Capítulo 7 #3
Los fuertes tenían troneras orientadas al norte y al sur, así como hacia el mar.
Entre ellos, el más formidable parecía ser un gran bastión en forma de estrella.
Pero había pocos indicios de que la ciudad estuviera bien guarnecida o de que hubiera artilleros detrás de todos los cañones.
Los rusos derrotados, que huían en desorden del Alma, no parecían haberse reagrupado tras las murallas derruidas de Sebastopol, y los barcos bloqueadores, sumergidos en la entrada del puerto, carecían de armamento.
William recordó con ironía que, de hecho, se rumoreaba que el comandante de la Cuarta División británica, el general Cathcart, había asegurado al comandante en jefe, lord Raglan, que podía entrar en la ciudad y tomarla sin apenas perder un solo hombre.
Lord Raglan estaba a favor de un asalto inmediato, solo que los franceses no quisieron aceptarlo.
Su comandante en jefe, el mariscal Saint Arnaud, quien se estaba muriendo de cólera, aunque nadie lo sabía en ese momento, se había obstinado en que ambos ejércitos debían marchar hacia el interior y rodear el objetivo.
Se establecerían en las alturas del sur y, tras apoderarse de los puertos de Balaclava y Kazatch, desembarcarían sus trenes de asedio para someter Sebastopol a un bombardeo prolongado antes de lanzar cualquier ataque.
Raglan había cedido a regañadientes. En las semanas que siguieron a la descabellada marcha por el flanco, las fuerzas invasoras habían desembarcado sus grandes cañones e incluso los habían arrastrado hasta posiciones en las alturas de la meseta de Kerch.
Aquel respiro había sido aprovechado por los rusos para enviar miles de tropas a la ciudad y reforzar sus defensas descuidadas, así como para reparar los fuertes y dotarlos de sus propios grandes cañones.
Las cosas habían quedado en un punto muerto, reflexionó William, malhumorado.
Además, el sucesor de Saint Arnaud al mando de los franceses, el general Canrobert, era igual de obstinado que el hombre al que había sustituido, y así lo demostraba con su concepto de cómo debía librarse la guerra.
Los soldados británicos, desdeñosos, lo apodaban Robert Can’t, algo así como ‘Roberto Nopuede’.
Era un apodo muy acertado, bien lo sabía Dios, y, con el crudo invierno de Crimea a la vuelta de la esquina, el optimismo entre los sitiadores era precario.
William se estremeció. Se envolvió más en su manta, abrió su pequeño maletín de cuero y buscó material con que escribir una respuesta a la carta de Jenny.
Ella le había hecho un relato jubiloso de sus actividades en Sídney, le había hablado de picnics y bailes y alegres fiestas en los jardines de amigos y conocidos comunes; también, sobre las carreras en el hipódromo que el gobernador Macquarie había mandado a hacer y sobre dos caballos que su madre había criado y habían salido vencedores.
Mientras que él… Dios mío, ¿qué podía escribir sobre esa guerra sin gloria? Él…
—Señor…
Era la voz de su criado, y William, casi con alivio, lo invitó a entrar.
El soldado Robert Bubb había sido su mozo de cuadra en la India, con el Tercer Regimiento de Dragones Ligeros, y se había trasladado con él a su actual regimiento.
Era de Yorkshire, un hombre tranquilo y sobrio, de carácter ejemplar y excelente jinete a quien William tenía en alta estima.
Bubb dejó junto a su brazo una taza humeante de café negro, con cuidado de no tocar los materiales de escritura esparcidos sobre la endeble mesa portátil.
Los granos de café crudos, sin tostar, eran entregados en los campamentos por un comisariado que pasaba apuros, pero Bubb, por algún medio que solo él conocía, se las ingeniaba para prepararle cada mañana y cada noche una bebida digna.
En opinión de William, solo por ese servicio ya merecía la pequeña suma extra que recibía como ordenanza.
También era un fiable recopilador de noticias.
Parecía escucharlas entre cada susurro y rumor, y, por lo general, era capaz de separar los hechos de las suposiciones.
Mientras William empezaba a sorber su café, Bubb dijo con timidez:
—Dicen que ha llegado un espía turco y ha advertido de un ataque ruso contra Balaclava, señor: veinte mil soldados de infantería, con armas y un fuerte apoyo de caballería, según ha calculado el tipo.
William reflexionó que siempre había advertencias alarmantes de los espías turcos.
Rustem Pasha, el comandante del ejército otomano, era la fuente de la mayoría de ellas.
Tres días antes había emitido un pronóstico similar que había resultado falso, aunque no antes de que un furioso general Cathcart hubiera hecho bajar a su división de las tierras altas y se hubiera visto obligado a hacerla marchar de vuelta, en estado de agotamiento.
Pero cualquier amenaza a Balaclava debía tomarse en serio.
El pequeño puerto estaba repleto de barcos.
A través de ese fondeadero debían transportarse todos los suministros, municiones, raciones de comida y agua para las divisiones de infantería y los artilleros navales de las tierras altas de Khersonese.
Y los heridos debían ser trasladados por la misma ruta a los barcos que se encontraban frente a la costa.
Era un puerto mal defendido. Había ahí un solo regimiento de infantería, el Nonagésimo Tercero de soldados de las Tierras Altas de Escocia, setecientos efectivos bajo el mando de sir Colin Campbell.
Lo habían posicionado en Kadikoi, una aldea en la cabecera del desfiladero, a una milla del puerto, apoyado por una sola tropa de artillería a caballo.
Detrás de ellos, dispuestos en semicírculo, se encontraban dos batallones de infantes de marina con artillería; y al otro lado del valle sur, protegiendo las alturas de Causeway y la carretera de Woronzoff, principal línea de comunicación con las tierras altas, estaban otros mil cuatrocientos auxiliares turco-tunecinos.
Estos ocupaban seis reductos, aunque sin terminar del todo.
—¿Cuál ha sido la reacción a la advertencia del espía, Bubb? —preguntó William—. ¿Qué dicen tus informantes al respecto?
El soldado Bubb chasqueó la lengua en señal de desaprobación y se agachó para recoger las botas cubiertas de barro que William había desechado después de su turno de guardia esa mañana.
—Me llevará un mes, domingos incluidos, ponerlas en condiciones, señor —dijo el ordenanza con aire abatido, y añadió, sin cambiar de tono—: Lord Raglan opina, según se dice por ahí, que se trata de otra falsa alarma, pero sir Colin no está de acuerdo.
Le preocupan los turcos de los altos de Causeway.
No cree que sean capaces de resistir si se vieran sometidos a un ataque intenso, ¿lo ve, señor?
¿Quién se atrevería a decir que lo conseguirán?
Al fin y al cabo, los pobres desgraciados están aislados.
Hay casi una milla entre algunas de sus posiciones, además de que no les han dado todas las armas que les prometieron.
Algunos solo tienen un par de cañones de seis libras.
William se daba cuenta de que eso era cierto.
Semanas antes, las naves de la flota habían sido despojadas de sus cañones pesados para armar las baterías de asedio de las tierras altas.
Los comandantes, como era comprensible, eran reacios a desprenderse de los pocos que les quedaban; y menos aún querían confiarlos a los turcos, cuyas aptitudes bélicas ponían en duda.
—Al parecer, lord Lucan ha estado conversando con sir Colin, señor —continuó Bubb, en referencia al comandante de la división de caballería, el general conde de Lucan—.
Me imagino que, si los turcos fueran atacados, seríamos nosotros o la caballería pesada los que acudiríamos en su ayuda.
Al menos, señor, eso es lo que explicaba el ordenanza de Su Señoría en la cantina.
—Y debe de saberlo —dijo William con sequedad—. Si alguien lo sabe, es él. —Dejó la taza. Lamentaba que se hubiera acabado el café—. Esperemos que tenga razón, Bubb. Ya es hora de que nuestros hombres tengan la oportunidad de demostrar lo que pueden hacer. ¿El toque de diana es a la hora habitual?
—Sí, señor. La inspección será una hora antes del amanecer, como siempre.
Pero lord Cardigan no estará aquí. Ha vuelto a su yate y se ha llevado con él al soldado Ash.
No parece estar esperando ningún ataque, ¿verdad, señor?
—Bubb carraspeó y señaló las botas—. Será mejor que yo vea qué hacer con estas, señor, para que usted pueda ponérselas por la mañana.
No estaría bien ir a pelear contra los rusos con las botas sucias, ¿verdad?
—Sonrió—. Si es que entramos en acción, claro está.
No sé usted, señor, pero, por mi parte, ¡estoy un poco cansado de que un puñado de malditos soldados de infantería me llamen pavo real dorado!
Y así era, pensó William con amargura, aunque consciente de que la razón era que lord Raglan tenía tan poca caballería que no quería arriesgar sus escasos regimientos en un conflicto importante; o no se atrevía.
Necesitaba la Brigada Ligera para tareas de vigilancia periférica y para recopilar información.
Una y otra vez, sobre todo en el Alma, cuando una carga podría haber cambiado el rumbo a favor de los aliados, les daba la orden de retirarse.
Los soldados de infantería habían soportado el peso de la lucha y, en consecuencia, habían sufrido muchas bajas.
No era de extrañar que se burlaran de los lanceros, húsares y dragones ligeros, hombres de brillantes uniformes, y los ridiculizaran con el mote de pavos reales.
Edward Nolan, ayudante de campo del general Airey, jefe de Estado Mayor de lord Raglan y reconocido experto en tácticas de caballería, había hecho una crítica abierta y airada al comandante en jefe británico por no haber echado mano de la Brigada Ligera.