Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 11
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Capítulo 11

Luke había pasado seis largas y frustrantes semanas en Melbourne antes de que la necesidad lo llevara a alistarse como voluntario en la Policía Montada de Victoria.

Con la población cuadruplicada a resultas de la fiebre del oro y la constante afluencia de mineros, hombres que se habían hecho ricos y solo querían gastar sus fortunas en bebida y mujeres, el pequeño y tranquilo asentamiento se había convertido en la peor de las ciudades en auge.

A Luke le parecía casi indistinguible de San Francisco, con sus garitos y tabernas, calles llenas de barro, sin pavimentar, habitantes ruidosos y precios desorbitados.

Estaban surgiendo importantes edificios de ladrillo, propiedad de especuladores, construidos con el trabajo de mineros desilusionados y fracasados; lujosos restaurantes y hoteles que cobraban precios monstruosos por sus servicios; el núcleo de un sistema ferroviario; bancos que navegaban en una ola de prosperidad repentina gracias al oro que habían comprado, así como una verdadera pléyade de casas de prostitución.

La ciudad de lona, como se la conocía, ofrecía un alojamiento miserable a los recién llegados.

Aunque carecía de alumbrado público, carreteras transitables y saneamiento, exigía precios elevados a los desafortunados que no tenían otro lugar adónde ir.

Luke probó la hospitalidad de Melbourne durante las dos primeras semanas, pero luego se trasladó a una sucia cabaña de madera cerca de la playa de Liardet, sin nada con qué calentarse y mal protegida contra la lluvia.

La rodeaban montones de basura sin recoger y hordas de ratas y cerdos, gallinas y perros que parecían no tener dueño.

Pero encontró el Banshee , casi irreconocible en su nuevo y triste papel de pensión. Por su nuevo propietario, supo por fin que el hombre que buscaba, quien se hacía llamar capitán Humphrey, se había equipado para la búsqueda de oro. Se creía que estaba en Bendigo o Ballarat.

Habría partido de inmediato a buscarlo, pero, una noche oscura, mientras negociaba la compra de un caballo y provisiones, sus escasos ahorros le fueron robados por un par de ladrones cuyos rostros nunca vio y cuyas identidades solo podía adivinar.

Después buscó empleo, dispuesto a aceptar cualquier trabajo, por humilde que fuera, con tal de reunir el dinero que necesitaba con desesperación.

Durante las tres semanas siguientes trabajó como lavaplatos en el hotel Criterion, en la calle Collins, propiedad de un compatriota estadounidense apellidado Moss.

Era un establecimiento próspero, muy popular entre sus compatriotas, hasta el punto de que, en varias ocasiones, el elegante propietario agasajó al nuevo gobernador y su esposa.

Veía con frecuencia a otro joven estadounidense, un emprendedor de apellido George Train, cuando este no estaba ocupado con el lucrativo negocio de llevar carruajes a los yacimientos de oro.

Luke se maravillaba del éxito comercial que disfrutaban, pero no los envidiaba, ya que el objetivo más importante para él era la búsqueda de Jasper Morgan.

Consiguió ahorrar lo suficiente para comprar un billete a Ballarat en uno de los autocares de Train y Cobb, pero ese mismo día cometió el error de mostrarlo en el sórdido restaurante al que el hambre lo había llevado.

—Por fin voy de camino al campo —le dijo Luke al propietario, incapaz de ocultar su júbilo—, ¡y tengo reserva en el carruaje del señor Cobb! ¡Hasta Ballarat!

Una joven guapa, aunque mal vestida, a la que él había prestado un interés apenas casual cuando pasó junto a su mesa, se levantó de repente con un grito ahogado.

Recogió su raído chal raído sobre los hombros, dejó atrás su comida y se detuvo frente a él.

Luke vio que tenía los ojos húmedos, pero también una sonrisa cálida y aduladora.

Tiraba nerviosa de su chal y dejaba al descubierto unos hombros bien formados.

De su pecho turgente también mostraba más de lo que la estricta decencia permitía.

Avergonzado por la proximidad y la actitud de la muchacha, Luke se levantó y preguntó vacilante:

—¿Puedo ayudarla, señorita? —Sabía que las jóvenes de fácil virtud abarrotaban las calles de Melbourne, pero las presas solían ser los mineros ricos, y pocas de ellas prestaban atención a quienes, como él, eran, a vistas, demasiado pobres para ofrecerles un buen rato.

Pasaba el peso de uno al otro pie con torpeza—.

No tengo dinero. Aún no he ido a los yacimientos de oro. Mire…

Ella lo interrumpió.

—Ah, no es su dinero lo que quiero, ¡y sé muy bien lo que es no tener ni un centavo!

—Su voz tenía un acento irlandés, musical y seductor; y, como si sus instintos estuvieran evaluando a Luke, se ajustó de inmediato el chal y ocultó los encantos que había dejado al descubierto, como si aquello hubiera sido un accidente—.

Pero usted podría hacerme el mayor favor que jamás me haya hecho ningún hombre, si usted quisiera, y se lo digo de verdad.

—Le tendió la mano—. Soy Patsy O’Dowd, la señora O’Dowd, esposa de Seamus Michael O’Dowd.

¿Me permite…? —Señaló la silla vacía frente a Luke—. ¿Puedo sentarme con usted, señor?

Habría sido grosero rechazarla. Luke aceptó la mano que ella le tendía y, esbozando una sonrisa forzada, se presentó y le acercó la silla.

—¿Qué hay de su comida, señora O’Dowd? No ha terminado…

—Ah, solo era té y un poco de estofado con patatas —le aseguró Patsy O’Dowd con indiferencia—.

No tengo apetito. Una no puede comer cuando está enferma de preocupación, ¿verdad?

—Se sentó, y sus grandes ojos oscuros llenos de lágrimas se encontraron con la mirada confiada de Luke—.

Tiene usted el aspecto de un joven bueno y amable, señor Murphy.

Me he dado cuenta en cuanto lo he visto entrar.

En ese mismo instante he tomado una decisión: «Pídele ayuda a este joven —me he dicho a mí misma—, no te la negará cuando sepa el terrible problema en el que te encuentras».

Viendo que usted tiene lo único que necesito con desesperación, señor Murphy, ¡estoy segura de que el Señor y su Santísima Madre lo han enviado aquí esta noche!

Luke la miró sin comprender, con todos sus instintos caballerosos despertados por tan evidente angustia. Ella empezó a sollozar y a secarse los ojos en vano mientras sus lágrimas caían sin control.

—Por favor —le suplicó él—, no se altere. ¿Cómo puedo ayudarla? No tengo nada, como le he dicho, señora, yo…

—Usted tiene un billete para el carruaje a Ballarat —le recordó Patsy O’Dowd— y yo no tengo dinero para comprar uno. Es una cuestión de vida o muerte, señor Murphy. Tengo que llegar allí.

Antes de que Luke pudiera protestar y decirle que para él también era de vital importancia llegar a Ballarat, ella se lanzó a contar su historia… Era una historia conmovedora, descrita con gran detalle y con una melodiosa voz irlandesa.

Al parecer, su marido había sufrido una misteriosa lesión al caer en uno de los profundos pozos mineros del filón Eureka, en Ballarat.

Le habían dicho que tenía una pierna rota y que, quizá, también la columna vertebral.

El hombre necesitaba con urgencia que ella fuera a cuidarlo hasta que se recuperara.

Las lágrimas volvieron a brotar, abrumadoras.

Pero, como no fuera vendiendo su cuerpo, no tenía medios para viajar.

—Soy una buena mujer y una esposa fiel, señor Murphy —añadió con tono lastimero—, pero, si el precio de su billete es que traicione mis votos matrimoniales, no será demasiado alto, ¡se lo juro! Para poder llegar hasta el pobre Seamus, no hay nada que no haría, ¡y que Dios me ayude!

Con la conciencia intranquila, Luke le dio su preciado billete y se apresuró a asegurarle que no le ponía precio.

Patsy O’Dowd invocó la bendición de la Santa Madre de Dios y de todos los santos sobre la cabeza de su benefactor y se inclinó para darle un beso húmedo y agradecido en la mejilla.

Luego se marchó. En la nariz de Luke dejó un ligero aroma a perfume barato y una primera y triste sombra de duda.

La duda se convirtió en certeza cuando fue a pagar la cuenta de la comida.

—Patsy ha vuelto a las andadas —dijo el viejo propietario con voz ronca—.

¿Le ha quitado su billete de carruaje? Bah, debería habérselo advertido; pero, a decir verdad, pensé que usted tenía más juicio.

Patsy lleva bastante tiempo queriendo ir a los yacimientos de oro.

Bueno, ahora ha conseguido lo que quería.

Al menos, ya no me molestará más, ¡así que no todo es malo!

Puede denunciarla a la policía si le apetece, pero estará muy lejos antes de que le pongan las manos encima.

Luke siguió el consejo. Un sargento de policía poco comprensivo le confirmó que lo habían engañado.

—No podemos detenerla solo por lo que has venido a decir.

Viajará en el carruaje con un billete válido, así que no hay motivo para detenerla.

Pero, si estás tan ansioso por llegar a Ballarat, muchacho, hay una forma de hacerlo, y no te costará ni un centavo.

Alístate como policía. Allí se están gestando problemas.

—El sargento miró el rostro bronceado y el cuerpo musculoso de Luke con una sonrisa especulativa.

Se fijó en su ropa gastada y sus manchados pantalones de molesquín—.

Ya has estado en las excavaciones, ¿verdad?

—Sí —confirmó Luke—, en California y en Nueva Gales del Sur, sargento.

—Entonces sabes cómo son las cosas. Los mineros son gente rebelde, empeñados en causar problemas al gobierno. Algunos dicen que son revolucionarios y que intentan establecer aquí una maldita república. ¿Eres de esa clase, muchacho? —La pregunta iba muy en serio.

—No —le aseguró Luke—, no lo soy. Pero quiero ir a Ballarat. Ahí hay un hombre al que tengo que encontrar. Él… Bueno, él era mi socio en California. Se hace llamar… Ah, se llama Humphrey, capitán Humphrey.