Los oportunistas (Los australianos 14) Capítulo 2 #3
14%

Capítulo 2 #3

Se dio cuenta de que, en tiempos normales, Pengallon debía de ser tan autosuficiente como un pequeño pueblo.

Contaba con numerosas viviendas para los trabajadores y sus familias.

Había establos y prados para las yeguas y los potros que se criaban allí, graneros y rediles, un gran cobertizo para esquilar y un hermoso huerto con árboles frutales, viñas y casi una hectárea dedicada al cultivo de hortalizas.

En un pequeño vallado rodeado de árboles que le daban sombra, crecía una gran variedad de flores y arbustos con flores de dulce aroma, todos autóctonos.

La señora Tempest, el ama de tal prado, había mandado construir allí una bonita casa de madera para el verano.

En ese lugar entretenía a sus invitados y jugaban con regocijo los niños visitantes.

No todas las mujeres se habían marchado con sus maridos.

Se habían quedado cinco o seis, madres de familias jóvenes.

Por casualidad, Luke descubrió que en el granero, ahora vacío, Elizabeth daba con regularidad clases de estudios bíblicos y educación básica.

La mayoría de los niños asistían a ellas.

Él pasaba todo el tiempo posible en compañía de la muchacha.

Y no era mucho, ya que trabajaba en el campo desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero cada vez disfrutaba más de esos breves interludios en los que podían estar juntos.

Paseaban por la orilla del río justo antes del anochecer o se sentaban uno al lado del otro a la hora de comer.

Más tarde, cuando toda la familia se reunía en la agradable sala de estar, escuchaba a Elizabeth.

La joven, acompañada por su madre en un viejo piano vertical conservado con mucho mimo, cantaba con una bella y afinada voz.

Esos momentos, sumados al hecho de que los Tempest lo habían aceptado casi como uno más de los suyos, le proporcionaban una cálida sensación de felicidad.

Empezaba a tener fervorosas esperanzas de que todo siguiera así en un futuro previsible.

Ya no le preocupaba la pérdida de memoria ni se preguntaba más por qué iba a Bathurst cuando se topó con la estampida.

Nada de eso parecía importarle. Edmund había intentado refrescarle la memoria hablando una o dos veces de los yacimientos de oro del Turon, de donde había dicho que procedía, pero Luke sabía que ahora la búsqueda de oro lo interesaba muy poco.

Los buscadores que habían acampado en Pengallon, en el tramo del río que atravesaba la propiedad, ya se habían marchado.

Habían levantado sus tiendas y cogido sus herramientas para salir en busca de lugares más prometedores: el Louisa, el Meroo y el Pyramil.

Por necesidad, los Tempest tuvieron que abandonar la esclusa con la que habían trabajado, pues querían mantener con vida el valioso rebaño de merinos hasta el fin de la sequía.

Luke prestó a la máquina apenas un interés pasajero.

Tan solo lo suficiente para reconocer que era una construcción sólida e ingeniosa por la que, según le dijo Edmund, tenían que dar las gracias al mayor Lewis.

Dickon frunció el ceño al oír ese nombre y se alejó con el rostro sombrío.

—Insiste en que Lewis asesinó a un viejo pastor nativo que teníamos aquí, un buen hombre llamado Winyara, a quien todos queríamos —le explicó Edmund—.

Pero no había una sola prueba, excepto unas manchas de sangre en un revólver Colt que Dickon desenterró de Dios sabe dónde.

Podría haber pertenecido tanto a uno de los mineros como al mayor, y, en cualquier caso, ¿qué motivo podría haber tenido para matar al anciano?

Era un oficial del ejército británico que luchó en la guerra Carlista, por lo que es poco probable que se hubiera asustado al ver a un aborigen anciano y frágil, aunque Winyara se le hubiera acercado con sigilo en la oscuridad.

Además, Lewis se alojó con nosotros un par de noches.

Estoy seguro de que nunca habría dormido en casa de haber matado a golpes al pobre viejo con una Colt de seis tiros.

—¿Una Colt de seis tiros? —repitió Luke un poco desconcertado. Tuvo, de repente, la visión de un revólver Colt reforzado que, según le pareció, acababa de salir de la nada.

—Sí, eso he dicho —confirmó Edmund con indiferencia—. Es una pistola estadounidense que dispara seis tiros mediante un tambor giratorio. —Sonrió con bonhomía—. Tú eres estadounidense, o, al menos, eso nos dijiste cuando te recogimos. Debes de haber visto docenas de ellas.

Y así era, tal vez, se dijo Luke. Para su protección, los hombres portaban armas de ese tipo en las minas de California. Y las llevaban en fundas, sin duda, como los vaqueros del oeste, para tenerlas a la mano.

—Pídele a Dickon que te enseñe la que encontró —le sugirió Edmund—. ¿Quién sabe? ¡Quizá te ayude a recuperar la memoria perdida!

Luke asintió con la cabeza. Se preguntaba, sin embargo, qué ganancia había en recuperar la memoria.

La vida en Pengallon era sencilla y sin complicaciones y, aunque el trabajo era duro, Rick Tempest era un jefe agradecido y generoso.

Ahora, Edmund y Dickon eran sus amigos, además de sus compañeros de trabajo.

Y también estaba la dulce y joven Elizabeth, de quien, a decir verdad, ya estaba más que un poco enamorado.

Sería muy duro dejarlos, y ¿no habían insistido todos en que no querían que se fuera?

Era cierto que no tenía un centavo, pues su búsqueda de oro tanto en California como en el Turon parecía no haber dado ningún fruto, pero podía ganarse la vida como peón agrícola allí o en cualquier otro lugar.

Podría mantener a una esposa. Si Elizabeth decidiera mirarlo con buenos ojos y si él recibiera el consentimiento del padre de la moza, lo último que querría era reanudar aquel viaje a Bathurst. O…

Edmund se coló en sus pensamientos.

—¿Puedes llevar agua a las yeguas de cría del potrero lejano? —preguntó—. Parece que tenemos visitas. —Señaló una pequeña comitiva que se acercaba a la granja por el camino de Bathurst.

Luke pudo distinguir un carruaje tirado por dos caballos cobrizos y, detrás, trotando calmosos, otros dos hombres.

—¿Visitas? —preguntó.

—Sí, así es —confirmó Edmund, eufórico de repente—. Y, si la vista no me falla, son visitantes muy bienvenidos, Luke, muchacho. Los Broome, de Sídney: el capitán Justin Broome, su hija Jenny y, me parece, su hijo John. Sí, estoy seguro de que son ellos.

Salió al galope, agitando emocionado su sombrero y dando entusiastas voces de bienvenida. Luke se lo quedó mirando y luego, consciente de sus obligaciones, fue a dar de beber a las yeguas de cría.

Durante la cena le presentaron a los recién llegados.

Se echaba de ver que eran amigos de toda la vida, gente que tenía una relación muy estrecha con todos los Tempest. La conversación se prolongó durante la comida.

Luke escuchaba fingiendo interés por pura cortesía, aunque poco de lo que se decía tenía sentido para él.

Pero pudo estudiar a los visitantes mientras comía.

Los observó uno por uno y quedó encantado con lo que vio, a pesar de que sus asuntos estaban fuera del alcance de su comprensión.

Justin Broome era un capitán de navío retirado, un hombre que había alcanzado cierta distinción.

A juzgar por su aspecto, debía de ser contemporáneo de Rick Tempest, o incluso un antiguo compañero de tripulación.

Por lo que decían, podía deducirse que se conocían muy bien y que sus recuerdos comunes se remontaban a muchos años atrás.

El hijo del capitán, a quien los Tempest llamaban Johnny, era un hombre alto y barbudo; un periodista que acababa de regresar de los nuevos yacimientos auríferos de Victoria, donde estuvo haciendo un reportaje para su periódico.

La hija, Jenny, era unos años mayor que Elizabeth, joven encantadora y vivaz con un brillante cabello castaño rojizo y una sonrisa de lo más cautivadora.

A medida que avanzaba la comida, le pareció cada vez más notable el gran atractivo que Jenny ejercía sobre Edmund Tempest y el gran interés que su amigo ponía en ella.

Había otro hijo, un oficial de la marina, igual que su padre. Hacía poco tiempo que haber llegado a Sídney al mando del buque Galah de Su Majestad. Lo llamaban Red.

Jenny hablaba de él con afecto y, según le pareció a Luke, con cierta lástima cuando mencionó que había sido relevado de su mando.

—Por el amor de Dios, ¿por qué? —preguntó Rick Tempest—.

Según he oído, el comodoro Skinner estaba haciendo valer su autoridad ante una amenaza bastante increíble de un asalto ruso al puerto Jackson por parte de la flota del Pacífico del zar.

Se suponía que iban a lanzar un ataque desde Valparaíso, o algo tan absurdo como eso.

¿Red señaló lo disparatado de la idea o qué?

El capitán Broome negó con la cabeza.