Capítulo 2 #4
—Ese susto pasó, aunque el gobierno se lo tomó lo bastante en serio como para ordenar que Sídney entrara en estado de defensa.
Skinner hizo retirar todas las armas largas de los barcos y las colocó en puntos estratégicos de la costa: South Head, Middle Head, Bradley, Pinchgut e incluso Dawes Point.
Luego tuvo que volver a colocarlas en su sitio.
—Se encogió de hombros—. Eso no fue lo que puso a Red en tierra.
Mi hijo tuvo la desgracia de que le ordenaran transportar a un capitán ingeniero llamado Lucas, quien ha venido a sustituirme como superintendente del astillero de la isla Cockatoo.
Benjamin Lucas es un caballero muy complicado, y no exagero, te lo aseguro.
Se ofendió por la forma en que trataron a su esposa durante el viaje desde Inglaterra.
Como comprenderás, hubo insinuaciones de que Red le estaba quitando a su esposa.
Skinner, por supuesto, intervino sin pensar en las consecuencias.
Ordenó una investigación judicial y relevó a Red de su mando, a la espera de las conclusiones del tribunal.
En eso estaban cuando a Lucas lo abandonó su esposa.
La mujer se fugó con el joven Francis De Lancey, que era uno de los oficiales del Galah , y…
Luke se tensó, pues había oído ese nombre, y estaba seguro de que en tiempos muy recientes.
Si antes no estaba prestando mucha atención al relato del capitán Broome, a partir de ese momento se puso a escucharlo con diligencia mientras trataba de recordar dónde o cuándo se había mencionado ese nombre o qué posible significado podía tener.
—¿El hijo menor de George y Rachel? —exclamó Rick Tempest—. ¡Ah, ese maldito joven insensato! Los De Lancey estarán desconsolados.
—Lo están —confirmó Justin Broome con gravedad—.
Por suerte, el chico había dejado el servicio veinticuatro horas después de que el Galah atracara, así que, al menos, no lo han declarado desertor.
Pero el desafortunado marido, el capitán Lucas, sufrió un infarto cuando se enteró de lo que había pasado.
Se puso mal en el astillero, Rick, en mi presencia, ¡pobre!
No es que yo le tuviera mucho afecto, pero, aun así, no le habría deseado eso, ni siquiera para evitarle a mi hijo Red el tribunal de investigación.
—Pero seguro que Red no tendrá que enfrentarse a un tribunal ahora, ¿verdad? —preguntó Tempest con el ceño fruncido.
Luke se dio cuenta de que todos en la mesa se habían quedado en silencio, a la espera de la respuesta de Broome. Este respondió con ironía.
—Por desgracia, sí. Lucas murió sin haber recuperado la conciencia y, por supuesto, sin haber retirado sus acusaciones.
Las había presentado por escrito. El comodoro Skinner insiste en que el tribunal debe escucharlas, así que, por ahora, mientras Red sigue esperando en tierra, ¡el comodoro ha cedido el mando temporal del Galah a uno de sus oficiales!
Es una situación muy desafortunada. Con la esperanza de arreglar las cosas, Johnny y yo hemos decidido venir en busca de los fugitivos: el joven De Lancey y Dora Lucas.
Se rumorea que están en los yacimientos auríferos del Turon.
—Miró a su hija, al otro lado de la mesa—.
Mañana comenzaremos nuestra búsqueda. ¿Serías tan amable de alojar a Jenny durante una semana, más o menos?
La respuesta llegó de inmediato y con una entusiasta reacción de Edmund. Eso provocó que Jenny Broome se sonrojara mientras la madre del muchacho decía entre sonrisas:
—Por supuesto, estaremos encantados de tenerte aquí, querida Jenny.
Por fin, Luke pudo hablar y los recuerdos empezaron a inundarlo.
Aquellos dos fugitivos, como los había llamado el capitán Broome, eran los dos chicos que había encontrado en la colina, sobre Tambaroora Creek, los que se hacían llamar señor y señora De Lancey.
De eso no cabía duda. ¿No había admitido De Lancey haber servido en la marina? Y había llamado a su esposa Dora.
—Señor… —Titubeaba, reacio a traicionar a la joven pareja si la información sobre su paradero les acarreaba problemas—. Creo que puedo decirle dónde encontrar a esos dos que busca. Pero ¿me permite preguntarle qué les exigirá? No creo que deseen volver a Sídney, señor.
Edmund, sorprendido y jubiloso, se recobró del embeleso que le provocaba contemplar el rostro sonrojado de Jenny para mirar a su amigo.
—Luke —comenzó—, te has acordado… Tú… —Cerró la boca, como si temiera haber dicho demasiado.
Justin Broome respiró aliviado.
—Nos ahorrarías una larga búsqueda si pudieras decirnos dónde están, Luke.
Y no pienso pedirles que regresen a Sídney; no será necesario, siempre que estén dispuestos a darme una declaración por escrito que mi hijo pueda presentar ante el tribunal de investigación.
No sé si has comprendido la naturaleza de los cargos que se le imputan, pero es evidente que son falsos y que el señor De Lancey es quien debería afrontarlos.
—Lo entiendo, señor —le aseguró Luke.
Confiaba en que el capitán Justin Broome era un hombre de palabra, en quien se podía confiar del todo, así que no dudó más.
Con solo pequeñas dificultades para recordar, logró dar las indicaciones necesarias.
Añadió que había dejado a sus dos compañeros, Simon y Robert Yates, con esos que se hacían llamar el señor y la señora De Lancey.
Los cuatro se estaban preparando para buscar oro en el arroyo Tambaroora.
—Así se llama, según tengo entendido, señor. Está entre el Turon y el Pyramil. Desemboca en el Macquarie a unas cinco o seis millas por debajo de la confluencia con el Turon.
El capitán Broome le dio las gracias con sincera gratitud.
—El señor Tempest me ha dicho que usted sufre amnesia desde que se cayó del caballo. ¿He dicho algo que haya refrescado su memoria?
Luke intercambió una rápida mirada con Edmund y luego inclinó la cabeza.
—Sí, señor. El nombre De Lancey. Verá… Me ha venido a la mente y he recordado dónde lo había oído. Sí, señor, yo he venido del arroyo Tambaroora.
—Ya veo. —El canoso capitán lo sometió a un largo escrutinio—. Intentemos refrescar su memoria aún más, ¿le parece? Usted se llama Luke Murphy, ¿verdad?
—Sí, señor, creo que sí.
—Bien. Entonces, creo que puedo llenar algunos de los vacíos. En su pasaje de San Francisco a Sídney trabajó a bordo de la goleta Dolphin , propiedad del Claus Van Buren y capitaneada por él mismo.
—Eh… —Luke lo miró con fijeza—. Van Buren, el Dolphin…
Como antes, se dio cuenta de que todos los comensales guardaban silencio, a la espera de su respuesta.
Y los nombres significaban algo, le resultaban familiares, igual que el de De Lancey.
Emergían como si salieran de la niebla que lo envolvía.
Vio en su memoria al barbudo y moreno Claus Van Buren, y también el rostro de una chica.
Una chica de la edad de Elizabeth, a quien él solía presentar como su hermana.
Mercy. Había hecho con ella el viaje desde Thayer, en el río Feather, hasta San Francisco.
Iban en búsqueda del hombre que había asesinado a su hermano Dan y a los dos australianos, Frankie y Tom.
Contuvo el aliento con brusquedad. Jasper Morgan, el capitán Jasper Morgan. Ese nombre estaba grabado en su memoria. ¿Cómo había podido olvidarlo?, ¿cómo había perdido de vista el propósito que lo había llevado a recorrer medio mundo?
—Creo que está empezando a recordar, ¿no es así, Luke?
—sugirió el capitán Broome en voz baja. A los demás les dijo—: Claus Van Buren trajo de América una espléndida goleta y, por si eso fuera poco, una joven y dulce novia: Mercy, la hermana de Luke.
Su boda se celebrará en breve. Pero —se volvió hacia Luke de nuevo, sonriendo— ambos se sentirán muy decepcionados si usted no está allí para entregar a la novia, Luke.
Mientras el joven buscaba en vano las palabras adecuadas, Edmund se levantó de su asiento para estrecharle la mano.
—¡Por Dios, Luke, amigo mío! —exclamó, encantado—. Ahora recuerdas todo eso, ¿verdad? Por Dios, no puedes haber olvidado que tu hermana va a casarse con uno de los armadores más ricos de aquí, con uno de los mejores hombres de la colonia. Claus Van Buren, ¡tienes que recordarlo!
—Sí —logró decir Luke—, recuerdo a Claus Van Buren.
—En eso, se dio cuenta de que Elizabeth lo miraba con los ojos azules muy abiertos, así que, por instinto, apartó la mirada.
Qué momento amargo, ahora era consciente de que su tiempo en Pengallon había terminado y, con él, toda esperanza de que su breve y vacilante amistad pudiera convertirse en…
¿Qué había esperado? De repente, sintió el deseo de ir con ella, arrodillarse a su lado y suplicarle indulgencia, si no comprensión.
Pero, con toda la familia presente, además de los Broome, sabía que no podía decir nada.
Temía que, incluso estando solos, sería incapaz de encontrar las palabras que ansiaba expresarle.
Exhaló un largo suspiro. Dejó que la tensión se disipara y se obligó a hablar con calma.
—Lo estoy recordando todo, Edmund. Pero… esto es un poco impactante. No había supuesto que la boda… Que Mercy y el capitán Van Buren le darían tanta importancia a mi presencia.
—¡Pero claro que sí! —intervino la amable señora Tempest, y se volvió a su esposo con una mirada a la vez interrogativa y suplicante—.
Debemos dejarlo ir, Rick. Es obvio que Luke se dirigía a Sídney cuando nuestro ganado se desbocó.
Y, tal vez, si se marcha de inmediato, podría llegar a tiempo para llevar a su hermana al altar.