Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 9
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Capítulo 9

Llegó la orden de que la Brigada de Caballería Ligera tomara posiciones en el extremo occidental del paso elevado frente al valle Norte, con la Brigada Pesada de nuevo en formación, detrás de ellos y a su derecha, desplegada en las laderas de la carretera de Woronzoff.

De ese modo ocupaban el terreno que habían despejado con su anterior carga.

A partir de entonces no ocurrió nada. El coronel Douglas, que percibía la creciente frustración de sus hombres, cabalgó hacia lord Lucan en busca de explicaciones.

Acompañado en tal misión por el capitán Morris, del Decimoséptimo Regimiento de Lanceros, y por Lord George Paget, que los seguía, conversó un largo rato con el comandante de la división de caballería.

Por su lado, un airado lord Cardigan se mantenía al margen de la discusión.

Douglas regresó y sus oficiales lo acribillaron a preguntas, pero él, desesperado, solo pudo negar con la cabeza.

—Su Señoría ha hablado con sir Colin Campbell y está convencido de que el enemigo ha sido expulsado de Balaclava y que la amenaza al puerto ha sido contrarrestada —dijo desdeñoso—.

En cuanto a nosotros, lord Raglan ha dado la orden de que la división de caballería espere la llegada de la Primera y la Cuarta Divisiones de Infantería, que ahora se dirigen hacia aquí desde las tierras altas.

Cuando hayan llegado, con su apoyo debemos hacer todo lo posible por recuperar los reductos turcos capturados en el paso elevado.

—Volvió a encogerse de hombros. Estaba haciendo un visible esfuerzo por controlarse—.

Eso es todo lo que sé, caballeros; pero, teniendo en cuenta el tiempo que tardan las divisiones de infantería en descender a la llanura, lord Lucan ha dado permiso a ambas brigadas para que descansen.

Tengan la amabilidad de transmitir esa orden a sus hombres.

Agradecidos, los jinetes de la Brigada Ligera desmontaron y se apoyaron en sus caballos.

Los oficiales bebieron ron o brandy de sus petacas, en tanto que los que tenían galletas o huevos duros se pusieron a comer.

Algunos encendieron sus pipas, pero fueron reprendidos con severidad por fumar frente al enemigo.

La reprimenda, no obstante, provocó risas irónicas.

William había recibido un refrigerio gracias a la previsión de Bubb, pero se sentía tan indignado por los acontecimientos del día que le resultaba imposible comer. La mayoría de sus compañeros oficiales se encontraban en un estado similar.

—¡Teníamos la oportunidad de nuestra vida y tuvimos que dejarla escapar, por el amor de Dios! —se quejó con amargura el teniente Palmer—. Esta campaña no ha sido más que frustración para la Caballería Ligera, ¡frustración y humillación!

—Lo sé, Roger —asintió Alex Dunn, con el bronceado rostro tenso por el resentimiento—.

Me han dado ganas de llorar al ver a los de la caballería pesada regresar triunfantes esta mañana.

Se merecían el triunfo, Dios bien lo sabe, porque ha sido un logro en verdad valiente.

Han vuelto como héroes, todos ellos, mientras que nosotros…

—Se atragantó con la galleta que estaba comiendo y la tiró con disgusto—.

¡Maldita sea!, ¡ellos pueden mantener la cabeza alta, pero nosotros debemos bajar la testuz avergonzados!

Los lanceros rusos fueron derrotados; fueron derrotados y huyeron.

Todo lo que teníamos que hacer era perseguirlos.

¡Los habríamos perseguido hasta Simferópol, y ellos con el rabo entre las patas!

Pero tuvimos que quedarnos quietos y dejar escapar a esos cerdos.

—Cardigan culpa a Lord Espectador —observó el joven George Houghton. Luego, desanimado, apoyó su oscura cabeza contra la silla de montar de su gran corcel castaño y ocultó el rostro—. ¡Y yo también, maldito sea!

—Obedecía órdenes, George —lo defendió William.

—¡Podría haber usado su criterio! Estaba allí, vio lo que se debía hacer. De haberlo hecho, nadie se lo habría censurado, y menos aún lord Raglan. ¡Estábamos listos para partir, por Dios que sí!

—Falta mucho para que termine el día —dijo Dunn con irritación—, ¿y qué nos ofrecen?

Según el coronel, se nos dará la oportunidad de apoyar a la infantería, que brilla por su ausencia.

Así que aquí estamos esperando, y esos cosacos del demonio se burlan de nosotros cuando nos topamos con ellos…

Incluso nuestros propios soldados de infantería nos llaman pavos reales dorados y cosas peores.

Si esto sigue así, venderé mi comisión y me iré a casa; o a una de las colonias.

William pensó con tristeza que él iba a hacer lo mismo.

La humillación que todos habían soportado los tenía marcados hasta lo más hondo.

Y los soldados, que hablaban en voz baja entre ellos, lo sentían con la misma intensidad, sobre todo los veteranos de la guerra de la India, como Bubb y él mismo.

Pero siguieron esperando, impacientes por el retraso, mientras pasaba otra media hora sin que se viera ni oyera nada de las esperadas divisiones de infantería.

Desde donde estaban detenidos, podían ver la línea de cañones rusos en el extremo más alejado del valle Norte y, detrás de ellos, las tropas agrupadas.

Observaban con ira inútil cómo una batería de campaña ascendía por la colina a su izquierda y giraba sus cañones hacia ellos.

Pero, de repente, divisaron a un jinete con uniforme de húsar que descendía de la meseta a una velocidad vertiginosa.

Les fue fácil reconocerlo como Edward Nolan, ya que, habiendo desdeñado el tortuoso camino que habían seguido los jinetes anteriores cuando llevaban las órdenes de lord Raglan a la llanura, ese hombre se estaba lanzando por la empinada ladera y agitaba la mano con entusiasmo.

Solo su consumada habilidad como jinete lo salvaba del desastre.

A los pocos minutos llegó a terreno llano.

Clavó las espuelas en los ijares de su caballo al pie de la escarpa y cruzó el último tramo a todo galope.

Mientras lo observaban acercarse con una prisa tan temeraria, los oficiales y soldados de la Brigada Ligera dedujeron que la orden que llevaba debía de ser de extrema urgencia.

Se les levantó el ánimo, ya que la orden solo podía estar destinada a ellos.

El recorrido llevó al ayudante de campo cerca de sus líneas y, mientras pasaba a toda velocidad, William oyó al capitán Morris, del Decimoséptimo Regimiento de Lanceros, su mejor amigo, gritar con entusiasmo:

—¡Nolan, ¿qué pasa?

Sin reducir la velocidad, Nolan le respondió en tono triunfal:

—¡Ya lo verás, ya lo verás!

Junto a lord Lucan, detuvo en seco su caballo cubierto de espuma.

Lucan lo esperaba entre sus dos brigadas, acompañado de los miembros de su estado mayor, y recibió la orden de sus manos.

Los oficiales se agolparon a su alrededor mientras Lucan leía, contagiados por el entusiasmo del joven ayudante de campo.

Sin embargo, cuando terminó la lectura, la expresión del comandante era de perplejidad y sorpresa.

—Averigua de qué se trata, De Lancey —gruñó el coronel Douglas.

William, junto con su comandante de división, se acercó al grupo a tiempo para oír leer en voz alta la orden que Nolan había traído.

Lucan alzó la voz como si no hubiera comprendido nada.

—Lord Raglan desea que la caballería avance de inmediato hacia el frente e intente impedir que el enemigo se lleve los cañones. La tropa de artillería a caballo puede acompañarlos. La caballería francesa está a su izquierda. Ahora mismo.

Hizo una pausa y miró al ayudante de campo del general Airey, como preguntándole si el general, al igual que el comandante en jefe, había perdido el juicio.

Que lord Lucan y la caballería bajo su mando supieran, las únicas armas que corrían peligro de ser requisadas por el enemigo eran las que se encontraban al final del valle Norte, detrás de las cuales se había atrincherado la caballería rusa derrotada.

Era una posición defensiva más que ofensiva.

William, tras haber escuchado la lectura de la orden, se sintió tan desconcertado como el resto de los oyentes.

Con atónita incredulidad, supuso que lord Raglan no deseaba que se lanzara un ataque contra esas armas sin el apoyo de la infantería.

Había solo una tropa de artillería a caballo y la posible ayuda tardía de los Chasseurs d’Afrique franceses, en algún lugar de su flanco.

A menos, claro, que estuviera procurando la aniquilación de toda la división de caballería británica…

A William se le encogió el corazón. Los hombres de la Brigada Ligera habían permanecido ansiosos de recibir la orden de entrar en acción, pero aquello…

¡Aquello era una locura! Contuvo la náusea que le subió a la garganta al oír a lord Lucan.

Las dudas tácitas del propio William sobre el significado de la orden estaban siendo expresadas con palabras de desconcierto e irritación.

Edward Nolan lo interrumpió. En un tono aposta insolente y perentorio, dijo:

—¡Las órdenes de lord Raglan, señor, son que la caballería ataque de inmediato!

Lucan, sorprendido, fijó la mirada en Nolan.

Debía de ser consciente, pensó William, de que Nolan le tenía ojeriza, y, al igual que el resto de la división, sabía que en el pasado el ayudante de campo lo había criticado sin tapujos por sus titubeos en el manejo de la caballería en el campo de batalla.

Pero, como teniente general, Lucan no estaba acostumbrado a que un simple capitán se dirigiera a él de forma tan irrespetuosa, por más que ese capitán fuera un reconocido experto en tácticas de caballería ligera y uno de los favoritos del comandante en jefe.

Hubo un momento de turbado silencio, al cabo del cual Lucan se volvió hacia el arrogante joven ayudante de campo con una furia apenas controlada.