Capítulo 11 #4
El muchacho seguía hablando, pero Elizabeth apenas prestaba atención a lo que le decía.
Ballarat, se dijo a sí misma sin aliento, era el destino de Luke; o, al menos, eso le había confiado él a Dickon.
¿Podría Luke estar entre esos hombres, los anarquistas, que habían izado la bandera roja y amenazaban con marchar sobre Melbourne y el gobernador en abierta rebelión?
Elizabeth se sintió agradecida cuando, por fin, el teniente Lowndes se despidió a regañadientes.
Entonces pudo llamar al viejo Thomas para que lo acompañara a la salida.
Con el pretexto de un dolor de cabeza, se excusó de acompañar a su tía a las carreras, y, una hora más tarde, incapaz de permanecer sola en la casa por más tiempo, se dirigió al Dominio del gobierno.
Desde allí, con el corazón a punto de romperse, Elizabeth vio cómo las tropas subían a bordo del Galah y cómo el barco, con la cubierta superior llena de casacas rojas, se alejaba lento y majestuoso del fondeadero para adentrarse en mar abierto.
Decidió que volvería a casa. Tan pronto como pudiera organizarse, se iría a casa. Era mejor esperar allí, donde había prometido estar, y rezar por el regreso seguro de Luke.
***
El sol se estaba poniendo y el calor bestial ya remitía un poco cuando los soldados a caballo divisaron el bosque de tiendas y el pequeño grupo de edificios de madera que constituían el municipio de Ballarat.
El subinspector Martin no había presionado a los hombres bajo su mando, a pesar de la urgencia de la misión.
Los había dejado tomarse su tiempo, con frecuentes paradas para descansar y alimentar a sus caballos.
—No seremos de ninguna utilidad para Dios ni para los hombres si llegamos agotados y con los caballos exhaustos —le dijo a uno de los cadetes que protestaba por la lentitud de su avance—.
Y puedes creerme: no nos perderemos la acción.
El señor Brownlow no nos habría llamado con tanta urgencia si tuviera suficientes hombres para enfrentarse a los buscadores, ¿verdad?
—Con astucia, añadió—: Vamos a entrar por una ruta que rodea el municipio.
Es mejor que los buscadores no nos vean.
Cuando llegaron por fin al campamento del gobierno, ya bien entrada la noche, Luke se sorprendió de ver que se parecía mucho a una fortaleza sitiada.
Había centinelas de casaca roja custodiando la entrada mientras otros, con los mosquetes al hombro, patrullaban el perímetro como si hubiera un peligro inminente.
Un grupo de oficiales con catalejos vigilaba el campamento de los mineros.
Hablaban en voz baja entre ellos mientras un joven de chaqueta azul ajustada y revólver a la cadera se movía de uno a otro, gesticulando con entusiasmo.
La llegada del contingente del subinspector Martin fue recibida con un alivio muy notable.
Aparecieron cabalgando en grupos de tres, con las bridas tintineando.
Martin formó a su gente en dos filas y, enseguida, se adelantó para saludar con elegancia a un oficial corpulento y rubicundo con insignia de inspector.
Venía saliendo de un edificio de piedra cerca del centro del campamento para recibirlos.
—Soy el comandante de policía Brownlow —anunció con aire presuntuoso.
—Yo soy Martin, señor, subinspector —respondió Martin sonriendo—, con…
La sonrisa se borró de su rostro en el instante mismo en que Brownlow le gritó con ira:
—¡Por Dios, hombre, te has tomado tu tiempo en llegar! Te he enviado a buscar con urgencia.
—He venido tan rápido como he podido, señor —se defendió el subinspector con rigidez—, sin maltratar a los caballos, señor. —Hizo una pausa. Su rostro bronceado y curtido por el tiempo carecía de expresión—. Mis hombres están listos para su inspección si así lo desea.
El joven oficial de la chaqueta azul se acercó a zancadas, golpeando una de sus botas con un bastón. A pesar de su espeso bigote, parecía pocos años mayor que los cadetes. Luke apenas podía creer lo que oyó cuando el comandante Brownlow lo presentó como el comisionado residente Rede.
Los dos hombres inspeccionaron a los recién llegados, con el joven Rede por delante. Sus comentarios, hechos en voz alta, fueron todo menos elogiosos, para evidente disgusto del pobre Martin. Antes de regresar al grupo de vigilantes del que se había separado, Rede anunció:
—Como pueden observar, caballeros, estamos preparados para cualquier acto de agresión por parte de los mineros rebeldes que se encuentran abajo.
Nuestras mujeres y niños han sido alojados en las instalaciones del Banco Comercial, que, al igual que la cárcel, es un edificio de piedra.
Se requiere una vigilancia máxima en la situación en la que nos encontramos, pero, si Dios quiere, la ley y el orden serán restablecidos en las próximas veinticuatro horas.
Les pediremos que apoyen a las tropas del capitán Wise y a la policía del señor Brownlow cuando hayamos entrado en el campamento para sofocar a los sediciosos y expulsarlos de la empalizada que han erigido.
Espero que estén a la altura de lo que se espera de ustedes.
Se alejó sin dejar de golpear con el bastón su bota bien lustrada. Cuando el joven comisario se hubo alejado lo suficiente como para no alcanzar a oírlo, el inspector Brownlow dijo con desdén:
—A ese jovenzuelo lo llamamos el Burro, ya veis por qué, ¿no?
Muy bien, Martin, tus hombres pueden retirarse, pero solo el tiempo necesario para atender a sus caballos y comer algo.
Después, quiero que estén listos para la acción.
No me importa lo que haya dicho el comisario, y ha dicho mucho, ¿no?
Estoy bastante seguro de que actuaremos esta noche.
Solo depende de las noticias que nos traigan de abajo.
—Movió la cabeza en dirección al campamento de los excavadores y soltó una risa seca—.
¡Han estado entrenando y marchando como gallos todo el día, esos cabrones!
¡Rebeldes irlandeses locos con picas y un maldito cura papista para arengarlos!
, ¡italianos seguidores de Garibaldi!, ¡malditos luteranos alemanes, escoceses y una turba de republicanos yanquis que están tratando de organizar una revuelta colonial aquí!
Un verdadero aquelarre, te lo aseguro, y habrá que ponerlos en su sitio.
Pero, aunque cueste creerlo, a la vista de las circunstancias, el señor Rede me ha informado de que el gobernador creará una comisión para investigar sus quejas.
Bueno, yo me encargaré de que primero les demos algo por lo que quejarse.
Martin no dijo nada. Saludó y dio las órdenes necesarias. Luego añadió sin énfasis:
—Descansad mientras podáis, muchachos. Os avisaré con tiempo cuando haya algo que hacer.
Los hombres obedecieron, rígidos y doloridos por el largo viaje y agradecidos por la oportunidad de relajarse. Pero el respiro fue breve. Martin los despertó menos de cuatro horas después con un rugido estentóreo.
—¡Ensillad y montad! ¡Animaos, muchachos!
Los casacas rojas están enviando una partida de asalto para tomar la empalizada.
Calculan que solo hay unos doscientos hombres dentro y que la mayoría están durmiendo.
Debemos cubrir el flanco izquierdo de los soldados y cortar el paso a cualquier minero que intente huir.
Aún aturdido por el sueño, Luke hizo lo que se le ordenaba.
Ahora que había llegado el momento, detestaba la perspectiva de entrar en conflicto armado con aquellos a quienes, desde que tenía uso de razón, había considerado su propia gente.
Pero no había remedio, se dijo con amargura; había hecho un juramento y debía cumplir con su deber.
Montó y se unió a los demás, con el sable colgando a un costado y la carabina en su funda.
Gritó su respuesta cuando un enérgico Martin pasó lista.
En algún lugar, sumergido en la oscuridad, quizás dentro de la empalizada defensiva de los mineros, estaba el hombre al que buscaba. El hombre que había asesinado con crueldad y de un modo tan despreocupado a Dan y a los dos australianos, solo por su propio beneficio…
Luke avanzó. Tuvo que espolear su caballo para ponerse en fila.
De repente, sentía la boca seca y el corazón acelerado.
Pensó abatido que había cruzado medio mundo en busca de Jasper Morgan y que, ahora, su presa estaba a menos de una milla.
Levantado en armas y convertido en un rebelde contra el gobierno de la reina de Inglaterra, era un objetivo legítimo para su carabina o su sable, en caso de que pudiera encontrarlo y reconocerlo en la oscuridad que lo envolvía todo.
A Luke se le revolvió el estómago. Le era casi imposible reconocer a los soldados de casaca azul que cabalgaban a su lado.
Y el otro escuadrón de agentes montados, al mando del inspector Brownlow, que, tras abandonar el campamento ya se había situado a la derecha, no era más que un grupo de siluetas oscuras.
Los oía, pero apenas podía verlos. Era más fácil distinguir la fila de soldados que marchaban delante, ya que sus casacas rojas y sus cinturones cruzados blancos los hacían un poco más visibles contra el cielo estrellado.
Iban acercándose cautelosos al campamento de los mineros. Solo el tintineo de arreos y bridas delataba su presencia. Incluso esos sonidos callaron cuando los hombres alcanzaron su objetivo, detrás de un montón de tiendas, y la mano levantada de Martin y una orden susurrada los hicieron parar.
El horizonte se estaba iluminando y el primer indicio grisáceo del amanecer tocaba un cielo salpicado de nubes.
La empalizada se encontraba delante y a su derecha, pero, por mucho que forzaba la vista, Luke no alcanzaba a ver ninguna luz encendida ni distinguía el menor movimiento detrás de las rudimentarias barricadas.
Parecían bastante sólidas. Se podían distinguir pilas de puntales y montones de ladrillos y tierra, con más tiendas detrás, esparcidas al azar entre los árboles.