Capítulo 9 #2
—¿Atacar, señor? —gritó, y sus palabras llegaron a todos los oficiales que se encontraban cerca—. ¿Atacar qué, por el amor de Dios? ¿Con qué armas, señor? ¿A qué enemigo debo atacar?
De hecho, la palabra «ataque» no estaba en la orden de Lord Raglan.
La nota no dejaba nada claro en qué frente requería el comandante en jefe que avanzara la caballería; aun así, todo el desprecio de Edward Nolan por el hombre al que había apodado lord Espectador estalló de repente.
Extendió el brazo en un gesto que abarcaba el valle Norte, donde la caballería rusa aguardaba detrás de sus cañones, y, con un desprecio provocador que no intentó ocultar, respondió:
—¡Ahí, milord, ahí está su enemigo! ¡Ahí están sus cañones!
Para los observadores, estuvieran o no al alcance del oído, el brazo extendido de Edward Nolan solo podía indicar una cosa: el objetivo de la Brigada Ligera se encontraba al final del valle Norte.
Los cañones que se les ordenaba atacar eran, en efecto, los que protegían a la caballería rusa.
Aturdido, William dio media vuelta con su caballo y regresó para informar al coronel Douglas.
Después de todas las conversaciones y especulaciones, se había hecho un silencio extraño y sobrenatural.
Los hombres hablaban en susurros mientras la noticia pasaba de regimiento en regimiento, de escuadrón en escuadrón, de hombre en hombre, y su importancia calaba hondo.
Había llegado su hora, y pocos eran los que no se daban cuenta de la inmensidad de la tarea que tenían por delante.
Douglas escuchó en silencio y con los labios apretados la breve repetición de la orden. Sin hacer el menor comentario, con el rostro serio, hizo un gesto a William para que regresara a su escuadrón.
—Mira a Cardigan, Will —lo instó Alex Dunn en voz baja cuando William se detuvo a su lado.
A pocas yardas de ahí, lord Cardigan, sentado a lomos de su caballo, leía la orden escrita que el ayudante de lord Lucan le había traído después de haberla copiado de prisa.
En su rostro rubicundo se dibujaba una expresión de incredulidad, incluso más trágica que la de Lucan después de que este se enterara de las órdenes transmitidas por Edward Nolan.
Como todos ellos, pensó William, Cardigan sabía que un ataque a las baterías de cañones sin el apoyo de la infantería era repugnante a todas las reglas admitidas de la guerra.
El valle del Norte estaba rodeado de colinas convertidas en emplazamientos de otras baterías, además de los cañones que estaban en su extremo más alejado y contra los que la Brigada Ligera tenía órdenes de cargar.
Aún estupefacto y sin poder disimular su desconcierto, Cardigan envió a su propio ayudante, FitzMaxse, a protestar ante lord Lucan antes de intentar cumplir la orden.
Lucan cabalgó hacia él. Llevaba en la mano la orden original del comandante en jefe. Con voz gélida, la leyó al indignado Cardigan y, enseguida, le ordenó que avanzara por el valle Norte con la Brigada Ligera. Él mismo iría detrás, en apoyo, con la Brigada Pesada.
Cardigan bajó su sable en un saludo formal y respondió con la misma frialdad:
—Por supuesto, señor. Pero permítame señalarle que los rusos tienen una batería en el valle frente a nosotros, así como baterías y fusileros en cada flanco. Será un ataque costoso, señor.
—Lo sé —respondió Lucan con sombría resignación—, pero lord Raglan lo quiere así. No tenemos más remedio que obedecer.
Cardigan repitió su saludo formal.
—Avance con mucha cautela —le ordenó su cuñado— y mantenga a sus hombres bien controlados.
Otro reconocimiento gélido y Cardigan dio vuelta a su caballo. En un tono bajo y áspero, murmuró para sí mismo y para todos los que se agrupaban a su alrededor:
—Bien, ¡aquí va el último de los Brudenell!
William se lo quedó observándolo con un nudo en la garganta. Vio que mantenía una calma aparente mientras trotaba hacia lord George Paget, quien, junto con el segundo al mando de su regimiento, el Cuarto de Dragones Ligeros, fumaba un cigarro a un lado de su cabalgadura.
—Lord George, se nos ha ordenado lanzar un ataque al frente —anunció sin preámbulos—. Usted tomará el mando de la segunda línea, y espero su mejor apoyo. ¡Tenga en cuenta que quiero su mejor apoyo!
Después de esa repetición, lord George se sonrojó resentido. Miró a su compañero, el mayor Halkett, y luego respondió con brusquedad:
—Por supuesto, milord, tendrá todo mi apoyo.
El capitán Nolan pasó cabalgando y William lo llamó con una pregunta ansiosa. El ayudante de campo le sonrió.
—¿De vuelta a las tierras altas? Oh, no, querido amigo. Tengo intención de cargar con el Decimoséptimo. —Sonrió aún más—. ¿Muerte o gloria o qué? Confío en volver a verlo.
Las cornetas sonaban ahora en una sucesión estridente.
—¡A vuestros caballos!
—¡Montad!
—¡Oficiales, a vuestros puestos!
Bajo la mirada de su comandante, la Brigada Ligera se puso en fila.
La primera línea, de derecha a izquierda, estaba formada por el Decimotercer Regimiento de Dragones Ligeros, el Decimoséptimo de Lanceros y, un poco por detrás, el Undécimo de Húsares.
El Cuarto Regimiento de Dragones Ligeros y el Octavo de Húsares formaban la segunda línea.
Con medio escuadrón del Octavo actuando como escolta de lord Raglan, la brigada había desfilado esa mañana con seiscientos setenta y cinco efectivos.
Lord Lucan echó un vistazo hacia el valle y notó, se presume, que su amplio despliegue quedaría demasiado expuesto para el ataque que se avecinaba.
Ordenó al coronel Douglas retirar al Undécimo y colocarlo detrás del Decimoséptimo de Lanceros.
Así formó una segunda línea, de modo que el Cuarto y el Octavo actuaban como tercera.
Lord Cardigan cabalgó hacia delante para ocupar su lugar al frente del escuadrón derecho del Decimoséptimo de Lanceros.
Su expresión era inescrutable, pero su cabeza, como siempre, iba altiva y erguida.
Una vez completado el despliegue de las líneas, los gritos de órdenes de los oficiales de la tropa se apagaron.
De nuevo, el silencio que se produjo tenía una carga extraña.
William esperó tenso, con Alex Dunn a pocas yardas a su izquierda.
Entonces, Cardigan alzó la voz y, sin mostrar emoción ni aprensión, dio las órdenes, con la espada en alto.
—Avance la brigada. El primer escuadrón del Decimoséptimo, al frente. ¡Marchad!
Las tres líneas de la Brigada Ligera comenzaron a avanzar a paso lento por el valle Norte, seguidas unos minutos más tarde por la Brigada Pesada que lideraba lord Lucan.
Para los observadores que se encontraban en lo alto de la cresta de Sapoune, nada indicaba que la orden de lord Raglan hubiera sido tergiversada por el hombre encargado de transmitirla.
Las primeras filas habían recorrido unos doscientos metros cuando, en lugar de girar a la derecha, en dirección a los reductos turcos capturados en el paso elevado, que era lo que el comandante en jefe había pedido, vieron a la tropa seguir avanzando al trote en línea recta por el valle.
En ese momento se dieron cuenta de la terrible verdad.
Lord Raglan advirtió el espantoso error que se había cometido, pero ya era demasiado tarde; muy, muy tarde para corregirlo.
La orden estaba dada; mal informados, los oficiales y los hombres de los cinco regimientos de caballería ligera la obedecían.
Incluso los rusos que habían invadido los reductos suponían, hasta ese momento, que el objetivo del avance de la caballería británica eran los cañones navales capturados.
Abandonaron por un momento el arduo trabajo de desmantelar y alistar las pesadas piezas de hierro para su traslado y corrieron a formarse en preparación para la esperada carga.
Del mismo modo, al otro lado del estrecho valle, en las colinas de Fediukine, así como en las laderas delanteras del paso elevado, los artilleros y francotiradores no eran capaces de adivinar el propósito del avance impetuoso de los regimientos de brillante uniforme de la Brigada Ligera.
No dispararon. Suponían que la línea de jinetes daría media vuelta y escaparía de la trampa antes de que las fauces se cerraran sobre ella… Pero eso no ocurrió.
A trote pausado, con magnífica exactitud y en perfecta alineación, la Brigada Ligera siguió avanzando.
Cincuenta o sesenta yardas separaban la primera línea de la segunda.
La tercera iba detrás de la segunda, más o menos a la misma distancia, aunque la brecha se ampliaba poco a poco.
A la cabeza cabalgaba la alta y llamativa figura de su general de brigada.
Los galones dorados de su uniforme de húsar, azul y rojo cereza, brillaban a la luz del sol.
Conducía a sus hombres al alcance de los cañones enemigos que los flanqueaban como si no fuera consciente de su presencia.
Daba la impresión de ser indiferente ante la terrible amenaza que esas armas representaban para él y para los jinetes que iban detrás.
Los artilleros rusos se quedaron mirándolo asombrados.
La infantería apuntaba con sus rifles, pero no disparaba.
Entonces, el primer impacto paralizante de la sorpresa quedó atrás.
Los oficiales enemigos gritaron órdenes frenéticas y, una tras otra, las baterías de las colinas de Fediukine abrieron fuego.
Fue una lluvia mortal de metralla, balas y proyectiles sobre los jinetes que avanzaban a paso lento.
Cuando la primera batería comenzó a disparar, un jinete solitario se separó del escuadrón líder del Decimoséptimo Regimiento de Lanceros y galopó furioso hacia delante en dirección a lord Cardigan.
Era el capitán Edward Nolan, que trataba de ponerse delante del general en infracción imperdonable del protocolo militar.
Cardigan lo observó con indignada sorpresa.