Capítulo 10 #3
El comisario del oro palideció y perdió su grandilocuencia.
—Debe saber que no dispongo de fuerzas suficientes para detenerlos a todos, señor Lalor. —Estremecido ante los rostros airados y la actitud amenazante de los hombres que lo rodeaban, refrenó.
—Entonces, señor —respondió Lalor con serenidad—, le ruego que se retire.
Hágalo, llévese consigo a los agentes de policía y no correrá ningún peligro por nuestra parte.
Yo mismo lo acompañaré. Quizá desee liberar a los prisioneros que ha detenido esta mañana; bajo fianza, si lo considera necesario.
El comisario Rede admitió su derrota. Aceptó poner en libertad bajo fianza a sus prisioneros y, acompañado por Lalor y otros dos miembros del comité, abandonó el campamento entre los abucheos de los hombres.
Lo siguieron de mal humor los agentes de policía, comandados por un subinspector.
Morgan notó con mordacidad que Brownlow no había considerado oportuno acompañar a sus hombres, una decisión prudente por su parte.
Era obvio que estaba esperando refuerzos.
El comisario se armó de valor.
—Esto no ha terminado, Lalor —dijo cuando llegaron al límite del campamento de los mineros—.
Ha cometido un acto de rebelión abierta.
Informaré a Su Excelencia el gobernador, y no le quepa duda de que él enviará de inmediato una gran fuerza militar para restablecer el orden aquí.
La pena por rebelarse contra el gobierno de Su Majestad, señor, es la muerte.
Peter Lalor soltó las riendas del caballo del comisario. Se irguió y respondió con dignidad:
—No estamos rebelándonos contra el gobierno de Su Majestad, señor, se lo aseguro.
Lo único que pedimos es justicia: el fin de las tasas excesivas y la persecución policial, así como la liberación de tres de los nuestros, que han sido condenados de manera injusta.
Estamos dispuestos, señor Rede, a enviar una delegación en cualquier momento y esperar a Su Excelencia el gobernador Hotham para exponerle nuestro caso.
Usted será el culpable si ocurre un conflicto armado, porque, si nos atacan, nos defenderemos.
—Haré que lo cuelguen, Lalor —replicó Rede furioso—, ¡a usted y a los que apoyan sus escandalosas demandas! Es un traidor, señor, a su reina y a su país, y por Dios que pagará las consecuencias, ¡se lo prometo!
Hizo un gesto a su escolta policial para que lo siguiera, espoleó su caballo y se alejó al galope.
Lalor dijo con ironía:
—Bueno, parece que hemos quemado nuestras naves, como hicimos con nuestras licencias, en una vana búsqueda de justicia, amigos míos. Ahora no nos queda más remedio que recurrir a las armas, me temo. Será mejor que convoquemos otra reunión.
Al estudiar su rostro, Morgan se dio cuenta de un sutil cambio en el hombre que hasta entonces había predicado la moderación y la negociación y deplorado la violencia.
Peter Lalor estaba ahogado por una ira profunda y duradera.
Lucharía y, gracias a su inteligencia, su valentía y el genuino agravio que lo avasallaba, resultaría un adversario formidable.
En una apresurada reunión con Brownlow, Jasper Morgan expresó sus temores, que no se apaciguaron en absoluto cuando el comandante de la policía los desestimó.
—Mis refuerzos estarán aquí en unas horas, capitán Humphrey, y el capitán Wise, del ejército, está furioso por la forma en que esa maldita turba de rebeldes ha atacado a sus soldados.
Él también ha pedido refuerzos. Una vez que nos organicemos, los malditos mineros no durarán ni cinco minutos contra nosotros, puede creerme.
Morgan se encogió de hombros.
—No estaría tan seguro de eso, señor Brownlow. Los mineros están armados y van en serio, créame.
—No son tantos —replicó Brownlow, que se negaba a dejarse convencer—.
Muchos se marcharon de Bendigo, Castlemaine, e incluso de Beechworth, cuando los descontentos de allí se enteraron de cómo estaban las cosas, ¿no?
Aquí pasará lo mismo. Ya verá usted, eso creo yo, cómo el apoyo a su preciada Liga Reformista se desmorona cuando los sensatos se den cuenta de lo que está pasando.
Se irán a lugares como Mount Korong y Omeo, en la parte alta del Murray, donde saben que habrá menos posibilidades de que los alcancemos.
Ya sabe cómo son: a la hora de la verdad, recogen sus cosas y se largan.
Serán pan comido si se levantan en armas contra nosotros.
Morgan se vio obligado a admitir que tal vez fuera así.
Acababa de producirse un éxodo de Ballarat, causado en parte por el temor al enfrentamiento que se avecinaba; pero, sobre todo, porque habían llegado rumores de hallazgos más ricos en otros lugares.
Los cazadores de fortunas eran presa fácil de los rumores, pues siempre estaban dispuestos a marcharse en busca de botines más fáciles.
Se trasladaban por centenares, de la noche a la mañana, y se llevaban consigo tiendas y carromatos.
Volvió a encogerse de hombros.
—Han convocado otra reunión para esta noche. En ella se decidirá si luchan o huyen, pero sigo pensando que la mayoría luchará.
—Sí, pero ¿cuántos? —se burló Brownlow.
—Aún no podría decirlo. Quinientos, al menos, quizás el doble. Todos han quemado sus licencias, ya lo sabe —le advirtió Morgan con inquietud.
—Más tontos aún —replicó Brownlow con desprecio—, porque todos tendrán que volver a pagarlas o se enfrentarán a un arresto.
—Escupió en el suelo seco y arenoso a sus pies y volvió a montar.
Con un tirón brusco de las riendas, apartó la cabeza de su caballo de la escasa hierba que este comía—.
Venga, bestia, ya has comido suficiente.
—Se quitó la gorra en señal de despedida y, antes de alejarse, añadió—: ¿Me contará lo que pase en la reunión, capitán Humphrey?
—Se lo contaré —le aseguró Morgan. Montó en su propio caballo, con el ceño fruncido—. Me imagino —le gritó al comandante de policía que se alejaba— que podré ponerme en marcha poco después, señor Brownlow. Y espero que cumpla su promesa.
—Quizás tenga que ganarse su escolta a Melbourne —le respondió Brownlow por encima del hombro—. Supongo que tendrá que viajar con nosotros si llega la hora de la verdad. —No esperó a que Morgan le diera una respuesta y puso a su caballo al galope.
Con una vaga inquietud, Morgan no emprendió el regreso al campamento hasta que Brownlow hubo desaparecido de su vista.
Muchas cosas dependerían del aguante de los mineros, pensó.
Su resistencia causaría, sin duda, toda la confusión que él podía desear; pero, si alguien descubriera que estaba del lado de Brownlow, cabalgando con la policía, los miembros de la Liga Reformista lo tacharían de traidor y las consecuencias serían demasiado horribles como para pensar en ellas.
Por otro lado, no se atrevía a aliarse de manera abierta con un grupo de rebeldes que desafiaban la autoridad del gobierno, ya que eso supondría arriesgarse a la ruina, si no a la muerte.
Morgan respiró hondo con aprensión mientras trotaba a través de la densa pantalla de acacias y eucaliptos de corteza fibrosa para salir por las graveras y la carretera que conducía al campamento del gobierno, con su cárcel y edificios fortificados de piedra.
Decidió que asistiría a la reunión de esa noche.
De no hacerlo, despertaría sospechas; pero, si llegara a producirse una batalla, aprovecharía la primera oportunidad para escapar, incluso sin la escolta policial prometida.
Todo lo que tenía que hacer era asegurarse de que el joven Lachlan Broome se uniera a los mineros, algo que no debería suponer ninguna dificultad.
A la reunión asistieron menos de la mitad de los que antes habían prometido su apoyo a la Liga Reformista.
Muchos se quedaron en sus explotaciones o en sus tiendas con toda intención.
En marcado contraste con las reuniones anteriores, aquella fue sobria y bien ordenada.
Los discursos de Vern, Carboni y George Black desde la tribuna fueron escuchados sin interrupciones, considerados con solicitud y luego sometidos a sufragio.
Los votos se inclinaron por la entrada en acción, tal y como los discursos habían esbozado.
Vern, que afirmaba haber adquirido experiencia militar en Austria, se ofreció a ser comandante en jefe, pero el elegido en su lugar fue Peter Lalor, por votación casi unánime.
El joven ingeniero se situó bajo una bandera azul, adornada con las estrellas de la Cruz del Sur, e invitó a los presentes a prestar un juramento solemne de «apoyarse los unos a los otros y luchar para defender los derechos y libertades de todos».
Luego de que muchos se hubieran marchado, el núcleo duro se quedó a prestar juramento. Enseguida, el comité se reunió en la colina Bakery, dentro de una tienda de campaña, para organizar la resistencia al ataque que, bien lo sabían, era inminente.
Peter Lalor, de rostro barbudo y severo, levantó la mirada que tenía puesta en el rifle sobre sus rodillas.
—Que quede claro, caballeros —les advirtió con solemnidad—, que tomaremos las armas con el único propósito de defendernos.
Esta batalla será por nuestra libertad e independencia y para corregir los agravios que nosotros, como hombres honrados y trabajadores, hemos soportado durante mucho tiempo a manos de una autoridad corrupta.
Procedamos de inmediato con nuestros preparativos para defendernos.