Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

La joven entró un tanto vacilante, con los ojos ocultos tras el velo, mirando ansiosa de un lado a otro, hasta que los posó en Claus.

El novio acababa de levantarse y volverse para mirarla.

Entonces, como si la sonrisa de bienvenida que le brotó hubiera alcanzado a la novia hasta tocarla, ella dejó de titubear y avanzó hasta ponerse a su lado con una dignidad conmovedora.

La acompañaba, cogida del brazo, un joven delgado y de cabello oscuro.

Red supuso que la chaqueta de terciopelo que llevaba puesta era prestada, hecha a la medida de alguien más alto y corpulento.

Recordó que Claus le había hablado de un hermano, un joven que, como la mayoría de los recién llegados a la colonia, se había ido a las minas de oro.

Era evidente, pues, que estaba de vuelta en Sídney y sin la fortuna que todos habían ido a buscar…

; y que debía de haber regresado con el tiempo muy justo, pues su delgado y joven rostro mostraba los inconfundibles rastros de una barba recién afeitada.

Parecía bastante feliz, empero, y se comportaba con dignidad, a pesar de la elegancia prestada.

Red lo vio quedarse a un lado, en silencio, para permitir que Claus ocupara su sitio junto a su novia.

El clérigo, un hombre canoso al que Red no reconoció, se adelantó con el libro de oraciones abierto en las manos. Entonó, entonces, el discurso de apertura de la ceremonia nupcial.

—Queridos hermanos, nos hemos reunido aquí, ante Dios y ante esta congregación, para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio, un estado honorable, instituido por Dios en la época de la inocencia del hombre. Para nosotros significa la unión mística que existe entre Cristo y su Iglesia…

Red escuchaba, consciente de la rápida oleada de emoción que le provocaba la cercanía de Magdalen en aquel estrecho banco. Se atrevió a mirarla de reojo, pero ella parecía no darse cuenta de su presencia, pues tenía la mirada fija en los dos que estaban delante del altar.

—… estado sagrado que Cristo adornó y embelleció con su presencia y su primer milagro, en Caná de Galilea —continuó leyendo el sacerdote canoso, con voz clara y profunda—.

San Pablo lo elogia como honorable entre todos los hombres y, por lo tanto, nadie debería tomarlo a la ligera, de forma imprudente o frívola…

Red cerró los ojos. Deseaba con fervor que fueran Magdalen y él quienes estuvieran allí.

Visualizaba la escena y dejaba volar su imaginación.

Si Jamie Willoughby había podido proponerle matrimonio por impulso, ¿acaso él no podía hacer lo mismo?

Ella era la mujer que quería como esposa, eso lo sabía Dios, y, desde los días felices y despreocupados que los dos habían pasado juntos en Londres, ninguna otra mujer había llenado sus pensamientos ni encontrado un lugar en su corazón.

¿Qué importaban la ambición o su carrera?

, ¿qué sentido tenía vivir solamente por eso si se vivía solo?

—Claus Karimon —oyó hablar al sacerdote—.

¿quieres tomar a esta mujer como tu legítima esposa para vivir juntos según los mandamientos de Dios en el santo estado del matrimonio?

¿La amarás, la consolarás, la honrarás y la cuidarás en la salud y en la enfermedad?

, ¿renunciarás a todas las demás y te mantendrás fiel a ella mientras viváis?

La respuesta de Claus, dada con firmeza y profundo sentimiento, despertó un eco en el corazón de Red.

Una vez más, volvió los ojos a Magdalen, y esa vez sus miradas se cruzaron.

Él descubrió que los ojos azules de su amada estaban empañados por las lágrimas.

Magdalen apartó el rostro de inmediato, pero, cuando él le cogió la mano, ella no hizo ningún intento por retirarla. Red sentía el roce de sus hombros.

—Mercedes Louisa, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo esposo, para vivir juntos según los mandamientos de Dios en el santo matrimonio? ¿Lo obedecerás y le servirás, lo amarás, honrarás y cuidarás en la salud y en la enfermedad?, ¿le serás fiel y renunciarás a todos los demás mientras viváis?

Las palabras parecían venir de muy lejos.

La respuesta de la novia fue un susurro, apenas audible para la congregación.

Red ni siquiera alcanzó a oírla; y tampoco escuchó a consciencia el resto de la ceremonia mientras permanecía de pie, sujetando con su mano la pequeña mano de Magdalen, con el corazón latiendo fuerte en su pecho y la boca seca.

Había olvidado la presencia de Jamie Willoughby y su amenaza de rivalidad.

Cuando Claus y su novia se incorporaron para seguir a la alta figura del sacerdote hasta la sacristía, el órgano retumbó y, alrededor, las voces se alzaron con el canto de un himno.

Red puso sus labios cerca del oído de la chica y susurró:

—Magdalen —le dijo—, te amo. Te amaré hasta el día de mi muerte. ¿Quieres casarte conmigo, mi amor más querido?

La cabeza morena bajo el sombrero adornado con cintas se inclinó en señal de asentimiento.

—Sí, Red —susurró ella con voz suave y, a pesar de los cantos entusiastas que los rodeaban, él alcanzó a oír la respuesta. La mano que sostenía se la llevó a los labios, sin importarle quién pudiera estarlos mirando. Luego, cuando la bajó, se dio cuenta de que Jamie había observado el gesto.

Y también había entendido su significado.

Eso le quedó claro cuando, terminada la ceremonia, los feligreses comenzaron a salir de la iglesia detrás de Claus Van Buren y su novia.

Un sonriente Jamie se hizo a un lado para que Red pudiera ofrecer un brazo a Magdalen.

Pronto, los tres estuvieron reunidos bajo la luz del sol.

Ahí, Jamie les hizo una reverencia cortés y se marchó.