Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Los hombres se detuvieron, intercambiaron una rápida mirada y, de común acuerdo, le dieron la espalda y comenzaron a alejarse a zancadas.

La mujer, sin embargo, reconoció la difícil situación de Dora y se mantuvo firme, mirando a la parturienta con ojos compasivos.

Tras una breve vacilación, llamó a los hombres y dejó a su hijo en el suelo.

Se llevó un dedo a los labios y se acercó a Dora.

Era baja y rechoncha, de edad indeterminada.

Su cuerpo oscuro, con los pechos caídos, estaba cubierto de barro seco y desprendía un olor a humedad.

Pero mostró dos hileras de dientes blancos en una sonrisa cautivadora.

Sus manos eran suaves cuando las posó sobre el vientre tenso de Dora mientras susurraba algo que, aunque ininteligible, era a la vez amable y tranquilizador.

Los dos hombres permanecieron en silencio, primero a la distancia. Sin embargo, uno de ellos, en evidente respuesta a una llamada de la mujer, se movió con renuencia y cogió al niño. Entonces los dos se pusieron en cuclillas, apoyados en sus lanzas y con el niño en medio.

Dora sentía un dolor agonizante, más largo e insoportable que los anteriores.

Sus dientes se apretaban espasmódicos contra el labio inferior en un vano intento de reprimir un grito.

La mujer la giró con firmeza para acostarla de espaldas y la hizo flexionar las piernas.

En ese momento, Dora sintió un cálido chorro de líquido y supo que, tal y como le había dicho el médico de Sofala, había roto aguas, señal de que el parto estaba comenzando.

Ya no le quedaban fuerzas para resistirse, así que la nativa tomó el control, le aflojó la ropa y le puso algo duro en la boca para que lo mordiera.

Luego, con manos fuertes y seguras, la ayudó a pujar cada vez que volvían los dolores.

Se hacía entender de alguna manera, sin palabras.

Dejaba muy claro lo que quería decir e instruía a Dora sobre lo que debía hacer.

Aun así, el parto no fue fácil y la agonía de Dora se prolongó durante mucho tiempo.

Cuando por fin terminó, el sol ya se hundía como una bola de fuego carmesí detrás de las lejanas colinas cubiertas de árboles.

Los primeros llantos del bebé llegaron débiles a los oídos de Dora y le regalaron el más grande regocijo que ella jamás había experimentado.

La nativa la miraba refulgente, con los ojos oscuros brillantes y compartía su placer y alivio.

— Allira —dijo, y repitió la palabra varias veces—. ¿Dandaloo?

La distrajo una orden en voz baja de uno de los hombres.

La mujer no respondió nada, pero se levantó con repentina prisa.

La sonrisa de su redondo rostro negro había quedado borrada de repente.

El deleite que reflejaban sus ojos había quedado sustituido por una mueca de miedo.

Con suavidad, colocó al bebé en brazos de su madre, envuelto en la enagua de la propia Dora.

Era un pequeño bulto con una corona de cabello negro y sedoso.

—Kateena —susurró la mujer nativa. Luego levantó a Dora para sentarla y, sin darle tiempo siquiera a expresar su agradecimiento, echó a correr hacia el hombre barbudo y le arrebató de los brazos al chiquillo que este estaba cuidando.

Los cuatro desaparecieron en la oscuridad creciente, fundidos como fantasmas en un fondo de troncos nudosos de eucaliptos y otros árboles de corteza fibrosa en los que habían estado escondidos.

Dejaron a Dora con la sensación de que nunca habían estado allí.

Entonces, la razón de esa rápida e inesperada huida quedó clara cuando oyó a Francis llamarla con frenesí. Rob y Simon hacían eco de las llamadas.

—Se ha ido —oyó decir a Francis—. ¡No está en la cabaña! Por Dios, ¿dónde puede estar? Dora, Dora, cariño, ¡respóndeme!

Dora intentaba responder, pero su voz era un susurro débil que no llegaba muy lejos.

Lo que guio a los hombres hasta ella fue el llanto repentino y vigoroso del bebé.

Francis, el marido, fue el primero en llegar.

Se agazapó al lado de su esposa y se puso a mirar con asombro y desconcierto al pequeño bebé que lloraba en sus brazos.

—¡Dios mío, ha nacido! Y estabas sola. ¡Ah, mi amor, nunca debí haberte dejado sola! Rob dijo que había visto a unos nativos, dos hombres con lanzas, y yo… Cariño, tenía mucho miedo. Temía que te hubieran hecho daño.

Dora negó con la cabeza y esbozó una sonrisa temblorosa.

—No me han hecho daño, querido. Había una mujer con ellos. Ha sido ella quien me ayudó.

Francis se puso de pie con el rostro radiante de preocupación.

Se inclinó de inmediato y tomó a Dora entre sus brazos para llevarla de vuelta a la cabaña.

Los sollozos del bebé se calmaron. Ella apretó a la pequeña criatura contra su corazón y, con la mano libre, apartó la arrugada tela que la cubría. Era una niña. Con un hilo de voz, dijo:

—Tenemos una hija, Francis, una preciosa hijita.

Él, concentrado en avanzar con cuidado por el terreno accidentado, no respondió de inmediato, pero Rob Yates, que llegó detrás, los felicitó efusivo.

—¿Habéis pensado en un nombre —preguntó— o es demasiado pronto?

Dora se volvió para mirarlo. Observó, sorprendida, que él llevaba su rifle de caza. Claro, esa debía ser la razón por la que los nativos habían huido: lo habrían visto y temido una persecución.

Dudó. Se puso a repasar en su mente las palabras que le había dicho la mujer negra: «allira » , « dandaloo » y…

Sí, «kateena » . No sabía qué significaban, pero eran voces musicales, palabras que le recordarían, si alguna vez llegaba a olvidarlo, lo mucho que le debía a la joven madre de piel oscura que había dejado a su propio bebé para ayudar a una desconocida blanca en el momento en que más lo necesitaba.

—La llamaré Kateena, Rob —dijo con decisión. Saboreaba el nombre mientras lo pronunciaba—. Kateena…, a menos que su padre desee otra cosa.

Francis se la quedó mirando. Sonreía, pero con los ojos húmedos, según pudo notar Dora.

Él asintió con la cabeza y no habló hasta que, llegados a la cabaña, pudo acostar a su esposa con cuidado en la cama que compartían.

A los pies estaba la cuna que él había hecho unas semanas antes.

Cogió al pequeño bulto que era su hija y la acostó.

—Ya está, Kateena —dijo con la voz a retazos—.

Estás en casa, sana y salva. Duerme en paz, pequeña hija.

—Entonces, casi como si se tratara de una reflexión tardía, añadió en voz baja—: Este no tendrá que ser nuestro hogar mucho más tiempo.

Hoy hemos encontrado una rica veta de oro, Dora, mi amor.

Nos llevará una semana o dos explotarla y triturar el mineral.

Después podremos volver al lugar donde debemos estar todos.

No sabía si Dora había oído eso, porque, cuando se volvió para mirarla, descubrió que se había quedado dormida.

Con ternura, Francis usó la manta para cubrir a su mujer. Después de haberla arropado, se inclinó para besar su rostro pálido y exhausto.

—No será fácil volver —dijo, más para sí mismo que para su esposa dormida—, pero, con la ayuda de Dios, lo afrontaremos, cariño. Te lo prometo.

En la habitación contigua, Rob estaba limpiando su rifle. Francis se puso a su lado y le preguntó:

—¿Será cierto lo que ha dicho Dora, que los nativos la han ayudado?

—Eso es lo que nos ha dicho —confirmó Francis— y no tengo motivos para dudarlo. Parece que había una mujer con ellos.

Rob Yates encogió sus anchos y musculosos hombros.

—Qué raro, si tenemos en cuenta que la gente de aquí cree que son todos unos salvajes.

Lo que han hecho es digno de nuestros maoríes.

—Volvió a colgar el rifle en la pared y añadió con ironía—: He tenido suerte de no apretar el gatillo cuando tenía a uno en la mira.

Eso sí: al descubrir que Dora no estaba en la cabaña, me he asustado, Francis. Estaba muerto de miedo.

—Yo también, Rob —confesó Francis—. ¡Estaba mucho más asustado que tú! He tenido una visión de pesadilla: me convertía en un hombre rico sin la única mujer del mundo con la que quería compartir mi caudal.

—¿Seremos ricos? —preguntó Rob—. ¿De verdad crees que el filón que hemos encontrado es así de bueno?

—Eso está por ver, y yo creo que sí. Pero, aunque no lo fuera —Francis suspiró—, yo seguiría adelante con mi plan de volver a Sídney, Rob.

No es justo para Dora y la niña mantenerlas aquí.

Quizá sea capaz de tragarme el orgullo y convencer al comandante Broome de que me deje servir bajo sus órdenes de nuevo.

Podrá aceptarme como guardiamarina si así lo desea. ¿Y tú y Simon?

Rob sonrió.

—Vaya, nosotros seguiremos aquí, supongo. Le he prometido a papá que ganaría lo suficiente para construirle un nuevo hospital misionero. —Su sonrisa se hizo más grande—. También le he dicho que seguiría sus pasos y estudiaría medicina. No estoy seguro de lo que hará Simon.

Simon entró en ese momento. Llevaba un plato de pescado cocinado. Había oído su nombre, así que dijo con gravedad:

—Me gustaría hacerme a la mar, aprender en un clíper, como el Dolphin del capitán Van Buren; y luego, hacer lo que él ha hecho: pedirle al señor McKay, de Boston, que me construya uno propio.

—Dejó el plato sobre la tosca mesa de madera—.

La cena está lista. No sé si vosotros tenéis hambre, pero yo sí.