Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Humphrey? —El sargento entrecerró los ojos—.

Ah, ahora se habla de un capitán Humphrey.

Lo llaman Jonathan Humphrey. Parece que han formado una tal Liga Reformista de Ballarat, como les gusta llamarla, y él está metido hasta el cuello.

Hace unas semanas vinieron aquí con una maldita delegación para intentar persuadir a Su Excelencia el gobernador de que liberara a unos de sus hombres, tres condenados por liderar un motín.

—Entró en breves detalles sin dejar de observar el rostro de Luke, como si no estuviera seguro de si confiar en él o no—.

Fueron a Toorak House, la residencia oficial de Su Excelencia, y le hicieron todo tipo de demandas.

Lo sé porque yo estaba de servicio allí por casualidad, y los vi y los oí.

Este Humphrey al que estás buscando, ¿es un tipo educado?

, ¿galés por su acento, con bigote oscuro?

Luke sintió una oleada de agitación.

—Sí, señor, es él. ¿Me ha dicho que lo vio cuando vino a visitar al gobernador?

—Tan real como la vida misma, muchacho. Él y un escocés grande y hosco de apellido Kennedy; también un tipo bastante decente al que llamaban Black.

El viejo Toldilla… —el sargento se interrumpió y maldijo entre dientes—, quiero decir, Su Excelencia los trató con dureza, y con toda la razón, en mi humilde parecer.

Así que se marcharon a Ballarat y empezaron a causar problemas.

—Vaciló y escrutó de nuevo el rostro de Luke—.

¿Por qué quieres encontrar al capitán Humphrey, muchacho?

Has dicho que eras su socio en California. ¿Eso significa que es amigo tuyo?

Luke dudó a su vez. Se preguntaba si debía revelar la verdad. Decidió recurrir a una verdad a medias que ya había utilizado:

—No, sargento, no es amigo mío. Me robó el mayor hallazgo que logré en California.

—Ah, entonces tiene sentido, ¿no? —El sargento frunció el ceño—. Estamos buscando reclutas para la policía, puesto que se están enviando refuerzos a Ballarat y no hay muchos jóvenes decentes dispuestos a alistarse. Los tipos malos sobran; exconvictos, como siempre. ¿Sabes montar a caballo, chico?

—Sí —le aseguró Luke, y su entusiasmo aumentó. Sería una forma de llegar a Ballarat, se dijo a sí mismo, y… por el amor de Dios, un cambio agradable respecto a fregar platos.

—¿Tienes alguna referencia? Me refiero a referencias personales, ¿las tienes?

—Yo… —Luke sopesó la pregunta—. Supongo que el señor Moss, del Criterion, sería una referencia, sargento.

He estado trabajando para él. También está el capitán Claus Van Buren.

Él me conoce desde hace más tiempo, pues salí de San Francisco en su goleta, el Dolphin .

Y está casado con mi… Es decir, se casó con mi hermana hace dos meses, en Sídney.

La expresión del sargento se relajó. Con una gran sonrisa, dijo:

—¡Ah, eso sí que es decir algo, muchacho!

Si eres pariente del capitán Van Buren, no hay necesidad de hacerte más preguntas.

El capitán Van Buren es muy respetado. —Rebuscó entre los papeles de su escritorio y encontró un formulario.

Se lo pasó a Luke para que lo leyera—. Estas son las condiciones de alistamiento como soldado de la policía montada: léelas bien.

Si quieres alistarte como voluntario, puedo darte el visto bueno en este mismo momento.

Luke echó un vistazo al formulario sin prestarle mucha atención.

—¿Podría asegurarme de que seré destinado a Ballarat, señor?

—Sí, estoy bastante seguro, si superas el entrenamiento.

—El sargento buscó una pluma y tinta. Miró a Luke con ojos amables de aprobación—.

Puedo poner en tus papeles que te estás ofreciendo como voluntario para Ballarat, y es Ballarat donde necesitamos hombres en este momento.

Llegarás allí, muchacho, casi te lo puedo garantizar.

—Añadió con retintín—: Y supongo que has aprendido la lección, ¿no?

No volverás a caer en la trampa de ninguna joven de voz suave y con historias tristes, ¿verdad?

—No, señor —aseguró Luke, ruborizado—, no volveré a caer.

Firmó los formularios de alistamiento y juró ante el viejo sargento.

Al día siguiente se presentó en el cuartel de la policía montada.

Le hicieron un examen médico superficial, le entregaron un elegante uniforme azul, un sable, una carabina y un caballo.

Tras quince días de entrenamiento, se encontró de camino a Ballarat con otros treinta compañeros, refuerzos para la policía de los yacimientos auríferos, donde quedaría bajo el mando del inspector jefe Brownlow.

Luke descubrió muy pronto que sus compañeros no eran en absoluto los «chicos decentes» que el sargento consideraba deseables.

Había un núcleo duro de hombres mayores que habían cumplido condena en las famosas prisiones de la Tierra de Van Diemen.

Le dijeron que, ahora, el nombre oficial del lugar era Tasmania, y escupían al hacerlo.

Eran tipos duros y curtidos que habían participado en batallas con buscadores de oro en otros yacimientos. Sentían poca simpatía por ellos.

—Son un puñado de malditos descontentos y revolucionarios —afirmó un soldado calvo de espesa barba—.

Y los malditos yanquis tienen gran parte de la culpa.

Han venido aquí a difundir sus ideas republicanas mientras hacen una maldita fortuna.

Y los escoceses son casi igual de malos: se hacen llamar cartistas, estúpidos puritanos, hijos de puta hasta el último.

Pero los irlandeses son los peores: llevan la traición en la sangre; y, como son católicos romanos dominados por los curas, se alían con los italianos y los franceses.

Cuando fuimos a ponerlos en su sitio, incluso tenían una bandera revolucionaria ondeando en Bendigo.

Decían que era la de los mineros: roja, con un pico y una pala cruzados, un balancín y un canguro.

—Soltó una risa desagradable—. Les hicimos el favor de quemársela, y, una vez que arrestamos a los cabecillas, se rindieron.

Lo mismo ocurrirá en Ballarat, ya lo verás, cuando se den cuenta de que vamos en serio.

Mientras escuchaba, a trote lento por el camino polvoriento y lleno de baches, Luke se preguntaba cómo Jasper Morgan había llegado a implicarse en la causa de los mineros.

No era propio de él; a Morgan le importaba poco todo el mundo excepto él mismo, aunque los mineros podrían haber apelado a su vanidad cuando lo eligieron para su comité de reformadores.

Había exhibido un engreimiento inmenso con aquella medalla de oro que, según decía, le había otorgado la reina de España.

Luke se enteró de que dos o tres de los nuevos reclutas habían estado, como él, en los yacimientos auríferos, aunque tenían cuidado de no hablar mucho de sus actividades pasadas.

Otros eran inmigrantes recién llegados de Inglaterra, cuyos fondos, como los suyos, se habían agotado.

Había cuatro más, llamados cadetes oficiales, jóvenes de buena familia, que se mantenían al margen y no daban explicaciones de por qué estaban en las filas de la policía.

Pero, cuando alguno de los cuatro se dignaba a hablar con los soldados, era para jactarse con crueldad de su determinación de darles lecciones a los malditos buscadores.

—Deberían ahorcarlos si toman las armas —opinaba el mayor de los cuatro—.

Ahorcarlos como traidores, pues no se merecen otra cosa.

Esperemos que el gobernador no se arredre cuando esos cerdos sean juzgados, o terminarán marchando sobre Melbourne bajo su infernal bandera roja.

—Y añadió, claramente conmocionado—: He oído que en uno de los campamentos izaron la bandera estadounidense por encima de la Union Jack. Si eso no es traición, ¡no sé qué es!

Solo el subinspector al mando del escuadrón de refuerzo parecía tener, en opinión de Luke, una visión imparcial del escenario al que estaban por enfrentarse.

Era un oficial delgado y canoso apellidado Martin.

Se había incorporado a la policía diez años antes, tras haber servido como sargento en uno de los regimientos de guarnición de Sídney.

También había servido un año la isla Norfolk, tiempo del que se negaba a hablar con rotundidad.

Una noche en la que acamparon al borde de la carretera, Luke lo encontró solo, bebiendo té con aire melancólico.

Martin le comunicó su opinión sobre el conflicto con los soldados de forma bastante clara.