CAPÍTULO 2
Leo no perdió mucho tiempo en la planta principal de la casa de la psicóloga porque oía los pasos del intruso alejándose escaleras arriba.
Lo siguió rápidamente, maldiciendo no haber traído más que una navaja.
Aunque, claro, uno no esperaba que una sesión sobre sus cagadas requiriera defensa física.
Armadura mental, sí, pero las armas las había dejado en casa.
Subió las escaleras velozmente y pilló a alguien vestido de negro trepando por una ventana abierta.
No tenía sentido gritar «¡Alto!». Los criminales nunca escuchaban.
Leo lo persiguió sin más. Se lanzó por la ventana tras él y notó algunas cosas interesantes.
Uno, que el tipo que había entrado en casa de la psicóloga era delgado y fibroso.
Dos, llevaba ropa ajustada y oscura con una máscara cubriéndole la cabeza, lo que lo convertía en algo más que un simple ladrón.
Y tres, un SUV caro esperaba con el motor en marcha en el callejón de abajo.
El tipo bajaba a toda prisa por los ruidosos peldaños metálicos, hacia la escalerilla ya desplegada.
Leo lo adelantó: se balanceó sobre la barandilla, se dejó caer y calculó el descenso para agarrar la última sección.
Gruñó por la sacudida, pero se recuperó de inmediato y se colocó frente a la escalerilla, listo para atrapar al aspirante a ladrón.
El intruso lo vio e hizo un giro brusco.
Leo lo agarró por la pantorrilla antes de que pudiera saltar hacia arriba.
Pero el ladrón, en lugar de rendirse, sacó un cuchillo y lanzó un tajo hacia Leo. Bastante mal, por cierto.
Leo, con reflejos rápidos, tiró de la pierna que sujetaba y el tipo perdió el equilibrio. El cuchillo salió volando, y el hombre siseó:
—Suéltame o te arrepentirás.
—No lo creo.
Lo agarró por la chaqueta y lo levantó.
—¿Te importaría explicar qué haces entrando en esta casa?
—No es asunto tuyo, neandertal.
—Lo estoy convirtiendo en mi asunto.
Sobre todo porque no quería ni pensar que ese cuchillo estuviera destinado a amenazar o herir a la doctora con la que acababa de hablar.
La parte delantera de la chaqueta del ladrón abultaba. Leo, frunciendo el ceño, fue a bajarle la cremallera, y el tipo empezó a forcejear. No era muy inteligente en aquella plataforma estrecha y tambaleante, y menos cuando el tipo, al perder el equilibrio, arrastró a Leo con él.
Mientras caían los últimos seis metros hasta el suelo, Leo hizo lo único que se le ocurrió para evitar aplastarse el cráneo contra el pavimento.
Invocó su tatuaje del Zodiaco para que lo llevara a casa. El tatuaje, que le cubría toda la espalda y era parte de su transformación, servía de conducto hacia su constelación, que a su vez lo teletransportaba a la Torre de Babel.
Un destello cegador después, aterrizó hecho un ovillo en la sala del portal de la Torre, aún agarrando al aspirante a ladrón.
Un ladrón que se puso histérico.
—¿Qué demonios? ¿Dónde estoy? ¿Qué hiciste?
En lugar de responder, Leo soltó al ladrón. No llegaría lejos. De hecho, su invitado involuntario corrió tan rápido hacia la puerta más cercana que se estrelló contra Aries, que ocupaba el umbral de la sala del portal.
El ladrón rebotó contra el pecho de Aries y golpeó el suelo con fuerza, hiperventilando. Ya no tan arrogante.
—¿Qué demonios, Leo? Creía que tenías cita con el terapeuta —gruñó Aries.
—Fui, pero mientras hablaba con la psicóloga, este capullo nos interrumpió. Al imbécil se le ocurrió robar a la doctora durante mi sesión —explicó Leo.
—¿Y lo trajiste aquí? —espetó Aries—. ¿En qué estabas pensando?
—Estaba pensando que estábamos cayendo y que esto era preferible a estamparme el cráneo contra el pavimento y que se me abriera como un melón pasado.
Aries frunció los labios.
—¿Qué se supone que debo hacer con él?
El él en cuestión retrocedió gateando, balbuceando:
—Nadie me dijo que me estaba metiendo con magos. Toma, quédatelo. No vale lo que me estaban pagando.
De la chaqueta sacó un marco de fotos y lo lanzó. El cristal se agrietó al golpear el suelo y resbalar.
Aries se agachó a recogerlo. Miró lo que contenía el marco, frunció el ceño y clavó los ojos en el ladrón.
—¿Por qué robaste esto?
El jefe sonaba cabreado.
—Porque me lo ordenaron. Casi no lo encuentro. Lo tenía colgado en la pared. Apenas me dio tiempo a cogerlo cuando oí que se abría la puerta.
La cosa se complicaba, y Leo, que últimamente no mostraba mucho interés por nada, sintió curiosidad.
Se acercó a Aries para echar un vistazo al contenido del marco.
Arqueó las cejas. Era un dibujo a lápiz de lo que parecía ser una puerta situada dentro de una pared rocosa cubierta de enredaderas.
Más interesante aún: lo que parecían símbolos del zodiaco enmarcaban la entrada.
La esquina inferior estaba fechada el 9 de abril de 2004.
—¿Quién te mandó robar esto? —Aries le agitó la imagen delante de la cara.
—La gente que me contrató. No sé cómo se llaman. Me contactaron en la dark web. Me dijeron que tenían un trabajo para alguien con dedos ligeros. Una vez que acordamos el precio, unos tipos me recogieron en lugar de darme la dirección, y me dejaron en el sitio.
Aries miró a Leo y articuló en silencio: Cetus.
—Puede que no sean ellos —murmuró Leo, aunque parecía probable. Cetus, una empresa que parecía inofensiva en la superficie, había mostrado interés en los Zodiacos últimamente. Un interés malsano. Por lo visto, volarles la sede no había bastado para disuadirlos.
—De una forma u otra, necesitamos averiguar quién lo envió.
Aries volvió su mirada severa hacia el ladrón.
—Quiero saber exactamente qué te dijeron. ¿Esta imagen era lo único que tenías que llevarte?
—No, también me dijeron que buscara un diario de un Dr. Octavius Warmstone, que no encontré.
Octavius Warmstone. Obviamente relacionado con su psicóloga.
—Dijiste que te contactaron en la dark web —afirmó Aries—. ¿Guardaste esos mensajes?
—Sí.
—Necesitaré verlos —exigió Aries.
—Ni hablar. Si se enteran de que delaté a un empleador, me pondrán en la lista negra —el ladrón tuvo el descaro de quejarse.
—Que te quede claro. Uno, me importa un carajo si consigues más trabajos para desplumar a la gente.
Dos, si no me cuentas lo que quiero saber, me obligarás a hacer cosas desagradables para sacar esas respuestas...
espero que no les tengas mucho cariño a tus extremidades.
Y tres, no tengo ningún problema en librar al mundo de escoria, así que dame una excusa.
Resultó que Aries no necesitó ofrecer una cuarta razón para cooperar.
El ladrón, un tal Theo Brown, alias Urraca, soltó todo lo que sabía.
Le dio a Aquarius, el experto en tecnología de los Zodíacos, acceso a su cuenta en la web oscura, donde había un tablón de encargos para quienes buscaban contratar a gente a la que las leyes les importaban un bledo.
Los mensajes del trabajo actual de Theo no eran muy detallados.
Básicamente, robar dos objetos específicos —un diario y la imagen— y cobrar cincuenta mil. Sin motivo. Sin identidad del cliente.
Aquarius, que había sido quien investigó en la web oscura, se crujió los nudillos.
—Supongo que será mejor que me ponga a hackear para averiguar quién contrató a Theo.
Hablando de él... —¿Qué hacemos con el ladrón? —preguntó Leo a Aries. Por el momento, Theo lloriqueaba en una celda.
—No lo sé. La ejecución podría ser excesiva para un tipo que solo es un ladrón de altos vuelos.
—Intentó clavarme un cuchillo —le recordó Leo.
—También juró que nunca ha apuñalado a nadie —Aries se frotó la mandíbula—. Aun así, aunque no dañe físicamente a sus víctimas, dista mucho de ser inocente.
—¿Quieres que lo lleve al desierto y lo convierta en comida para buitres? —Leo creía en el reciclaje, y eso incluía los cuerpos. El ciclo de la vida y esas cosas.
—No. Es escoria, pero sus crímenes no merecen la muerte. Ahora bien, tampoco creo que debamos devolverlo a Nueva York.
—¿Qué estás pensando?
—Darle a Theo un nuevo comienzo —respondió Aries con una sonrisa.
El jefe hizo que Sage preparara una poción del olvido, que el ladrón se tragó tras ser persuadido con amenazas de acabar desnudo en el desierto.
Cuando los ojos del tipo se pusieron vidriosos, Aries hizo que Leo lo llevara a través de un portal, de esos que conectaban con una ubicación específica.
El elegido conducía a Australia. Theo sería liberado solo con la ropa puesta, mil dólares en efectivo y un mensaje subliminal para conseguir un trabajo, uno de verdad.
En cuanto a sus ganancias ilícitas repartidas en tres bancos, Aquarius desvió los fondos.
Al fin y al cabo, no era que a los Zodíacos les pagaran por proteger el mundo.
Que Theo aprendiera que el crimen no compensa.
Quizá cambiaría de vida. Quizá no. En cualquier caso, a Leo le daba igual.
Lo que sí le molestaba era saber que alguien había contratado a Theo para ir a por su psicóloga.
Una psicóloga a la que Sage había enviado a Leo específicamente, ya que Sage era la vidente de los Zodíacos.
¿Por qué el repentino interés en la Dra.
Warmstone? Al conocerla, Leo se había fijado en su aspecto.
Una mujer de unos treinta y tantos con un corte de pelo a la altura de la barbilla que combinaba bien con su traje sobrio y profesional.
Un atuendo que no lograba ocultar las caderas generosas, la cintura estrecha y el busto que pugnaba por salir de su americana.
A pesar de no llevar maquillaje, tenía los labios carnosos y las pestañas espesas. En conjunto, muy atractiva.
Leo casi se abofeteó por ese último pensamiento. Su aspecto no importaba. Había renunciado a las relaciones después de Kylie. Las mujeres no eran más que problemas.
Pero, por lo visto, aún no había terminado con esta. Cuando fue a cenar, Aries le indicó a Leo con un gesto que se uniera a él y a su esposa, Sage.
La mística, embarazada de unos meses, sonrió.
—¿Qué tal tu primera sesión de terapia?
—No dio para mucho, ya que nos interrumpieron —respondió Leo antes de meterse comida en la boca con la esperanza de evitar una conversación sobre su estado mental.
—Seguro que la próxima es más productiva —replicó Aries.
—Ja —resopló Leo—. Como si pudiera volver.
Siguió engullendo la cena lo más rápido que pudo para escapar a su habitación y a la botella de whisky que lo esperaba. No había probado ni una gota en horas, ya que no quería presentarse a su primera sesión cayéndose de borracho.
—¿Por qué no ibas a poder? —preguntó Aries frunciendo el ceño.
—Porque ¿cómo se supone que voy a explicar mi desaparición?
—En tu próxima cita, le dirás que perseguiste al intruso —murmuró Sage—. Y como prueba, le devolverás el cuadro.
—¿Qué? —Leo no fue el único en exclamar.
Aries negó con la cabeza.
—No podemos entregársela. Creo que la imagen que robó el ladrón podría ser una pista sobre dónde encontrar la siguiente reliquia perdida.
—¿Hay otra? —preguntó Leo frunciendo el ceño.
Por consejo de Sage —que también constituía una orden—, Escorpio había localizado recientemente un orbe misterioso en la Antártida.
El descubrimiento se fue al garete cuando una corporación llamada Cetus, que supuestamente se dedicaba a estudiar el cambio climático, se lo robó.
También secuestraron a Escorpio. Por eso destruyeron la sede de Cetus tras teletransportarse al rescate.
Por desgracia, el orbe acabó perdiéndose en el traslado.
—Hay tres en total —dijo Sage—. Y esa imagen es una pista sobre la siguiente. Pero para resolver ese misterio, necesitarás el diario.
Leo se tensó.
—Te refieres al libro que el ladrón no pudo encontrar. Supongo que lo tiene la psicóloga.
—Oh, sí. Era de su padre —Sage ladeó la cabeza y cerró los ojos mientras murmuraba—: Hay fuerzas en movimiento, y quieren que se encuentre la siguiente pieza.
Sin embargo, no debe caer en las manos equivocadas.
El ladrón fue solo el primer intento de robar el diario.
Ruth está en peligro, y solo Leo puede protegerla.
—¿Yo? —Leo casi se cae de la silla—. Soy la última persona en quien nadie debería confiar.
—Esta es tu misión, Leo —susurró Sage, mirándolo con esos ojos inquietantes—. No debes fallar, o todo estará perdido.
Con semejante advertencia, Leo no quería otra cosa que pillar una cogorza monumental. ¿Qué clase de idiota pondría semejante presión sobre un fracasado y un borracho?
Por lo visto, las estrellas tenían sentido del humor, o bien odiaban a la humanidad. Fuera como fuera, el resultado era que Leo tenía temblores porque, por primera vez en años, no se atrevía a ahogar su dolor en alcohol.
No podía.
El mundo, y su psicóloga, dependían de él.