Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 7 #4
53%

Capítulo 7 #4

«¿De qué sirve —había preguntado con desdén— tener los regimientos de caballería ligera mejor entrenados, más disciplinados y mejor montados del mundo solo para mantenerlos en una maldita caja de sombreros?».

William recordaba una noche en el comedor.

Después de haber bebido con cierta liberalidad su enésimo brandy, Nolan había apodado de forma poco obsequiosa a los dos comandantes de la caballería como lord Espectador y el Noble Regatista.

Mote merecido, tal vez, en el caso de lord Cardigan, ya que pasaba gran parte del tiempo a bordo de su yate privado en el puerto de Balaclava, dado que no le gustaba la rigurosa vida del campamento.

Lord Lucan, por su parte, no había tenido más remedio que obedecer las órdenes de su comandante en jefe.

De haber enviado la caballería a la lid y de haber sufrido grandes bajas, él habría sido señalado como el responsable, puesto que era el comandante de la división.

Sin importar lo que Nolan pudiera pensar de ellos, ninguno de los dos nobles carecía de coraje.

Qué pena que, como él ya le había dicho a Jenny en una de sus cartas, las relaciones entre los dos siempre hubieran sido tensas.

Se decía, incluso, que no se habían dirigido la palabra durante los últimos treinta años.

Tampoco lo hacían ahora, salvo cuando la necesidad lo exigía.

Las invitaciones de Cardigan para cenar a bordo de su lujoso yate Dryad , al parecer, nunca habían incluido a su superior inmediato.

El soldado Bubb se metió las botas bajo el brazo, cogió la taza vacía de William y se puso firme con elegancia.

—Dicen, señor —comentó con expresión impasible, conseguida con gran esmero—, que sir Colin Campbell ha ordenado al Nonagésimo Tercero dormir esta noche en fila, armados, y que tiene a los turcos en sus puestos.

Pero no puedo jurar que sea cierto, ya que solo lo ha oído de segunda mano uno de nuestros muchachos más jóvenes. ¿Es todo, señor?

Recibido el asentimiento de William, repuso la solapa de la tienda y desapareció en la brumosa oscuridad.

Otra vez solo, William acercó la lámpara de aceite, que parpadeaba, y cogió la pluma.

Si Bubb tenía razón sobre el inminente ataque ruso, sería bueno escribir la carta enseguida y asegurarse de que estuviera lista.

La pondría por la mañana en la bolsa del cabo de correos, ya que no quería que Jenny Broome lo calificara como un corresponsal negligente.

Y, desde luego, no quería que ella lo olvidara, ya que, desde su llegada a Crimea, ella había estado siempre en sus pensamientos… A veces, de forma casi obsesiva.

Escribió afanoso durante más de una hora. Primero, respondiendo a los puntos que ella le había planteado, y luego, intentando describir la posición que ocupaban las fuerzas británicas en general y la división de caballería en particular. Añadió un pequeño croquis para ilustrar lo que quería decir.

Si bien a Jenny podían no interesarla los asuntos bélicos, quizás su hermano Johnny, que era periodista, apreciaría una buena descripción.

La lámpara de aceite ya echaba humo, pues estaba a punto de extinguirse, cuando terminó de escribir dos páginas de caligrafía apretada. Reprimiendo bostezos de cansancio, William leyó la última página. Temía que Jenny la encontrara aburrida y carente de emoción.

Estamos acampados en la llanura de Balaclava, en la cabecera de lo que se conoce como valle Sur, con las divisiones de infantería y las baterías navales de asedio.

Detrás de nosotros tenemos una meseta que aquí llaman las «tierras altas» y que domina nuestro objetivo: la ciudad y la base naval de Sebastopol.

Desde allí se mantiene un intenso bombardeo sobre la ciudad; a menudo, durante veinticuatro horas seguidas.

Pero Sebastopol ha sido muy reforzada, y sus defensas, reconstruidas desde que la vimos por primera vez tras nuestra victoria en el Alma.

Ahora los rusos responden desde los fuertes y los barcos que quedan de su flota.

El fondeadero está bien defendido por una serie de grandes construcciones de piedra en la entrada, bastiones que desafían los intentos de nuestra flota por penetrar en el puerto.

Tanto nuestra armada como la francesa han sufrido muchas bajas en un valiente esfuerzo por abrirse paso.

William recordó con tristeza ese otro acto de locura: la orden de enfrentar a los barcos de madera contra las poderosas defensas marítimas rusas.

Aunque los marineros habían manejado con heroísmo sus cañones, casi no habían hecho blanco en los grosísimos muros de piedra ni en las baterías amuralladas del fuerte Constantine, que tal había sido el objetivo de la flota británica.

Volvió a bostezar y, con los ojos irritados por el humo de la lámpara, siguió leyendo.

Aquí, en la llanura, donde se encuentra nuestro campamento de la división de caballería, hay dos valles paralelos: uno al norte y otro al sur.

Están divididos por una estrecha cresta de terreno elevado conocida como los altos de Causeway.

Ahí hay una carretera que he marcado en mi bosquejo con su nombre ruso: la carretera Woronzoff.

Desemboca en un desfiladero que conduce a la costa y al puerto de Balaclava, desde donde deben trasladarse todos los suministros para las obras de asedio una vez que han sido desembarcados.

William frunció el ceño. Decidió que era una descripción aburrida de muerte y difícil de seguir, aunque el boceto lo aclararía, tal vez, si Jenny estuviera lo bastante interesada (y también interesada en él mismo) como para tomarse la molestia de estudiarlo.

Ese mapa lo había trazado un par de días antes, en las tierras altas, gracias a que lo habían enviado al campamento de mando de lord Raglan.

El puesto estaba en una granja, sobre la cresta que dominaba la llanura, y desde ahí se podían ver con mucha claridad ambos valles al través, pero…

Frunció el ceño otro poco. Representado así, el paso elevado parecía plano, mientras que, desde el campamento de la división de caballería, la pendiente cubierta de hierba ocultaba con eficacia toda la vista del valle Norte.

Bueno, ese mapa tendría que servir. Estaba exhausto y la luz era demasiado tenue para hacer otro boceto. Se frotó los ojos enrojecidos y llorosos y siguió leyendo.