Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 3
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Capítulo 3

Mercy sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima. No había sido fácil confesarse, pero la presencia del reverendo Nathan Cox y su esposa, invitados a Sídney para que el señor Cox oficiara la ceremonia nupcial, la había ayudado a conseguir su desahogo.

No podía casarse con Claus mientras llevara tal secreto en su conciencia, se había dicho a sí misma. Una y otra vez se había propuesto contárselo a su prometido, pero temía que él, al descubrir su pasado, la considerara indigna de ser su esposa.

En lugar de la amarga condena que temía, Claus había mostrado compasión y una maravillosa comprensión. La tomó con suavidad entre sus brazos y le aseguró que la amaba.

—Eres todo lo que siempre he soñado en una mujer, mi dulce Mercy. ¡Créelo, porque es la verdad! Y si el mundo te trató con crueldad, y si un hombre insensible y malvado se aprovechó de tu inocencia, ¿cómo podría culparte? Ninguno de nosotros es perfecto, y yo menos que nadie.

Él había vuelto su mirada a Alice Cox, serena y hermosa, a pesar de las canas y los hombros encorvados por el trabajo.

—Alice lo corroborará, ¿verdad, querida?

Cuando nos conocimos, yo era casi un esclavo en esta casa; me azotaban, me humillaban.

¡Y Alice había sido enviada aquí para cumplir una condena de siete años por tomar prestados unos metros de encaje de su empleadora!

Escapamos en un caballo de carruaje que robamos de los establos al amparo de la oscuridad.

Corrimos el peligro infinito de ser detenidos como fugitivos y arrojados a la cárcel.

La salvación la debemos a nuestro providencial encuentro en el camino con mi buen amigo y mentor de toda la vida, Nathan.

El reverendo Nathan Cox terminó por él:

—Y yo había perdido el control del animal obstinado que alquilé para que me llevara a mi destino, pero estaba lejos de saber adónde iba.

Este Claus, que entonces tenía unos doce años, me explicó, muy solemne, que tenía la intención de casarse con Alice ¡para que ella pudiera ser libre!

—Sonrió a su esposa—. Yo lo desbanqué y me convertí en el novio y, cuando por fin me nombraron profesor de la escuela de la iglesia de Windsor, Claus se matriculó como uno de mis alumnos.

—El más brillante y el mejor —añadió Alice con cariño.

—Así fue, en efecto —asintió el marido—.

Como puedes ver y juzgar por ti misma, Mercy, el buen Dios se apiadó de nosotros e intervino a nuestro favor.

Me dio a mi amada esposa y seis hijos e hijas maravillosos, y, a Claus, una herencia con la que ha podido construir una enorme empresa comercial.

Ahora, como prueba definitiva de su benevolencia, Dios te ha traído para compartir nuestras vidas y convertirte en la esposa y compañera de Claus.

Lo que haya tenido que ocurrir para que llegaras y lo que te ha precedido son de poca importancia, hija mía. Basta con que estés aquí.

El clérigo había hablado con ligereza, incluso con humor, pero una gravedad subyacente daba sustancia a sus palabras.

Mercy recordaba haberse sentido reconfortada.

Ahora mismo, mientras Claus entretenía a Nathan y a varios de sus amigos y socios a bordo del Dolphin , ella estaba con Alice en la casa de la calle Bridge, la noche antes de su boda.

Habían conversado largo y tendido, como viejas amigas, más que como desconocidas, sin que la diferencia de edad y de origen supusiera un impedimento.

Alice le había contado sus primeros días en la colonia.

Y sin amargura ni remordimientos, también le había hablado de la época en que Nathan había sido nombrado capellán de la colonia penal de la isla Norfolk, en tiempos en que, como había dicho el gobernador de la época, el destino de todos los allí enviados «era un castigo apenas menor que la muerte».

—Se ordenó a las mujeres que evacuaran el asentamiento —dijo, y, a pesar todos los años que habían pasado, el recuerdo llenó sus ojos de lágrimas—.

También se fueron las esposas de los oficiales, así como las mujeres e hijos de los pobres desgraciados que cumplían sus condenas en la isla.

A mí también me llevaron con ellas. Todas teníamos el corazón destrozado, porque las mujeres habían sido la única influencia civilizadora, y los niños, la única fuente de alegría y esperanza.

Me rebelé a mi regreso a Sídney y dejé que un periódico publicara el diario que yo había escrito en la isla.

A Nathan le costó el cargo. Eso era inevitable, por supuesto; pero él nunca me culpó y, gracias a Dios, la esposa del gobernador dispuso que se le dieran la parroquia de Windsor y el colegio de la iglesia, que necesitaba un maestro.

—¿Y el señor Cox y usted siguen allí? —preguntó Mercy.

—No en el mismo colegio. Gracias a Claus, nuestro querido y generoso Claus, Nathan ahora es director de dos escuelas: la primaria y un excelente colegio para niños nativos.

Se trata del Instituto para Nativos de Parramatta, fundado en principio por el gobernador Macquarie.

—Alice contuvo un suspiro—. La intención del gobernador Macquarie era fundar un asentamiento independiente para los nativos en el bosque, donde pudieran recibir educación e instrucción en agricultura y ganadería, y que esa gente tuviera la libertad de ir y venir a su antojo.

Iba a llamarse ciudad Macquarie, pero… El proyecto fracasó por muchas razones, así que, durante años, no hubo ninguna escuela para nativos.

Lo que estamos intentando es hacer realidad los deseos del antiguo gobernador, así como los del reverendo Robert Cartwright, quien esbozó los planes originales.

Nathan trabajó primero con el señor Cartwright en Windsor.

Él fue, y que en paz descanse, quien nos casó.

Me alegra pensar que nuestro proyecto le habría gustado, así que espero, contra todas mis esperanzas, que no fracase.

—Extendió las manos en un pequeño y extraño gesto, casi de resignación—.

Aquí fracasan muchas de nuestras buenas intenciones, Mercy.

Cuando miro atrás, me pregunto si hemos avanzado algo.

A veces me desespero. Los nativos siguen siendo maltratados, despojados de sus tierras, e incluso perseguidos; y, aunque el transporte de convictos ha cesado, la isla Norfolk sigue existiendo y las condiciones allí son apenas un poco mejores que cuando escribí mi diario.

Es cierto que la otra terrible colonia penal, la de la bahía Moreton, ha cerrado y que sus tierras se han abierto a los colonos agrícolas, pero en la Tierra de Van Diemen sigue habiendo otro infierno en la tierra para los convictos: el puerto Arthur.

Y ahora, han llegado buscadores de oro por miles a saquear la prosperidad pastoral construida con tanto esfuerzo y con tantos años de sacrificio.

—Claus me ha dicho que se habla de cerrar la prisión de la isla Norfolk —señaló Mercy, con deseos de consolarla— y ceder la isla a la gente de Pitcairn, los descendientes de los amotinados del Bounty.

—Sí, he oído esos rumores —reconoció Alice— y rezo por que se hagan realidad.

—Su sonrisa volvió de repente y cogió la mano de Mercy—.

Querida niña, no debería haber dejado que la lengua se me escapara.

Es la víspera de tu boda, un momento para la esperanza y la alegría.

Vas a casarte con uno de los mejores hombres que conozco, una persona excelente, Mercy.

Claus ha esperado mucho tiempo para casarse y, por su bien, me alegro de verdad de que te haya encontrado.

Hazlo feliz, Mercy, porque se merece la felicidad.

—Haré todo lo que esté en mi mano para hacerlo feliz —prometió la muchacha—.

Sé que soy muy afortunada, pero… — Mientras miraba el rostro sin arrugas y aún juvenil de Alice Cox, vaciló—.

Una vez, Saleh me dijo que Claus me ama porque me parezco a usted.

Espero que sea así, señora Cox, que yo pueda ser como usted. Sin embargo…

—¡Ay, querida! —exclamó Alice—, eso no es cierto.

Saleh, a pesar de su edad y sabiduría, está muy equivocado.

Yo fui una madre para Claus cuando el niño no tenía a nadie más que se preocupara por él.

Una madre o una hermana mayor, tal vez, ya que yo no era mucho mayor…

Y él solo tenía doce años cuando me pidió matrimonio.

Tú eres diferente; vas a convertirte en su esposa, y estoy segura de que lo harás por derecho propio y por ser quien eres.

Te lo ruego, Mercy, no intentes ser otra persona.

Como nos ha recordado Claus, ninguno de nosotros es santo, ya lo sabes.

Desde luego, yo no lo soy. Despotrico y critico a los cazadores de fortunas y a los buscadores de oro y sollozo por el daño que, me temo, causarán a esta tierra; pero dos de mis hijos están entre ellos.

El mayor, que iba a tomar los hábitos, como su padre, se marchó al Turon hace tres meses.

—Ahí es donde Luke ha ido —comenzó Mercy—, al Turon. Él…

—Ah, sí, Luke, el joven que no es su hermano.

—La burla ligera de Alice Cox restaba malicia a sus palabras, pero su sonrisa había desaparecido—.

No busca oro, sino a un hombre llamado Morgan, ¿no es así?

El hombre que te hizo daño y a quien él considera responsable de la muerte de su hermano y de otras personas.

—De su hermano Dan y sus socios, Tom y Frank Gardener —aclaró Mercy—.

Y no es que Luke crea que Jasper Morgan los mató, señora Cox; eso quedó demostrado.

Quedó demostrado sin dejar dudas. —Por el bien de Luke y ávida de aclarar cualquier malentendido, le contó el juicio ante el comité de mineros de Thayer—.

Yo estuve allí. Testifiqué. El comité presentó una acusación formal de asesinato contra Jasper Morgan y ordenó que fuera juzgado.

Luke juró encontrarlo y llevarlo ante la justicia.

No descansará ni buscará oro por su cuenta hasta que lo encuentre.

—¿No se lo puede disuadir, hija?