
Llegó de pie sobre su sigilo, entero aunque aún sangrando por la herida de bala. La Dra. Warmstone colgaba inerte entre sus brazos.
¿Le habían disparado?
La tumbó y la examinó rápidamente.
No sangraba. Solo se había desmayado. Pasaba. Algunos cuerpos humanos toleraban peor que otros el paso por el espacio. Al menos ya no gritaba.
A salvo, la adrenalina empezó a disiparse y la herida le palpitó. Hizo una mueca. Otra cicatriz. Genial. Al menos no tenía que sufrir. Dejó a su psicóloga y se dirigió a la cámara contigua para que lo curaran.
Cuando regresó a la sala del portal, la Dra. Warmstone ya se había despertado, y no estaba contenta.
Ni un poco.