Capítulo 9 #5
Y William no se enteró. Las horas que pasó tumbado en el muelle de Balaclava junto a los demás heridos pasaron como una pesadilla.
Luego, los días en la abarrotada cubierta inferior de un barco de vapor de rueda de paletas, que luchaba por abrirse paso a través de una violenta tormenta en el mar Negro, fueron una pesadilla que había que soportar y olvidar enseguida.
El 6 de noviembre, once días después de la batalla, lo bajaron a un caique y lo llevaron a remo hasta un destartalado embarcadero fuera del hospital militar de Escútari, un edificio grande e imponente.
Desde allí, tras una larga espera, un grupo de turcos, indiferentes al sufrimiento que causaba el traqueteante avance, lo llevaron al hospital junto con otra veintena de personas.
Desde fuera, el edificio presentaba el magnífico aspecto de un palacio de sultán.
Por dentro era un húmedo y oscuro laberinto de largos pasillos con eco y habitaciones enormes y mal ventiladas.
Las paredes estaban agrietadas y empapadas, y los suelos, sin barrer.
Todo el lugar estaba sucio y plagado de insectos.
Como hospital, era un sitio lamentable para atender a los miles de enfermos y heridos que se apiñaban ahí.
Desprovisto de mobiliario, sin suministros médicos ni medicamentos ni comodidades ni instalaciones adecuadas para cocinar, también carecía de médicos y cirujanos.
El personal auxiliar no tenía ninguna formación y estaba sobrecargado de trabajo, pues había sido reclutado entre los batallones de inválidos.
Días antes había llegado la señorita Florence Nightingale con un grupo de cuarenta enfermeras acreditadas, veinticuatro de las cuales eran hermanas católicas y anglicanas, pero no había sido bien recibida por el superintendente médico.
Este las había informado de que consideraba que las enfermeras en un hospital militar eran «una contemporización imprudente, desfavorable para la disciplina militar y para la recuperación de los enfermos».
Solo se les permitiría entrar en las salas bajo la supervisión de un médico y no podrían vendar las heridas hasta que los pacientes hubieran sido examinados por un miembro del personal quirúrgico.
Como consecuencia, los enfermos yacían en largas filas en el suelo, semidesnudos, la mayoría sin ropa de cama.
Los enfermos de cólera y disentería yacían junto con heridos en combate, uno al lado del otro.
A menudo pasaban varios días antes de que alguien los examinara o un médico atendiera sus heridas.
La señorita Nightingale, aunque había recibido del secretario de Guerra el nombramiento de superintendente de la Casa de Enfermeras de los Hospitales Generales Británicos en Turquía, se veía obligada a trabajar entre restricciones, en tanto que sus enfermeras se dedicaban a limpiar las salas y a mejorar la dieta de los ocupantes.
A William, los camilleros lo habían depositado sin delicadezas sobre un montón de paja maloliente y llena de parásitos, esparcida sobre las baldosas agrietadas del suelo.
El hecho de que su estrecho pasillo estuviera destinado a los oficiales no cambiaba mucho las condiciones.
No eran mejores que las de los demás rangos, gente hacinada en las enormes salas parecidas a graneros que había más allá.
Los oficiales eran menos numerosos, y eso era todo; no obstante, a modo de compensación, había pocos ordenanzas para atender sus necesidades.
En ese momento solo había uno: un anciano pensionista, arrugado y sin afeitar, que había encontrado demasiado agotador el nuevo flujo de heridos que traían los barcos.
Después de reponer fuerzas en la cantina, se había arrastrado para buscar un olvido temporal en el sueño, sordo a las lastimeras peticiones de agua de aquellos a quienes tenía el deber de cuidar.
William estaba tan sediento como los demás, pero no gritaba.
Se sentía demasiado débil para preocuparse por si vivía o moría.
Reposaba donde lo habían dejado los camilleros, con una barba de diez días, el muñón del brazo derecho envuelto en un vendaje sanguinolento y su chaqueta de húsar desgarrada y manchada.
Le habían cortado la manga para dejar al descubierto el brazo que los cirujanos del hospital de campaña le habían amputado.
Se lo vio y advirtió lo que le había ocurrido, pero tampoco le importó mucho, pues se creía condenado.
Cayó la noche y se sumió en el sueño de los extenuados, solo interrumpido por los ocasionales gemidos y gritos de quienes tenía cerca.
El rostro de Jenny Broome se le había aparecido a intervalos y lo había sostenido por momentos. Volvió a aparecerse en su sueño, a dotarlo de nuevas esperanzas; pero, cuando despertó, la imagen se había esfumado y, con ella, sus esperanzas y los restos de su denuedo.
—Padre celestial —susurró con voz quebrada—, te ruego que me dejes morir. No tengo fuerzas para seguir adelante.
Entonces le llegó el sonido de unos pasos lentos y mesurados junto con el crepitar de la paja esparcida por el suelo del pasillo.
Levantó la vista y vislumbró la tenue y parpadeante luz de una lámpara de aceite y, recortada detrás, la esbelta silueta de una mujer con un vestido blanco almidonado y delantal.
William la vio inclinarse sobre uno de sus compañeros de sufrimiento y ponerle en los labios una taza de agua.
Oyó su voz, suavísima. Luego la vio pasar al siguiente en la larga fila.
Hizo un esfuerzo por incorporarse, por usar su único brazo sano y levantarse con infinita dificultad, anhelante de que se aproximara.
Por fin estuvo cerca aquella mujer de rostro sencillo y pálido, de ojos oscuros y compasivos. Con la lámpara en la mano, disipaba las sombras alrededor y proyectaba una tenue luz sobre el rostro de William, demacrado y sin afeitar.
Le acercó un vaso de agua a los labios resecos. Después puso la lámpara en el suelo y, con la mano libre, le brindó apoyo. Florence Nightingale habló en un dulce susurro, como si acabara de leer los pensamientos de William:
—No pierdas la esperanza, querido joven. Reza para poder vivir y estar de nuevo en tu patria, para volver con los que te quieren. Yo uniré mi oración a la tuya.
Y entonces se marchó, como el ángel fantasmal de la misericordia. Se alejó por el largo y oscuro pasillo, con su lámpara brillante como un faro en la penumbra maloliente de aquella miserable sala colmada de hombres enfermos y llenos de pena.
William se recostó y cerró los ojos.
—Querido Dios —rezó en silencio—, por tu infinita misericordia, concédeme vivir para… volver a mi patria. Por favor, Señor, dame el valor para vivir y volver… ¡a Australia!