Los oportunistas (Los australianos 14) Epílogo #3
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Epílogo #3

Los relatos de la trágica carga mal dirigida por la Brigada de Caballería Ligera Británica contra los cañones rusos en el valle Norte de Balaclava recibieron un tratamiento similar.

Sin embargo, la mayoría de los editoriales destacaban el heroísmo y la magnífica disciplina de los guerreros, al tiempo que expresaban su horror por el terrible precio que sus espléndidos regimientos habían tenido que pagar.

Sin duda, todo había sido un inexplicable malentendido de la orden del comandante en jefe.

El Morning Herald afirmaba:

De un total de 673 oficiales y soldados que se reunieron en la Brigada de Caballería Ligera en la mañana del 25 de octubre, más de trescientos murieron, resultaron heridos o fueron hechos prisioneros.

Nos causa una gran tristeza enterarnos de que entre ellos se encontraba el capitán William De Lancey, del Undécimo Regimiento de Húsares de Su Majestad, hijo mayor del honorable, juez George De Lancey, personaje muy conocido en la colonia y quien luchó con distinción en la batalla de Waterloo.

Jenny Broome leyó ese informe con profundo y duradero pesar.

Cuando su hermano Johnny le trajo una carta que el correo inglés había entregado con retraso, vio con el corazón encogido la dirección que figuraba en la parte superior: «Campamento de la División de Caballería Británica, en el frente de Sebastopol, 24 de octubre de 1854».

Era de William De Lancey. La leyó con los ojos anegados, sin prestar mucha atención a las descripciones que, con tanto detalle, él hacía de la situación en la que se encontraba la noche anterior a la fatídica batalla.

Pero las últimas palabras de la carta, escritas como en el último momento, entremezcladas con las largas descripciones, le provocaron un llanto para el que no era posible encontrar consuelo: «Te amo, Jenny —había escrito William—, te amo con todo mi corazón.

Espérame, te lo ruego, porque ya estoy harto de la guerra y de la vida militar.

Cuando esto termine, volveré a casa. Por favor, espérame hasta que vaya a buscarte».

Sin embargo, William estaba muerto. Jenny recordó aquel sueño que la había atormentado.

La noticia del Herald era la confirmación de todos los temores que había sentido por él, de todos los horrores que su pesadilla había pronosticado.

Las palabras «entre ellos» significaban, sin duda, que el joven De Lancey se contaba entre las víctimas, o…

¿Cabía albergar una débil esperanza de que, tal vez, hubiera resultado herido y no asesinado por los temibles jinetes con gorros de piel que ella había visto en sus sueños?

—No lo había notado, Jenny, querida…

Johnny acababa de acercarse para rodearla con el brazo. Ella, ajena a todo salvo a su propia amarga angustia, se había olvidado de él. Agradecida por su compasión, apoyó la frente en el hombro de su hermano y sumergió allí el rostro bañado en lágrimas.

—Nunca hablaste de él, ni siquiera cuando llegó la noticia de esa espantosa carga. Pero es Will De Lancey quien te importa, ¿verdad, hermanita? ¿Es por él por quien has estado como una sombra de ti misma estas últimas semanas?

—Sí —admitió ella con voz ronca, pues acababa de poner fin a su valiente fingimiento—. Sí, y esta carta es de él, Johnny. La escribió la… noche anterior, y te envió un boceto.

Le entregó el boceto con la mano temblorosa. Entonces, incapaz de guardarse su sueño por más tiempo, se lo contó.

Johnny la escuchó con semblante serio.

—Puede que Will no esté muerto, ¿sabes? —dijo él tratando de consolarla.

—Pero el periódico dice…

—Cuando se publicó esa noticia, Jenny, el periódico no tenía una lista detallada de las víctimas.

Aún no había llegado. Es… — Con una exclamación ahogada, Johnny dejó de hablar—.

¡Pero ya ha llegado el correo! ¡Esta carta de Will ha llegado por correo, por el amor de Dios!

Estoy bastante seguro de que la lista completa de víctimas habrá llegado en el mismo barco.

Iré a la oficina a averiguarlo. No desesperes todavía.

Espera aquí. Te prometo que volveré enseguida, en cuanto tenga alguna noticia.

Jenny esperó con la carta en la mano. Como solía hacer a menudo, contemplaba la bahía Elizabeth y sus aguas salpicadas por el sol.

El recuerdo del sueño volvió. Fue tan vívido que tuvo que apartarse de la ventana, cegada por las lágrimas.

En ese momento regresó Johnny. Ella advirtió el sonido de sus pasos en el pasillo y, enseguida, el de la voz que la llamaba.

El sueño se desvaneció de repente, muy rápido, como si nunca hubiera sucedido.

—Han llegado las listas —le dijo un sonriente Johnny—. Will cayó herido de gravedad y fue a dar a un hospital de Escútari. ¡Pero está vivo, Jenny!

—¿Vivo? —repitió ella sin poder creerlo—. Ay, Johnny, ¿estás seguro?

—Su nombre aparece ahí, negro sobre blanco —le aseguró su hermano—.

Y me he encontrado con el juez, su padre, que había acudido a la oficina del Herald con el mismo propósito.

Me ha dicho que piensa utilizar toda su influencia para que a Will le concedan el pasaje de vuelta a la colonia.

¡Estará en casa antes de que te des cuenta, hermanita!

«Cuando esto termine, volveré a casa —había escrito William—. Por favor, espérame hasta que vaya a buscarte…». Y también le había dicho que la amaba.

Jenny levantó sus brillantes ojos para encontrarse con la mirada de su hermano.

—Lo esperaré —susurró con voz suave—. No importa cuánto tarde en llegar.