Los pecados de Leo (El decimotercer zodiaco nº 2) CAPÍTULO 3
15%

CAPÍTULO 3

A pesar del daño que habían causado en su casa, Ruth no llamó a la policía.

¿Para qué molestarse cuando parecía que lo único que habían robado era un dibujo de su padre?

Se lo había enviado hacía más de dos décadas desde algún lugar de Sudamérica, como si enviar una imagen con una postal que dijera Te echo de menos pudiera compensar que rara vez estuviera en casa.

En las películas, los arqueólogos solían aparecer como tipos geniales que descubrían cosas épicas del pasado. En realidad, eran padres ausentes que mostraban más interés por cosas muertas y enterradas que por su única hija viva.

Sí, seguía algo resentida, pero había aprendido a aceptar la ausencia de su padre en los momentos cruciales de su vida.

Más o menos.

Parte de la curación, de pasar página, consistía en no fingir que aquel hombre no existía, de ahí que hubiera enmarcado el último dibujo que recibió de él.

Desapareció poco después, y todos supusieron que se había adentrado en algún lugar donde no debía.

La jungla podía ser peligrosa. No es que ella lo supiera.

Nunca había salido realmente de la ciudad.

¿Lo primero que hizo antes de ordenar el desastre de su casa?

Cerró la ventana que daba a la escalera de incendios y, para mayor seguridad, la clavó.

Si se producía un incendio, rompería el cristal para escapar.

Al menos el próximo ladrón que intentara entrar no lo tendría fácil.

Nunca se le había ocurrido revisar el cerrojo porque daba por hecho que la escalera metálica atornillada en el exterior colgaba lo suficientemente alto como para disuadir a cualquiera.

Estaba diseñada para usarse desde arriba, no desde abajo.

Pasó la noche revisando cerraduras —más de una vez, a pesar de saber que seguían bien cerradas—, ordenando el desastre —¿no podían haber robado sin destrozarlo todo?— y bebiendo vino porque seguía alterada.

Alguien había invadido su espacio privado.

No le hacía ninguna gracia. También le inquietaba su cliente desaparecido.

Leo debía de haber perseguido al ladrón.

Dudaba que volviera a verlo. Se había mostrado bastante reacio a revelar nada, era su derecho, por supuesto, pero eso hacía su trabajo prácticamente imposible.

Necesitaba comunicación abierta y honesta, además de disposición para solucionar lo que le aquejaba. Leo no parecía preparado.

Le costó conciliar el sueño, pero el amanecer llegó a su hora habitual a pesar de su cansancio. Dada la lentitud con que Ruth se levantó de la cama, se planteó cancelar las citas del día. Al final no lo hizo, porque, sinceramente, ¿qué iba a hacer aparte de darle vueltas a todo y deprimirse?

Tras desayunar tostadas con mantequilla de cacahuete y rodajas de plátano acompañadas de un café expreso bien cargado, bajó a su consulta, abrió la puerta que daba a la calle y se sentó detrás de su escritorio.

Se quedó mirando la pantalla del ordenador con la mente en blanco.

Resultó que podría haberse quedado un rato más en la cama, ya que su paciente de las ocho había cancelado durante la noche.

Al parecer, Harriet, que acudía a su consulta por sus problemas con las relaciones impulsivas, se había fugado para casarse. Otra vez. Por sexta vez.

Ruth negó con la cabeza. Quizás había llegado el momento de derivar a Harriet a otro profesional, ya que la terapia no parecía estar funcionando.

La necesidad de Harriet de ser esposa la desconcertaba.

Ruth no tenía ningún interés en el matrimonio.

Había visto cómo afectaba a su madre mientras crecía.

Cómo la sumía en ataques de ira. La tristeza en su mirada por su marido ausente.

Cómo luchaba por estar presente para Ruth.

Cómo se iluminaba cuando papá volvía a casa, solo para estallar en ataques de ira que lo obligaban a marcharse.

Un ciclo que hacía que su madre se derrumbara cada vez que él se iba.

Antes de convertirse en psicóloga, Ruth ya sabía demasiado sobre la depresión.

Su madre era bipolar, y sus episodios depresivos habían sido severos.

No ducharse durante días. Dejar que la comida que había cocinado en sus momentos de felicidad se pudriera en el fogón porque papá se había marchado a otra aventura.

Los gritos de mamá, o el llanto repentino, diera igual lo que Ruth hiciera.

Matrículas de honor. ¿Por qué un 98% y no un 100%?

¿Por qué Ruth no la quería? Ruth sí la quería, pero a medida que crecía, también se cansaba de tener que hacer de madre de su propia madre.

La universidad le proporcionó una vía de escape de los altibajos emocionales de su madre.

Había sido un alivio cargado de culpa cuando mamá murió hacía unos años en un accidente de coche.

Al revisar las cosas de su madre, Ruth encontró todas las cartas que su padre había enviado a lo largo de los años.

Mamá las había guardado todas, incluso las destinadas a Ruth.

Furiosa al verlas, Ruth había tirado la mayoría de las misivas, quedándose solo con el dibujo —que, por alguna razón, la fascinaba— y el diario de él —que nunca había leído.

¿Evitación? Sí, porque la niña que anhelaba el cariño de su padre temía que en su diario no hubiera ninguna mención de ella.

A pesar de que su paciente de las ocho había cancelado, sonó el timbre de la puerta de su consulta: alguien esperaba en la sala de espera.

Frunció el ceño. Era demasiado temprano para su cita de las nueve.

Dado el incidente con el ladrón de la noche anterior, dudó en responder.

Quizás había llegado el momento de instalar una cámara.

No habría problemas de privacidad si borraba las grabaciones cada día.

Decidió no abrir. No atendía sin cita previa.

Toc. Toc. Toc.

Los golpes firmes la hicieron aferrar un bolígrafo con el puño, como si pudiera protegerla.

—Abre, sé que estás ahí dentro —gritó un hombre.

La puerta y las paredes insonorizadas amortiguaban el sonido, pero a pesar de lo apagada que sonaba, reconoció la voz de Leo.

Que hubiera vuelto la sorprendió, arqueando una ceja. Inesperado, pero también le daba esperanza. Quizás de verdad quería cambiar. Se levantó a abrir, lo dejó pasar a la consulta y volvió a impresionarle su tamaño.

A diferencia del día anterior, no apestaba a alcohol rancio y tenía los ojos claros. Iba recién afeitado. A juzgar por el brillo de su pelo, era evidente que se había duchado y llevaba ropa limpia.

No era tan ingenua como para creer que aquella breve sesión fuera la causa de su mejoría en la higiene.

—Leo, me preguntaba qué te había pasado. ¿Atrapaste al ladrón?

—Sí.

La sonrisa que le dedicó la pilló desprevenida, no solo porque supiera sonreír, sino porque transformó al hombre hosco en uno atractivo.

—Y conseguí recuperar algo que te robó.

Metió la mano en su gabán de cuero, en el que ella acababa de reparar. Era impresionante que hubiera encontrado un abrigo de cuero suave hasta los pies en su talla. Debía de haber costado una fortuna.

Le entregó un sobre.

—Lo siento, el marco se rompió cuando lo derribé. Pero conseguí salvar el dibujo.

—Gracias.

Sacó el dibujo a lápiz, lo miró un momento y lo dejó caer sobre el escritorio, lo que, curiosamente, hizo que a él se le desencajara la mandíbula.

—Pensé que te emocionarías más.

—Es solo un dibujo.

—Que obviamente alguien dibujó para ti.

—Dudo que mi padre lo dibujara solo para mí. Seguramente esta era la versión imperfecta. Conociéndolo, haría otra que cumpliera mejor con sus estándares.

Vaya, eso había sonado un poco amargo.

—¿Tu padre era artista?

—Arqueólogo, en realidad. Me lo envió por correo durante su último viaje. Fue lo último que recibí de él.

Leo le lanzó una mirada penetrante.

—¿Murió?

Se encogió de hombros.

—Lo más probable. Recibí esto como una semana después de que desapareciera. Según el guía local con el que trabajaba, un día se adentró en la selva y no volvió a salir.

—¿Tienes idea de qué es esto? —Señaló el dibujo.

—Una puerta.

Resopló.

—No me jodas. Aunque tiene buena pinta. Me pregunto qué significarán esos símbolos.

—Son signos zodiacales antiguos, lo que significa que seguramente esa imagen ni siquiera la dibujó en su último viaje, ya que esos símbolos no son originarios de Sudamérica.

—¿Dónde crees que la vio entonces?

—Quién sabe. Dejé de seguirle la pista siendo muy joven. Mi padre no era de quedarse mucho tiempo en un sitio en cuanto se aburría. Se movía constantemente. De excavación en excavación. Siempre buscando el gran descubrimiento.

—La emoción de la aventura. —Asintió—. Lo entiendo. A mí también me preocupaba dejarme absorber por mis misiones, eh, trabajo, cuando nació Olivia.

—Olivia era tu hija.

Odiaba ver cómo se le descomponía el rostro.

—Sí. Me gustaría pensar que la habría puesto por delante de todo si hubiera tenido la oportunidad.

—Creo que lo habrías hecho —afirmó Ruth con seguridad.

No importaba si era verdad o no. En ese momento, él merecía que alguien creyera en él en lugar de añadir más a su lista de fracasos imaginarios.

—Me pregunto por qué el ladrón solo se llevó eso. Es extraño —comentó él.

—Quizás pensó que era valioso. —Se encogió de hombros—. Quién sabe. Cuando lo interrumpimos, seguramente agarró lo primero que vio y salió corriendo. Supongo que lo arrestaron.

—No tienes que preocuparte de que vuelva.

—¿Cuándo necesitas que haga una declaración?

—Ya está todo resuelto.

—Gracias. —La respuesta le alivió un poco la ansiedad—. Escucha, mi cita de las ocho canceló. Si quieres, podemos continuar nuestra sesión ahora, si no estás ocupado.

Vaciló antes de asentir.

—Claro. ¿Por qué no? —El sofá volvió a crujir cuando se tumbó, más relajado que el día anterior—. Entonces, ¿qué quieres saber?

Fue directa al grano.

—Háblame de Olivia.

Su expresión se suavizó.

—Era una bebé diminuta. Delicada. Perfecta. Lo que me sorprendió. O sea, mírame. Soy un bruto.

—Eres un hombre grande —lo corrigió—. Eso no te convierte en un bruto.

Se rio entre dientes.