Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

La tropa de asalto de infantería avanzaba a paso firme, con las bayonetas reflejando la tenue luz.

En el suelo polvoriento y duro como una piedra, resonaban las botas.

De repente, como alertado por el ruido, alguien detrás de la empalizada dio un grito agudo de alarma.

Luego rompió el silencio un único y sorpresivo disparo de mosquete que despertó a los defensores.

Los hombres echaron a correr hacia las barricadas.

Sin embargo, antes de que pudieran disparar una primera descarga irregular, los soldados ya habían recibido la orden de abrir fuego.

Y lo hicieron de forma disciplinada. Enseguida, la primera fila retrocedió para recargar mientras la segunda disparaba a su vez.

Sonó una corneta, aguda y clara. Liderados por su oficial con la espada desenvainada, los casacas rojas cargaron sin vacilar por la pendiente y se lanzaron contra la barricada que tenían delante.

Los defensores respondieron con el fuego de todas sus armas y abrieron brechas en las filas de los soldados que cargaban. El oficial cayó. Aun así, desde el suelo, hizo señas a sus soldados para que siguieran avanzando. Un sargento ocupó su lugar y gritó a los hombres que cerraran filas.

Los jinetes de Brownlow dispararon una descarga y, junto con la segunda línea de la infantería, se unieron al avance desde el flanco.

Sus propios disparos habían despejado la delgada línea del enemigo y habían hecho retroceder a los mineros desde su endeble y desmoronada barricada.

Los californianos dispararon sus Colt, pero pronto se vieron obligados a seguir retrocediendo cuando la infantería irrumpió con sus bayonetas en la empalizada.

Hubo combates cuerpo a cuerpo con los piqueros irlandeses, hasta que estos también cedieron, superados en número y fuerza.

Y se retiraron. Atrás quedaron sus muertos y heridos.

Los estadounidenses, con sus distintivas camisas de colores vivos, intentaron reagruparse, y sus revólveres les concedieron cierto éxito, pero pronto también se vieron en la necesidad de huir, con los soldados pisándoles los talones.

—Desenvainad los sables, muchachos —ordenó Martin con severidad—. Ahora todo depende de nosotros, están huyendo. ¡Cumplid con vuestro deber!

Luke se dio cuenta de que ya era de día cuando, con el sable en la mano, espoleó su caballo para seguir a Martin.

El sol naciente proyectaba una luz nítida y escalofriante sobre la escena e iluminaba los cuerpos que yacían extendidos sobre lo que quedaba de las barricadas de los mineros y los accesos…

Había cadáveres de soldados y de los llamados rebeldes.

Los mineros huían despavoridos por la parte trasera de la empalizada.

Algunos iban solos; otros, los que corrían en pequeños grupos, ayudaban a sus compañeros heridos.

Unos cuantos se detenían para disparar a sus perseguidores, pero la mayoría huían sin más.

En la búsqueda de un refugio, dejaban caer las armas.

Tropezaban y resbalaban en el terreno irregular y lleno de baches, y luego, trastabillando, se alejaban con la única intención de alejarse de los sables de las dos líneas de jinetes que avanzaban y comenzaban a converger.

Luke había olvidado casi por completo el motivo de su presencia en Ballarat, cuando, de pronto, descubrió que un hombre montado en un bayo se separaba de repente de la tropa del inspector Brownlow y corría a temerario galope hacia la carretera de Geelong, una ruta que lo alejaría del frente de la empalizada.

El fugitivo no llevaba uniforme, pero, sin duda, en el ataque inicial había estado con la policía de Brownlow. Luke no tenía forma de saber si de verdad había participado; de lo que no dudaba era de que se estaba escabullendo de la policía y…

Había algo familiar en él, en su rostro moreno, el bigote espeso y las patillas bien recortadas; también en la forma en que montaba a caballo y en lo largo de las correas de los estribos.

Jasper Morgan siempre había montado con estribos largos.

Una vez había dicho que su estilo era el de la caza británica. Él… Luke respiró hondo y se estremeció.

Era Morgan. Dios, después de tanto rodar, ¡Luke por fin había encontrado al hombre que buscaba!

Y el cerdo estaba huyendo. Conseguiría escapar a menos que…

Luke se separó de la fila y partió tras él sin pensar en nada más que en obstruir su carrera.

Y en matarlo, porque había asesinado a Dan, a Frankie y a Tom, y porque, por mucho que Luke hubiera intentado engañarse a sí mismo, eso había ido a hacer.

¡Al demonio!, ¡Jasper Morgan merecía morir!

Luke tenía un caballo más rápido y llevaba menos peso que Morgan.

Sabía que estaba ganando terreno a su presa.

Entonces, cuando aún iba veinte yardas por delante, Morgan se desvió de pronto para evitar un bache en el terreno y se puso a la altura de la parte delantera de la empalizada, ahora casi desierta.

Allí había un hombre agachado, un herido que los soldados habían pasado por alto.

Su cabeza pelirroja asomaba por encima del parapeto derruido.

Y sujetaba un rifle. Un doloroso grito de «¡traidor!

» fue interrumpido por el estallido de su disparo.

La bala alcanzó a Morgan en el pecho, lo hizo pegar un grito ahogado y lo derribó del caballo. Cuando Luke lo alcanzó, el tipo yacía inmóvil, con la parte delantera de la camisa manchada de sangre.

El muchacho saltó de su caballo. Sin prestar atención al peligroso entorno, dejó suelto al animal y se arrodilló junto al hombre al que había querido matar.

Pero se dio cuenta de que aquel disparo fortuito desde la empalizada de los mineros había hecho todo el trabajo.

Morgan se estaba muriendo. Tosería hasta exhalar su último aliento, con los labios manchados de sangre, indefenso y a merced de Luke.

Pero debía enterarse, debía oír el nombre de Dan antes de morir.

—Te he encontrado, Morgan —dijo con la voz áspera por la profundidad de su ira—. ¿Te acuerdas de mí? ¿Te acuerdas de mi hermano Dan, al que mataste en la barranca Windy? ¿Lo recuerdas, Morgan? ¿Y te acuerdas de mi hallazgo, lo que me robaste? ¡Quiero que te acuerdes de nosotros, Morgan!

Los ojos de Jasper Morgan, oscuros por la agonía, se fijaron en su rostro. Luke vio cómo la memoria del herido despertaba poco a poco.