Capítulo 6
Jasper Morgan se sentó a la entrada de su tienda, encendió su pipa y se permitió relajarse.
A pocas yardas de ahí, los dos jóvenes hermanos que había contratado para que se unieran a él en sociedad, Angus y Lachlan Broome, se afanaban en los preparativos de la cena. Hablaban entre ellos en voz baja.
Casi parecían felices, pensaba Morgan con desfachatez, tan felices como él mismo se sentía…
Y con razón, pues su suerte había cambiado desde su llegada al estado de Victoria, diez meses antes.
Se recostó y dio una calada a su pipa con evidente placer.
La fina nube azul de humo de tabaco era eficaz para ahuyentar a las moscas y otros insectos picadores que plagaban el campamento.
En el valle había más hombres, cientos, y un auténtico bosque de tiendas de campaña y refugios destartalados.
Estaban a un cuarto de milla de ahí. Las fogatas iluminaban como luciérnagas la oscuridad creciente.
Y Morgan sabía que estarían discutiendo entre ellos, quejándose sin cesar del precio de los alimentos y de las exorbitantes tasas que les cobraba el gobierno por las licencias, las tasas que cada mes se veían obligados a pagar antes de que se les permitiera buscar oro.
Pero lo más amargo eran sus quejas sobre la brutalidad de la policía de Victoria.
Intercambiaban historias de redadas armadas y detenciones arbitrarias, de palizas y multas elevadas, y maldecían al hombre que ordenaba todas esas cosas: el inspector de policía local, al que apodaban Basher Brownlow.
En sus reflexiones, Morgan se decía que Brownlow, el teniente Leonard Arthur Brownlow, por darle el nombre y el rango que afirmaba tener, no le caía bien ni era digno de confianza; pero se trataba, sin duda, de alguien con quien convenía mantener buenas relaciones.
Era poco probable que ese tirano y corrupto hubiera ostentado algún rango en el ejército británico.
Len Brownlow, a diferencia del propio Morgan, no hacía ningún esfuerzo por parecer de buena cuna.
Su acento era inculto, su lenguaje grosero y sus modales toscos.
Pero gobernaba a sus agentes de policía con mano de hierro, y estos, muchos de ellos reclutados en los establecimientos penitenciarios de la Tierra de Van Diemen, lo respetaban y obedecían sin cuestionar nada.
El trato autoritario de los agentes hacia los buscadores de oro reflejaba más la actitud de su superior que la suya propia.
Los finos labios de Morgan esbozaron una sonrisa de complacencia.
Poco después de reclamar su concesión en el yacimiento de Ballarat, se había enfrentado al teniente Brownlow y había llegado con él a un acuerdo ventajoso para los dos.
Y se sentía obligado a reconocer que estaba más que contento con el pacto.
Los buscadores eran un grupo rebelde, sobre todo en la región de Ballarat, donde parecían haberse congregado los peores.
Había irlandeses, estadounidenses, ingleses, italianos y nativos y, con ellos, una proporción de exconvictos aún mayor que los que servían en la policía.
Una mezcla tan volátil de razas hacía inevitables los disturbios, las penurias y el consumo excesivo de alcohol.
Y semejante cóctel culminaba, a menudo, en revueltas y batallas campales.
Gracias a cierta coyuntura, había podido advertir a Brownlow de problemas inminentes. En consecuencia, el inspector de policía le había mostrado su gratitud en más de una manera.
Morgan no tenía más que pedirlo para que su oro fuera enviado a Melbourne bajo escolta policial.
Además, aquellos alborotadores de los que se había quejado habían sido arrestados de inmediato y llevados a la cárcel.
Por último, cuando uno de sus caballos murió de una enfermedad equina, Brownlow se lo había reemplazado con otro del corral del gobierno. Gratis, sin preguntas.
—¡Capitán Humphrey! —La voz del joven Angus Broome interrumpió sus pensamientos. Jasper Morgan apagó su pipa a regañadientes y se levantó.
—Sí, ¿qué pasa?
—La comida está lista, señor —le dijo Angus mientras movía la cabeza en dirección a la hoguera—. Son chuletas de cordero. —Sonrió—. Cordero de Bundilly. No deje que se echen a perder.
—No, claro que no —le aseguró Morgan, que tenía una agradable sensación de hambre.
Esa vez, bien lo sabía, había tenido una suerte inusual en la elección de sus compañeros. Angus y Lachlan eran muy diferentes de los dos adustos granjeros mormones y el par de marineros australianos con los que había trabajado en California.
Cierto que eran jóvenes, poco más que niños, pero eran chicos bien educados y elocuentes, además de trabajadores duros y esforzados.
Podrían avergonzar a los jornaleros que había contratado al principio para excavar el pozo de la mina.
El padre de los muchachos, William Broome, era un rico ganadero ovino, cuya finca, Bundilly, estaba a solo cincuenta millas de ahí, en el río Murray.
Él mismo se encargaba de que sus hijos no pasaran hambre.
Al principio, el señor Broome había mostrado una determinación inflexible al no permitir que sus hijos sucumbieran a la fiebre del oro y se dedicaran a la prospección, pero…
Acurrucado junto a las brasas, Morgan sonrió para sus adentros y aceptó el plato rebosante de comida que le ofrecía Lachlan, de diecisiete años.
Él había utilizado su encanto persuasivo con cierto éxito; las ansiosas súplicas de los chicos habían hecho el resto.
Ahora los tenía bajo su cuidado, y las visitas del padre —para asegurarse, por lo visto, de que recibieran provisiones frescas— cada vez eran menos frecuentes.
Y en los últimos días, dado que no tenía suficiente mano de obra y la temporada de lluvias había causado inundaciones en sus vastas tierras, William Broome había dejado de venir en persona.
Ahora enviaba a un mensajero con las provisiones, cosa que los dos chicos, con orgullo, interpretaban como una admisión tácita de que se los consideraba adultos, capaces de cuidar de sí mismos.
Y así era, de hecho: eran demasiado adultos y cada vez más capaces de cuidar de sí mismos.
Mientras disfrutaba de su comida, Morgan los observaba con disimulo, consciente de una leve pero creciente ansiedad.
Le repugnaba separarse de ellos, pero sabía que eso era inevitable una vez que empezaran a hacerse conocedores y a formular preguntas.
Al principio había sido fácil engañarlos.
No solo lo ignoraban todo sobre la extracción de oro, por lo que, obedientes y confiados, hacían cada cosa que él les ordenaba.
Trabajaban con picos y palas en la excavación de sus pozos mineros.
Penetraban veinte o cuarenta, incluso setenta u ochenta pies a través de las capas de tierra, arena roja y cuarzo, hasta llegar a la marga arcillosa azulada y descubrir una veta aurífera, si es que estaba ahí.
***
Dejaba que los muchachos cargaran la marga en sacos y carretillas, la llevaran al arroyo y la lavaran por toneladas en la cuna de roca.
Los dejaba tomar como recompensa por su trabajo unas pocas onzas de polvo brillante, mientras que él, siempre que podía estar solo, buscaba el verdadero tesoro de la mina y lo encontraba: pepitas cinceladas con manos hábiles de la roca impregnada de oro.
En la oscuridad del pozo, sus ingenuos socios no se percataban de esos hallazgos, y él los mantenía bien ocultos.
Jasper Morgan reflexionaba con pesar que así podrían haber continuado las cosas.
Los beneficios de su empresa pagarían los gastos de manutención y les proporcionarían a ellos un salario.
Pero, por accidente, el joven Angus había hecho el descubrimiento de su vida.
Cuando manejaba su pico con cierto descuido, provocó el derrumbamiento de una pared de la mina.
Retirados los escombros y rescatado el muchacho, conmocionado, aunque sin heridas graves, encontraron el oro: siete de las pepitas más grandes y puras que hubieran visto jamás, pulidas por el agua en la que habían yacido hacía cientos de años.
Por carecer de valor, habían pasado inadvertidas para los pueblos primitivos que entonces habitaban esas tierras.
La más pequeña pesaba treinta y cinco libras; la más grande, noventa y ocho.
El hallazgo, valorado en no menos de veinte mil libras, había sido trasladado a Melbourne, escoltado por los policías montados de Brownlow.
Ahí, en acatamiento a las instrucciones de Morgan, había sido depositado a su nombre en la Oficina del Tesoro del Gobierno.
Por supuesto, él tenía el recibo oficial, pero…
Se inclinó para servirse té de la olla ennegrecida que los chicos habían puesto sobre las brasas y reprimió un suspiro de exasperación.
Sumado a su propio saqueo secreto de los pozos de su concesión, aquella era una pequeña fortuna a la espera de ser liquidada.
Bastaba para mantener el resto de su existencia en un lujo relativo, siempre que pudiera quedársela él solo.
Dividida en tres, no sería suficiente, y los jóvenes Broome no dejaban de hablar de hacer esa división, pues estaban deseosos de volver con su padre y retomar sus vidas de ganaderos.
El té estaba muy caliente, Morgan se quemó los labios y maldijo en voz baja.
Pensó con resentimiento que, una vez más, debía enfrentarse a la situación que ya había vivido en el barranco Windy, en California.
Pero esta vez ni siquiera podía pensar en resolver el problema de la misma manera por múltiples razones: de un lado estaba el padre rico e influyente de los chicos; del otro, el hecho de que allí, en Ballarat, todos los mineros vivían muy juntos: había unos diez mil solo en su zona.