Capítulo 5
Los dolores comenzaron cuando Dora estaba en la orilla del arroyo llenando un barril de agua.
La mujer se dobló con el tormento desgarrador y la sorpresa.
Soltó un grito; pero no había nadie que la oyera: los buscadores de oro se habían trasladado río abajo, y Francis, Rob y Simon Yates estaban con ellos.
Excavaban las laderas en busca de cuarzo aurífero.
Una compañía emprendedora, la Great Nugget Vein Company, había instalado maquinaria costosa en la parte baja del arroyo Louisa para triturar cuarzo.
Francis y sus socios, al igual que los demás, habían ponderado la conveniencia de aprovecharla.
Dora respiró hondo, entre sollozos. El dolor remitió y volvió a coger su barril.
Solo estaba medio lleno de agua turbia de color marrón, pero decidió que tendría que bastar, ya que no tenía fuerzas para volver a llenarlo.
Los dolores eran prematuros, se dijo a sí misma con tono de reproche, pues ¿no le había asegurado el médico, aquel hombre amable y bien cualificado al que había consultado cuando ella y Francis fueron a Sofala para casarse, que su hijo no nacería antes de noviembre?
Y aún era octubre; el diez de octubre, si sus cálculos no fallaban, aunque era posible que se estuviera equivocando.
En esas épocas en los que cada día era igual al anterior, el tiempo pasaba sin que ella se diera cuenta y embotaba sus pensamientos.
Era cierto que tenía el vientre muy hinchado y distendido y que la criatura en su útero, a veces, mostraba una actividad llamativa; pero eso, sin duda, no significaba que el parto fuera inminente.
Si alguno de los dos hubiera pensado que lo sería, Francis se habría quedado con ella, listo para enganchar los caballos al carro y llevarla de vuelta a Sofala.
Y aunque el médico no estuviera ahí, habría una comadrona y otras mujeres, madres ellas mismas, que podrían cuidarla.
Así que… Los dolores tenían que ser prematuros, incluso fruto de su imaginación.
Nunca había dado a luz y, por lo tanto, era incapaz de juzgar si la intensidad del espasmo que acababa de experimentar debía considerarse una advertencia.
Y ya había pasado. Dora se puso en pie con torpeza, sujetó el barril medio lleno con todas las fuerzas que pudo acopiar y comenzó a subir la orilla hacia la pequeña cabaña de madera que, con tanto cuidado, su marido y los dos jóvenes neozelandeses habían construido para ella.
Pero la orilla del arroyo estaba resbaladiza por las fuertes lluvias de la semana anterior.
Sintió que sus pies perdían el suelo y el dolor volvió.
Cayó de rodillas en el barro, incapaz de contener otro grito.
Como antes, la horrible opresión de los músculos del vientre se fue aliviando poco a poco.
Asustada de verdad, Dora se arrastró a gatas por la orilla, arrastrando tras ella el barril de agua con obstinado denuedo.
En los últimos meses había aprendido a soportar las penurias y el aislamiento; había trabajado como nunca había imaginado que era capaz de hacerlo, preparando cada noche una comida caliente para sus agotados hombres, levantándose al amanecer para encender el fuego, preparar té y verlos partir hacia las lejanas excavaciones, cada uno provisto de ropa limpia, calcetines secos y un paquete con la comida de la que podrían disponer para el descanso del mediodía.
Y era feliz, pensó Dora con repentina sorpresa.
Francis era su adorado esposo y amante. La fuerza de voluntad y la determinación por triunfar de su marido la habían sostenido y mantenían vivas sus esperanzas.
Y eso a pesar de que, un día tras otro, un día sin fin tras otro día sin fin, los esfuerzos de los hombres terminaban con recompensas apenas palpables.
En los brazos de Francis, tumbada en su cama de ramas y lonas, en la cálida oscuridad, se había sentido realizada, adorada y deseada, segura de la devoción sólida de su hombre, y se había atrevido a creer que, cuando ocurriera el milagro del oro, podrían volver a una vida civilizada, con la cabeza alta y sin tener que purgar ningún sentimiento de culpa.
Al padre del comandante Broome le había entregado la declaración escrita que él le había pedido, y Justin Broome, para su gran alivio, le había dicho que la muerte de Benjamin Lucas la dejaba libre para casarse con el hombre que amaba.
De alguna manera (mirando atrás, Dora se preguntaba cómo había conseguido superar la vergüenza), ella y Francis les habían contado todo a los chicos Yates.
Les habían explicado que eran fugitivos, y no la respetable pareja casada que habían fingido ser.
Pero ambos chicos se lo habían tomado bien y no les habían reprochado ni criticado nada.
A pesar de la estricta educación que habían recibido en el seno de una familia de misioneros, ninguno de los dos pronunció una sola palabra de censura.
Continuaron tratando a Dora con respetuosa cortesía, y a Francis, con algo parecido a la veneración.
Entre los cuatro había crecido un gran afecto
A pesar de su ansiedad, Dora esbozó una sonrisa temblorosa. Era como si no solo hubiera ganado un marido, sino también dos hermanos maravillosos.
Por fin llegó a la cabaña y entró, orgullosa de la pulcritud y limpieza de su morada.
Era bastante primitiva, a decir verdad: una estructura de troncos tallados con tosquedad, suelo de tierra y tejas moldeadas y encajadas por manos hábiles.
Las había hecho Rob Yates de corteza de árbol.
Según él mismo le contó a Dora, las había hecho siguiendo el patrón que idearan los primeros colonos antes de tener a la mano ladrillos y lajas.
Había dos habitaciones: la que ella compartía con Francis y el dormitorio de los chicos, que también servía de sala de estar para todos. Además, una cocina y, en la parte trasera, un cobertizo con chimenea de piedra.
Dora dejó el barril de agua junto a la puerta.
Estaba demasiado agotada por los ataques de dolor para llevarlo a la cocina.
Como siempre, tenía cosas que hacer: ropa que lavar, prendas gastadas que remendar o zurcir, ropa de cama que airear y cosas que preparar para la cena.
El día anterior, Simon había traído dos buenos peces y los había destripado, pero…
la pura idea tocarlos le provocaba náuseas.
Decidió tumbarse un rato; intentar dormir, tal vez, con la esperanza de que el bebé que llevaba en su vientre se calmara y esperara un momento más adecuado para nacer.
Pero el dolor volvió, más intenso que antes y más duradero.
Tumbada boca arriba en la cama, Dora se retorcía impotente, con su agónico cuerpo empapado en sudor.
Cuando el dolor por fin remitió, sus instintos le dijeron que el bebé estaba clamando por salir al mundo y que ya no había nada que pudiera hacer para posponer su llegada.
Pero necesitaba ayuda; no podía dar a luz sola.
Desconocía todo lo que eso implicaba y temía cometer algún error terrible que le costara la vida a su hijo.
«El parto, en un primer embarazo, puede durar muchas horas, señora De Lancey —le había dicho el médico de Sofala en respuesta a una de sus nerviosas preguntas—.
Al principio, los dolores llegan bastante espaciados.
Cuando se han vuelto casi continuos, se ha llegado al final de la primera etapa.
El paso de la criatura por el canal del parto comenzará con lo que, en términos sencillos, se conoce como rotura de aguas».
Dora juzgó que, por el momento, el tiempo entre los dolores era de quince a veinte minutos, lo que le daba un poco de margen.
No era suficiente para llegar a pie a las excavaciones, pero sí para pedir ayuda.
Podría encender una hoguera al aire libre, en la parte más alta de la orilla del arroyo, donde las rocas impedirían que el fuego se propagara.
Pondría sobre las flamas hierba húmeda o matorrales, de modo que un humo espeso se elevara por encima de los árboles.
Francis o uno de los chicos Yates lo verían y comprenderían su significado, pues sabían que el fuego de la cocina no se encendía hasta última hora de la tarde.
Dora puso sus crecientes temores bajo control, se arrastró fuera de la cama y salió a la cocina. Otro espasmo la sacudió mientras buscaba materiales con los que encender el fuego, pero lo soportó estoicamente. Cuando el dolor cesó, echó a andar a trompicones hacia el lugar que había elegido.
Pero no llegó. A mitad de la pendiente, la detuvo el sonido venturoso de unas voces.
Gritó. Y también rezó para que, quienquiera que estuviera allí, al otro lado de los árboles, pudiera oír su débil voz y acudir en su ayuda.
Y pareció dar resultado, porque las voces se apagaron, aunque volvieron a sonar enseguida.
Dora oyó entonces pasos que se aproximaban a donde ella estaba, así como voces que vibraban cada vez más cerca.
—¡Oh, gracias a Dios! —susurró, y, con las últimas fuerzas que le quedaban, se dejó caer en el suelo embarrado—. ¡Gracias a Dios!
Su alivio duró muy poco. De entre los eucaliptos cercanos emergieron tres figuras, y Dora retrocedió aterrorizada cuando vio que eran nativos.
Venían semidesnudos. Dos de ellos, con las caras pintadas de forma espantosa, blandían lanzas.
La tercera era una mujer con un niño pequeño aferrado a su espalda.
Dora sabía que no había habido problemas con los nativos de la zona; se sabía que estaban allí, pero rara vez se los veía, ya que evitaban aproximarse a las excavaciones.
Solo descendían a alguna granja aislada de vez en cuando y, si conocían al propietario, le pedían comida o trabajo estacional.
A pesar de todo, ella tenía miedo. La apariencia belicosa de los dos hombres aumentó su temor, por lo que, incapaz de contenerse, comenzó a gritar aterrorizada.