Capítulo 10
En la muy extendida ciudad de Ballarat, con su población políglota de unos diez mil habitantes, sus kilómetros de minas de oro, sus abarrotadas tabernas, boleras y burdeles, la situación se deterioraba día tras día.
Los mineros reaccionaban con amarga furia ante las «cacerías de licencias» de la policía y las detenciones que, sin poderlo evitar, seguían a la invasión quincenal.
Los artículos incendiarios del Ballarat Times y del nuevo Melbourne Age fomentaban el desafío y el descontento.
El Chartist Diggers’ Advocate iba aún más lejos y reclamaba el sufragio universal masculino y una reforma democrática, con derechos sociales y políticos, además del fin de la persecución policial.
Incluso Jasper Morgan se alarmó al observar los cambios el día que, junto con George Black y Thomas Kennedy, regresó a las excavaciones tras una infructuosa visita al nuevo gobernador en Melbourne.
De regreso por la carretera de Geelong, los tres emisarios pasaron por una calle principal cubierta de carteles.
Al llegar al campamento, fueron conducidos a una reunión de la Liga Reformista en la que estaban presentes casi todos los miembros de la comunidad minera.
La reunión se celebraba al aire libre en Bakery Hill, y cuando Frederic Vern se levantó para hablar desde la plataforma improvisada, los murmullos de enfado con que lo recibieron le dejaron claro que la noticia del fracaso de su petición a sir Charles Hotham había llegado antes que la propia delegación.
Vern, sin embargo, convencido de su propio poder oratorio, se embarcó en lo que pretendía ser un largo discurso.
—Amigos míos, hemos conseguido algunas mercedes —afirmó con su fuerte acento alemán—.
Su Excelencia ha nombrado una comisión de investigación.
El archicriminal Bentley y su criatura, Farrell, han sido juzgados por el Tribunal Supremo de Melbourne, declarados culpables del homicidio del pobre Jim Scobie y condenados a tres años cada uno.
El magistrado D’Ewes ha sido destituido de su cargo, y el sargento Milne, expulsado de la policía.
La comisión los ha declarado a ambos culpables de corrupción. Además…
—¿Qué hay de nuestros muchachos? —exigió una agresiva voz entre la multitud—. ¿Los pobres diablos que encerraron después de que quemáramos el maldito Hotel Eureka? ¿El joven Broome, Andy MacIntyre y Yorky Westerby? ¿No te enviamos para exigir su liberación?
—A mí no, no en persona —se vio obligado a admitir el locuaz Vern—. Llamaré a George Black, quien dirigió nuestra delegación. A menos que… —Clavó a Jasper Morgan con una mirada interrogativa—. A menos que el capitán Humphrey, como secretario de nuestro comité, desee hablar.
Morgan rechazó de inmediato la invitación, y Black, una figura sobria y digna con su levita oscura, se puso de pie con cierta renuencia.
—El gobernador nos recibió con toda cortesía —comenzó cuando los gritos se apagaron—.
Es un caballero elocuente, de prodigioso historial en la marina de Su Majestad.
Nos han dicho que se distinguió en operaciones navales contra Argentina hace unos años.
Tiene algo así como… Bueno, lo que solo puedo describir como un aire de capitán, en el sentido de que tiende a lanzar preguntas a gritos. De hecho, él…
—¿Y escucha respuestas? —interrumpió un hombre al frente de la multitud.
Entre las risas groseras de quienes lo rodeaban, añadió—: No necesitamos que nos cuentes lo que hizo el camarada Charlie antes de venir aquí ni cómo es él.
Tuvimos el dudoso placer de recibir la visita de Su Excelencia cuando llegó, ¿no es así?
George Black sonrió.
—Ah, lo había olvidado —dijo sin rencor—.
Gracias, señor, por recordármelo. Y, en cuanto a su pregunta, sí, nos escuchaba.
Y los tres hicimos todo lo posible para convencerlo de la injusticia de las sentencias impuestas a los supuestos cabecillas de lo que él se complacía en llamar los disturbios del hotel Eureka.
—Claro, ¿y le dijisteis que ese cerdo de Bentley se merecía todo lo que le dimos? —preguntó una voz irlandesa con tono combativo.
—Sí, ¿y que era uno de los malditos «desertores de Sídney» en San Francisco? —añadió otro—, ¿un maldito asesino multiplicado por diez?
Otras voces se hicieron eco de esas preguntas, y Timothy Hayes, como presidente autoproclamado, se vio en dificultades para restablecer el orden.
—El señor Black está tratando de contarles lo que ocurrió, muchachos. ¡Déjenlo hablar!
—Le di toda la información que tenía sobre Bentley —protestó Black indignado, ya perdida parte de su calma—, y le dije, todos le dijimos, que la policía era la culpable del altercado en Eureka. Ellos lo empezaron y ellos nos dispararon. Le conté todo eso a Su Excelencia.
—Bueno, ¿y os escuchó? —repitió impaciente el primer hombre que había hablado—, ¿o solo da crédito a las mentiras de Brownlow y a las de ese sinvergüenza de Milne, como hizo Latrobe?
—Su Excelencia parecía inclinarse a favor del pueblo —insistió Black—, pero está rodeado de consejeros imprudentes, como bien has sugerido.
—¿Qué pasa con nuestros pobres muchachos en la cárcel? —preguntó otra persona—. ¿Se los va a liberar o no?
Black comenzó a titubear.
—La gran objeción que Su Excelencia tiene contra vuestros representantes es que no fuimos enviados a solicitar la liberación de los prisioneros, sino a exigirla.
Su Excelencia lo considera como una falta de cortesía por nuestra parte.
De hecho, caballeros, la palabra «exigir» ha sido el escollo. Es…
Se produjo un clamor general y Jasper Morgan, que estaba perdiendo la paciencia, levantó la mano para pedir silencio y declaró en tono gélido:
—El gobernador se negó a conmutar la sentencia impuesta a mi joven socio Angus Broome, quien, como todos ustedes saben, no desempeñó un papel significativo en los disturbios.
Y se mantuvo inflexible en lo que respecta a los otros dos.
Sin embargo, tengo entendido que el padre de Angus, que es terrateniente y magistrado, presentará una apelación personal en nombre del muchacho.
Ese anuncio fue recibido con un coro de gritos enfurecidos, pero Morgan pensaba satisfecho que esa declaración pública sobre Angus lo liberaría de cualquier posible sospecha de complicidad en el arresto de su joven socio.
Y Brownlow no hablaría; el comandante de la policía tenía demasiado que perder de no mantener la boca cerrada.
La reunión continuó durante otras dos horas.
Se disolvió al fin en medio de la anarquía.
La furia de los hombres había tocado su punto álgido cuando Tom Kennedy dijo que el gobernador Hotham los había amenazado con enviar tropas si se repetía el motín del hotel Eureka.
Los exaltados de la multitud abuchearon los intentos de Black y Lalor de calmar los ánimos y renovaron sus quejas por el coste de las licencias de los buscadores de oro, que no paraba de aumentar.
—Muchos de nosotros no podemos pagar lo que nos cobra el maldito gobierno —gritó con amargura un gigante de barba negra—.
¡No sacamos lo suficiente para comer, y mucho menos tres libras al mes para el maldito comisario del oro!
Y tenemos que comer para seguir vivos, ¿no?
¡Debemos comer para tener la maldita fuerza necesaria para excavar pozos de sesenta u ochenta pies de profundidad y trabajar en ellos!
—Si al señor Hotham se le ocurre enviar tropas —dijo uno de los estadounidenses con severidad—, se arrepentirá, porque habrá disturbios, y nosotros somos muchos más que ellos. ¡Y estamos armados!
El comité de la Liga Reformista tuvo una breve reunión cuando la multitud ya se había dispersado.
Más allá de expresar su inquietud por la posibilidad de que el gobernador enviara tropas, los representantes no tomaron ninguna decisión sobre sus propias acciones futuras.
Los acalorados argumentos de Rafaello Carboni se vieron contrarrestados por los del joven sacerdote católico, el padre Smyth, que pedía moderación.
Al día siguiente, en respuesta a un mensaje de Brownlow que Rede transmitió con absoluta discreción, el comisionado residente del oro, Morgan, se dirigió al bosque para reunirse con el comandante de la policía en el sitio habitual de sus encuentros.
—Buenos días, inspector —dijo Morgan entre vacilaciones—. Entiendo que quería verme.
—Debo confesar que estoy preocupado, capitán Humphrey —admitió Brownlow sin corresponder al saludo—.
El ambiente aquí se ha vuelto desagradable en verdad, y empeora, ¿no le parece?
Tengo órdenes de comprobar a diario las licencias de los buscadores que no las hayan pagado o que las tengan caducadas, y, por mucho que disguste a esos malditos mineros, estoy obligado.
Lo que me preocupa es que están armados; demasiados de ellos tienen revólveres Colt y mosquetes.
—Soy consciente de ello —fue la inútil respuesta de Morgan.
Brownlow frunció el ceño.
—¿Los usarán? —preguntó.
—Podrían usarlos. Yo diría que es muy probable, si el gobernador Hotham enviara a las tropas.
—Usted cree que los casacas rojas los incitarían, ¿verdad?
La respuesta de Morgan fue tan tajante como intransigente.
—Sí, eso creo. Intenté decirle eso a sir Charles Hotham, pero no me hizo caso. Dijo que los mineros están fomentando un levantamiento y que hay que darles una lección.
—¿Y eso es lo que están haciendo, capitán Humphrey?
Morgan se encogió de hombros.
—Bueno, la reunión de anoche fue muy tensa, como sin duda sabrá. Tenía hombres espiando, ¿verdad? Tom Kennedy me lo ha dicho.
Brownlow no le hizo caso.