Capítulo 10 #4
Al amanecer del día siguiente, viernes 1 de diciembre, con puntales mineros apilados, material de construcción y madera, habían cercado alrededor de un acre en el filón Eureka.
Cerca de quinientos mineros trabajaron sin descanso para mejorar y reforzar las barricadas.
Un herrero alemán, con la ayuda de media docena de entusiastas, comenzó la tarea de fabricar puntas de pica, en tanto que los que poseían armas de fuego se dedicaban a limpiar estas y a distribuir las reservas de pólvora y balas.
Thomas Kennedy partió hacia Creswick para conseguir el apoyo de los mineros que estaban en ese lugar, mientras otros se organizaban en compañías y realizaban maniobras frente a la empalizada o salían en partidas de aprovisionamiento para reunir armas y requisar reservas de alimentos.
En un último y algo desesperado intento por evitar el conflicto, el padre Smyth y George Black encabezaron una delegación para ir ante el comisario y exigirle que cumpliera su promesa de liberar bajo fianza a los hombres que acababan de ser arrestados, cosa que el funcionario no había hecho.
También le pidieron que pusiera fin a las cacerías de licencias.
Lachlan Broome, que había formado parte de esa delegación, regresó para informar con tristeza que el comisario Rede había rechazado sus demandas.
Black asintió, sombrío.
—Ahora canta una canción diferente a la última vez que hablamos con él.
Estaba muy engreído. «Los hombres fueron detenidos en una reunión tumultuosa —nos dijo— y serán llevados ante un magistrado.
No puedo interferir en el curso de la justicia».
El joven Lachie le habló con toda amabilidad, pero él no hizo otra cosa que despotricar y alegar que nuestra petición de abolir las licencias era una tapadera para encubrir una maldita revolución socialista y que él tenía un deber que cumplir.
Luego nos echó de ahí. Vamos a tener que plantar cara y luchar, Peter, o volveremos adonde estábamos, con ese miserable sinvergüenza de Brownlow arrestando a quien le da la gana. No nos queda opción.
Hubo un murmullo de acuerdo entre los demás, tras lo que Rafaello Carboni exclamó emocionado:
—¡Les daremos lo que se merecen, por Dios que sí! Tenemos cincuenta hombres con rifles o mosquetes. Los Montaraces de California tienen revólveres y serán liderados Jim McGill, que ha estado en West Point. Son doscientos en total.
—Sí —asintió Timothy Hayes—, y tenemos una división de piqueros irlandeses, liderada por Mike Hanrahan.
Algunos tienen mosquetes. También estarán los muchachos de Creswick, cuando hayan llegado.
A los matones de Brownlow y a los casacas rojas del viejo Wise les costará mucho trabajo desalojarnos, ¡eso es seguro!
Entonces, para consternación de Jasper Morgan, llegó la pregunta que él tanto se temía. La formuló George Black, con su habitual tono tranquilo y educado.
—¿Y qué hay del capitán Humphrey, si se me permite preguntar?
Usted ostentaba un rango de oficial en la Guardia de Infantería de Su Majestad, ¿no es así, señor?
, y tiene en su poder una medalla al valor en España.
¿No debería estar al mando de una unidad de nuestros voluntarios?
, ¿no debería estar instruyéndolos sobre cómo comportarse?
Morgan palideció, pero enseguida recuperó la compostura.
—No me lo han propuesto, George —respondió—, y hace mucho tiempo que dejé la profesión de las armas. Pero, si me necesitan, estaré más que dispuesto a ponerme a su disposición, como es natural.
Se salvó de tener que cumplir la oferta gracias a la noticia de que habían llegado unos cuatrocientos mineros de Creswick, empapados hasta los huesos por una tormenta que los había sorprendido en las colinas.
Al parecer, venían sin comida, ropa seca ni armas.
Liderado por Peter Lalor, el comité salió de la tienda almacén para darles la bienvenida.
Solo entonces, Morgan se enjugó la frente.
De pronto, tenía la boca seca. Había llegado el momento de escapar, lo sabía, si no quería verse arrastrado a la batalla que se avecinaba.
Brownlow tendría que prescindir de sus servicios como informante; dejaría que joven Lachlan fuera a la lucha y, a la primera oportunidad, se escabulliría de la fortaleza de los mineros.
Algunos de los hombres, como Kennedy, estaban de camino a los campos vecinos en busca de partidarios, o bien de armas y provisiones para la fortaleza.
A pesar de la prominente posición que ocupaba como miembro del comité de la Liga Reformista, la fuga no debería suponer ningún problema, siempre y cuando eligiera con cuidado el momento.
Y el oro, una fortuna en oro, lo esperaba en el Tesoro de Melbourne.
Sería suyo, y solo suyo, cuando llegara a reclamarlo con su recibo.
Se descubrió sonriendo mientras se movía por las defensas de la fortaleza en espera de una oportunidad para huir.
La oportunidad se presentó a la noche siguiente.
Dado que dentro de la empalizada no había comida ni agua, los voluntarios de Tom Kennedy, procedentes de Creswick, se marcharon en grupo en busca de lo que necesitaban.
El ejemplo fue seguido por algunos de los hombres de Ballarat; sin embargo, muchos de ellos no llegaron más lejos que a la primera taberna, donde se detuvieron para refrescarse tras los extenuantes esfuerzos del día.
Lachlan estaba haciendo guardia, así que Morgan, convencido de que el chico no abandonaría su puesto, se apresuró a meter lo que pudo en su alforja y se puso en marcha hacia la carretera de Geelong.
Solo había recorrido unos cientos de metros cuando una enorme figura se alzó ante él. Morgan se encontró con el cañón de una Colt.
—No tan rápido, capitán Humphrey —le advirtió el dueño de la Colt. En la penumbra, Morgan miró al hombre con absoluta perplejidad, hasta que lo reconoció como Goodenough, un minero que pasaba más tiempo borracho que sobrio.
—¡No seas tonto, Goodenough! —exclamó con impaciencia—, ¡apártate de mi camino!
—Agente Goodenough —lo corrigió con una sonrisa muy desagradable el hombre corpulento—, de la policía.
—Extendió una mano enorme para agarrar las riendas de Morgan—.
El inspector Brownlow me advirtió de que usted intentaría escapar y me ordenó que lo llevara ante él si lo hacía.
¿Va a venir sin oponer resistencia o tendré que obligarlo?
Morgan se quedó boquiabierto. Quiso amenazarlo, pero el soldado se limitó a seguir sonriendo. La Colt no dejaba de apuntar a su corazón. Por fin, resignado, preguntó:
—¿Adónde quiere que vaya?
—Al campamento del gobierno, por supuesto, con el inspector Brownlow.
Y quizá sea mejor que vayamos como amigos, por si alguien nos viera.
Desmonte, capitán Humphrey, ¿quiere? Sí, es mejor.
—El supuesto borracho se reía de las molestias de su cautivo mientras Morgan desmontaba malhumorado.
Luego, mientras caminaban juntos, con el caballo entre los dos, añadió—: He hecho un papel bastante bueno, ¿no?
Usted no era el único espía de Brownlow.
Yo también lo he estado informando, porque él no confía en usted.
Morgan se sumió en un silencio airado. Al llegar al campamento del gobierno, encontraron a Brownlow en la cárcel, el campamento convertido en una fortaleza y las tropas y los agentes en pie de armas.
El comandante de la policía despidió a Goodenough con unas breves palabras de elogio y le susurró una orden que Morgan no alcanzó a oír.
Cuando el hombre se hubo marchado, Brownlow indicó a Morgan que se sentara en una silla de su pequeño y mal iluminado despacho.
—No consideró oportuno decirme que la maldita empalizada de los mineros estaba más o menos indefensa, ¿verdad, capitán Humphrey?
—lo acusó con tono gélido. Puesto que Morgan no le dijo nada, hizo un cambio brusco de tono y continuó—: Yo tenía la impresión de que usted intentaría escapar antes de que las cosas llegaran a un punto crítico, sin esperar siquiera la escolta a Melbourne que le prometí.
Y eso no me conviene, ya lo sabe. No me conviene en absoluto, porque yo contaba con actuar como su escolta.
Pero, por supuesto, no puedo irme de aquí hasta que hayamos acabado con los mineros, por más que la tarea sea rápida.
Vamos a atacarlos dentro de un par de horas, por si le interesa saberlo.
—¿Qué demonios quiere decir, Brownlow? —le espetó Morgan—. ¿Y por qué demonios quería ser mi escolta?
Pero la desagradable verdad empezaba a hacerse evidente. El minero maldijo su propia estupidez por haber confiado en un sinvergüenza.