CAPÍTULO 3 #3
Con un arma en la mano.
Mientras el conductor la levantaba, Leo consiguió sacar su propia arma y disparó.
Ruth se quedó callada. Muy, muy callada, porque aunque podría haber alegado que el hombre de la oficina al que Leo había machacado quizá solo estaba inconsciente, el agujero en la cabeza de este dejaba claro que estaba muerto.
Leo lo había matado, y ahora corría por el callejón sujetándola con fuerza. De pronto cayó en la cuenta de que solo tenía su palabra de que era policía. De que no sabía nada de aquel hombre.
Así que cuando él se detuvo al final del callejón y ladró:
—¿Dónde está el aparcamiento?
Pensó que era mejor no provocarlo. Todavía no le había hecho daño. Quizá si cooperaba, la dejaría en paz en cuanto consiguiera lo que quería.
—Sigue hacia el oeste. Verás el cartel. Pero no tengo el mando para entrar.
Las llaves seguían colgadas del perchero de su casa.
—Eso no será problema —murmuró, tocándose la oreja—. Aquarius, ¿estás ahí?
Pausa.
—Necesito acceso a un aparcamiento a una manzana al oeste de mi posición.
Otra pausa, y añadió:
—Asegúrate de bloquearlo a cualquier otro después de que entre.
Ruth cerró los ojos mientras se reprochaba no haber reconocido lo delirante que estaba Leo.
Hablando con voces en su cabeza. Matando gente porque creía que iban a por él, o a por ella.
Daba igual. Lo más probable era que aquellos hombres de su oficina fueran los verdaderos agentes de la ley, intentando capturar a Leo, que obviamente era un criminal peligroso.
Y pensar que se había dejado engañar por su historia... En su defensa, había sonado sincero. Debería haberlo sabido. Los que estaban en las garras de la psicosis creían al cien por cien que lo que experimentaban era real.
Ruth tendría que andarse con mucho cuidado si quería escapar. No quería acabar con una bala en la cabeza.
Ruth se aferró en silencio mientras Leo corría por la acera; la calle residencial seguía bastante tranquila a esa hora. No es que la gente fuera a hacer nada. Los tiempos de los buenos samaritanos habían pasado. La mayoría ya no quería los problemas que conllevaba meterse en asuntos ajenos.
Además, en realidad no quería que nadie interviniera, porque tenía el claro presentimiento de que Leo no dudaría en usar la fuerza contra cualquiera que intentara detenerlo.
Para su sorpresa, cuando Leo bajó por la rampa que llevaba al garaje, la enorme puerta empezó a levantarse, aunque no había ningún coche detrás de ellos.
Se coló por debajo antes de que terminara de abrirse y ladró:
—Estamos dentro. Ciérrala.
La puerta se detuvo y empezó a bajar.
Ruth estaba confusa. ¿Leo estaba hablando de verdad con alguien?
¿Alguien que podía acceder a distancia a los controles del garaje?
Aquello parecía sacado de una película de espías.
¿Quién demonios era Leo? Porque desde luego no era policía.
La policía no tenía ese tipo de coordinación ni acceso a negocios privados.
—¿Dónde está tu coche? —preguntó.
—Nivel C, plaza 14.
Ni se le pasó por la cabeza mentir.
Siguió las señales sin aminorar el paso ni una sola vez, sin siquiera jadear. Impresionante. Ella se quedaba sin aliento al subir las escaleras de su casa.
Solo cuando llegaron a su todoterreno —de un relajante color gris cactus— la dejó en el suelo.
—No tienes las llaves, supongo —murmuró mientras probaba la manija del lado del conductor.
—No. ¿Cómo abriste el garaje?
No le dedicó ni una mirada ni una respuesta, sino que volvió a hablar con quienquiera que fuese Aquarius. —Oye, tengo un Ford Bronco Sport 2024 delante. Necesito acceso —ladeó la cabeza—. Espera un segundo. Te mando una imagen.
Sacó el móvil y le hizo una foto al número VIN visible a través del parabrisas.
A Ruth se le ocurrió que aquella distracción podría ser una buena oportunidad para huir.
Dio un paso sigiloso, pero entonces oyó: —Ni se te ocurra correr. No estoy de humor para persecuciones.
—Y yo no estoy de humor para que me secuestren —replicó ella.
Él la fulminó con la mirada. —Estoy intentando salvarte, joder. Coopera.
—¿Salvarme de qué?
—De la gente que anda detrás del diario y la imagen de tu padre.
—¿Por qué iba a quererlos nadie? ¡Tienen décadas de antigüedad! —gritó, perdiendo la compostura.
—Porque contienen una pista para encontrar algo valioso.
—¿Ah, sí? —respondió confundida—. ¿Y cómo sabes eso?
—Porque me lo dijo una vidente.
Vaya. Estaba loco de remate, pero tenía contactos.
El Bronco se abrió de repente y el motor arrancó con un rugido mientras él decía: —Gracias, tío. Hablamos luego.
Señaló el todoterreno. —Sube.
—Ya tienes lo que querías. No me necesitas.
—Sube.
La bala que pasó silbando e impactó en la columna de cemento, haciendo saltar esquirlas por los aires, tomó la decisión por ella.
Ruth se lanzó al asiento del copiloto y, cuando él le ladró —Agáchate en el hueco de los pies. Así será más difícil que te den —, obedeció. Cerró los ojos y rezó a un dios en el que no creía.
Por favor, no dejes que muera.
Porque tenía demasiadas preguntas sin respuesta.