Capítulo 4
Para su gran disgusto, su propia nave, el Galah , había sido enviada a Hobart bajo el mando temporal del sobrino del comodoro Skinner.
Red seguía sin empleo oficial, cada vez más impaciente, a la espera de la tan retrasada orden de comparecer ante un tribunal de investigación.
Skinner había seguido posponiendo la convocatoria del tribunal hasta que la ausente Dora Lucas volviera a aparecer.
«Su testimonio es esencial, ya sea en persona o por escrito —lo había informado el comodoro, sin hacer caso a las objeciones de Red y, de hecho, sin darle apenas oportunidad de expresarlas—.
En vista del lamentable fallecimiento del capitán Lucas, el tribunal debe conceder una audiencia a su viuda.
Incluso usted, comandante Broome, debe reconocer que mi decisión es justa».
Había intentado vislumbrar esa justicia, reflexionó Red con resentimiento, aunque sin éxito.
Ahora solo podía albergar esperanzas de que su padre y Johnny lograran localizar al joven De Lancey y a su amante y, como mínimo, de que pudieran sacarles una declaración satisfactoria tanto para Skinner como para el tribunal.
Red oyó al comandante del Acheron, John Stokes:
—Ese barco podría traer el relevo de Skinner —sugeriría en tono cauteloso, aunque, por la expresión de su rostro delgado y austero, era evidente que confiaba en la certeza de esa suposición—. El Huntsman… ¿Alguno de vosotros sabe quién lo comanda?
Todos negaron con pesar. El Acheron llevaba cuatro años en la estación de las Indias Orientales, haciendo tareas de reconocimiento en aguas neozelandesas.
Debía regresar a Inglaterra para su desguace.
De hecho, Red recordaba que, según John Stokes, ya se había retrasado.
El comodoro Skinner lo había retenido en respuesta a aquella supuesta amenaza de ataque de una flota rusa.
Skinner había alcanzado su rango en 1838, y Stokes, ocho años después.
Por lo tanto, Skinner, como de costumbre, había hecho valer su jerarquía para cerrar las discusiones y súplicas de manera concluyente.
—Quizás sea nuestro relevo, señor —sugirió el primer teniente, Adam Elliott.
—El comodoro sigue sin permitir que este barco se marche de aquí —replicó Stokes con tristeza—.
Sigue convencido de que es esencial tener un barco de vapor para la defensa del puerto Jackson.
—Exhaló un suspiro de exasperación—. Y aquí estamos, anclados, sin poder movernos, con todos nuestros instrumentos científicos y nuestra muy capacitada tripulación deteriorándose por falta de uso.
—Luego, con un gesto irónico hacia el capitán, Frederick Evans, añadió—: Y no hablemos de ¡uno de los topógrafos más experimentados de la Marina Real, alguien que acaba de recibir los honores de la Royal Geographical Society y la Royal Astronomical Society!
Suyos serían el honor y la gloria si tan solo pudiéramos organizar su regreso a Inglaterra… ¿No es así, señor Evans?
El capitán, delgado y de mejillas sonrosadas, hizo un ademán de modestia con la mano.
Red sabía que, bajo el mando del capitán Francis Blackwood, en el barco de Su Majestad Fly , Evans había cartografiado la Gran Barrera de Coral, en la costa este de Australia, y había sido responsable de la construcción del gran faro de piedra.
A setenta millas de la costa, ese faro, conocido como el Edificio de Evans, marcaba el extremo oriental del arrecife y había salvado a innumerables barcos de naufragar en los traicioneros arrecifes de coral.
—No tengo prisa por marcharme de aquí, capitán Stokes —respondió con gravedad—.
Al fin y al cabo, señor, puedo trabajar en mis cartas sin que me molesten, con toda tranquilidad.
Además, me han dado libertad para entrar en el observatorio.
Este fondeadero es un poco incómodo, quizá, pero, aparte de eso, no tengo ninguna queja, ninguna en absoluto.
Stokes gimió con fingida desesperación.
—Ya ves cómo es, Broome: el honor y la gloria le importan un comino.
Mientras el resto de nosotros nos irritamos por nuestra inusual ociosidad, ¡el señor Evans lo llama tiempo de placer!
Y tú, estoy seguro, con eso del preciado sobrino del comodoro, tienes aún más motivos para quejarte.
Ese muchacho nunca ha ostentado un mando, nunca lo ha merecido, pero ha partido con tu Galah hacia el azul profundo del horizonte.
Ahora bien, tengo una idea. Nosotros estamos atados aquí, sin permiso para bajar a tierra, pero tú no.
¿Has dicho que esta tarde vas a asistir a una boda en Sídney?
Red asintió.
—Sí, señor, así es, en la iglesia de Saint James.
El… —Dudó, temeroso de que Stokes intentara trastocar sus planes.
Magdalen había aceptado que Red la acompañara a la iglesia y por nada del mundo renunciaría a ese privilegio.
En los últimos días, ella se había mostrado más receptiva a sus insinuaciones y…
Añadió de inmediato—: Es la boda de Claus Van Buren, un amigo de la infancia, y le he prometido que asistiré.
—Por supuesto que debes hacerlo, querido amigo —reconoció de buen grado el capitán del Acheron —, pero es temprano.
Tienes toda la mañana por delante, tiempo suficiente, sin duda, para visitar al capitán Skinner y averiguar qué noticias ha traído el Huntsman.
Tenemos una fresca brisa del noreste. Tu lancha te llevará muy rápido al centro de todo, y es probable que encuentres al comandante del Huntsman reunido con el comodoro cuando te presentes ante él.
Maldita sea, si han llegado nuestras órdenes de navegación, quiero saberlo ya.
Envía, entonces, a tu timonel con una nota.
Si el Huntsman ha traído alguna noticia de nuestro interés, no tienes que venir tú mismo.
Venga, Broome, sé buen chico, no es pedirte demasiado, ¿verdad?
—No, señor, por supuesto que no —le aseguró Red—, es una pequeña retribución por su hospitalidad y por permitirme estudiar los mapas del señor Evans. —Se irguió—. Si el señor Elliott tuviera la amabilidad de llamar mi lancha, me marcharé ahora. Espero poder enviarle las noticias que desea.
El bote que le habían prestado y que estaba tripulado por marineros veteranos del astillero aprovechó bien la brisa. Poco más de una hora después, Red fue admitido en la residencia oficial del comodoro Skinner.
Tal como el astuto John Stokes había predicho, el capitán recién llegado debía de haber descendido tan pronto como su barco se detuvo frente a la cala de Sídney.
Sin duda, estaba ahí en respuesta a una señal imperiosa del comodoro, quien en los últimos tiempos había mostrado una marcada preferencia por convocar a sus subordinados mediante un semáforo instalado en su tejado.
Eso le ahorraba el esfuerzo de salir a su encuentro cuando llegaban al puerto.
Por una vez, Red observó que Skinner estaba de un humor de lo más afable. Mostraba una gran solicitud con el alto oficial que estaba sentado frente a él, al otro lado de su escritorio abarrotado de papeles, y a quien se dirigía, con una cortesía desmesurada, como «mi querido sir James».
El recién llegado tenía charreteras doradas en ambos hombros, lo que indicaba que había ocupado ese puesto durante más de tres años.
A primera vista, no obstante, parecía demasiado joven para ostentar el mismo rango y antigüedad que el comandante de la escuadra de Sídney.
Red decidió que sería más o menos su misma edad o, como mucho, uno o dos años mayor.
En ese joven moreno y de complexión delgada y musculosa había algo familiar.
Red lo notó cuando lo vio girar la cabeza en respuesta a la presentación de Skinner.
—Permítame presentarle al comandante Broome. Este es el capitán sir James Willoughby, Broome, que acaba de traer el Huntsman a puerto, como usted habrá notado, sin duda. Ha llegado en un momento oportuno, puesto que…
Sir James Willoughby lo interrumpió. Se puso de pie y, entusiasmado, se acercó a Red con ambas manos extendidas.
—Red, querido amigo, ¡qué alegría volver a verte!
Ha pasado tanto tiempo… En el río Woosung, en 1842, ¿verdad?
Tú estabas con ese capitán tan valiente y combativo, Henry Keppel, en el Dido , y yo era el primer oficial del Inflexible .
Tu lancha llevó al almirante a tierra y nos encontramos en los escombros de la ciudad.
Creo recordar que fue en el aniversario de Waterloo.
—Es verdad —asintió Red, encantado por el inesperado encuentro con un viejo amigo. James Willoughby era hijo del contralmirante sir Francis Willoughby y había heredado el título de baronet tras la muerte de su padre, en sustitución de su hermano mayor, que… Red se tensó al recordar.
¡Dios, claro!, Robert Willoughby había ido a Australia para dedicarse a la agricultura, solo que había perdido la vida en un enfrentamiento con bandoleros.
James había heredado las tierras y el ganado de su hermano.
Por un corto tiempo había abandonado la marina con la intención de quedarse en la colonia y dedicarse a la agricultura y…
Red estrechó con calidez las manos del joven capitán de navío.
—Lamento mucho haberte cedido mi puesto en la litera de guardiamarinas del Success —dijo Willoughby, como si Red hubiera expresado sus propios pensamientos en voz alta—.
Dios mío, solo me llevó un par de meses descubrir que no estaba hecho para la agricultura, Red.
Así que volví al servicio y tuve la fortuna de que el capitán Clement Lowe, del Lapwing, me aceptara como supernumerario. Volví a casa en ese barco y luego…
Siguió hablando, llenando los vacíos que, en la terrible carnicería de Woosung, no había tenido ni tiempo ni ganas de completar. El capitán Skinner escuchaba con irritación mal disimulada hasta que intervino con un tono cortante en la voz: