Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 8 #2
59%

Capítulo 8 #2

A pesar de todo, William podía oír las quejas de los hombres a su alrededor, desconcertados por la maniobra; y, cuando la retirada los llevó a la línea de fuego de su propio Nonagésimo Tercero, incluso los oficiales comenzaron a expresar su enfado.

A pesar de todo, lord Lucan, tras una apresurada consulta con sir Colin Campbell, los condujo aún más atrás, hasta que finalmente se detuvieron frente al campamento de South Valley.

—¡Por Dios! —exclamó con voz temblorosa un joven corneta—. ¿Vamos a abandonar al Nonagésimo Tercero como hemos abandonado a los malditos turcos? Si la caballería enemiga los atacara, ¿qué posibilidades tendrían?

Otras voces se hicieron eco de su consternación.

—Lord Espectador está desempeñando su papel habitual, ¿no? ¡Evita la batalla, que se vaya al demonio!

—¡Esos infernales rusos estaban a un tiro de piedra y hemos tenido que retirarnos!

—Supongo que estará esperando el apoyo de la infantería desde las malditas tierras altas, para que los soldados de a pie luchen por nosotros. Bueno, tardarán horas en llegar, y, para entonces, solo Dios sabe lo que habrá pasado.

Pero a pesar de lo decepcionado que se sentía por haber perdido otra vez la oportunidad de entrar en acción, William miró a su alrededor con ojos experimentados y reconoció que, desde el punto de vista estratégico, había sido una decisión acertada.

Situada como estaba, frente a las laderas de los altos Causeway, la división de caballería se encontraba en una posición tal que, si las fuerzas de sir Colin Campbell no lograran contener el esperado ataque ruso, se podría lanzar un contraataque por el flanco.

Eso quiso explicar William, pero se topó con el desprecio.

El teniente Alexander Dunn, con quien había mantenido una estrecha amistad desde que se unió al Undécimo, observó desdeñoso:

—Esas tácticas pudieron haber sido exitosas contra los sijes, Will, no lo dudo, pero los rusos son de otra pasta, ya lo sabes.

Atacan en masa y les da igual cuántos hombres pierdan.

Los has visto en el Alma. Y, aparte de eso, querido amigo, siempre he creído que el ataque es la mejor forma de defensa.

William se encogió de hombros y no discutió.

La retirada a lo largo de todo el valle sur había sido bien conducida con regimientos alternos, según las tácticas de caballería mejor acreditadas; pero había sido una retirada, y la vital carretera de Woronzoff, a lo largo del paso elevado, estaba en manos del enemigo.

En la disputa por la posesión del puerto de Balaclava solo quedaban los soldados de las Tierras Altas Escocesas, comandados por sir Colin Campbell, y los artilleros marinos.

Si los rusos consiguieran pasar Kadikoi, entonces…

—Me pregunto… —dijo el joven corneta que había hablado con tanta emoción unos momentos antes—.

Me pregunto qué pensará el capitán Nolan de nuestras maniobras de cobardes.

Estará allí arriba, en la cresta de Sapoune, con lord Raglan y su estado mayor, observándolo todo, ¡justo sobre nuestras cabezas!

El comandante del Undécimo, el teniente coronel Douglas, silenció al enfadado chico con una mirada gélida.

Pero el corneta tenía razón, pensó William con ironía.

Desde la cresta de Sapoune, en las tierras altas, en la elevada posición estratégica de su puesto de mando, lord Raglan podía divisar tanto el valle Norte como el Sur, que se extendían como un mapa en relieve seiscientos pies más abajo.

El mismo William lo había comprobado cuando subió allí a caballo y dibujó un boceto.

Y Nolan estaría allí, con el resto del estado mayor británico, desempeñando sus funciones de ayudante del general Airey, el intendente general y jefe de Estado Mayor.

Edward Nolan, aquel que aseguraba que la caballería ligera británica era invencible cuando se la comandaba bien…

William apretó la boca. ¿Qué, se preguntó desesperado, pretendía hacer Lucan?

El coronel Douglas cabalgó hacia el frente para hablar con lord Cardigan y, a su regreso, anunció con tono áspero:

—Caballeros, la orden de poner la división de caballería en este sitio proviene del comandante en jefe, pero, por desgracia, debido a la distancia que sus órdenes deben recorrer, estas tardan más de media hora en llegar hasta nosotros.

Entiendo que se nos ha pedido cubrir el flanco izquierdo de sir Colin Campbell y esperar el apoyo de la infantería, que tiene órdenes de avanzar en dos frentes.

El anuncio fue recibido con gemidos y caras sombrías, pero nadie dijo nada hasta que el teniente Palmer señaló al frente con la mano temblorosa y exclamó:

—¡Dios mío, mirad! ¡La caballería enemiga avanza con vigor hacia el Nonagésimo Tercero!

A William se le encogió el corazón cuando vio un cuerpo de la caballería rusa, unos seiscientos o setecientos hombres, empezar a descender por la pendiente del paso elevado.

Se dirigían a la loma detrás de la cual estaban agazapadas, ocultas a la vista, las dos delgadas líneas de soldados de las Tierras Altas.

Sabía que así habían permanecido la noche entera, envueltos en sus mantas y abrigos y con sus mosquetes a un lado…

Contuvo el aliento cuando vio a un ayudante llevar a galope su caballo cubierto de espumoso sudor hasta donde se encontraba lord Lucan.

Era claro que el hombre traía una nueva orden de lord Raglan.

Lord Lucan, con el rostro sombrío, ordenó a la división que iniciara una nueva retirada.

Y la orden se cumplió entre las protestas de oficiales y soldados, hasta que, llegados al pie de la cresta de Sapoune, las dos brigadas giraron y se pusieron en línea mirando al este, hacia el valle sur.

—Bueno, esto supera mi comprensión —confesó Alexander Dunn con amargura—. Si los hombres de sir Colin no consiguen resistir, Balaclava está perdida. Los pobres diablos de las Tierras Altas Escocesas serán aplastados y nosotros no podremos acudir en su ayuda.

Pero, para gran alivio de la división de caballería británica que observaba, el Nonagésimo Tercero se mantuvo firme.

Los jinetes enemigos se acercaron a paso ligero, sin exploradores ni escaramuzadores.

El enemigo suponía, eso era evidente, que no encontraría oposición y que, salvo por los cañones de la marina al principio del desfiladero, el camino a Balaclava estaría despejado.

Entonces, cuando la línea de lanceros ya estaba al alcance de los mosquetes, los escoceses de las Tierras Altas se levantaron como un solo hombre para enfrentarlos a punta de bayoneta.

William tenía el catalejo en el ojo. Supo que los soldados de casaca roja, con sus imponentes gorros de plumas y sus amenazantes mosquetes con puntas de acero, les debieron de parecer surgidos de la tierra.

La primera descarga de mosquetes detuvo de golpe el avance de los rusos, y, por un momento, los enemigos dieron la impresión de que estaban por retirarse.

Pero entonces se reagruparon. Enseguida, medio oculta al catalejo por el humo de los cañones, toda aquella fuerza cobró velocidad y volvió a lanzarse al ataque, solo para encontrarse con una segunda descarga.

Cuando el humo de los cañones se disipó por fin, los rusos ya iban en retirada, mientras los de las Tierras Altas y los artilleros marinos seguían disparando a sus espaldas.

A medida que la noticia de la victoria se transmitía de boca en boca, la caballería británica iba prorrumpiendo en vítores, olvidadas por un momento las frustraciones.

—Lo han conseguido, ¡gracias a Dios, estos valientes lo han conseguido! —gritó Palmer con la voz entrecortada—. ¡Han salvado Balaclava!

—Sin nuestra ayuda —le recordó Dunn cuando los vítores se apagaron—. Pero mira… —de pronto, su tono se había vuelto áspero—, están enviando a algunos de los pesados al combate, ¿los ves, Will? ¿Qué puede significar eso? Y, por el amor de Dios, ¿no es el general Scarlett el que va con ellos?

Era cierto. Liderados por su brigadier, varios escuadrones se separaron de la Brigada Pesada. Partieron en dirección a Kadikoi con los caballos grises de los Dragones del Norte Británico a la cabeza.

—¿Auxilio tardío para el Nonagésimo Tercero? —sugirió William.

—Quizás. —Dunn fruncía el ceño—. Me pregunto dónde demonios estará el resto de la caballería rusa.

Había miles cuando los hemos visto por primera vez.

Venían cubriendo el ataque de la infantería contra los reductos.

Pero a los escoceses de las Tierras Altas solo se han enfrentado unos setecientos hombres.

Es difícil saberlo a esta distancia, lo sé, pero me parecía que era un solo regimiento de lanceros, y ahora han desaparecido. ¿Qué estarán tramando, según tú?

William reflexionó sobre la pregunta.

—No tengo ni idea —admitió—, pero… —Su mirada se posó en la amplia y ondulada cresta de los altos de Causeway—.

Como hemos perdido los reductos, no encontrarían oposición si cruzaran la carretera de Woronzoff y entraran en el valle Norte.

Eso es lo que yo haría si estuviera al mando.

Tendrían el campo libre y… —Sorprendido por una repentina y alarmante revelación, se llevó el telescopio al ojo—.

Lord Raglan podría haber puesto en peligro a los escuadrones de Scarlett si es ahí donde están, Alex. La orden ha venido de él, ¿no?

—S…, sí. Nosotros no podemos saber qué hay más allá, porque el paso elevado obstruye nuestra vista, pero no la de lord Raglan.

Si la caballería rusa ha entrado en el valle Norte, él tendrá que haberla visto.

Además… —Alexander Dunn cerró la boca y volvió a fruncir el ceño—.

Cielos, se me olvidaba que ¡sus órdenes tardan más de media hora en llegar hasta nosotros! Así que…