Epílogo
Red fue al lado de sotavento de la cubierta de popa del Galah y contempló los muelles, los embarcaderos y los edificios apiñados de lo que ahora se conocía como el puerto Melbourne.
Las lanchas de su barco, cuatro en total, estaban alineadas junto al muelle del gobierno. Dos compañías del Cuadragésimo Regimiento de Su Majestad esperaban en fila. Los sargentos pasaban lista y los soldados respondían a sus nombres. Cerca de allí se estaba cargando una barcaza con el equipaje.
Red suspiró con impaciencia. A esas mismas tropas las había traído cuando se impuso la ley marcial en los yacimientos auríferos de Ballarat.
Entonces, el gobernador, el capitán sir Charles Hotham, había solicitado con urgencia refuerzos desde Sídney.
Ahora debía llevar a esa gente de vuelta a casa.
Reflexionaba con pesar que esos soldados estaban igual de ansiosos que él por regresar.
En ausencia del capitán James Willoughby, que se encontraba en aguas neozelandesas a bordo de la fragata Huntsman , el único buque de guerra disponible para transportar a las tropas a Victoria en tan poco tiempo era su Galah.
Red había sido interrumpido en su luna de miel para que transportara a esos soldados junto con el recién llegado comandante en jefe militar, el general de dos estrellas sir Robert Nickle.
Red comenzó a pasearse por la cubierta, cada vez más impaciente.
Aquellos pocos y preciosos días y noches que, en un estado de exquisita dicha, había pasado con su hermosa Magdalen eran, por desgracia, un recuerdo lejano; agridulce, de hecho, por tan breves.
Habrían sido imaginarios, pensó, a no ser por la alianza de oro que Magdalen le había regalado en su boda y que ahora llevaba en la mano izquierda.
Miró el objeto pequeño y brillante y, frustrado, maldijo en voz baja. Porque esa prisa era innecesaria; el pánico, efímero, y el papel de las tropas, casi negativo, igual que el suyo y el de la tripulación de su barco.
La revuelta de los buscadores de oro había terminado incluso antes de su desembarco, pues, a poco del estallido, había sido sofocada con eficacia por la policía y las tropas que estaban a disposición del gobernador Hotham.
Los levantados en armas, los activos, habían sido menos de quinientos hombres.
Por lo que Red pudo deducir, la resistencia solo había durado unas pocas horas y la victoria había llegado con un coste total de, quizás, treinta o cuarenta vidas; mineros en su mayoría, aunque el capitán Wise, del Cuadragésimo regimiento, había muerto en el ataque a la empalizada.
También había resultado herido de gravedad, aunque no de muerte, un inspector de la policía.
A la victoria del gobierno siguieron más de cien detenciones y una persecución, con recompensas de hasta quinientas libras a quien garantizara la captura de los cabecillas que habían logrado escapar y esconderse.
Sin embargo, Red tuvo que reconocer que la llegada de sir Robert Nickle había sido una bendición.
El distinguido y viejo general, un valiente veterano de las campañas peninsular y americana, herido en numerosas ocasiones, había aprendido el valor de templar la firmeza con misericordia.
De los ciento catorce prisioneros capturados tras la toma de la fortificación de Eureka, sir Robert había utilizado su considerable influencia para que todos, excepto trece, fueran puestos en libertad.
Los trece desafortunados iban a ser juzgados por alta traición, pero el general Nickle había entablado conversaciones personales con todos y había escuchado con paciencia las quejas de los buscadores.
Como resultado de sus gestiones, el gobernador Hotham había nombrado de inmediato una comisión para investigar los agravios que, según ellos, se les habían infligido, incluido el exorbitante coste de las licencias de prospección.
Nickle, tal vez porque había pasado gran parte de su vida luchando contra los enemigos de su país, era un pacificador.
Su actitud conciliadora le había ganado la confianza de los buscadores de oro y la aprobación del gobernador.
En gran parte gracias a él, el joven Angus Broome y su hermano Lachlan fueron liberados.
Se les permitió regresar a la granja de ovejas de su padre en Bundilly, un resultado que supuso un gran alivio para Tim Broome, el primer teniente de Red.
Los chicos no habían obtenido ningún beneficio por su trabajo en el filón Eureka, pero su afirmación de que el socio, ahora muerto, había depositado en el Tesoro lo que habían extraído juntos iba a ser investigada, según le había contado Tim.
Red sonrió para sus adentros. Charló con los chicos y descubrió que ninguno de los dos parecía esperar con demasiada impaciencia el resultado de la investigación.
Unos cuantos días atrás habían partido hacia Bundilly, bastante felices y más preocupados por la recepción que les esperaba por parte de su padre que por la fortuna que podían estar perdiendo.
—¡Señor! —lo llamó Francis De Lancey, su cuñado, que acababa de reincorporarse a la compañía del Galah , aunque con los parches blancos de guardiamarina en lugar de la única charretera que antes adornaba su uniforme—.
Señor, una lancha se dirige hacia nosotros, y no es una de las nuestras.
Parece que por fin ha llegado la avanzadilla o…
—Se llevó el catalejo al ojo y corrigió—.
No, señor, parecen ser inválidos. He visto a uno caminando por el muelle con una muleta.
Red se acercó a la barandilla y sacó su propio catalejo.
Observó a los ocupantes del barco que se acercaba.
Había seis, aparte de los remeros; cinco vestían las familiares casacas rojas con ribetes amarillos del Cuadragésimo Regimiento, en tanto que el sexto parecía un civil.
Todos, como acababa de sugerir Francis De Lancey, tenían aspecto de enfermos recién dados de alta del hospital, ya que llevaban los brazos en cabestrillo o vendajes en la cabeza.
—Supongo que son bajas de la compañía del malogrado Wise —asintió—. Sea tan amable de asegurarse de que sean recibidos de la manera más adecuada, por favor, señor De Lancey. Y avise al ayudante médico. Habrá que preparar la enfermería de inmediato.
—Sí, señor —respondió Francis. Salió a dar las órdenes necesarias con brusquedad y, tras una nueva inspección de los ocupantes del bote, llamó a un grupo para que preparara una silla de contramaestre—. ¡Moveos, muchachos!, y tened cuidado al subir a esos hombres a bordo.
El matrimonio y la paternidad, reflexionó Red, sin duda habían tenido un efecto beneficioso en su cuñado, que antes era un joven rebelde.
Francis maduraba. Estaba dispuesto a asumir responsabilidades, era concienzudo en el cumplimiento de sus deberes y popular entre los marineros.
Cuando Francis y Dora estuvieron de vuelta en Sídney, según recordaba Red, Magdalen había defendido la causa de su hermano, y él la había escuchado, incapaz de negarle nada…
, aunque no se arrepentía de lo que había hecho con Francis.
Y la hija de este y Dora, una criatura fascinante de nombre exótico, se había ganado el corazón de todos con una facilidad cautivadora.
El bote se acercó y los heridos fueron izados uno a uno a la cubierta del Galah , con el ayudante médico atento e impaciente.
El último en aparecer fue el joven vestido de civil, que bajó en un salto ágil de la silla del contramaestre y cogió la muleta que le tendía uno de los marineros.
Estaba a punto de seguir a la pequeña procesión de soldados cuando, por impulso, Red se le acercó.
—¿No eres soldado, muchacho? —le preguntó.
—No, señor. Servía en la policía montada. Me dieron la baja por motivos médicos, señor, y permiso para regresar a Sídney.
El chico hablaba bien, con un ligero acento que Red no supo identificar.
Como si adivinara la pregunta no formulada, el antiguo policía montado añadió:
—Soy originario de los Estados Unidos, señor, del valle de Sacramento. Mis padres son granjeros allí. Pagué mi pasaje de San Francisco a Sídney trabajando a bordo de una goleta clíper, la Dolphin . Quizá la haya visto en el puerto Jackson. La…
—¡Dios mío, claro que la he visto! —exclamó Red, que había simpatizado de inmediato con su nuevo pasajero—, y conozco bien al capitán Van Buren.
Fuimos amigos de la infancia, y estuve en su boda.
Se casó con… —Se interrumpió al recordar la ceremonia nupcial de Claus Van Buren, una boda que, por casualidad, había suscitado la suya.
El recuerdo lo conmovió. De repente, recordó al joven delgado con ropa prestada que había entregado a la novia de Claus.
Sacudió la cabeza, sorprendido por su falta de sagacidad—.
Querido amigo, qué estúpido soy, ¡sé perfectamente quién eres!
Tu hermana Mercy es la esposa de Claus, ¡y te vi en la boda!
Creo que venías de casa de los Tempest, en Pengallon, y te llamas Luke. ¿Luke Bradshaw? ¿O es Bancroft?
—Murphy, señor —corrigió un Luke sonrojado—. Su…
—El mundo es pequeño, Luke, de verdad —intervino Red en cuanto notó la vergüenza del joven.
La sonrisa de Luke era cálida, como de agradecimiento.
—Sí, señor, sí que lo es. —Y añadió—: He conocido a miembros de su familia, señor, eso creo, en Pengallon. A su padre, el capitán Justin Broome, y…
—Y a mi hermano y mi hermana —terminó Red por él—. Sí, te mencionaron. —Le tendió la mano—. Estoy encantado de conocerte, Luke, esta vez en persona. ¿Qué te ha pasado en la pierna? ¿Te hirieron en los recientes disturbios de Ballarat?
—Sí, señor —confirmó Luke—. Igual que a estos soldados, en el campo de Eureka. Pero dicen que mi pierna se curará con el tiempo y que quedará como nueva. Supongo que he tenido suerte de no perderla.
—Señor… —Francis De Lancey volvía a aparecer junto a Red—. La lancha del primer teniente ha zarpado, señor, y los demás están embarcando ahora.
—Muy bien, señor De Lancey —asintió Red.