Capítulo 7 #2
Jenny no esperó a oír más y se excusó. Su padre asintió distraído antes de continuar la conversación con Johnny sobre las graves implicaciones de la noticia. Él tampoco había tocado la comida y su plato ya estaba frío.
—Red no se habrá enterado, y tampoco James Willoughby, a menos que hayan recibido despachos de Sus Señorías. Esta tarde iré a la bahía Watsons, porque supongo que esto plantea la cuestión de un posible ataque ruso a Sídney, si llegara a declararse la guerra. Aunque, para ser franco, no creo…
Jenny se escabulló y cerró la puerta. Le preocupaba menos el destino de Sídney que el de William De Lancey.
En su propio sueño no había habido buques de guerra rusos entrando a toda vela en el puerto Jackson, con sus cañones lanzando fuego, como había acontecido en el puerto turco de Sinope.
Pero William… Dios, los ejércitos rusos contaban con cosacos entre sus filas, ¿no?
Jinetes salvajes ataviados con gorros de piel y montados en caballos pequeños y rudos, como los que ella había visto en ese sueño tan vívido.
Deprisa, con los dedos temblorosos, rompió el sello de la carta, se tumbó de largo sobre la cama y extendió sobre la almohada las páginas de apretada letra. Comenzó a leer.
Mi querida Jenny:
Te escribo estas pocas líneas porque parece muy probable que, cuando las hayas recibido, yo esté de camino a la guerra.
La espantosa y despiadada masacre de una pequeña escuadra de fragatas turcas en un puerto del mar Negro por parte de los rusos ha despertado la indignación pública.
Al parecer, toda Inglaterra exige que se declare la guerra y que enviemos ayuda naval y militar a Turquía de inmediato.
Sin duda, te sorprenderá saber que me encuentro en Inglaterra, sirviendo como capitán en el Undécimo Regimiento de Húsares, un destacamento que desde hace poco comanda el conde de Cardigan.
Se trata de un oficial de reputación algo infame, ahora ascendido al rango de general de brigada y nombrado comandante de la Brigada de Caballería Ligera.
Se está formando una fuerza expedicionaria británica de treinta mil hombres, con lord Raglan como comandante en jefe.
Este es maestro general de artillería, distinguido veterano de la campaña peninsular.
Tan pronto como se disponga de barcos de transporte, esta fuerza, que incluirá una división de caballería, embarcará hacia Galípoli y Constantinopla.
Los batallones de la Guardia de Infantería ya han marchado por Londres en dirección a Portsmouth.
Mi regimiento espera con impaciencia la orden de seguirlos.
Aún no se ha declarado la guerra, pero creo que es inevitable y llegará muy pronto.
Hay informes fiables de que un ejército ruso se está concentrando en el río Danubio y se prepara para marchar sobre Constantinopla.
Los turcos no podrán ofrecer mucha resistencia; sus defensas consisten en unas pocas fortalezas de montaña mal dotadas de personal.
Estas posiciones dependen para su abastecimiento de un puerto llamado Varna, enclave que podría ser incapaz de resistir a las escuadras navales rusas, muy superiores, cuya base está en el mar Negro, no muy lejos de ahí, en el puerto de Sebastopol.
Se rumorea que Varna será nuestro destino final; pero, por ahora, eso solo es un rumor. Se espera que, en principio, nuestro regimiento, con todo y caballos, sea trasladado a la isla de Malta.
Como puedes imaginar, Jenny, reina una gran exaltación entre nuestras filas. Nuestra causa es justa. La aspiración del zar de añadir Turquía a sus vastos dominios mediante un asalto armado y una brutal matanza, como ya sucedió en Sinope, debe ser combatida a toda costa.
La guerra es la vocación del soldado, y yo soy soldado.
Solo rezo para poder cumplir con mi deber sin pensar en mi propia vida, puesto que mi país me exige semejante sacrificio.
Conozco la amarga realidad de la batalla, la he experimentado en la India, y por eso veo la perspectiva de volver a la guerra con más sobriedad que algunos de mis compañeros del regimiento.
Ahora bien, querida Jenny, si me permites pedirte algo, piensa en mí de vez en cuando y reza por mí.
Sé buena y escríbeme para contarme noticias tuyas, de nuestras dos familias y de mi patria.
Nos han dicho que las cartas dirigidas a Londres, a la atención de la Fuerza Expedicionaria Británica, nos serán reenviadas.
Te ruego que me escribas tan a menudo como puedas.
Ahora me despido, como siempre, tu devoto amigo y admirador,
William De Lancey
Jenny vio que había una posdata, pero apenas podía leerla, ya que las lágrimas le nublaban la vista.
Acaban de informarnos de que el mayor general, el conde de Lucan, ha sido nombrado comandante de la división de caballería, es decir, tanto de la Brigada Pesada como de nosotros, que formamos la Brigada Ligera de húsares y lanceros.
Los otros son regimientos de dragones, entre los que se incluyen los famosos Grises de Escocia.
Los que están al tanto temen que el nombramiento de lord Lucan sea un mal presagio.
Él y lord Cardigan están muy enemistados y no se han dirigido una palabra amable en veinte años, aunque están emparentados por matrimonio.
Sin embargo, para equilibrar la balanza, nuestro excelente comandante indio, sir Colin Campbell —uno de los mejores generales vivos, en mi humilde opinión—, va a recibir una de las brigadas de infantería.
Él, al menos, tiene más experiencia reciente en campañas activas que la mayoría de nuestros generales.
Jenny se secó los ojos llenos de lágrimas.
¿Por qué, se preguntó, había tenido ese terrible sueño, tan espontáneo, antes de saber que William estaba a punto de ir a la guerra?
¿Se atrevería a contarle a su amigo la visión que había tenido?
Él le había rogado que le escribiera, y eso haría, por supuesto; pero, para cuando él recibiera la carta, cualquier advertencia le estaría llegando tarde.
Lo más probable era que, para entonces, ya estuviera en Turquía.
Se esforzó en contener las lágrimas, dobló la carta y la guardó de nuevo en el bolsillo de su vestido.
Decidió que la respondería de inmediato, afectuosa, que le prometería que, tal y como él se lo estaba pidiendo, lo tendría presente siempre en sus oraciones y pensamientos.
Pero no mencionaría el sueño, no fuera a ser que eso minara su determinación y su valor.
William era soldado, como él mismo le recordaba, y la guerra estaba en la vocación de un soldado.
Debía ir adonde se le ordenara y cuando se lo mandaran.
Rezó en silencio por la seguridad de su amigo, repasando con nostalgia el recuerdo de las breves y felices horas que habían compartido durante su permiso en Sídney. Luego fue a su escritorio, un mueble que había sido de su madre, cogió pluma y papel y comenzó a escribir.
***
William De Lancey estaba sentado dentro de su tienda, en el campamento de la Brigada de Caballería Ligera, frente a Sebastopol. Envuelto en una manta, se protegía del frío nocturno mientras leía por vigésima vez la carta de Jenny Broome, la cual había recibido dos días antes.
Era la primera, la única carta que había recibido desde su llegada a Crimea con la Fuerza Expedicionaria Británica; pero ella ya le había escrito una vez, cuando él estaba en Varna, en Bulgaria, y le había respondido de inmediato y con detalle.
Sabía que el correo tardaba semanas en llegar a Inglaterra y que, desde allí, debía transcurrir un largo tiempo antes de que pudiera ser llevado a un barco con destino a Sídney.
William tendría que aprender a ser paciente.
La carta que tenía en la mano estaba fechada el 10 de mayo de 1854.
Ahora estaban octubre. Era el 24 de octubre, si no le fallaba la memoria.
Era posible, reflexionó William con resignación, que ni Jenny ni sus padres en Sídney supieran que las fuerzas aliadas de Gran Bretaña, Turquía y Francia habían cruzado el mar Negro hacía poco más de un mes.
Después de desembarcar una vasta armada en la península de Crimea, estaban sitiando la gran fortaleza y base naval rusa de Sebastopol.
Suspiró y se inclinó hacia delante para bajar la mecha de su lámpara de aceite, que echaba un humo espantoso.
La guerra había sido declarada el 28 de marzo, pero, para entonces, las flotas combinadas de la Gran Bretaña y Francia ya estaban en el mar Negro.
William se dirigía a Malta con dos escuadrones de su regimiento, a bordo del transporte Henry Wilson.
Vino entonces un período de intensa frustración.
Las tropas de la fuerza expedicionaria habían sido enviadas a Varna a través de Galípoli, y, sin que hubieran visto al enemigo, ya se habían perdido cientos de vidas por un grave brote de cólera. La moral estaba por los suelos.
La decisión de intentar la captura de Sebastopol les llegó como un bálsamo y, al principio, todo parecía marchar bien.
Los ejércitos aliados, con sus armas y caballos, habían desembarcado por fin en suelo ruso.
Se consiguió una espléndida victoria en el río Alma, con lo que el objetivo quedó a la vista mientras el enemigo huía en desbandada ante ellos y sin oponer resistencia.
William volvió a suspirar con el recuerdo de la primera vez que vio la fortaleza rusa.
Fue desde una cima que dominaba el valle del Balbec.
Bajo el sol de la tarde, parecía tranquila.
Era una hermosa ciudad de deslumbrantes edificios blancos coronados por cimborrios con cúpulas de cobre verde, partida en dos por el puerto.
En la entrada de la bahía, el enemigo había hundido barcos para impedir el paso a las flotas aliadas.