Capítulo 10 #5
—Hace tiempo que descubrí tu juego —dijo Brownlow.
Se recostó en su silla y torció sus gruesos labios en una parodia de sonrisa—.
Ese oro que mis hombres llevaron al Tesoro por ti, es decir, por ti y tus socios, era mucho más de lo que dejaste entrever, ¿no?
Más de lo que sabían los chicos de Broome, y no tenías ninguna intención de darles su parte, ¿verdad?
Morgan, sorprendido, no encontró palabras con que responder. La sonrisa del policía se amplió hasta convertirse en una de auténtica diversión.
—No —dijo en respuesta a su propia pregunta—, por supuesto que no tenías intención de compartirlo…
Y acabo de averiguar lo que vale. Bueno, maldito capitán Humphrey, al final vas a compartirlo.
Vas a compartirlo conmigo. Cuando termine el asunto de esta noche y esos cerdos cartistas hayan probado el acero frío sin haber salido de su fortaleza, tú y yo iremos a Melbourne, al Tesoro, con tu recibo y una prueba de tu identidad. ¿Me entiendes?
Morgan se quedó mirándolo, con los puños apretados de impotencia, consciente de que había sido engañado, burlado, acorralado por el hombre al que durante tanto tiempo había considerado inferior a él en inteligencia.
Y… sí, también en astucia. Reconocía que no podía hacer nada salvo permitir que Brownlow tomara las decisiones y aparentar que aceptaba sus exigencias, hasta que surgiera la oportunidad de escapar.
Y podría surgir. Podían pasar muchas cosas en las próximas horas.
Levantó las manos temblorosas en un elaborado gesto de rendición.
—Lo entiendo —logró decir, aunque controlándose con dificultad—, y haré lo que quieras. Compartiré el oro contigo. Iremos juntos a Melbourne cuando esto termine. —Vaciló mientras observaba el rostro del otro hombre—. Y, ahora, ¿qué te propones hacer conmigo?
Triunfal, Brownlow se rio a carcajadas.
—Bueno —observó satisfecho—, te daré una opción, ¿de acuerdo?
Puedes acompañar a mis soldados cuando entremos a expulsar a tus antiguos amigos de su miserable fortaleza…
y arriesgarte a que te descubran. Sí, es posible que te maten por traicionarlos.
O bien, podría encerrarte aquí, en mi cárcel.
Pase lo que pase, quiero tu recibo del Tesoro.
Jasper Morgan palideció por completo. Sabía que su vida estaba en juego, cualquiera que fuera su elección.
Si decidía quedarse en la relativa seguridad de la cárcel, Brownlow podría acusarlo de rebelión y mandarlo a ahorcar junto con el resto de los derrotados líderes de la Liga Reformista, cosa que sin duda ocurriría, ya que quedaban muy pocos para defender la fortaleza que habían construido con tanto esfuerzo.
Pero… El sudor brotó de su frente y sus manos se humedecieron de pronto.
Si se inclinara por cabalgar con la policía y las tropas, tendría, al menos, una pequeña posibilidad de sobrevivir; de escapar, tal vez, mientras lograra huir en la oscuridad y correr hacia las colinas, al monte Korong o a Omeo.
Eso significaría empezar de nuevo, cierto, pero siempre existía la esperanza de encontrar un filón rico.
Se decía que el filón de Omeo era prometedor…
Hizo un gran esfuerzo por recuperar la compostura perdida.
Tendría que escapar. Sin importar lo que Brownlow le estaba diciendo, el sinvergüenza, una vez que tuviera el recibo del Tesoro, no iría con él a Melbourne ni compartiría el oro con él. Morgan se quedaría en la cárcel…
—¿Y bien? —le apremió Brownlow. Sacó su reloj de bolsillo y lo miró con insistencia—. El tiempo pasa, Humphrey. ¿Qué vas a hacer?
—Iré contigo —dijo Morgan entre dientes, con los labios rígidos por la furia contenida.
—Muy bien. —El comandante de policía se puso de pie y extendió la mano—. El recibo del Tesoro, por favor.
Ya no había remedio. Temblando por la intensidad de sus emociones, Jasper Morgan sacó el preciado trozo de papel del bolsillo de su chaqueta y lo puso en la mano de su verdugo.
Brownlow le regaló una sonrisa de satisfacción.
—Gracias —dijo con cínica cortesía. Guardó el recibo en su propio bolsillo interior y abrió la puerta.
Goodenough esperaba en la antesala.
—Muy bien, capitán Humphrey —dijo Brownlow—, puede irse, pero no muy lejos. Recuerde que estaré vigilándolo. Si huye, lo tacharé de fugitivo de la justicia y lo haré perseguir. Pase lo que pase, yo no apostaría mucho por sus posibilidades.
Fuera, un sonriente Goodenough montó a caballo e invitó a Morgan a que tomara las riendas de su propio animal.
—Iremos al cuartel a echar una siesta —dijo, y luego añadió, en lo que pretendía ser un susurro conspirativo—: Hay menos de doscientos mineros en la empalizada, capitán Humphrey, y la mayoría están durmiendo.
El resto está fuera buscando comida… ¡o bebiendo hasta perder el sentido!
Supongo que mañana por la mañana se dará cuenta de que, después de todo, ha elegido el bando correcto.
Morgan ignoró la indirecta. Se subió con dificultad a la silla y buscó a tientas la culata de su rifle. Había desaparecido. Sin embargo, la Colt que le había comprado a uno de los californianos seguía en su alforja. Sin que nadie lo viera, la sacó y se la metió en la cintura.