Capítulo 4 #2
—Caballeros, estoy seguro de que tendrán tiempo de sobra para discutir sus respectivas hazañas navales en otra ocasión y, sin duda, en un entorno más agradable que el que mi oficina puede ofrecerles.
—Así será —admitió James Willoughby imperturbable—.
Le ruego que me disculpe, capitán Skinner, me he ido de la lengua.
Pero no es muy frecuente que me encuentre con un amigo a quien tenga en tan alta estima como el comandante Broome.
Ya habrá comprendido, señor, que no nos habíamos visto desde la guerra de la China.
—Sonrió divertido, en apariencia por la indignación de Skinner, y el color del comodoro se intensificó—.
Por supuesto, señor —continuó Willoughby con suavidad, antes de que su superior pudiera decir algo—, estará ansioso por comunicar a Broome la noticia de su nuevo nombramiento.
De mala gana, Skinner aceptó la rama de olivo que le ofrecían.
—Voy a comandar el Monarch —anunció con frialdad.
—¡Un buque de guerra! —exclamó Red—. Mis felicitaciones, señor.
Era, como bien sabía, un ascenso considerable, pues el último mando del comodoro había sido la fragata Havannah . El Monarch, en contraste, era un buque de segunda clase de tres puentes y ochenta y cuatro cañones.
—Gracias —reconoció Skinner con un tono un poco más cálido—.
Por supuesto, eso significa que dejaré este cargo y traspasaré mis responsabilidades al capitán Willoughby.
—Miró los papeles esparcidos sobre su escritorio y soltó un suspiro—.
El Acheron tiene órdenes de regresar a puerto para ser desguazado.
Viajaré en él tan pronto como esté listo para hacerse a la mar.
Red pensó en el gusto que eso le daría a John Stokes, pero ocultó su sonrisa. Evitó la mirada de Skinner mientras el comodoro continuaba.
—Ah, me llevaré conmigo a mi sobrino, el teniente Frazer Skinner, por supuesto, ya que está bajo mi tutela. —Titubeó y evitó la mirada de Red.
—El teniente Skinner se encuentra en Hobart, ¿no es así, señor?
—preguntó Red con fingida inocencia—, al mando interino del Galah .
—Tuvo la satisfacción de percibir la evidente incomodidad del capitán Skinner y, sin acalorarse, añadió—: Mientras esperamos el resultado de la investigación judicial sobre mi relación con la viuda del difunto capitán Lucas.
—Así es —admitió Skinner—. Ah…
Mientras se sonrojaba, hizo ademán de buscar entre sus papeles. James Willoughby, desconcertado por ese intercambio, miró a Red con las cejas arqueadas, aunque no dijo nada. Skinner carraspeó y habló a regañadientes:
—Ah, el juez De Lancey me ha dado a entender que, en su opinión, usted no tiene culpa alguna, comandante Broome.
Él, eh… Lo que quiero decirle es que se ha puesto en contacto conmigo con la intención declarada de presentar pruebas ante el tribunal en nombre de usted.
Al tiempo, ha admitido la culpabilidad de su hijo, por lo que he decidido que no será necesaria ninguna investigación.
—Me alegro, señor —respondió Red con serenidad.
¿Cuándo, se preguntó, había tomado el comodoro la decisión de renunciar al tribunal de investigación?
Consciente de que esa pregunta podría provocar una reacción violenta, se contuvo y dijo con deferencia—: ¿Me devuelve, entonces, el mando de mi nave, señor?
—Por supuesto —respondió Skinner—. Es mejor olvidar todo este desafortunado asunto, ya que es evidente que las acusaciones contra usted se basaban en una serie de falsedades perpetradas por…
Bueno, no creo que sea necesario entrar en detalles ahora, no en presencia del capitán Willoughby.
—De vuelta en su tono habitual, el comodoro añadió—: Me acompañará a Hobart a bordo del Acheron , comandante Broome.
Entonces relevará al teniente Skinner del mando del Galah .
—Sí, señor —respondió Red. Se encontró de nuevo con la mirada interrogativa y silenciosa de James Willoughby, movió la cabeza de un lado al otro y se levantó—. Si eso es todo, señor, lo dejo con el capitán Willoughby. Imagino que tendrá mucho que organizar y…
Pero Willoughby también se puso de pie, sonriente.
—Nada que no pueda esperar, querido amigo —afirmó con naturalidad—.
Debes permitirme invitarte a almorzar a bordo del Huntsman , si tienes tiempo.
Debemos ponernos al día después de tantos años, ¿no?
Entonces, con su permiso, capitán Skinner…
—La despedida fue rápida y sin ceremonias.
Una vez fuera de la casa del comodoro, le puso una mano sobre el hombro a Red y le preguntó con curiosidad—: ¿Qué diablos ha sido todo eso, Red?
¿Un tribunal de investigación, por el amor de Dios, y acusaciones basadas en…
?, ¿cómo las ha llamado Skinner?, ¿una serie de falsedades?
¿Y tu mando entregado a su preciado sobrino?
—Es una historia bastante larga, señor. —Red, ruborizado, trataba de sortear la pregunta—. Y ahora son cosas del pasado.
—Tengo todo el tiempo del mundo para escucharte.
Y, maldita sea, Red, no te andes con ceremonias, te lo ruego.
Soy Jamie Willoughby, recuérdalo, y fuimos guardiamarinas juntos en los viejos tiempos.
Hace solo tres años me ascendieron a oficial; y eso, por una casualidad afortunada, cuando un tío mío, a la hora de arriar su estandarte, descubrió que no le caía bien ninguno de mis superiores.
—Willoughby soltó una risa divertida y un tanto cínica—.
Vale la pena tener valedores en la Marina Real, y el joven Skinner, sin duda, tendrá motivos para valorar los suyos uno de estos días.
Vamos, cuéntame la historia, por larga que sea. Puedes almorzar conmigo, ¿no?
—Tengo que asistir a una boda esta tarde —le dijo Red, y consultó su reloj de bolsillo—.
Me vería un poco justo de tiempo si te acompañara al barco.
Pero ahora vivo en tierra, en la casa de mi padre, que está a diez minutos a pie de aquí.
¿Por qué no vienes a almorzar conmigo, y…
? Sí, claro, ¿por qué no me acompañas a la boda?
Se casa otro viejo amigo al que quizá recuerdes: Claus Van Buren.
Esforzándose por recordar, James Willoughby frunció el ceño.
—Claus Van… Ah, Dios mío, sí que recuerdo ese nombre, ¡y con razón! Mi hermano se batió en duelo con el mayor Van Buren poco después de llegar aquí.
—El difunto mayor Van Buren, cuya desaparición pocos lamentan —añadió Red—.
Claus es hijo suyo, fruto del matrimonio del mayor con una javanesa.
Tuvo una infancia miserable, pero su padre lo reconoció antes de morir, así que Claus heredó un par de buques mercantes.
A partir de ahí, ha construido una empresa muy próspera.
De hecho, ahora es uno de los principales comerciantes navieros de la colonia.
Su última adquisición es una goleta clíper construida en Boston, la Dolphin, que quizá hayas visto amarrada cuando llegaste.
James frunció los labios en un silbido silencioso.
—Sí, la he visto. ¿Y me estás sugiriendo que asista a la boda de Claus?
—Así es, Jamie. Estoy seguro de que serás bienvenido.
Se va a casar con una chica estadounidense que conoció en San Francisco.
—Red señaló con la mano la carretera que tenían delante—.
La casa de mi padre está en la bahía Elizabeth.
Es blanca, de dos pisos, y está encaramada en la colina con vistas a la bahía.
Como te he dicho, está a solo diez minutos a pie de aquí.
Ahora, si me disculpas, tengo que darle un mensaje al timonel de mi barco.
—Señaló el barco que esperaba, sacó un sobre usado del bolsillo y, sonriente, garabateó unas palabras en él—.
Esto es para John Stokes, del Acheron. Tú le has traído las noticias que él tenía ganas de escuchar.
—¿Sus órdenes de zarpar a casa?
—Sí, hace tiempo que deberían haber llegado.
—Red dobló el sobre—. El Acheron lleva aquí más de cuatro años en tareas de reconocimiento.
Sin embargo, hace poco tuvimos un susto por la posibilidad de una guerra con Rusia y los rumores de un ataque por parte de una escuadra de su flota del Pacífico.
Y, dado que el gobernador recibió el consejo de que pusiera Sídney en estado de defensa, el comodoro Skinner no había permitido que el Acheron se marchara.
Es un vapor. ¿sabes?, y él lo ha mantenido como barco de guardia en la bahía Watsons. Discúlpame, por favor.
James Willoughby esperó a que Red entregara la misiva al timonel de la lancha. Luego, cuando ya habían emprendido la marcha por la ligera pendiente, dijo con gravedad:
—La posibilidad de que nos veamos envueltos en una guerra con Rusia es más que un susto, Red, aunque dudo que veas aquí buques de guerra rusos.
Lo más probable es que los enfrentamientos navales tengan lugar en los mares Negro y Báltico; sobre todo, en el Negro y el Bósforo.
Se dice que el zar está poniendo su codiciosa mirada en Turquía…
Entró en detalles bien razonados mientras caminaban a paso ligero por el Dominio del gobierno.
Red lo iba escuchando con sorpresa y consternación.
Las doce mil millas que separaban Australia de la madre patria formaban una barrera tanto de tiempo como de distancia, reflexionaba.
Las noticias sobre ese inminente conflicto en Europa siempre tardaban en llegar a la colonia, ya que los barcos que las transportaban estaban sujetos a los caprichos del viento y el clima.
La fragata de James Willoughby había hecho una travesía más o menos rápida, pero, aun así…
—¿Crees probable que haya guerra? —preguntó.