Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Nolan agitaba su sable y gritaba a pleno pulmón, como si, en esos últimos momentos, se hubiera dado cuenta del error de lord Lucan, un error causado por su propia provocación imprudente.

En su intención desesperada de corregir el desacierto y detener el avance de la brigada, Nolan quiso prevenir a Cardigan, pero su voz era inaudible por encima del estruendo de los disparos y el tamborileo de los cascos de los caballos de la Brigada Ligera.

El comandante, furioso, le hizo señas para que se apartase, pues le parecía que el joven y presuntuoso ayudante de campo, quien se creía un estratega de la caballería, estaba insatisfecho con la velocidad del avance e intentaba hacerse con el mando de la brigada.

Como era lógico, eso era algo que Cardigan no podía permitir.

En ese momento, un proyectil estalló a la derecha de lord Cardigan. Una de las esquirlas alcanzó a Nolan en el pecho y lo mató al instante, de modo que, por una ironía del destino, el causante de la trágica mala interpretación de la orden de lord Raglan fue el primero en pagar el precio.

El sable se le cayó, pero la mano que lo blandía seguía levantada por encima de su cabeza.

Un grito espantoso brotó de su pecho y resonó por encima del estruendo de los cañones y el crepitar de los mosquetes.

Aunque estaba muerto, Edward Nolan no cayó del caballo.

El animal dio media vuelta aterrorizado, con su jinete desplomado sobre la silla.

Atravesó así las filas de los dragones que se acercaban, hasta que la última línea de la Brigada de Caballería Ligera hubo pasado.

Solo entonces, el cuerpo yerto de Nolan se deslizó hasta el suelo.

El avance continuó a un ritmo más rápido, ahora que la terrible lluvia de fuego abría grandes brechas en las filas, a uno y otro lado, y segaba las vidas de soldados indefensos y caballos.

William sintió que su corazón se convertía en piedra cuando vio los proyectiles estallar entre los hombres del Undécimo.

El instinto de todos era acelerar el avance y poner fin a tan insoportable prueba, pero lord Cardigan los frenó con severidad, consciente de que correr sería una maniobra desastrosa.

Todavía les quedaban casi tres cuartos de milla por delante antes de llegar a los cañones que se les había ordenado atacar.

Alcanzar el objetivo con los caballos agotados sería asegurarse la derrota.

Llegaron por fin al final del valle, al alcance de los cañones.

En un frenesí por enfrentarse a los artilleros que los estaban diezmando, el Decimoséptimo Regimiento de Lanceros comenzó a avanzar.

Cardigan, sin mirar atrás, apuntó su sable al pecho del capitán Morris y, por encima del estruendo, gritó:

—¡Firme… firme, Decimoséptimo! —Avergonzado, William Morris volvió atrás.

—¡Cercad el centro! ¡Cuidad vuestras formaciones! —gritaron los comandantes de tropa—. ¡Cercad! ¡Cercad el centro!

Esa era la orden que se repetía con más frecuencia, y William la gritó por instinto, mientras los gritos de los hombres y los relinchos de los caballos heridos a su alrededor se hacían más numerosos y la línea de carga se estrechaba y se hacía más irregular.

Aparte, los caballos sin jinete aumentaban la confusión.

El instinto y el entrenamiento impulsaban a los soldados a recuperar la formación familiar y a regresar a las filas del escuadrón después de que los jinetes hubieran caído sin vida.

Y los heridos, demasiado valientes para buscar la seguridad en la retirada, se esforzaban por seguir el ritmo de sus compañeros ilesos, aunque descubrían que la valentía no era suficiente…

Y entonces retrocedían, lo que provocaba un mayor desorden en la línea que tenían detrás.

No había sido así contra los sijes, pensó William con una sensación de malestar en el vientre.

Ese lento avance bajo tal infierno de fuego era la mayor prueba que él y los hombres que lo acompañaban habían tenido que soportar jamás.

La carga de la caballería pesada había durado apenas diez minutos.

Por fortuna, había sido breve, y las bajas, escasas, podría decirse, ya que habían entrado en combate cuerpo a cuerpo con el enemigo y habían podido enfrentarlo en igualdad de condiciones, si bien no en igualdad numérica.

Y habían conseguido una victoria significativa.

Pero la Brigada Ligera no podía salir victoriosa.

No tenía armas con que responder al espantoso aguacero de disparos y proyectiles que llovía sobre ellos.

Solo el valor y la disciplina impedían que los hombres rompieran filas y se arrojaran en desorden hacia adelante para embestir cañones con sables y lanzas.

El suyo era un valor sin igual. Mientras veía caer a los hombres y caballos que lo rodeaban, William sintió un orgullo doloroso por esos soldados que eran de su propia carne y sangre, si no sus compatriotas, y en cuya compañía, al parecer, estaba a punto de morir.

Por un instante, dejó que sus pensamientos se desviaran hacia su tierra natal: Sídney, la casa de su padre, su familia.

Jenny Broome y la carta que le había escrito anoche, y respiró con dificultad cuando, a su lado, George Houghton se desplomó sobre el cuello espumoso de sudor de su caballo castaño, con su joven boca abierta, aunque sin emitir ningún sonido.

Como Nolan, había sido alcanzado por la esquirla de una bomba.

¿Se enteraría Jenny Broome alguna vez de cómo había muerto, se preguntó, o de cuánto la había amado y deseado como esposa?

Tuvo una visión del rostro de aquella moza, tal y como se le había aparecido cuando leyó su carta.

Era como si flotara ante sus ojos. Por un momento, pudo borrar las tensas espaldas de los lanceros de uniforme azul que cabalgaban hacia los remolinos de humo de los cañones rusos, a solo veinte yardas.

La imagen se desvaneció. Había sido un sueño, bien lo sabía William, una imagen que había existido solo en su imaginación, muy lejos de la realidad.

Para él y los pocos supervivientes de las dos primeras líneas de la Brigada Ligera, la realidad era, qué pena, una línea de cañones rusos envueltos en humo y polvo y escupiendo llamas.

La carga se convirtió en un galope salvaje.

Los artilleros rusos dispararon una última cañoneada y luego, aterrorizados, huyeron o se arrastraron bajo sus cañones.

El Decimoséptimo, justo delante, con las lanzas en ristre, se encontraba ya entre ellos, con el propio regimiento de William pisándoles los talones.

Sin miedo ni piedad, William atravesó la batería cortando y acuchillando artilleros enemigos a su paso, con Alexander Dunn gritando como un loco a su lado y la amplia espalda del coronel Douglas, con su chaqueta azul, vislumbrándose delante, entre el humo de los cañones.

Detrás de los cañones se había alineado una masa intimidante de la caballería rusa, ahora inmóvil.

Un grupo con uniforme de lanceros comenzó a formarse a la derecha.

Douglas, que sin órdenes de retirarse seguía esperando refuerzos, gritó por encima del hombro una orden urgente de reunirse con él y cargar.

Cansados, se reagruparon y cargaron solo ochenta hombres del Undécimo, pues, al parecer, no quedaba uno más. Los rusos se desbandaron y retrocedieron, así que los soldados del Undécimo echaron a galopar, pues creían que los refuerzos de la Brigada Pesada debían de estar siguiéndolos.

Pero esos refuerzos nunca llegaron. ¿Cómo habrían podido enterarse de que lord Lucan había detenido a la Brigada Pesada con terribles bajas bajo el intenso fuego de las colinas de Fediukine?

El propio Lucan, herido en una pierna, había ordenado a su corneta que tocara el alto y retiró a su gente hasta quedar fuera del alcance de los cañones rusos.

Desde ahí se estaba preparando con determinación para cubrir la inevitable retirada de la Brigada Ligera.

Ignorantes de todo eso, los del Undécimo hicieron retroceder a los lanceros rusos hasta que el comandante se dio cuenta, por fin, de que los esperados refuerzos no aparecerían.

Decidió que había llegado el momento de detener el ataque y retirarse.

Con su carga ya habían silenciado los cañones, pero no quedaban hombres ni medios para capturar las piezas y llevárselas.

Los cosacos se lanzaron a atacarlos por el flanco, provocando efectos mortales con sus pistolas.

Luego, un segundo regimiento de lanceros apareció por la izquierda para hostigar a los ingleses en su retirada.

Junto con lord George Paget y los restos del Cuarto Regimiento de Dragones Ligeros, el Undécimo siguió retrocediendo.

William oyó que Bubb le gritaba una advertencia.

Al volverse, se dio cuenta de que estaban a punto de ser atacados por la retaguardia.

—¡Mi señor! —gritó con todas sus fuerzas. Se sintió sorprendido por la debilidad de su propia voz, pero lord George alcanzó a oírlo y pidió a su pequeño y agotado puñado de hombres que se mantuvieran firmes.

—¡Alto el frente! —les ordenó con voz ronca—. ¡Deteneos al frente, muchachos, o estaremos perdidos!

Los hombres de ambos regimientos lo obedecieron y los oficiales se mezclaron con los soldados. William vio a Bubb a su lado. En el rostro consumido y ennegrecido por el humo de su ayudante había una expresión grave.

Ante la denodada línea inglesa, los lanceros y cosacos que los perseguían también se detuvieron.

Enseguida, de forma inexplicable, se retiraron.

En la retaguardia quedaron los escuadrones de lanceros recién llegados.

Comenzaban a formarse, como si tuvieran la intención de pasar a la ofensiva y cortarles la retirada. Lord George, con admirable calma, dijo:

—Me temo que tendemos que abrirnos paso luchando.

Se volvió hacia su corneta solo para ver que el hombre yacía muerto a sus pies, liquidado por el tiro de pistola de un cosaco. Una vez más, gritó la orden de formarse y cargar contra la retaguardia.