Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

En respuesta a la insistencia de los pocos oficiales y suboficiales supervivientes, los hombres de los dos regimientos, reducidos a menos de cincuenta, dieron media vuelta y volvieron a formar una línea tan compacta como pudieron.

Pero la carga se retrasó cuando Alexander Dunn rompió filas para acudir en ayuda de un sargento de su escuadrón.

El hombre había quedado aislado y estaba siendo agredido por tres lanceros enemigos.

Luego volvieron a reunirse, con el caballo del sargento lastimado de una pata, si bien habían dejado a sus atacantes desmontados y heridos en la retaguardia.

—¡A la carga, muchachos! —ordenó lord George Paget—. ¡Un último esfuerzo y estaremos fuera de aquí!

Los hombres lanzaron un grito desafiante y espolearon a sus cansados caballos contra el regimiento de lanceros que les bloqueaba la retirada.

La carga encontró poca resistencia, pues los lanceros empezaron a apartarse, reacios, por lo visto, a enfrentarlos.

Así que consiguieron pasar a galope, casi ilesos.

Solo se detuvieron al llegar a la silenciosa línea de cañones contra la que se había lanzado la carga.

Junto con los demás regimientos destrozados y cruelmente diezmados de la Brigada Ligera de lord Cardigan, tenían que recorrer por segunda vez la milla de terreno del valle Norte.

Agotados y heridos, muchos de ellos a pie, otros montando caballos cojos y sangrantes, debían volver a enfrentarse al fuego de los cañones rusos, si bien eran menos eficaces gracias al ataque de los Chasseurs d’Afrique.

Los franceses habían cargado contra las baterías de Fediukine y habían logrado silenciarlas para ayudar a sus aliados británicos a retirarse.

Sin embargo, para William De Lancey, al igual que para muchos otros supervivientes, el regreso a través del valle resultó ser la peor parte del calvario.

Las armas de los altos de Causeway seguían ocasionando una terrible carnicería.

Situados en sus refugios seguros de las laderas, a ambos lados, los fusileros lanzaban una lluvia de balas minié mientras las bandas errantes de cosacos vengativos cabalgaban tras los desmontados, los cojos, los heridos y los desarmados sin mostrarles piedad.

Todo el valle era un caos. El suelo estaba cubierto de hombres muertos o moribundos y de caballos mutilados.

Los gritos de agonía se oían incluso por encima del estruendo de los cañones.

Por delante, mientras el Undécimo Regimiento de Húsares iniciaba su dolorosa retirada hacia sus propias líneas, por la retaguardia se arrastraban pequeños grupos de hombres, con los uniformes tan salpicados de barro y sangre que eran casi irreconocibles.

Algunos iban a ciegas, dando traspiés por el terreno accidentado, apenas erguidos.

Otros soldados maltrechos se aferraban con mucha dificultad a la silla de un caballo que, por milagro, había salido ileso.

Algunos más, apenas capaces de cojear, arrastraban a un animal moribundo que se negaban a abandonar.

Incluso en lo extremo de su propia situación, intentaban salvarlo.

Detrás, William oyó un grito ahogado. Se volvió para ver que su sirviente Bubb había sido alcanzado en el pecho por la bala de un francotirador. El hombre cayó y su caballo se tambaleó unas cuantas yardas y terminó desplomándose casi a su lado, con las entrañas derramándose entre chorros de sangre.

—Siga, señor —lo instó Bubb—. Yo estoy perdido, ¡sálvese!

Pero William sabía que no podía hacer algo así.

Habían pasado por demasiadas cosas juntos, él y Bubb, en la India, y ahí, en la húmeda y salvaje Crimea rusa.

Desmontó y, con infinitas dificultades, ya que parecía no tener más fuerzas en los brazos, cogió a su sirviente.

De alguna manera lo subió a lomos de su propio caballo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que él también estaba herido.

Tenía el brazo derecho rígido y la manga de la túnica empapada en sangre.

Avanzaba tambaleándose, aferrado al estribo de su caballo, en un estado de aturdimiento semiconsciente y con un dolor casi insoportable.

Nunca vio a los cosacos que lo atacaban, ya que su atención se había quedado clavada en el mayor Halkett, segundo al mando del Cuarto Regimiento de Dragones Ligeros, que acababa de caer de su caballo alcanzado en la espalda por una esquirla.

William quiso ir a ayudar al mayor herido, pero tropezó y perdió el agarre del estribo de su propio caballo.

Los cosacos se abalanzaron sobre él. Eran tres y, sin duda, venían decididos a hacerlo prisionero.

Uno de ellos se acercó al trote, clavó la punta de su lanza en el costado del pobre Bubb y lo derribó.

William, entonces, se encontró rodeado y luchando por su vida.

Tenía inutilizado el brazo de esgrimir, pero, de alguna manera, logró defenderse con el arma en la mano izquierda.

Se abalanzó sobre ellos a ciegas y, más por suerte que por habilidad, consiguió derribar del caballo al más cercano de sus agresores.

No obstante, ese fue el final de su resistencia.

Una lanza cosaca le golpeó el brazo izquierdo y lo hizo soltar el sable.

William cayó bajo el golpe de la culata de una pistola, propinado por el hombre al que había derribado.

Aturdido, permaneció tendido en su lugar, apenas consciente de que se estaba librando una pelea cerca de él.

Podía oír el choque de los aceros y las respiraciones entrecortadas, puntuado todo por gritos de dolor.

De pronto, se dio cuenta de que unas manos lo agarraban por los hombros y lo arrastraban.

No eran manos bruscas. Luego oyó cerca de su oído una voz en inglés que pedía disculpas por el maltrato al que estaba siendo sometido.

—Hemos expulsado a esos cerdos cosacos, señor, así que no se preocupe más por ellos. Y lo llevaremos de vuelta… Queda un cuarto de milla, no mucho más, y un par de escuadrones de los pesados vienen a nuestro encuentro. Estará bien, señor, una vez que lo llevemos de vuelta.

—El mayor Halkett —logró decir William, apretando los dientes— y nuestro soldado Bubb, del Undécimo, ¿están…?

—Están muertos, señor, los dos —respondió la voz con sombría firmeza—. Esos malditos cosacos han acabado con ellos. Ahora, si pudiera montar a caballo, señor…

Pero William sabía que no podía montar. Intentó negar con la cabeza y decirles a esos hombres, a sus salvadores, que debían dejarlo ahí y seguir buscando refugio por su cuenta.

Lo mismo le había dicho Bubb, buen soldado donde los hubiera, hacía mucho tiempo.

Al parecer, no lo oyeron, porque se encontró subido a la silla de un caballo cosaco.

Dos de ellos lo sujetaron una vez que se dieron cuenta de que William no podía mantenerse erguido sin ayuda.

Reconoció a uno de sus salvadores como un compinche de Bubb, a quien días antes había reprendido por una pequeña falta de disciplina. Los demás eran del regimiento de Halkett, el Cuarto de Dragones Ligeros, desconocidos para él. Hablaban del pobre Halkett. A uno de ellos lo oyó decir:

—Antes de morir, el mayor nos dijo que nos quedáramos con su dinero. Para las familias que permanecen en casa, dijo, las familias de los casados.

—¿Y lo has cogido, Bob?

—Sí. Me aseguraré de que se lo den a quienes él quería, aunque sea lo último que haga. Halkett era un buen tipo.

—Y este también —intervino el soldado del Undécimo—. Lo conocen como De Lancey, es el capitán De Lancey, de Australia. El pobre Bubb lo tenía en gran estima. ¿Cree que sobrevivirá, sargento? Por la pinta, parece muy malherido.

—Lo llevaremos de vuelta —respondió el sargento desconocido—. Luego, todo dependerá de los malditos cirujanos. —Su tono cambió—. Dicen que Cardigan ha vuelto sin un rasguño; lo ha dicho uno de los pesados.

—Pero nos ha dirigido bien, sargento, ¿no? —lo defendió el hombre del Undécimo—. No se ha acobardado en ningún momento, no ha apartado la cara de los cañones. No ha hecho sino cabalgar hacia ellos.

—Oh, sí —admitió el sargento—, pero nunca debieron habernos enviado a cargar contra esos cañones, no a la brigada sola. Aun así —añadió con filosofía—, nadie volverá a llamarnos «pavos reales dorados», ¿verdad? A lo que queda de nosotros, claro.

William intentó enderezar su dolorido cuerpo, pero el esfuerzo le resultó desmedido.

Se desplomó hacia delante y sus dedos entumecidos perdieron el agarre del pomo de la silla del cosaco.

Ahogadas por el dolor, las voces de los hombres y el rugido lejano de las armas se convirtieron en un confuso murmullo sin sentido.

De los días que siguieron a la carga de la Brigada de Caballería Ligera en el valle de la Muerte, William De Lancey recordaba poco.

Él mismo estuvo muy cerca de morir, pero no era consciente. Y tampoco sabía, puesto que los médicos no habían tenido tiempo de decírselo, que le habían amputado el brazo derecho a la altura del codo.

Era consciente del dolor, aunque no se daba cuenta de la causa.

El joven médico asistente del Undécimo, Henry Wilkin, que había regresado ileso de la carga, era hábil y tenía mucha experiencia.

Amputar un brazo cuyos músculos ya estaban medio seccionados le llevó solo unos minutos.

William también había sufrido otras heridas: pinchazos de lanza que tuvieron que ser suturados y una fea contusión en la frente, donde la pistola del cosaco había dado con fuerza salvaje.

Pero incluso aquello, como explicó el doctor Wilkin a Alexander Dunn cuando este acudió al puesto de socorro delantero para preguntar por sus compañeros heridos, había sido una bendición disfrazada.

—El capitán De Lancey sufre un cierto grado de amnesia. En los próximos días lo evacuaremos a Escútari en un vapor, junto con el resto de los heridos graves. Me temo que no será un viaje agradable, pero, al menos, no se dará cuenta.