Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 7
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Capítulo 7

Había llegado correo de Inglaterra. Jenny Broome miró con cierta sorpresa la carta que su hermano Johnny le tendía con una sonrisa burlona en su rostro barbudo.

—De William De Lancey, según dice la firma en el franqueo —observó él—.

Creía que estaba en la India con su regimiento, pero esto ha llegado en el Merton Castle.

—Su sonrisa se hizo más grande y continuó en tono burlón—: Bueno, ¿por qué no la abres, hermanita?

Sin duda, el galante William sigue enamorado de ti… Y a Edmund no le gustará, ¿verdad?

Jenny se sonrojó indignada, pero no respondió a la burla de su hermano.

Le quitó la carta, desdeñó la sugerencia y se la guardó cerrada en el bolsillo del vestido.

Había pasado casi tres semanas en Pengallon, en lo que su padre regresaba del valle del Turon, y otra semana más antes de que emprendieran juntos el viaje de vuelta a Sídney, pero…

A pesar de toda la atención que Edmund Tempest le había prestado durante su estancia, el joven no se había comprometido a pedirle matrimonio.

No es que pudiera culparlo por ello; la culpa era solo suya, cosa que Jenny admitía sin reparos. Se había mostrado reacia a convertir la relación en algo decisivo y permanente. Por ello, había tenido el cuidado de evitar los tímidos intentos de Edmund de formular una propuesta.

Cosa que él había intentado más de una vez, pero…

Jenny contuvo un suspiro. Intuía sus intenciones y se había esforzado por descaminarlo; con tacto, por supuesto, ya que le tenía un cariño genuino y se sentía halagada por el evidente afecto que él le estaba profesando.

Pero eso era todo: afecto. Habían crecido juntos y habían sido compañeros y amigos desde la infancia, pues Edmund había al colegio en Sídney.

Durante los cursos, el chico se alojaba con la familia de Jenny, de modo que entre ellos se había establecido una intimidad tan estrecha como la que disfrutaba con sus propios padres y hermanos.

En consecuencia, él no le deparaba sorpresas, ninguna…

Jenny frunció el ceño. No había ningún misterio romántico.

Y… estaba William. Sus dedos se cerraron sobre la carta que llevaba en el bolsillo.

William y el sueño que ella había tenido sobre él…

No, no un sueño, sino una pesadilla, más bien, que la había hecho despertar con un grito y las mejillas mojadas por las lágrimas.

Jenny miró a su hermano, pero él estaba absorto en su propia carta, ajeno a todo lo demás. Se acercó a la ventana para contemplar las aguas azules y soleadas de la bahía Elizabeth con ojos que no apreciaban nada de su belleza. Solo revivía el recuerdo de aquella pesadilla.

El sueño había sido una visión muy realista de William con chaqueta azul de húsar, botones dorados y pantalón escarlata, uniforme que ella no pudo reconocer.

Iba desplomado en la silla de un caballo pequeño y peludo, muy diferente a los animales de la caballería británica.

Parecía herido de gravedad, con el rostro pálido como la muerte y la espada colgando flácida de su mano izquierda.

Detrás, en aparente persecución, iban dos extraños jinetes con gorros de piel y lanzas en ristre.

Mientras ella reaccionaba a esa visión con sorpresa y desconcierto, le llegó un lejano estruendo de disparos y, enseguida, el chasquido seco y entrecortado de una pistola disparada desde muy cerca.

William la había llamado por su nombre, arrastrando la voz, desesperado, y el sonido de su voz había perdurado incluso cuando el sueño ya se había desvanecido y ella estaba en vigilia.

Ahora volvía a oír el grito, con el corazón oprimido por un mal presentimiento.

Sabía que la India estaba en paz, así que esa noción, junto con el sueño, le estaba provocando un gran desconcierto; pero la carta de William no provenía de la India.

Hacía un momento, Jonny le había dicho que había llegado de Inglaterra en el Merton Castle.

Jenny contuvo el aliento. Deseaba buscar la intimidad de su dormitorio para leer, pero era la hora de cenar.

Su padre llegaría muy pronto y había varias cartas esperando su atención.

Le parecería extraño que ella se ausentara de la comida, ya que le gustaba comentar las noticias cada vez que llegaba el correo.

Y, si ella abriera la carta de William en ese momento, tanto su padre como Johnny esperarían que les contara, al menos, lo esencial de las noticias.

Johnny podría olvidarse del asunto, y ella esperaba que así fuera.

Sin duda, su propia carta parecía ser de singular interés para él, ya que la estaba releyendo con el ceño fruncido por la concentración.

Jenny aún estaba indecisa cuando entró su padre. Haciendo un esfuerzo por ocultar sus sentimientos, le dio una sonriente bienvenida y fue a ocuparse de los preparativos de la cena.

—Parece que el capitán Skinner tenía razón, señor —oyó decir a Johnny, que señalaba su propia carta—. Habrá guerra con Rusia, según Frank Mercer, del London Mercury. ¿Lo recuerdas, verdad, cuando estuvo aquí informando sobre nuestra fiebre del oro?

—Sí, lo recuerdo —respondió su padre. Él dejó su correo sin abrir y miró a Johnny con ojos graves e inquisitivos—. ¿Qué dice? ¿El Gobierno británico se va a poner del lado de Turquía?

—Por lo visto, tendrán que hacerlo —confirmó Johnny con tristeza.

Desplegó las páginas de la carta y leyó en voz baja y preocupada—: «El 30 de noviembre del año pasado, una pequeña escuadra de fragatas de la armada turca, sorprendida por una fuerte tormenta en el mar Negro, se vio obligada a refugiarse en la bahía de Sinope».

Sinope, me explica Mercer, es una pequeña ciudad situada a medio camino entre Constantinopla y Trebisonda, a ciento cincuenta millas al sur de la base naval rusa de Sebastopol, en la península de Crimea.

—Johnny frunció aún más el ceño cuando se dispuso a seguir con la lectura—: «Aunque hacía poco más de un mes que se había declarado la guerra entre Turquía y Rusia, el comandante turco, el vicealmirante Osman Nuri Pasha, no preveía ningún peligro para su pequeña flota, por cerca que estuviera Sebastopol».

—¿Por qué iba a suponer algo así? —preguntó Justin Broome.

Johnny se encogió de hombros.

—Mercer explica que tanto el zar como el sultán habían anunciado que, aunque se veían obligados a resolver sus diferencias por la fuerza de las armas, cada parte tenía la intención de limitarse a la defensa.

Existía un alto el fuego no oficial entre las dos armadas y, hasta entonces, la tregua había sido escrupulosamente respetada por ambos bandos.

Pero entonces —Johnny cambió a un tono de repente indignado, según Jenny pudo apreciar—, al amparo de la niebla, seis buques de guerra rusos, cada uno con entre ochenta y ciento veinte cañones, entraron en el puerto de Sinope y atacaron a los barcos turcos fondeados.

En una hora, todos habían sido hundidos o incendiados.

Enseguida, el almirante ruso Nachimov abrió fuego contra la ciudad.

Los desdichados turcos perdieron más de cuatro mil hombres, mujeres y niños antes de que Nachimov pusiera fin a la matanza.

—¡Dios mío! —exclamó Justin, muy conmovido.

—Mercer me cuenta que, cuando la noticia de tal atrocidad llegó a Londres, desató una tormenta de indignación pública.

El furor culminó en repetidas demandas en el Parlamento para que la Flota Mediterránea fuera enviada al mar Negro a proteger a los turcos de nuevos ataques no provocados. —Johnny pasó las páginas de su carta.

—¿Se ha declarado la guerra? —preguntó su padre.

—No, por lo visto. Lord Aberdeen sigue tratando de evitar la guerra en lo posible. Pero una flota combinada británica y francesa se dirige al Bósforo: son dieciocho veleros de línea escoltados por fragatas y barcos de vapor, todos bajo el mando del vicealmirante Deans Dundas.

El corazón de Jenny se hundió al oír que su padre comentaba con severidad:

—Entonces, es evidente que van en serio. Me temo que solo es cuestión de tiempo.

—Esa es también la opinión de Mercer, señor —asintió Johnny.

El joven siguió leyendo, pero Jenny ya no le estaba prestando atención.

Su sueño, pensó inquieta, su pesadilla sobre William De Lancey parecía una posibilidad demasiado real.

Sin ninguna razón que ella pudiera entender, era como si se le hubiera permitido vislumbrar un futuro espantoso.

Si hubiera guerra con Rusia… William era oficial de caballería y estaba en Inglaterra.

Y, dado que una flota británica había sido enviada a aguas turcas, era lógico suponer que también irían tropas británicas en ayuda del sultán.

A esas alturas, quizá el regimiento de William ya había recibido órdenes de embarcar.

La carta, aún sin abrir en el bolsillo de Jenny, podría haber sido escrita para darle esas noticias.

La invadió una oleada de náuseas y tuvo que apartar el plato. Vio que su padre estaba abriendo una de sus propias cartas. Lo oyó soltar una exclamación después de que hubiera leído un extracto de la misma alarmante noticia que Johnny le acababa de dar.

—Esta es de Frederick Evans, ¿te acuerdas?

, el inspector naval. Al igual que tu amigo Mercer, piensa que la guerra es inevitable.

La flota se está movilizando y se están equipando y poniendo en servicio nuevos buques en todos los astilleros del país.

Irán a prestar servicio en el Báltico y el mar Negro.

Sir Charles Napier ha sido nombrado comandante en el Báltico y…

¡Maldita sea, Johnny, a Skinner le han dado un buque de vapor de línea!

, el Orion, de noventa cañones. Ha calculado bien su regreso, ¿no?

—¿Y qué noticias hay del señor Evans, señor? —preguntó Johnny.

—Está a la espera de que lo envíen a una misión secreta de reconocimiento en el golfo de Finlandia. Él…