Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 11 #6
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Capítulo 11 #6

—¡Tú! —jadeó el hombre herido—. ¡Dios mío, después de todos estos años! Eres aquel chico tonto, Luke… ¡Luke Murphy! Maldito seas, yo…

Quiso incorporarse. Su mano temblorosa y manchada de sangre buscó a ciegas algo en la cintura de sus pantalones y, cuando la levantó otra vez, empuñaba un revólver Colt, un arma como la que siempre había llevado; solo que esa vez —el joven lo alcanzó a notar con una extraña indiferencia—, la pistola de Morgan no tenía la empuñadura ornamentada de perla.

Luke advirtió que el cañón apuntaba hacía él, pero no se sintió capaz de moverse, olvidado incluso de su propia arma, el sable que sostenía con los dedos entumecidos, paralizados.

Oyó un clic. Morgan acababa de apretar el gatillo. No hubo ninguna detonación. El moribundo maldijo e intentó girar el tambor, pero el esfuerzo agotó sus últimas reservas y el revólver se le cayó de las manos.

Luke seguía sin moverse. Vio morir a su enemigo sin la menor piedad. Vio sus ojos nublarse y oyó un agudo grito que se desvaneció en el silencio. La búsqueda había terminado, pensó aturdido; la larga búsqueda había llegado a su fin. El asesino de Dan había ido a reunirse con su Creador.

Desde detrás de la empalizada de los excavadores, el tirador herido que había matado a Morgan metió una nueva bala en su rifle.

Los soldados de casaca roja y los agentes de la policía de a pie regresaban para acabar con lo que quedaba de los defensores, pero Rafaello Carboni aún tuvo tiempo de enviar a un maldito policía a la perdición.

Volvió a levantar el rifle hasta el hombro y alcanzó a disparar en el mismo instante que la bayoneta de un soldado de casaca roja se clavaba en su espalda.

La bala alcanzó a Luke justo debajo de la rodilla derecha. Sorprendido, el joven sintió que la pierna se le entumecía y dejaba de soportar su peso.

Aún estaba encogido, desmañado junto al cuerpo de Jasper Morgan, cuando el subinspector Martin se acercó a caballo y desmontó a su lado.

—Se acabó —gruñó el oficial—, ¡y no gracias a ti, maldito agente Murphy! —Sus astutos ojos examinaron la escena que tenía delante. Su pulgar señaló con desdén el cuerpo inerte que yacía entre ellos—. ¿Es él? ¿Este es el hombre al que perseguías? ¿Este es Humphrey?

—Sí, señor —confirmó Luke con voz débil.

—¿Lo has matado tú, muchacho? Después de lo que te dije, ¿te has tomado la justicia por tu propia mano?

Luke negó con la cabeza. Se sentía mareado y ofuscado. Enfermo de dolor, apenas podía mantenerse erguido.

—No —logró decir—. Lo mató uno de los mineros. Disparó desde la empalizada justo cuando ya lo estaba alcanzando. Pero… —Titubeó y confesó desafiante—: Yo quería matarlo, inspector. Por eso salí a perseguirlo. Yo…

Martin lo silenció.

—No diga eso, soldado, o pensaré que no es apto para el servicio policial —le advirtió desdeñoso—.

¡Y tal vez no lo sea! Aun así… —Con el pie, dio la vuelta al cuerpo de Morgan.

Descubrió la Colt, se agachó para recogerla y giró el tambor con dedos expertos—.

Le quedaba una bala nada más. Las otras cinco se las dedicó al inspector Brownlow y a uno de sus agentes, y luego echó a correr.

No están seguros de si Brownlow sobrevivirá.

Recibió dos tiros por la espalda. —Volvió a dar la vuelta al cadáver de Morgan con el mismo pie y estudió el rostro del muerto.

Lo miraba con curiosidad y el ceño fruncido—.

Este tipo debía de ser un sinvergüenza, sin duda.

No podía ser leal a ninguno de los dos bandos, ¿verdad?

¿Y dices que mató a tu hermano?… Bueno, nada de eso le ha hecho bien.

Supongo que tendrá que dar algunas explicaciones cuando se encuentre con San Pedro a las puertas del cielo, ¿no crees?

Luke asintió, incapaz de hablar. Dos soldados pasaron junto a ellos.

Entre ambos llevaban a un minero pelirrojo que, aunque herido de gravedad, cosa evidente, marchaba en estoico silencio.

Aun así, al ver el cadáver de Morgan, el minero gritó algo en una lengua extranjera y escupió su desprecio.

Los soldados no reaccionaron ante ese arrebato y siguieron avanzando a paso firme.

Martin se enderezó y suspiró con cansancio.

—Será mejor que volvamos al campamento. ¿Puedes caminar, Murphy?

—Lo intentaré —susurró Luke—, mas… —Probó a levantarse, pero volvió a desplomarse, invadido por una oleada de náuseas.

—Madre mía, muchacho, no me había dado cuenta de que estabas tan malherido.

—El subinspector se pasó las riendas del caballo por un brazo y, con una delicadeza inesperada, se agachó para ayudar a Luke a subir a la silla—.

Me parece que te han destrozado el hueso, chico, así que te llevaré al médico.

—Y, con una extraña sonrisa, añadió—: Tendrás que dejar la policía.

Y volverás a Sídney, tal vez, pero eso es lo que quieres, ¿no? Lo que viniste a hacer ya está hecho.

Luke no respondió. Pero sí, a eso había ido, pensó. Ahora que la búsqueda había terminado, quería ir de nuevo a Sídney y a Pengallon. Estaba ansioso por volver.