Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 8
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Capítulo 8

La división de caballería se presentó una hora antes del amanecer, pues lord Lucan tenía la costumbre de inspeccionar a sus hombres a esa hora.

Lord Cardigan, con la excusa de que estaba sufriendo un ataque de disentería, se había quedado a dormir hasta tarde a bordo de su yate.

En su ausencia, el mando de la Brigada Ligera recayó en lord George Paget, a quien esa mañana William estaba sirviendo como ayudante.

Una vez terminada la inspección, los hombres comenzaron a llevar sus caballos de vuelta a las líneas para darles de beber y comer.

Refunfuñaban en voz baja, puesto que esa parada matutina era impopular entre toda la división.

Lord Lucan condujo su pequeña cabalgata hacia las posiciones turcas en los altos Causeway.

Por su parte, lord George indicó que tenía intenciones de acompañar al comandante de la división, por lo que William se colocó en la retaguardia.

Aún estaba oscuro y hacía frío. Una espesa niebla se arremolinaba alrededor del grupo mientras trotaban por el valle hacia el reducto más oriental, en la colina Canrobert.

A pesar de la premonición de la noche anterior y de la advertencia de Bubb, William no tenía la sensación estar a punto de hacer frente a un desastre, pero, cuando la primera luz grisácea del amanecer iluminó el cielo oriental, divisó, con un repentino aceleramiento del pulso, que algo inusual estaba sucediendo.

En lugar de la única media luna con una estrella, dos banderas ondeaban en el mástil detrás del reducto.

No sabía qué significaba eso. Estaba a punto de llamar la atención de su oficial al mando cuando este también notó la extraña señal.

Lord George Paget refrenó, señaló en dirección al mástil y exclamó con voz desconcertada:

—Vaya, hay dos banderas ondeando. ¿Qué significa eso?

Uno de los ayudantes de lord Lucan respondió:

—Sin duda, mi señor, quiere decir que el enemigo se acerca.

—¿Está seguro? —preguntó Lord George, pero no pudo decir nada más, pues su pregunta fue respondida de forma dramática con el estampido un cañón del reducto.

La respuesta fue una estruendosa descarga de cañones desde la colina a la derecha de la tropa.

Un proyectil voló hacia el pequeño grupo de oficiales y pasó entre las patas del caballo de William.

Lord Lucan evaluó el escenario. Tras un momento de consternación y sorpresa, comenzó a dar órdenes rápidas.

Envió a un ayudante al galope para avisar a sir Colin Campbell y al Nonagésimo Tercer regimiento en Kadikoi, y otro a la granja de lord Raglan, a seis millas de distancia, para solicitar con urgencia el apoyo de la infantería.

Cuando la niebla comenzó a disiparse, pudieron distinguir un gran cuerpo de infantería rusa que avanzaba en dos columnas hacia el sur de la carretera de Woronzoff.

Los precedían escaramuzadores con caballería en ambos flancos, como escolta de los cañones.

William estaba teniendo dificultades para calmar a su asustado caballo, así que desmontó y se aseguró de que el animal no estuviera herido. Por encima del continuo estruendo de los cañones, oyó a lord Lucan decir con amargura:

—Dado que lord Raglan no ha actuado en respuesta a la comunicación que le enviamos ayer sir Colin Campbell y yo, y dado que nos ha dejado aquí sin ningún tipo de apoyo, considero que nuestro primer deber es defender el acceso al puerto de Balaclava.

Los turcos tendrán que hacer lo que puedan.

Tienen armas y nosotros no estamos en condiciones de ayudarlos.

La defensa del puerto dependerá, por supuesto, de mi caballería, por lo que me veo obligado a reservarla para ese fin.

Cuando el comandante de la Brigada Pesada, el general Scarlett, comenzó a protestar, Lucan se encogió de hombros.

—Veré si puedo lograr algo con una finta.

Podríamos retrasarlos, al menos. Lord George, voy a poner a la Brigada Ligera en reserva.

General Scarlett, que toda su brigada monte de inmediato, por favor.

Necesitaré un regimiento de dragones para escoltar dos tropas de artillería a caballo, la de Maude y la de Shakespeare, tan pronto como hayan montado.

—De Lancey —espetó lord George Paget—, ¡vuelva a nuestras líneas tan rápido como pueda! Dé la alarma y haga que monten todos nuestros hombres. ¡Luego reúnase con su regimiento!

William no necesitó que le repitieran la orden. Se subió a la silla y se alejó a toda velocidad por la hierba llena de baches de la llanura.

Diez minutos más tarde, tras entregar la orden de Paget, se mantuvo quieto, observando cómo los cornetas tocaban «Montad y formaos». Los hombres respondieron con un grito entusiasta que le hizo hervir la sangre.

Era cierto que el comandante de la división había ordenado que la Brigada Ligera permaneciera en reserva, pero, si los turcos fueran derrotados y no lograran detener el avance del enemigo, el momento en que tanto ellos como la Brigada Pesada fueran llamados a la acción no tardaría mucho en llegar.

Y los turcos estaban perdiendo. Incluso mientras las dos tropas de artillería a caballo galopaban hacia delante, desenganchaban los cañones y abrían fuego, se podía ver a una multitud rebelde de auxiliares tunecinos saltando y bajando a toda prisa por la ladera de la colina de Canrobert, lo que ponía fin a su precaria resistencia.

Tras ellos venía una tropa de cosacos en implacable persecución.

Acuchillaban a los turcos en retirada mientras la infantería rusa, en filas apretadas y a bayoneta calada, avanzaba hacia el reducto abandonado y lo ocupaba de inmediato.

En pocos minutos, ya habían dado la vuelta a los cañones abandonados y estaban disparando contra el siguiente reducto.

También desde allí, tras responder con una descarga irregular de mosquetería, los turcos terminaron por huir entre gritos agudos de terror.

Igual que antes, los cosacos fueron tras ellos al galope, causando estragos con sus lanzas y pistolas.

Pocos turcos pudieron escapar de la salvaje matanza.

Al fin, con lord Lucan de vuelta y al frente, la Brigada de Caballería Pesada salió del campamento y avanzó por el valle hasta posiciones situadas bajo la colina de Canrobert, a la derecha.

Lord George Paget lideró la Brigada Ligera tras ellos y todos se detuvieron bajo los reductos tres y cuatro del paso elevado.

Estos aún estaban ocupados por los turcos y seguían ofreciendo alguna resistencia.

William vio que las dos tropas de artillería a caballo les prestaban todo el apoyo posible, pero ellas mismas estaban bajo un fuego demoledor.

Sus cañones de seis y nueve libras no podían competir con los cañones de campaña de doce libras del enemigo.

Al cabo de un rato, corrió la señal de retirarse a la distancia máxima.

Por desgracia, mientras se preparaban, un proyectil ruso explotó en medio del grupo y dejó a varios hombres y caballos muertos o heridos.

Los soldados pudieron completar su retirada gracias a la cobertura de dos escuadrones de los Dragones del Norte Británico, los Grises.

Enviaron a sus heridos a la retaguardia y, enseguida, reanudaron el fuego.

La infantería rusa seguía avanzando, lenta, fatal, flanqueada por dos grandes cuerpos de caballería.

No se dejaron engañar por la finta de lord Lucan, por lo que se mandó la retirada de ambas brigadas de caballería británicas.

Mientras la orden era obedecida, los turcos, con la excepción de un reducto, puesto que se creían abandonados y a punto de ser sacrificados, emprendieron una huida apresurada y desorganizada.

Los del cuatro, empero, siguieron resistiendo, disparando con rapidez y precisión contra el tres cuando los rusos ya lo habían tomado.

Luego disputaron con arrojo la posesión de su propio reducto hasta que una carga de bayonetas, en número abrumador, los obligó a huir y a buscar refugio.

Igual que los otros, fueron perseguidos por los lanceros cosacos.

Pero los hombres del cuarto reducto eran más tenaces que sus compañeros.

William se unió a los vítores cuando un puñado de ellos, tras haberse enfrascado en una lucha contra sus perseguidores, encontró refugio al otro lado del estrecho valle, en las filas de los soldados de las Tierras Altas de sir Colin Campbell.

En ese momento, lord Cardigan hizo su tardía aparición.

William no lo tenía en alta estima, por los tiempos en que el comandante había estado al frente del Undécimo Regimiento de Húsares, pero, cuando llegó a ocupar su lugar al frente de la Brigada Ligera, montado en su gran corcel castaño, el comandante consiguió que William dejara de lado sus reservas personales y se uniera a los vítores de los demás hombres.

Sin duda, James Thomas Brudenell, séptimo conde de Cardigan, era una figura impresionante.

Con las largas piernas enfundadas en un traje completo de color cereza, prenda que había elegido para el regimiento cuando era su coronel, iba muy erguido en su silla de montar.

De sus hombros colgaba una pelliza azul con ribetes de piel.

El conde levantaba con arrogancia la cabeza cubierta con un gorro de plumas carmesí y blanco y lanzaba rápidas preguntas a lord George Paget sobre la posición y las órdenes que había recibido.

Era evidente, por el ceño fruncido y el tono de su voz, que no le estaban gustando las respuestas que recibía de su segundo al mando.

Y, mientras señalaba enfadado los reductos que los turcos ya habían abandonado, llegó al galope un ayudante de campo para entregarle una segunda orden.

En ella, lord Lucan le pedía retirarse. La obedeció.

Ambas brigadas de caballería se encontraban al alcance de los mosquetes de los rusos que ocupaban los reductos, por lo que era necesario volver atrás y evitar bajas.