Capítulo 6 #2
Se recostó en su asiento a beber el té con mayor cautela mientras escuchaba el alegre parloteo de los chicos.
Frunció el ceño. Estaban acostumbrados a sus cambios de humor y no le hacían preguntas ni intentaban romper su silencio, pero, a medida que Morgan captaba lo esencial de la conversación, su irritación iba en aumento.
Malditos jóvenes necios, pensaba con desdén; mejor educados y muy superiores a aquellos dos mormones.
¿Cómo se llamaban? Murphy…, Daniel y Luke Murphy.
A pesar de todo, los Broome eran menos ambiciosos.
—Podríamos unirnos, Lachie —oyó decir a Angus—. Nuestras dos participaciones serían suficientes para comprar… ¿Cuánto? ¿Diez mil acres entre los dos? Y papá nos dejaría el ganado suficiente; al menos, para empezar. Y nos prestaría un par de carneros merinos, estoy seguro.
—Sí, claro que sí —asintió Lachlan—, porque no tendríamos que abandonar Bundilly. Podríamos comprar la finca del viejo Abel Knight. Él nos la dejaría si le hiciéramos una oferta justa, y entonces podríamos ocuparla, como papá. Y podríamos seguir trabajando para él cuando nos necesitara.
—Eso me gustaría —dijo Angus con firmeza—. Al fin y al cabo, papá nos dejó marchar, ¿no? Nos dio permiso de venir aquí, aunque la mitad de sus hombres ya se habían ido a las minas y lo habían dejado en una situación precaria. Le debemos mucho a papá, Lachie. Creo que en eso estamos de acuerdo.
—Sí, estamos de acuerdo.
Jasper Morgan, que sentía la mirada de Lachlan sobre él, cerró los ojos, fingiendo cansancio. Pero Angus no se dejó engañar por el subterfugio; se inclinó para tocarle la pierna enfundada en la bota y se la rozó con suavidad.
—Capitán Humphrey, señor —dijo muy correcto—, mi hermano y yo le estamos agradecidos por todo lo que ha hecho por nosotros, por todo lo que nos ha enseñado; pero lo hemos hablado entre nosotros durante bastante tiempo, señor, y ambos creemos que ya hemos estado fuera lo suficiente.
—¿De verdad? —lo desafió Morgan con la voz muy afilada—. Estáis cometiendo un error, ¿lo sabéis? Nunca se debe renunciar cuando se está en racha, ¡y nosotros lo estamos, muchacho! Podríamos duplicar o incluso triplicar lo que tenemos.
—Creemos que ya tenemos todo lo necesario, señor —argumentó Angus con su obstinación característica.
Señaló con la mano el bosque de tiendas de campaña que se extendía más abajo—.
Hasta ahora hemos tenido suerte. Hay hombres aquí que han trabajado más duro y durante más tiempo que nosotros y no han conseguido nada.
Algunos pobres diablos ni siquiera pueden pagar el precio de sus licencias, usted lo sabe, señor, y también sabe lo que les hace la policía si no pagan.
Además —miró a su hermano—, tememos que dentro de poco haya problemas, como los que hubo en Bendigo.
Se lo digo con toda franqueza: Lachie y yo no queremos tener nada que ver con eso.
A papá no le gustaría vernos envueltos en ningún enfrentamiento con la policía.
Es magistrado, señor. Eso lo perjudicaría, ya lo ve.
Jasper Morgan sacó la bolsa de tabaco y la pipa.
Se tomó su tiempo para llenarla y encenderla mientras los dos chicos seguían aguardando, mirándolo con expectación.
Al final, decidió refutar el argumento de Angus y lo hizo con facilidad y fluidez.
Negó la posibilidad de que surgieran problemas, a pesar de que era muy consciente de que ya bullían bajo la superficie.
Se decía que el gobernador de Victoria, Charles Latrobe, estaba dividido entre los derechos de los granjeros y terratenientes y la afluencia cada vez mayor de buscadores de oro, pues estos últimos exigían la potestad de buscar donde quisieran.
En tiempos recientes había aumentado el precio de la licencia de treinta chelines mensuales a tres libras y, como había dicho Angus, muchos de los buscadores de Ballarat no podían reunir semejante suma.
Publicado el nuevo decreto, el comisionado del oro en Forest Creek se había visto asediado en su tienda.
En todos los yacimientos auríferos se escuchaban murmullos de descontento que culminaron en una propuesta, presentada por varios mineros de Ballarat, de formar algún tipo de sindicato para proteger sus derechos.
Los mismos derechos que habían sido negados con la fuerza bruta en Bendigo, Beechworth y Castlemaine.
Morgan recordó que, de hecho, dos de los hombres implicados se habían puesto en contacto con él y lo habían invitado a unirse, sugerencia que había considerado con seriedad.
Sin embargo… Mostró a Angus Broome y a su hermano una sonrisa cordial y reiteró su firme convicción de que correrían pocos riesgos si retrasaban su regreso a casa unas semanas más.
Lo disgustó ver que, a pesar de todo, Angus se mantenía inflexible.
—Hemos tomado una decisión, capitán Humphrey —afirmó—. No tiene sentido que intente disuadirnos. Le dejaremos la concesión, señor, sin condiciones, no hace falta decirlo. Pero…
—Pero ¿qué, muchacho? —interrumpió Morgan, que en vano trataba de no revelar su irritación—. ¿Qué quieres?
—Venga a Melbourne con nosotros, señor —respondió Angus sin ceder—. Cobre el oro y páguenos nuestra parte. Es todo lo que pedimos.
La perspectiva de volver a Melbourne le resultaba muy poco atractiva.
La invasión de miles de hombres, mujeres e incluso niños, obligados a detenerse allí en su camino hacia los yacimientos de oro, había traído consigo el caos.
Las endebles casas de madera construidas por los primeros colonos eran insuficientes para alojar siquiera a la mitad de los recién llegados.
Las condiciones en los campamentos de tiendas de lona que habían surgido eran insalubres.
No había alumbrado público y los robos eran habituales.
Tras las lluvias, las calles se convertían en mares de barro en los que los vehículos con ruedas se atascaban enseguida.
A pie, a uno no le quedaba más remedio que atravesar lodazales, a menudo con el barro pegajoso hasta las rodillas.
Morgan había tenido la suerte de vender a un especulador su bergantín Banshee después de haber obtenido grandes beneficios de la carga.
El barco estaba amarrado junto al embarcadero de la playa Liardet y servía de alojamiento para los recién llegados.
Solo los más acomodados podían permitirse pagar las altísimas tarifas que pedía el actual propietario.
Se obligó a adoptar un tono tranquilo y conciliador. Dio una profunda calada a su pipa y respondió con una leve sonrisa a la mirada desafiante del joven Angus Broome.
—Bueno, si estáis seguros de que eso es lo que queréis, Angus —concedió—, estoy dispuesto, entonces. Pero dame otra semana, o diez días, ¿quieres? Tengo algunos asuntos que atender aquí antes de marcharme.
Una vez conseguido su objetivo, Angus accedió de buen grado a esa breve demora.
Morgan sabía que una semana, incluso dos, podían no ser tiempo suficiente; pero siempre quedaba Brownlow.
El inspector de policía, con un soborno de por medio, estaría dispuesto a detener a uno de los jóvenes Broome por algún cargo falso, o bien a los dos.
Eso le daría a Morgan el paréntesis que necesitaba para llegar a la Oficina del Tesoro antes que ellos.
Y ni siquiera le parecía necesario darle una buena explicación a Brownlow.
—Nos retiraremos ahora, señor —dijo Angus Broome.
El chico se quedó a apagar las últimas brasas del fuego y luego le hizo un gesto a su hermano—.
Lachie está a punto de quedarse dormido de pie, ¿verdad, chico?
Pero mañana es domingo. Iremos al pueblo y enviaremos una carta a papá para decirle que volvemos a casa.
Eso le ahorrará el susto cuando aparezcamos como hombres acaudalados y buscando tierras de pastoreo y un rebaño de merinos de primera calidad.
—Sonreía afable, olvidada pronto la ligera animosidad que había mostrado.
Con un saludo cortés, deseó a Jasper Morgan las buenas noches.
Luego pasó un brazo sobre los delgados hombros de Lachlan y se dirigió a su tienda.
Morgan estaba a punto de seguir el ejemplo cuando advirtió dos siluetas oscuras acercarse por el camino que conducía al campamento principal.
Alguien lo llamó por su nombre y, a la luz de la linterna que traían, reconoció a Peter Lalor, el primero en plantear la sugerencia de crear un sindicato para proteger los derechos de los mineros.
Lo acompañaba un italiano delgado, de rostro moreno y pelo rojo fuego, quien se presentó como Rafaello Carboni.
—Nos gustaría hablar con usted, capitán Humphrey —dijo Lalor—, si nos pudiera dedicar media hora. Es un asunto de cierta gravedad; de lo contrario, no lo estaríamos molestando.
Lalor era originario de Irlanda, graduado en ingeniería civil por el Trinity College de Dublín.
Aún no llegaba a los treinta años. Morgan sabía que estaba en esas tierras desde el año anterior y que, al principio, había trabajado en una concesión minera de Ovens, aunque sin éxito.
El italiano era mayor. Un tipo guapo y simpático que había trabajado como profesor de idiomas en una de las escuelas públicas antes de abandonar su puesto para ir en busca de oro.
Lalor se sentó y expuso el motivo de su visita con unas pocas palabras concisas y reveladoras.
—Estoy seguro, señor, de que recordará la trágica muerte de uno de los nuestros en una pelea en el hotel Eureka. Me refiero a James Scobie, señor, que fue asesinado con lujo de brutalidad por el sinvergüenza del propietario.