Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

El resto de la carta consistía en un relato de sus actividades diarias; bastante aburridas, o, al menos, eso le parecieron al verlas plasmadas en el papel.

No había ninguna hazaña heroica que contar.

Como acababa de recordarle Bubb, el historial de la Caballería Ligera, hasta entonces, era poco glorioso.

Había tenido pérdidas, aunque no en combate, sino a causa del cólera y la exposición al frío y…

William dejó escapar un suspiro de exasperación.

Qué diferentes habían sido las campañas en la India a esa guerra estática.

Allí lo único que importaba eran los grandes cañones de asedio en las tierras altas y los suministros de municiones que debían llegar a diario, sin importar que el forraje para los caballos se estuviera pudriendo en los congestionados muelles de Balaclava.

William sintió un nudo en la garganta al recordar su primera batalla, cuando era un joven corneta recién llegado a la India.

Su regimiento, el Tercero de Dragones Ligeros, había cargado contra los cañones de los sijes en Moodkee y había logrado arrasar todo a su paso hasta conseguir una victoria histórica, contra todo pronóstico.

Cierto que había habido muchos muertos y heridos, que el ejército había perdido casi la mitad de sus efectivos, pero Edward Nolan solía citar esa carga como un ejemplo de lo que, con un mando adecuado, podía lograr la caballería ligera.

Y era posible volver a hacerlo, había afirmado Nolan, de darse la ocasión y con un comandante a la altura, en lugar del más que cauteloso lord Espectador.

Controlando un deseo casi irresistible de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño, William cogió el mapa y añadió los símbolos que indicaban reductos en los altos de Causeway. A la luz de lo que le había contado Bubb, estaban adquiriendo una nueva importancia.

Había uno en una loma, separado de los otros cinco, en el extremo más alejado del valle sur, cerca del pueblo de Kamara.

Estaba armado con cañones navales de seis libras y defendido por los turcos.

Era conocido como la colina de Canrobert.

William volvió a fruncir el ceño mientras escribía ese nombre.

Si los rusos atacaran después de haber reunido sus fuerzas en el valle de Chernaya, bien podrían pillar a los turcos desprevenidos en la colina de Canrobert.

Sin apoyo, claro, a menos que una parte de la caballería pudiera llegar a tiempo.

Ninguna de las divisiones de infantería podría lograrlo, eso era incuestionable, pues el descenso desde las tierras altas hasta la llanura era arduo y, en el mejor de los casos, era un trote de más de dos horas.

Dobló el boceto y volvió a centrar su atención en la carta.

Maldijo en voz baja después de leer el último párrafo.

Eso no era lo que había pensado escribirle a Jenny Broome.

Maldita carta, se dijo a sí mismo. Desde que volvió a ver a la joven en Sídney, durante su última licencia, su recuerdo lo había perseguido.

En sus sueños, el rostro pequeño y dulce se le aparecía con demasiada frecuencia.

Ansiaba volver a verla. Ni una sola palabra de esa parodia de carta le daba a Jenny la menor pista de sus sentimientos.

A pesar de eso, era muy consciente de lo que la chica significaba para él. Nada estaba por encima de ella.

Había conocido a otras mujeres; a algunas, en la intimidad, pues había hecho el amor con ellas, pero…

Jenny Broome era especial y tenía un encanto que ninguna otra mujer había tenido para él.

Sentado allí, en la fría semioscuridad de su tienda iluminada por una lámpara, en la llanura de Balaclava, dejó que sus pensamientos volvieran al tiempo que había pasado con ella en Sídney.

Recordó aquel picnic del que ella se había ausentado antes de tiempo para ir a ver a su madre enferma.

Desde aquella vez había querido decirle que se estaba enamorando, pero no había podido.

Y el baile al que la había invitado, el del regimiento de la guarnición, se había visto empañado por la muerte de su madre.

Como Jenny estaba de luto, había tenido que rechazar la invitación.

Así que William había vuelto a la India sin confesarle lo que sentía.

Y, ya de vuelta en Calcuta, había conocido a la viuda de un nabab de la compañía, mujer con la que había tenido una aventura que, en realidad, no había deseado ni disfrutado.

Sin embargo, era como si de repente tuviera una premonición de lo que estaba por venir.

Su corazón se aceleró. William cogió la pluma y escribió las palabras que no se había atrevido a decirle a Jenny cuando la dejó en la puerta de la casa de sus padres, en la bahía Elizabeth.

Las garabateó entre las líneas que ya había escrito, porque no tenía más papel.

Te amo, Jenny, te amo con todo mi corazón. Espérame, te lo ruego, porque ya estoy harto de la guerra y de la vida militar. Cuando esto termine, volveré a casa. Por favor, espérame hasta que vaya a buscarte.

Añadió su nombre, dobló la carta, la selló y la dejó de modo que Bubb la llevara al correo por la mañana. Luego se envolvió en su manta y, sin haberse tomado la molestia de desvestirse, se dejó caer sobre el catre. Se quedó dormido casi al instante.