Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 10 #2
76%

Capítulo 10 #2

—Vienen refuerzos en camino —dijo de pronto—; en su mayoría, reclutas sin experiencia.

Estamos en inferioridad numérica, así que he pedido más hombres con carácter de urgencia.

Si tuviera el doble de jinetes, no habría necesidad de soldados.

Pero, con reclutas… Demonios, no lo sé. Podríamos tener problemas.

Y los jinetes no pueden venir en barco de vapor. Tendrán que venir en sus caballos.

Morgan dudó. Se preguntaba cómo podría beneficiarse de esa información.

Los problemas, si fueran lo bastante graves, podrían forzar al nuevo gobernador a mantener a Angus Broome y a los amotinados en la cárcel.

Sin duda, eso disuadiría al padre de los chicos de permitir que Lachlan regresara a Ballarat.

Y se crearía confusión, eso era lo más importante, pues en el caos él mismo podría escapar sin ser visto, reclamar el dinero por el oro depositado en la oficina del Tesoro en Melbourne y embarcarse en cualquier barco que zarpara del puerto Phillip, sin importar el destino, siempre y cuando pudiera distanciarse de sus antiguos socios y de su rico padre.

Y, por supuesto, del alcance de los miembros de la Liga Reformista…

—¿Quiere problemas, inspector? —preguntó sin rodeos.

Por un momento, Brownlow pareció indeciso, como si también estuviera sopesando las posibles ventajas frente a los inconvenientes que suponía la falta de hombres. Al final, asintió con la cabeza.

—¿Por qué no? —sugirió en tono seco—. Los problemas me motivan.

Y podría conseguir un ascenso si los resolviera con rapidez; incluso una mención honorífica de Su Excelencia.

Si bien es cierto que los mineros tienen armas, no saben cómo usarlas; mis soldados, en cambio, sí.

Y si me dieran refuerzos y se ordenara a los soldados que se preparen para apoyarme en caso de que yo los necesite…

, entonces, sí, capitán Humphrey, ¡que empiece la acción!

Pero cuento con usted para que me mantenga informado de cada movimiento de esos malditos mineros, y que sea antes de que se muevan.

—Puede contar conmigo, señor Brownlow —le aseguró Morgan—, siempre y cuando usted garantice que estaré a salvo y fuera del alcance una vez que empiecen los problemas.

—¿Se refiere a una escolta policial hasta Geelong? ¿O hasta Melbourne?

—Creo que sería una recompensa justa por mis servicios, sí.

Brownlow se secó la cara roja y húmeda con el pañuelo. Sus ojos brillaban con recelo mientras se volvía para estudiar a su compañero bajo un ceño fruncido.

—Supongo que tendrá sus razones para querer largarse, ¿no? Viendo que forma parte del maldito comité de… ¿cómo llaman a eso? ¿Liga Reformista de Ballarat?

Jasper Morgan le devolvió la mirada sin sonreír.

—Sí —admitió—, las tengo. Lo que ocurre es que no puedo abandonarlos en este momento. Se harían demasiadas preguntas.

—¿Sobre el joven Broome, por ejemplo? —insistió el inspector de policía—. No me refiero al que está encerrado en la cárcel. Me refiero a su hermano menor. He oído que ha vuelto.

—¿Lachlan está aquí, en Ballarat? —La noticia tomó por sorpresa a Morgan. En tono brusco, agregó—: No lo he visto.

—Uno de mis compañeros se lo ha encontrado esta mañana en la carretera. Se estaba alojando en la posada Watson’s Inn. Decía que su caballo se había lastimado de una pata y que estaba esperando la diligencia de Cobb.

Morgan se recuperó de su sorpresa. El inesperado regreso de Lachlan podía complicar las cosas, pero quizás había una manera de deshacerse de él.

Si surgieran problemas con la policía o los soldados, no sería muy difícil conseguir que Lachlan se viera envuelto.

El chico siempre había sido amigo de los mineros estadounidenses y estos le habían inculcado ideas republicanas y otras tonterías que la mayoría de ellos predicaban sobre los derechos del hombre común.

Se uniría a cualquier batalla contra la autoridad, y, con su hermano mayor ya encarcelado por disturbios… La expresión de Morgan se relajó.

—De acuerdo, inspector Brownlow —dijo con tranquilidad—. Habrá problemas, todos los que usted necesite. Si el gobernador envía a las tropas, estallarán sin que yo mueva un dedo. Y si no lo hace, habrá otras formas.

Las tropas entraron dos horas después de la llegada de Lachlan y Morgan constató que su pronóstico se hacía realidad.

La vanguardia, bajo el mando de un joven subalterno, entró en Ballarat a bayoneta calada por la carretera de Geelong.

Fue recibida con abucheos y burlas por parte de la multitud de mineros que se alineaban a lo largo del camino.

Pero no sufrieron nada peor que eso y llegaron al campamento del gobierno, milla y media más adelante, sin incidente alguno.

Pero la aparición de la tropa había sembrado la alarma, y los mineros comenzaron a gritar «¡vienen más!

, ¡Hotham está enviando cañones para volarnos por los aires!

Será la ley marcial: nos quitarán el dinero de las licencias a punta de bayoneta, ¡malditas langostas! ».

Cuando el grueso del Cuadragésimo Regimiento llegó a las afueras del campamento al mando de un capitán arrogante apellidado Wise, ya había miles de mineros reunidos y toda la ciudad estaba en estado de revuelo.

En un intento por mantener la paz, Peter Lalor pidió negociar, pero fue recibido con un brusco rechazo.

El gélido capitán lo informó de que no negociaba con rebeldes.

Esas palabras, transmitidas de boca en boca, enfurecieron aún más a los mineros.

Antes de que Wise se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, la multitud ya se había abalanzado sobre él.

Lo derribaron de su caballo, y sus hombres, abrumados por la inferioridad numérica, se dispersaron a toda velocidad.

Dos de los carros de equipaje fueron volcados, y sus cargas, incendiadas.

Los soldados huyeron en desorden, llevándose consigo a media docena de sus compañeros heridos a pedradas y ladrillazos.

Fueron a coger refugio en el campamento del gobierno, junto con la vanguardia y la policía de Brownlow.

Este los convenció de que se quedaran allí, en reserva, y les prometió que su propia gente restablecería el orden.

—Les daremos hasta mañana por la mañana para que se calmen —decidió—.

Para entonces, mis refuerzos podrían estar aquí, y eso me pondrá en una posición más fuerte, porque vendrán a caballo.

Las licencias deben renovarse mañana. Enviaré un grupo fuerte y arrestaré a tantos como pueda, solo para mostrarles a esos cerdos rebeldes quién manda aquí.

Pero los buscadores no estaban dispuestos a calmarse, como observó Jasper Morgan con creciente satisfacción.

Habían obtenido una victoria inesperada sobre los soldados, y el hecho de haberla conseguido les había devuelto la confianza.

Por sugerencia de Morgan, varios cientos de los hombres más beligerantes se reunieron frente a la tienda de Peter Lalor y exigieron que se convocara otra reunión de inmediato.

—Un consejo de guerra, señor Lalor —afirmó uno de ellos con gravedad—. Eso es lo que tendrá que ser, diga lo que diga el padre Smyth. Si el maldito gobernador ha decidido tildarnos de rebeldes, que así sea: tendrá su rebelión. Ya hemos aguantado lo suficiente.

Lalor se mostraba reacio a dar su consentimiento, pero Morgan, que había percibido su indecisión, lo instó a que accediera.

—Los hombres no descansarán hasta que usted les dé lo que piden —insistió—. Sin duda, es mejor que nos organicemos y contemos con un liderazgo adecuado. Una turba que lanza piedras no consigue nada.

Vern, Hayes y Carboni respaldaron el argumento.

Pero el asunto lo decidió una incursión del furioso capitán Wise para recuperar sus carros de equipaje.

Se produjo un intercambio de disparos. Wise arengó a los mineros y volvió a acusarlos de planear una rebelión, con lo que el daño estuvo hecho.

A pesar de las dudas de Lalor y otros miembros del comité, se convocó una reunión para el día siguiente.

Como antes, casi todo el campamento estuvo ahí, con los exaltados muy presentes y avivada su ira por una segunda incursión, al amanecer, de la policía y las tropas.

Esta había dado lugar a una veintena de detenciones y una carga de los soldados a caballo.

Los encendidos discursos de Rafaello Carboni y Frederic Vern fueron recibidos con un estruendoso aplauso.

—Sugiero —y con eso Vern cerró su discurso— que todos los mineros aquí presentes quemen su licencia, que nos comprometamos bajo juramento a hacerlo aquí y ahora.

Y también que juremos unirnos y proteger a cualquier hombre al que la policía intente arrestar por no tener licencia. ¿Estamos de acuerdo?

Hubo pocas voces discrepantes, si bien el ruego de Lalor de que le dieran tiempo para reanudar las negociaciones con el comisario Rede para la liberación de los prisioneros detenidos esa mañana fue rechazado con abucheos.

Morgan no habló; con el joven Lachlan Broome a su lado, se alegró de que los demás gritaran.

Se sentía satisfecho, también, de que el chico se hubiera contagiado del entusiasmo frenético y estuviera dando voces.

Se encendieron hogueras. Algunos de los hombres hicieron mutis, pero la mayoría sacaron sus licencias y las arrojaron a las llamas con deleite.

Ya era de madrugada cuando el último trozo de pergamino del gobierno quedó destruido.

Luego apareció un escuadrón de policía montada a reclamar las licencias, solo que fue recibido con abucheos y una lluvia de piedras.

El joven comisario Rede intentó leer la ley Antidisturbios, pero también fue abucheado.

—Aquí no hay ningún hombre que tenga licencia, señor Rede —lo informó Lalor con gravedad.

—Están infringiendo la ley —los amenazó Rede—, por lo que pueden ser arrestados y encarcelados.

—Muy bien, señor —desafió Lalor—. Pónganos bajo arresto. Todo el campamento se rendirá ante usted. Somos todos o ninguno, señor.