Capítulo 11 #3
—Mi opinión no es muy popular, muchacho —confesó—.
Al menos, no entre esta gente, así que no la expreso a menudo.
Pero tú has sido soldado, así que quizá me entiendas.
En primer lugar, no creo que el objetivo de los mineros sea iniciar una revolución.
Dicen que quieren justicia; el fin de las tasas, que son demasiado altas para aquellos que nunca encuentran oro, y que la policía deje de perseguirlos por las licencias.
Con toda franqueza, te digo que eso es todo lo que quieren la mayoría de ellos.
Las redadas policiales están calculadas para avivar el resentimiento, lo he visto con mis propios ojos.
Muchos de los agentes abusan de su poder, mientras que otros son corruptos y aceptan sobornos.
No voy a dar nombres, pero conozco a algunos cuyos principios morales no soportarían una investigación.
—Martin suspiró y dejó su taza—. El oro ha traído prosperidad a este estado, una prosperidad real que perdurará incluso después de que lo hayan extraído todo.
Ha proporcionado al país una saludable afluencia de inmigrantes, muchos de los cuales se quedarán y desarrollarán el interior.
Despejarán los montes para cultivar la tierra y criar ganado.
Eso es lo mejor, ¿no? Y los buscadores trabajan duro por el oro; es un trabajo agotador, a menudo en condiciones espantosas, y tú lo sabes mejor que yo, Murphy.
De acuerdo, muchos de ellos hacen trampas y evitan pagar sus licencias, pero me temo que es porque no tienen medios.
Un sistema más justo sería gravar el oro con un impuesto, de modo que los que se hagan ricos paguen por el privilegio de haberlo buscado, mientras que los demás pueden seguir explorando sin tener que pagar nada.
Pero… —El subinspector se levantó con cierta torpeza—.
Las autoridades no me piden mi opinión, así que solo hago lo que se me ordena y mantengo la boca cerrada.
Pero te diré una cosa, muchacho: no me gusta lo que nos espera en Ballarat.
Habrá muertos y heridos, y los pobres diablillos de los buscadores no tienen ninguna posibilidad contra la fuerza que podemos lanzar contra ellos.
—Miró a Luke pensativo—. El sargento Fairfax mencionó que estabas buscando a uno de los miembros del comité de la Liga Reformista. Es amigo tuyo, ¿verdad?
—No —negó Luke. Vaciló. No sabía si podía atreverse a revelar el verdadero motivo de su búsqueda.
Martin le dijo con brusquedad:
—Ya te lo he dicho, muchacho, sé mantener la boca cerrada. No me digas nada si no quieres, pero es posible que pueda ayudarte.
—Se hace llamar capitán Humphrey —dijo Luke—, pero su verdadero nombre es Jasper Morgan. En California, donde éramos socios, nos robó a mi hermano y a mí todo el oro por el que habíamos trabajado y… Bueno, eso le costó la vida a mi hermano.
—Ya veo. Bueno, entiendo por qué estás tan ansioso por encontrar a ese sinvergüenza.
De todos modos, Murphy, ten cuidado. —Le puso una mano en el brazo—.
No te tomes la justicia por tu mano, si es que tienes algo de sensatez.
Entrega al tipo. Recuerda que ahora eres policía.
Tu deber es hacer cumplir la ley y velar por que se haga justicia. Has prestado juramento, ¿no?
Sin esperar una respuesta, Martin se dio la vuelta y se marchó.
Luego, tumbado bajo las estrellas, envuelto en una manta, Luke tardó mucho en conciliar el sueño.
Entre los pensamientos contradictorios que lo atormentaban estaba el de Elizabeth Tempest, a quien había dejado atrás hacía meses en la granja de sus padres, en las montañas Azules de Nueva Gales del Sur.
Le había prometido que volvería, recordó, y la conciencia lo estaba atormentando.
Pero, como había dicho Martin, para él no habría vuelta si se tomaba la justicia por su propia mano y mataba a Morgan.
***
A invitación de su tía Abigail, Elizabeth Tempest estaba pasando unas semanas en Sídney, encantada de haber dejado Pengallon por un tiempo; desde la partida de Luke, hacía casi seis meses, la vida en la granja de su padre había comenzado a aburrirla.
Por supuesto, nunca estaba ociosa, ya que siempre había mucho que hacer; sobre todo en la época de la esquila.
Con tantos hombres atraídos por los yacimientos de oro, ella y su madre, además de cocinar para el reducido equipo de esquiladores, tenían que ayudar a empacar la lana y, en ocasiones, a reunir a las ovejas.
Edmund y Dickon hacían el trabajo de media docena de hombres, pero, a resultas de eso, eran mala compañía por la noche.
Apenas se podía intercambiar con ellos unas pocas palabras cansadas, o gruñidos monosilábicos en el caso de Dickon, antes de que los dos se quedaran dormidos donde estaban sentados.
A menudo, ni siquiera tocaban la comida que ellas les preparaban con tanto esmero.
Y su padre también pasaba por un momento muy similar… Elizabeth suspiró.
Era cierto que había disfrutado de la inusual experiencia de arrear el ganado, ya que montaba tan bien como cualquier hombre.
Las ovejas eran criaturas estúpidas. Para los perros, era fácil reunirlas en una balante multitud y, una vez establecido el patrón, conducirlas desde las colinas donde pastaban hasta los recintos cercados que bordeaban el cobertizo de esquila.
Pero, dondequiera que cabalgara por las tierras de su padre, pensaba en Luke o lo veía en su memoria.
En consecuencia, añoraba más su presencia…
Y no estaba segura de que el muchacho fuera a volver.
Él le había prometido que lo haría, pero aquello había ocurrido hacía casi seis meses, y en seis meses podían pasar cosas.
Muchas podían cambiar, salvo, al parecer, sus sentimientos hacia él y su sensación de pérdida.
No había habido cartas, solo aquella nota garabateada que Dickon le había traído el día en que Luke se marchó de Pengallon y de su vida, empeñado en alguna misión propia cuyo propósito él había considerado más importante que su amor.
Elizabeth volvió a suspirar. Sentada en el bello salón de su tía, amueblado con exquisitez, se alegraba de haber venido a Sídney, aunque fuera por poco tiempo, ya que eso aliviaba su dolor.
Además, la tía Abigail estaba complacida de sentirse acompañada.
Abigail, una mujer de avanzada edad, con el pelo blanco, ya llevaba mucho tiempo viuda; sin embargo, aunque los años habían pasado sobre ella dejándole huellas en un cuerpo antes robusto y esbelto, seguía siendo muy activa.
Poseía un espíritu indomable y un sinfín de fascinantes historias que siempre era un placer escuchar.
Y, desde el punto de vista de la sociedad, Sídney era un lugar emocionante.
Ofrecía todo tipo de distracciones a alguien que, como ella, las necesitaba.
Había fiestas en los jardines, bailes, picnics, cenas y…
carreras de caballos. Elizabeth sonrió, pues las recordaba con alegría.
La tía Abigail era una entusiasta de las carreras y juntas habían pasado varias tardes muy agradables en Homebush.
Iban en carruaje y compartían un almuerzo campestre en un entorno encantador.
Luego tomaban asiento en las nuevas y elegantes gradas para ver las sucesivas pruebas de velocidad y resistencia entre purasangres criados en la localidad.
Cierta tarde tenían previsto asistir a la reunión de Queen’s Plate, acompañadas de dos jóvenes oficiales de la guarnición.
La sonrisa de Elizabeth se desvaneció con ese recuerdo.
Su querida tía Abigail tenía un solo defecto: era una casamentera incorregible.
El teniente Michael Lowndes y su primo, el alférez Peter Fowler, del Quincuagésimo Regimiento de Su Majestad, eran los últimos de una auténtica lista de solteros elegibles a los que había invitado para que conocieran a «su sobrina de las montañas».
Era inútil protestar; la tía Abigail no escuchaba y…
Llamaron a la puerta. El anciano mayordomo la abrió y, enseguida, anunció con una sonrisa radiante a uno de los jóvenes en los que Elizabeth estaba pensando. Ella se levantó de un salto, sorprendida por lo prematuro de la llegada.
—Señor Lowndes, lo siento mucho, no lo esperaba hasta el mediodía. Las carreras no empiezan hasta las doce y media y…
—Señorita Tempest, lo sé. —Michael Lowndes se inclinó sobre su mano y se disculpó—.
Por desgracia, he venido a decirle que Peter y yo no podremos acompañarlas a usted y a la señora Dawson a Homebush.
Nos han ordenado embarcar hoy, con nuestra compañía, en el buque Galah de Su Majestad.
El comandante en jefe —la voz denotaba respeto—, el propio general Nickle, de la Orden de la Corona, navegará con nosotros.
Es una noticia muy inesperada, pero parece que hay graves problemas en los yacimientos auríferos.
—¿Los… yacimientos auríferos? —Elizabeth lo miró con fijeza y todo el color desapareció de sus mejillas. Si los soldados y su general iban a hacerse a la mar, eso solo podía significar que se trataba de los yacimientos auríferos de Victoria, pensó con repentina conmoción y alarma.
El teniente Lowndes confirmó sus peores temores.
—Sí, los yacimientos auríferos de Ballarat.
Los buscadores de oro de allí, varios miles, según todas las fuentes, se han rebelado.
El gobernador Hotham ha pedido refuerzos militares urgentes.
Hay que sofocar la revuelta, por supuesto.
Es decir, aquello es la anarquía, señorita Tempest. Se dice que han izado la bandera roja y que planean marchar sobre Melbourne…