Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

O, pensó Luke con tristeza, a tiempo para volver a rastrear a Jasper Morgan.

De repente, recordó al visitante que habían recibido los Tempest: aquel comandante que afirmaba haber servido en el ejército británico.

Sí, Lewis, el hombre que había levantado las sospechas de Dickon y quien, según creía el gigante, había matado al viejo pastor nativo de los Tempest…

Dios, ¿por qué no había visto la conexión?

, ¿cómo no había percibido la coincidencia?

Como si viniera de muy lejos, oyó al señor Tempest aceptar la sugerencia de su esposa.

—Por supuesto que debes continuar tu viaje, Luke, ahora que sabemos cuál es tu destino, muchacho. Pero siempre serás bienvenido aquí, en Pengallon. Habrá trabajo para ti cuando lo desees.

Luke le dio las gracias, avergonzado por el fingimiento que debía practicar. No se atrevió a mirar a Elizabeth ni siquiera cuando, terminada la comida, ella, que iba siguiendo a su madre y a Jenny Broome fuera de la habitación, pasó cerca de él y rozó apenas su mano con la suya.

Dickon nunca se quedaba a fumar y beber oporto con los hombres de la casa. Se levantó, como solía hacer, e inclinó su altiva cabeza en dirección a Rick Tempest. Luke, por impulso, murmuró sus excusas y también se levantó.

—Dickon —dijo cuando estaban en el patio, fuera del alcance del oído de los demás—, ¿todavía tienes el revólver Colt que pertenecía al mayor Lewis?

Observado y comprendido el movimiento de los labios de Luke, Dickon frunció el ceño, como si hubiera tenido un mal recuerdo. Asintió.

—¿Puedo verlo? —preguntó Luke. Dickon volvió a asentir y se dirigió al otro lado del patio, hacia su habitación, en el extremo más alejado de la casa principal.

Su dormitorio guardaba un orden meticuloso: la cama hecha a la perfección, la ropa limpia del día siguiente doblada sobre una silla y la desechada después del trabajo del día enrollada en un fardo, lista para ser lavada.

Un armario y una cómoda completaban el escaso mobiliario de la habitación.

Sin vacilar, Dickon se dirigió a la cómoda, abrió un cajón, sacó un objeto envuelto en un viejo pañuelo de lino y desplegó la tela para revelar la pistola.

Luke miró el arma con repugnancia, ya que la culata con incrustaciones de perlas aún mostraba signos inconfundibles de sangre seca e incluso algunos fragmentos de piel.

No quiso tocarla, pero Dickon, como si percibiera su renuencia, la agarró con su gran mano, la levantó y simuló que golpeaba como un salvaje la pila de mantas de su cama.

—¿Lo hizo el mayor Lewis? —preguntó Luke—.

¿Era esta su pistola? —Dickon asintió con gesto solemne—.

¿Tú lo viste matar al nativo…?, ¿cómo se llamaba?

, ¿Winyara? —Esa vez, su pregunta fue respondida con un gesto de pesar.

Luke señaló el arma—. Está bien, Dickon, puedes guardarla.

Gracias por dejarme verla. —Soltó un suspiro audible—.

¡Maldita sea, ojalá pudieras hablar! Ojalá pudieras decirme cómo era el mayor Lewis…

, pero no puedes, ¿verdad? No hay forma de que puedas decírmelo.

A pesar de todo, estoy seguro de que era Jasper Morgan.

Dickon volvió a guardar la Colt en su escondite.

Rebuscó en otro cajón de la cómoda y, para sorpresa de Luke, se enroscó sobre la cama con un bloc de dibujo y unos trozos de lo que parecían ser carboncillos.

Enseguida comenzó a dibujar, moviendo sus dedos grandes y romos con habilidad experta.

Borraba una línea y trazaba otra de bien definido relieve en el papel, con los ojos entrecerrados y una concentración inalterable.

Luke esperó, tratando de controlar su impaciencia, pues no creía que, con materiales tan rudimentarios, Dickon fuera capaz de crear una imagen reconocible.

Sin embargo, no pudo reprimir un grito de asombro y admiración cuando, poco después, recibió el boceto en la mano y se encontró contemplando lo que, sin duda, era un retrato del hombre que buscaba.

Jasper Morgan lo miraba desde la hoja de papel blanco y áspero: la sonrisa altiva, el bigote espeso, el cabello negro azabache, con algunas canas en las sienes, los ojos fríos y oscuros…

Todo estaba allí, tal y como él lo recordaba.

Quizás Dickon O’Shea no podía hablar, pero ese retrato, fruto de una aguda observación, hablaba por él.

Todos y cada uno de los detalles habían quedado reproducidos por esas manos grandes y, en apariencia, torpes, incluso…

Luke acercó el papel a la luz parpadeante de la lámpara de aceite.

Sí, incluso la corbata de cascada que Morgan solía lucir, con su distintivo alfiler de oro.

—Dickon, ¡este es Jasper Morgan en persona!

—exclamó emocionado—. ¡Y has tenido razón al no confiar en él, porque apostaría lo que fuera a que fue él quien asesinó a tu viejo nativo!

Ya tenía las manos manchadas de sangre cuando llegó aquí, la sangre de mi hermano.

¡Que Dios castigue a este demonio asesino!

Este es el capitán Jasper Morgan, este es.

Dickon lo reconvino con la mirada y negó con la cabeza. Cogió de nuevo el boceto y, con lentitud, escribió debajo: «Mayor Lewis». Luke no le dio importancia.

—De acuerdo, pero ¿adónde fue cuando se marchó de aquí?, ¿lo sabes?

Dickon intentó responderle con los extraños gruñidos que tanto Rick como Edmund Tempest parecían capaces de interpretar.

Al darse cuenta de que Luke no podía, tuvo que recurrir de nuevo al bloc de dibujo.

Se esmeró en escribir «Sídney» en mayúsculas.

A continuación, con unos cuantos trazos hábiles, dibujó el contorno de un velero y, debajo, el nombre «Banshee».

Eso era, tal vez, todo lo que el gigante sabía sobre los movimientos del autodenominado mayor.

El Banshee , en caso de que Morgan no lo hubiera vendido, lo estaría llevando al puerto Phillip y a los nuevos yacimientos de oro del estado de Victoria.

En efecto… Su memoria empezó a agitarse con lentitud.

El encargado del muelle, aquel hombre a quien había interrogado, le había dicho que un tal mayor Lewis había zarpado de Sídney después de haber comprado el bergantín…

, ¡oh, Dios!, más o menos cuando el Dolphin estaba llegando al puerto, hacía siete u ocho semanas.

Sintió un nudo en la garganta. Mientras el propio Luke buscaba en los yacimientos auríferos del Ophir y el Turon, Jasper Morgan se dirigía al puerto Phillip.

Como siempre, la presa se le había adelantado.

Lo único que podía hacer era seguirla con la esperanza de que, algún día, volvieran a encontrarse cara a cara.

Se dispuso a marcharse, pero Dickon le agarró del brazo y negó con un enérgico movimiento de cabeza.

Luke vio que su amigo había hecho un segundo boceto y que se lo estaba ofreciendo para que lo examinara.

Era mucho menos detallado que el que había hecho de Morgan.

Una mancha borrosa sugería la presencia de árboles en el borde de una carretera.

Debajo de los árboles se sugería una figura a caballo que conducía a un segundo animal y…

Luke contuvo un grito de sorpresa cuando el dedo manchado de carbón de Dickon señaló el contorno de un hombre agazapado entre los árboles.

Al principio, Luke lo había pasado por alto.

Esa segunda figura tenía un rifle en los brazos, levantado a la altura del hombro.

Sin duda, apuntaba al jinete que estaba debajo.

Dickon mostró los dientes en una sonrisa sin alegría. Señaló primero la figura con el rifle y luego a sí mismo.

—¿Tú? —preguntó Luke algo desconcertado—. ¿Y el comandante…?, ¿cómo lo has llamado?, ¿Lewis? —Dickon asintió—. Porque estabas seguro de que él asesinó a tu viejo amigo nativo y… —Luke lo estaba comprendiendo—. ¿Y nadie te creyó?

Vino un nuevo y enérgico asentimiento. Por un instante, Luke sintió un brote de esperanza. Si Jasper Morgan había resultado herido, entonces, tal vez…

—Dickon —preguntó con brusquedad—, ¿le diste?

El gigante negó con la cabeza. Desconsolado, hizo gestos que parecían indicar que su objetivo estaba demasiado lejos y se movía muy rápido como para apuntar con precisión.

—No te preocupes —dijo Luke con una determinación sombría—. Voy a ir tras él y no descansaré hasta encontrarlo, te doy mi palabra.

Dickon dudó durante un largo rato, como si estuviera sumido en pensamientos.

Al final, tomó una decisión, se acercó a la cómoda y volvió a sacar la Colt envuelta en su paño de lino.

Con su habitual sonrisa inocente, le entregó a Luke el arma y el paño.

No había duda sobre lo que le estaba queriendo decir.

Luke aceptó el regalo no deseado, aunque con una renuencia imposible de ocultar.

—Esto queda entre nosotros dos, Dickon —le advirtió—. No le contaremos nada a tu gente, ¿entiendes? No hay necesidad de que lo sepan.

Y era mejor que no lo supieran, pensó. Jasper Morgan era asunto suyo, no de los demás, y menos aún de Elizabeth.

Para su alivio, cuando volvió a reunirse con los Tempest y sus invitados y anunció su intención de marcharse de Pengallon, todos parecieron dar por sentado que la boda de Mercy con Claus Van Buren era el motivo de su partida. Luke no desmintió esa conjetura.