Epílogo #2
Con el ceño fruncido en señal de preocupación, se quedó observando el lento y cuidadoso descenso de Luke Murphy a la cubierta inferior. El muchacho parecía delgado y pálido. Era evidente que le dolía la pierna, pero cabía esperar que se recuperara, tal y como habían pronosticado los cirujanos.
Entonces, el bote de Tim se acercó y Red fue a darle la bienvenida. Los soldados ya estaban subiendo por la escalerilla de embarque, así que el capitán Thomas, su comandante, vino a reclamar su atención.
Bien entrada la tarde, el Galah zarpó y un fuerte viento del sureste le dio impulso.
Luego, al caer la noche, el viento casi alcanzó la fuerza de un vendaval, por lo que, durante los dos primeros días y noches de la travesía, Red no abandonó la cubierta.
Pero su corazón cantaba al son de la brisa cortante y el estruendo de las velas tensas de su barco, con un crujir de robustas maderas y el batir de las olas.
Iba a casa, pensó, a casa: a Sídney y a Magdalen, y, con el favor de Dios, allí se quedaría para siempre, aunque eso significara renunciar a su cargo.
Los enfermos permanecieron abajo, al cuidado del ayudante médico.
Las tropas y sus oficiales apenas aparecieron en cubierta, pues la tormenta no amainó hasta unas horas antes de que los Heads del puerto Jackson aparecieran a la vista, medio ocultos por nubes de lluvia negras como el azabache.
Pero, como por un milagro, la lluvia cesó y el viento amainó.
El gran puerto quedó bañado por una cálida luz dorada mientras el Galah arriaba sus lonas de tormenta y se dirigía, majestuoso, con foques y gavias, hacia el fondeadero familiar.
Red tenía el catalejo pegado al ojo mientras el barco soltaba el ancla.
Había iniciado las negociaciones para la compra de una pequeña cabaña de piedra pintada de blanco, la que fuera de sus padres, y su ánimo se vino arriba cuando, para su regocijo, vio a Magdalen de pie en el pequeño jardín.
Le daba la bienvenida agitando en la mano un frágil pañuelo blanco.
De sus tiempos de niño, recordaba a su madre esperando a que sus hombres regresaran de la mar.
Por complacerlo y en su ausencia, Magdalen habría concluido la compra de la cabaña de la cala y se habría mudado allí a esperar su regreso.
Red bendijo a su esposa en silencio por el amor y la comprensión que la habían impulsado a actuar así.
Se quitó la gorra y la levantó por encima de la cabeza en señal de saludo.
Sabía que pasarían varias horas antes de que sus pasajeros desembarcaran y él pudiera abandonar el barco; pero su esposa lo estaba esperando. Red estaba de vuelta en casa.
Para Luke, tuvieron que pasar cinco semanas, cinco semanas que parecieron interminables, antes de que los médicos le dijeran que pronto dejaría de estar bajo su cuidado.
Mercy y Claus habían hecho todo lo posible por aliviar la frustración que le provocara esa prolongada estancia en el hospital junto con los tratamientos que había tenido que soportar.
Luke les guardaba un profundo agradecimiento por su amabilidad, su preocupación y la regularidad de sus visitas.
Al principio, Mercy lo iba a ver sola, con la excusa de que Claus estaba ocupado preparando el Dolphin para otro viaje comercial al Pacífico.
Sin embargo, Luke sospechaba que la verdadera razón era el temor a lo que él pudiera relatar sobre el desenlace de la búsqueda de Jasper Morgan.
Por necesidad, esa información debía ser solo para los oídos de Mercy, no para los de su marido.
Por fortuna, sus temores encontraron reposo.
—Morgan está muerto, Mercy —le dijo él—.
No por mi mano, aunque yo estaba más que dispuesto a matarlo.
Verás, Morgan se había unido a la revuelta de los mineros.
Incluso había sido elegido miembro del comité de la Liga Reformista, pero los traicionó.
Uno de los mineros le disparó desde la empalizada, en Eureka, antes de que yo pudiera alcanzarlo.
Y… Murió delante de mí, con mi nombre en los labios.
Y supongo que Dan y los demás muchachos ya pueden estar tranquilos.
El tipo recibió su merecido. Vida por vida, Mercy, eso es lo que enseña la santa Biblia.
Morgan ha pagado con su vida, y supongo que yo también he pagado por lo que pretendía hacer.
—Miró con tristeza su pierna escayolada.
—Pero no fuiste tú quien lo mató —dijo Mercy, ansiosa por consolarlo. Vaciló un poco y, al final, le preguntó—: ¿Puedo decirle a Claus que tu búsqueda ha terminado? Sé que quiere ofrecerte un empleo y que hará todo lo posible por ayudarte. Lo traeré conmigo la próxima vez que te visite.
Y habían ido juntos al día siguiente. De que eran felices no había ninguna duda, fuera solos o como matrimonio. La dicha destacaba en sus rostros sonrientes y casi en cada palabra que decían. Y Claus le había ofrecido un empleo… Luke suspiró al recordar lo generoso de aquella oferta.
—Tienes madera de marinero, Luke —insistió Claus—, y estaré encantado de enseñarte navegación para que, con el tiempo, puedas tomar el mando de uno de mis barcos mercantes.
Estamos aumentando nuestro comercio con Nueva Zelanda, tanto con colonos de allí como con un buen número de tribus maoríes, y todo parece indicar que nos expandiremos en grande.
Los dos muchachos Yates, Simon y Robert, ya se han cansado de buscar oro.
Van a volver con nosotros en este viaje y actuarán como mis agentes en la isla Norte.
¿Por qué no vienes tú también? Podrás recuperar tu salud y tus fuerzas durante la travesía, y Mercy te cuidará, te lo prometo.
Ven a trabajar para mí, Luke, y tu futuro estará asegurado.
Pero él le había dicho que no. Había invocado cierta promesa y explicado que, a pesar de toda la incertidumbre que ese compromiso le suscitaba, tenía intención de cumplirlo.
Y había dejado que el Dolphin zarpara sin él.
Y cuando Claus y Mercy ya se habían marchado, intentó una docena de veces, aunque sin éxito, escribir una carta a Elizabeth Tempest para comunicarle su regreso.
No era capaz de expresar con palabras su amor y sus esperanzas. La pluma no era su fuerte y cada carta le parecía torpe e inadecuada. Decidió que debía ir en persona tan pronto como los médicos le permitieran partir.
Y al fin lo hicieron, aunque lo advirtieron de que aún debía tenerse por convaleciente.
Luke tomó la diligencia a Bathurst, pues no se atrevía a exigir un gran esfuerzo a su pierna lesionada.
Sin embargo, su cojera era apenas perceptible, además de que las sacudidas de la diligencia no le causaron molestias.
Decidió recorrer a pie el resto del camino hasta Pengallon.
Atardecía cuando, a través de los árboles, vislumbró el tejado rojo de la granja y el conjunto de dependencias y cabañas. Ahí se detuvo, de repente dudoso de si sería bien recibido.
Y, mientras permanecía allí indeciso, tentado de dar media vuelta, oyó una voz que lo llamaba por su nombre, y era, ni más ni menos, la voz que quería oír.
—¡Luke! ¿Luke?, ¿eres tú de verdad? Oh, Luke, ¿por fin has vuelto?
Con el corazón palpitándole con fuerza, Luke pensó que los instintos debían de haber llevado a Elizabeth a salir a su encuentro, ya que ella no podía saber que él estaba por llegar.
No le había dicho nada… Hizo un esfuerzo por contener el llanto que le cerraba la garganta y logró responder con una voz que apenas podía reconocer como suya.
—Sí —respondió—, he vuelto, Elizabeth. He vuelto para… estar contigo.
Ella se detuvo a su lado, desmontó y se quedó mirándolo con el corazón en los ojos.
—Te esperaba —le dijo con timidez—. Me lo pediste en la nota que me dio Dickon. Pero ha pasado tanto tiempo que no estaba segura de si lo decías en serio. No sabía ni siquiera si volverías, Luke. Si…
—Era en serio, Elizabeth —dijo Luke—, te lo dije con todo mi corazón.
El recuerdo de Jasper Morgan se desvaneció por fin; incluso el recuerdo del rostro muerto de Dan se apagó cuando Luke la tomó en sus brazos. Ella sonreía, constató el muchacho, y la abrazó con fuerza.
—Te amo, Elizabeth —le susurró—. Y siempre iba a volver.
***
Las primeras noticias impactantes sobre los acontecimientos en Crimea llegaron a Sídney a través del nuevo enlace telegráfico con la India. Poco después, el 25 de octubre de 1854, los periódicos de la colonia publicaron una espantosa lista de víctimas bordeada en negro.